La mujer madura que me obsesionaba me descubrió
Me llamo Rubén, tengo cincuenta y un años y, además de un matrimonio cómodo y una hija ya independizada, tengo una afición que me mantiene cuerdo: la guitarra. Con cuatro amigos de toda la vida montamos un grupo con el que versionamos el rock de los ochenta en bares y fiestas de pueblo. Uno de esos amigos es Dani, mi compañero de escenario desde hace casi treinta años.
Lo cuento porque todo empezó una tarde en el salón de su casa, con las guitarras apoyadas en el sofá y dos cervezas a medias sobre la mesa. Habíamos quedado para repasar un par de temas, pero llevábamos media hora sin tocar una sola cuerda. Estábamos hablando de Marisa.
Marisa es la mujer de Andrés, otro conocido del ambiente. Tiene cuarenta y seis años, una melena oscura que le roza los hombros y una manera de moverse que parece pensada para que el resto del mundo se detenga a mirarla. No es una chiquilla: es una mujer hecha, con curvas que no esconde y una seguridad que solo dan los años. Tetas grandes, firmes, de las que llenan la mano y sobran; un culo redondo y respingón que le tira de los vaqueros cada vez que se agacha. Y lo sabe. Vaya si lo sabe.
—Te lo digo en serio —insistía Dani, riéndose—. Esa mujer disfruta poniéndonos nerviosos. El otro día en el ensayo se acercó a saludarme y me apoyó la mano en el pecho. Solo eso. Y me quedé tonto como un crío, con la polla dura debajo del bajo eléctrico.
—No eres el único —admití—. A mí me pasó algo parecido en la barbacoa de junio. Me preguntó una tontería del amplificador y se inclinó hacia delante como si no hubiera nadie más en el jardín. Se le vio hasta el borde del sujetador negro y el nacimiento de esas dos tetas enormes. Llevo seis meses pajeándome pensando en esa imagen.
—Es una provocadora de manual. Sabe perfectamente lo que hace y le encanta.
—Lo peor es que funciona —dije, y noté cómo se me secaba la boca solo de nombrarla.
Seguimos un rato así, alimentándonos el uno al otro, contándonos detalles que ninguno de los dos habría confesado delante de nuestras mujeres. Que cómo se sentaba. Que cómo cruzaba las piernas. Que aquel vestido verde de la última verbena, con el que se le marcaban los pezones cada vez que la brisa nocturna soplaba. La conversación subía de tono y yo notaba que el cuerpo me respondía sin permiso, incómodo en el sofá, con la polla apretándome contra la bragueta y un calor idiota agolpándoseme donde no debía.
—Yo es que la tengo cruzada —reconoció Dani, bajando la voz aunque no había nadie—. Si Marisa se me insinuara en serio, no sé si tendría la decencia de decirle que no. Yo a esa mujer me la follaba de rodillas, en serio.
—Ninguno la tendríamos —murmuré—. Yo llevo meses imaginándome cómo debe mamarla. Cómo debe correrse. Todo.
Y justo entonces, desde el pasillo, una voz que conocía demasiado bien lo dijo todo.
—Vaya, vaya. ¿Y se puede saber quién es esa que os tiene a los dos tan revolucionados?
***
Me giré tan rápido que casi tiro la cerveza. Marisa estaba apoyada en el marco de la puerta, con unos vaqueros ajustados y una blusa blanca a medio abrochar por la que se le adivinaba el encaje del sujetador, los brazos cruzados por debajo del pecho de forma que se lo realzaba aún más, y una sonrisa que no tenía nada de inocente. Venía a devolverle a la mujer de Dani un molde de horno; había abierto con su llave de confianza y nadie la había oído llegar.
—Marisa —acerté a decir, y sentí cómo me ardían las orejas.
—No, no, seguid, seguid —dijo, divertida, sin descruzar los brazos—. No quiero interrumpir. Estaba claro que la cosa estaba interesante. Sobre todo la parte de las mamadas.
Dani se levantó murmurando algo sobre ir a por agua y desapareció en la cocina como un cobarde, dejándome solo frente a ella. Marisa entró despacio y se sentó en el reposabrazos del sillón, justo enfrente de mí. Cruzó las piernas. Por supuesto que cruzó las piernas, y los vaqueros se le tensaron sobre los muslos y sobre esa entrepierna que a mí ya se me había convertido en obsesión.
—Te has puesto colorado, Rubén —observó, ladeando la cabeza—. ¿Tengo que preocuparme?
Por favor, que no se note. Que no se note.
—Hace calor aquí dentro —dije, y hasta a mí me sonó ridículo.
—Hace calor —repitió ella, saboreando las palabras—. Ya.
Bajó la mirada un segundo, apenas un instante, lo justo para confirmar el bulto que me deformaba el pantalón. Cuando volvió a subir los ojos, su sonrisa se había vuelto más ancha y más peligrosa. No dijo nada. No le hizo falta. Yo sentí que el suelo se abría bajo mis pies y que la polla me pegaba un latigazo de vergüenza y ganas.
—Bueno, no os entretengo más —anunció, levantándose con una calma exasperante—. Solo venía a dejar esto. Pero, Rubén… —se inclinó hacia mí, lo suficiente para que el escote se me abriera delante de la cara y su perfume me envolviera por completo—, me he quedado con muchas ganas de saber el nombre de esa musa vuestra. A lo mejor un día de estos me lo cuentas.
—A lo mejor —conseguí responder, con los ojos clavados en el surco de sus tetas.
Sacó el móvil del bolsillo trasero del pantalón, y al hacerlo el culo se le marcó redondo y firme, y me lo tendió.
—Apúntame tu número. Por si te entran ganas de confesar.
Se lo apunté con el pulso tembloroso. Ella me hizo una llamada perdida para que yo guardara el suyo, me guiñó un ojo y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se giró.
—Cuando te vayas, llámame —dijo, ya sin rastro de broma en la voz—. Estaré sola toda la tarde. Andrés está de viaje hasta el domingo. Y hace mucho que no me follan bien, Rubén.
Y se fue, dejándome con el corazón golpeándome las costillas, la polla dura como una piedra y una certeza incómoda: aquello no había sido una despedida. Había sido una cita.
***
Aguanté veinte minutos más con Dani fingiendo que afinaba. Él no preguntó nada y yo no conté nada, pero los dos sabíamos que algo se había roto en el aire de aquella casa. Cuando por fin me despedí y bajé a la calle, me quedé un rato apoyado en el coche, debatiéndome. Estaba casado. Ella estaba casada con un conocido. Había mil razones para subir al coche, irme a casa y olvidarlo.
Marqué su número.
—Ya estaba pensando que te habías acobardado —respondió al primer tono.
—Casi —confesé—. Marisa, esto es una locura.
—Las mejores cosas suelen serlo. ¿Me invitas a una copa o no? Hay un local tranquilo a dos calles de tu casa. El de la esquina con los toldos granates. Te espero allí en quince minutos. Y ven con ganas, que yo llevo el coño mojado desde que me has dicho «a lo mejor».
No me dio tiempo a contestar. Colgó.
El trayecto se me hizo eterno y cortísimo a la vez. No dejé de visualizar la escena del salón, su mirada bajando, su sonrisa al confirmar el bulto, la frase final. Cuando aparqué frente al bar, ya la tenía tan dura que me tuve que recolocar la polla dentro del calzoncillo, y me sentí como un adolescente que no controla su propio cuerpo.
Ella ya estaba en la puerta, esperándome. Se había soltado un botón más de la blusa, y ahora se le veía sin disimulo el nacimiento de los pechos empujando contra el encaje.
—Has venido —dijo, satisfecha—. Buen chico. Con lo que llevo en la cabeza, si me plantas tengo que pillarme a otro esta noche.
***
Entramos. El local estaba a media luz, casi vacío a esa hora, con una música suave de fondo. Marisa caminó delante de mí hacia una mesa del fondo, y lo hizo despacio, marcando cada paso, moviendo las caderas con una intención que no dejaba lugar a dudas. Yo la seguía hipnotizado, incapaz de apartar los ojos de la curva de su espalda, de esos dos glúteos redondos que se le movían debajo del vaquero como pidiendo un mordisco.
Llegamos a la mesa y se giró de golpe, pillándome.
—Me estabas mirando el culo —dijo, sin pizca de reproche.
—Por supuesto —respondí, y por primera vez en toda la tarde no me sonó ridículo—. Aunque creo que ibas moviéndolo a propósito para que lo hiciera.
—Puede. —Se sentó y dejó que la blusa se entreabriera un poco más, tanto que se le vio el borde de la aureola de un pecho por encima del sujetador—. ¿Y te gusta lo que ves?
—Me gusta desde la barbacoa de junio. Y llevo desde entonces cascándomela pensando en tus tetas.
Soltó una risa baja, ronca, encantada.
—Así que era yo. La musa. Lo sabía. —Se inclinó sobre la mesa y bajó la voz hasta convertirla en un susurro—. Me gusta que un hombre me diga esas guarradas a la cara. Hace mucho que me di cuenta de cómo me miráis Dani y tú. Y, ¿sabes qué? Me gusta. Me gusta saber que dos hombres hechos y derechos se hacen pajas pensando en mí. Pero hoy he decidido que ya está bien de calentar y no hacer nada. Estoy cansada de provocar para luego irme a casa sola, meterme dos dedos y dormirme frustrada.
Pidió dos gin-tonics que apenas tocamos. No hacían falta. La tensión era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo, y los dos lo sabíamos. Por debajo de la mesa, su pie descalzo subió por mi pantorrilla, mi rodilla, y se me plantó directamente sobre la polla, presionándola con la planta caliente. Contuve un jadeo.
—Está dura —constató, sin dejar de mover el pie—. Mucho.
—Llevo así toda la tarde, Marisa.
—Pobrecito. —Sonrió, cruel—. ¿Sabes lo que voy a hacer contigo? Voy a mamártela primero. Muy despacio. Y luego vas a follarme como si me odiaras. ¿Te parece?
Se me escapó un gruñido. Ella retiró el pie, se levantó y dejó la copa sobre la mesa con un gesto definitivo.
—Voy un momento al baño —dijo, mirándome fijamente—. Cuenta hasta veinte y ven.
Se levantó y desapareció por el pasillo del fondo. Yo me quedé mirando el hielo deshacerse en mi copa, contando, con el pulso disparado. Esto no tiene vuelta atrás. A los veinte me levanté, con la polla marcándose obscenamente en el pantalón.
***
El pasillo estaba en penumbra y el baño, al fondo, tenía la puerta entornada. La empujé. Marisa estaba dentro, apoyada en el lavabo, esperándome. En cuanto entré, alargó la mano, me agarró de la camisa y tiró de mí hacia dentro. El cerrojo hizo clic a mi espalda.
—Llevo todo el día imaginándome esto —murmuró contra mi boca.
La besé. La besé como no besaba a nadie desde hacía años, con hambre acumulada de meses, mordiéndole el labio inferior y metiéndole la lengua hasta el fondo, y ella respondió con la misma intensidad, chupándomela, gimiendo bajo dentro de mi boca. Sus manos subieron por mi pecho, por mi cuello, se enredaron en mi pelo, y luego bajaron rectas hasta mi bragueta y me apretaron la polla por encima del pantalón con una firmeza que me hizo ver las estrellas.
—Joder, qué dura la tienes —susurró contra mis labios—. Y qué gorda. Me cago en la puta, Rubén, así llevabas todo el rato en el sofá de Dani.
—Todo el rato, y desde mucho antes.
La apreté contra el lavabo y le abrí la blusa de un tirón, sin paciencia para los botones. Le desenganché el sujetador por delante y las tetas se le derramaron llenas, blancas, con los pezones morenos y erectos apuntándome. Me lancé sobre ellas. Le chupé un pezón mientras le amasaba el otro pecho con la mano, mordiendo, tirando con los labios, y ella echó la cabeza atrás y me clavó las uñas en la nuca.
—Sí… así… mámamelas fuerte —jadeó—. A Andrés se le olvidó hace años que estas tetas necesitan atención.
Le pasé la lengua entre los dos pechos, subí por el cuello y volví a bajar, chupando el otro pezón hasta dejárselo enrojecido y brillante. Ella no me dejó seguir mucho más. Me empujó por los hombros hasta arrodillarme delante del lavabo, mientras se desabrochaba los vaqueros con dedos impacientes.
—Bájamelos —ordenó—. Y las bragas también. Quiero que me comas el coño hasta que me olvide de mi nombre.
Le bajé los vaqueros por las caderas, por los muslos, hasta las rodillas. Debajo llevaba unas bragas negras minúsculas que estaban empapadas, con una mancha de humedad tan grande que había traspasado la tela. Se las bajé también y ahí estaba, delante de mi cara, el coño de Marisa: depilado casi por completo, con una línea corta de vello oscuro sobre el pubis, los labios hinchados, brillantes, abiertos por el deseo. Olía a mujer caliente, a sexo puro, y a mí se me cayó la última resistencia.
Le abrí las piernas con las manos, le eché el aliento primero, y luego le hundí la lengua entera entre los labios, de abajo arriba, saboreándola completa. Marisa soltó un gemido tan largo que tuvo que morderse el puño para ahogarlo.
—Dios mío… Rubén… no pares, no pares, no pares…
No paré. Le chupé el clítoris, se lo envolví con los labios, se lo succioné despacio, luego rápido, alternando el ritmo mientras le metía dos dedos y los curvaba dentro de ella buscando ese punto que la hiciera derretirse. Y lo encontré. Marisa echó la cadera hacia adelante, se agarró a mi pelo con las dos manos y se puso a follarme la cara sin ninguna vergüenza, restregándose el coño mojado contra mi boca.
—Métela lengua, métela toda, así… sí… más adentro… madre mía qué bien lo haces, joder, qué bien me lo comes…
Le comí el coño durante varios minutos, hasta que se le empezaron a temblar los muslos y las paredes internas se le apretaron alrededor de mis dedos. Se corrió así, de pie, mordiéndose la mano para no gritar, con todo el jugo derramándoseme por la barbilla. Y no había terminado de correrse cuando ya me estaba levantando del suelo tirándome del pelo.
—Ahora tú —jadeó, con los ojos vidriosos—. Sácatela. Rápido.
Me desabroché el pantalón y me lo bajé de un tirón, junto con el calzoncillo. La polla me saltó fuera, dura, roja, con el glande hinchado y una gota gruesa de líquido preseminal en la punta. Marisa la miró un segundo, se relamió, y se dejó caer de rodillas sobre las baldosas frías sin apartar los ojos de mí.
—Es preciosa —murmuró—. Gorda. Como me gusta.
La agarró con las dos manos, se acercó y me lamió el glande primero, dando la vuelta entera con la lengua, limpiándome la gota. Luego se la metió entera en la boca, hasta el fondo, hasta que la sentí golpearle contra la garganta. Y empezó a mamármela como no me la había mamado nadie en años. Con hambre. Con técnica. Sin prisa.
—Joder, Marisa… joder…
Subía y bajaba la boca por todo el tallo, chupando con las mejillas hundidas, mientras con una mano me acariciaba los huevos y con la otra me hacía una paja al ritmo de su boca. De vez en cuando se la sacaba, me la lamía por los lados como si fuera un helado, me chupaba los cojones uno a uno, y volvía a engullirla. La saliva le caía por la barbilla, se le mezclaba con el pintalabios corrido, y me miraba desde abajo con esos ojos oscuros disfrutando de cada gemido que me arrancaba.
—Me la vas a hacer correrme si sigues así —gruñí.
Sacó la polla de la boca con un sonido húmedo y sonrió.
—Todavía no. Todavía no te vas a correr. Quiero sentirla dentro primero.
Se levantó, se dio la vuelta y apoyó las manos en el lavabo, arqueando la espalda y sacándome el culo hacia atrás. Se miró en el espejo empañado y me buscó allí, en el reflejo.
—Métemela ya —ordenó—. Métemela hasta el fondo. Y no seas suave.
Me coloqué detrás de ella, le agarré las caderas con las dos manos y le pasé el glande por los labios del coño, empapándome. Ella empujó el culo hacia atrás, impaciente. La penetré de una sola embestida, hasta el fondo, y los dos ahogamos un gemido a la vez.
—Ay, Dios… ay, hijo de puta, qué gorda… así, así…
Empecé a follármela sin miramientos, agarrándola de las caderas, tirando de ella hacia mí cada vez que embestía. Los pechos le rebotaban debajo, sueltos, y en el espejo veía cómo se le abría la boca en gemidos silenciosos que se mordía para que no salieran al pasillo. Le di un azote en la nalga y ella gimió más fuerte.
—Otro —pidió—. Más fuerte.
Le di otro azote y le dejé la mano marcada en rojo sobre la piel blanca del culo. Marisa se apretó contra mí, ronroneando.
—Andrés hace años que no me toca así —jadeó—. ¿Lo sabías? Por eso provoco. Por eso necesito sentirme deseada. Y tú me deseas. Lo noto en cómo me la clavas.
—Como un animal —admití, follándola más fuerte—. Toda la puta tarde con ganas de esto.
Le agarré la melena, la enrollé en el puño y tiré con cuidado, haciendo que se arqueara todavía más. Ella cerró los ojos, se mordió el labio, y volvió a abrirlos para mirarme en el espejo con una intensidad que casi me hace correrme allí mismo.
—No pares —musitó—. Por favor, no pares. Voy a correrme otra vez.
La follé más rápido, más fondo, notando cómo el coño se le empapaba, cómo me apretaba cada vez que salía, cómo el sonido de nuestras pieles chocando llenaba el baño diminuto. Le pasé una mano por delante y le busqué el clítoris con los dedos, frotándoselo en círculos mientras la embestía. Marisa apretó los dientes.
—Ahí… ahí… no pares, cabrón, no pares… me corro… me corro…
Se corrió por segunda vez con la polla dentro, temblándole todo el cuerpo, apretándome tan fuerte con el coño que sentí cómo me estrujaba de la punta a la base. Y arrastrándome sin remedio con ella. Aguanté todo lo que pude, pero cuando me di cuenta ya era tarde. La saqué en el último segundo, le apoyé la polla contra la parte baja de la espalda y me corrí a chorros calientes que le salpicaron la piel, el nacimiento del culo, gotearon por su cadera. Solté un gemido ronco que ella ahogó estirando la mano hacia atrás para taparme la boca.
—Shhh —susurró, con una sonrisa satisfecha en el espejo—. Que te van a oír, amor.
Nos quedamos unos segundos así, encajados, recuperando el aliento, con mi semen resbalándole por la piel y sus ojos todavía clavados en los míos a través del espejo.
***
Después nos recompusimos en silencio, ayudándonos a abrochar lo que el otro había desabrochado, intercambiando sonrisas como dos cómplices. Ella arrancó un puñado de papel del dispensador y se limpió la espalda y la cadera con una calma que me pareció obscena de tan tranquila. Se retocó la melena, se pasó un dedo por los labios manchados y me miró con una expresión que ya no tenía nada de aquella provocadora distante de la barbacoa. Era algo más cercano. Más humano. Más follada.
—Esto no va a ser solo una vez —dijo, no como una pregunta.
—No, si depende de mí —respondí.
—Bien. —Me dio un último beso, corto, casi tierno, y de paso me pasó la mano por encima del pantalón, comprobando que la polla ya empezaba a revivir—. La próxima vez me la metes por el culo. Llevo años sin que nadie me haga eso.
—Cuando quieras.
—Sal tú primero. Yo espero un par de minutos. Y, Rubén… —añadió cuando ya tenía la mano en el cerrojo—, a Dani ni una palabra. Que se quede con las ganas de saber quién es la musa. Y de saber cómo mama la musa.
Salí al pasillo con las piernas todavía flojas y el corazón a mil. Volví a la mesa, me terminé de un trago el gin-tonic aguado y dejé el dinero sobre la barra. Cuando pisé la calle, el aire fresco de la tarde me devolvió de golpe a la realidad: lo que acababa de pasar, con quién, y todo lo que se acababa de complicar mi vida.
Y, sin embargo, mientras subía al coche, con el sabor de su coño todavía en la boca y el olor de su sexo en las manos, ya estaba pensando en cuándo volvería a sonar mi teléfono con su nombre en la pantalla. Marisa había dejado de ser la mujer inalcanzable que me obsesionaba desde la distancia. Ahora era un secreto. Mi secreto. La mujer a la que me acababa de follar contra un lavabo y a la que me iba a follar todas las veces que ella me lo pidiera. Y supe, con una certeza que me asustó y me encendió a partes iguales, que no iba a tener la fuerza de voluntad para renunciar a él.





