El fontanero no esperaba a una señora como yo
Me llamo Edith y tengo sesenta y ocho años.
Vale, sesenta y nueve, pero a estas alturas mentir sobre un año es como mentir sobre si el café descafeinado es café de verdad: una mentira que no le hace daño a nadie. El pelo, por cierto, lo tengo blanco entero, cortesía de Ingrid, mi peluquera de toda la vida, que decidió por su cuenta que yo debía ser gris ratón sin consultarme.
Estaba en Lanzarote haciendo de carabina involuntaria en la aventura de mi amiga Helga, que se había empeñado en comprar una casa frente al mar. Y desde el primer día supe que entre ella y su sobrino Lukas iba a pasar algo gordo. Cuando el chaval bajó del taxi con unos pantalones que dejaban poco a la imaginación, pensé: aquí va a haber tela que cortar.
Que no soy tonta, ¿eh? Treinta años dando clases de idiomas a universitarios con las hormonas revolucionadas me enseñaron a reconocer la tensión sexual hasta con los ojos cerrados. Y madre mía, la que había entre esos dos cortaba el aire. Era como estar dentro de una sauna, pero con ropa puesta.
Por eso me convertí en la tercera rueda más ausente de la historia: paseos nocturnos, excursiones improvisadas, cualquier excusa para dejarlos solos. Cuando dos personas se desean tanto que el aire chisporrotea, lo mejor que puede hacer una amiga es coger la puerta y marcharse con discreción. Que follen a gusto, que la vida son dos días.
Además, yo tenía mis propias distracciones.
***
Borja llegó esa mañana en una furgoneta blanca que parecía haber sobrevivido a dos guerras mundiales y a un apocalipsis. El motor tosía como mi cuñado después de cuarenta años fumando, y cuando se detuvo frente a la casa dejó una nube de humo negro que habría hecho llorar de envidia a un volcán.
Pero cuando el conductor se bajó, ajusté mis gafas de sol para confirmar que no eran alucinaciones de señora mayor.
¿Esto es un fontanero o me han mandado a un dios griego con mono de trabajo?
Veintiocho años. Alto, moreno, con ese bronceado que solo se consigue trabajando bajo el sol canario. Los brazos se le marcaban bajo la camiseta cada vez que levantaba sus herramientas, y tenía una sonrisa capaz de derretir hasta las tuberías más oxidadas. Y bajo el vaquero descolorido, un bulto entre las piernas que no era ninguna llave inglesa metida en el bolsillo. Madre mía, Edith, ya estás mirándole la polla al chaval antes incluso de saber cómo se llama.
—¿Cómo andamos, mi niña? —saludó, acercándose a la terraza donde yo fingía leer una novela rosa mientras Helga y Lukas desayunaban en su burbuja—. Soy Borja, el fontanero. Vengo por lo del agua caliente.
—Buenos días, cariño —respondí, de buen humor y con ganas de jugar—. Justo lo que necesitábamos. Un hombre que sabe manejar las tuberías.
Helga me lanzó una mirada que decía claramente contrólate, Edith, que estás haciendo el ridículo, pero yo me hice la sorda. A mi edad, cuando aparece un chico guapo con herramientas y músculos, una tiene derecho a apreciarlo sin pedir disculpas.
—El calentador está en el sótano —le expliqué, guiándolo por la casa—. Lleva dando problemas desde la tormenta de anteayer.
—A ti me da que no te hace falta ningún calentador —murmuró Helga por lo bajo, con una sonrisita que no me gustó nada.
—¿Perdona? —repliqué, haciéndome la ofendida sin dejar de caminar.
—Nada, nada —contestó, pero la muy cabrona seguía sonriendo.
***
Mientras bajábamos las escaleras, no pude evitar fijarme en cómo se le ajustaban los vaqueros a un trasero que claramente hacía ejercicio fuera del trabajo. Edith, me regañé, tienes edad para ser su abuela. Pero enseguida me corregí: ¿y qué? Los ojos no tienen edad, y este panorama está para contemplarlo.
El sótano estaba húmedo y en penumbra, iluminado solo por una bombilla desnuda. Borja inspeccionó el calentador con esa concentración que tienen los hombres cuando están en su elemento.
—Madre del amor hermoso —murmuró, agachándose—. Esto está más jodido de lo que pensaba.
La forma en que se inclinó, con la camiseta subiéndosele y mostrando un trozo de espalda morena, me hizo tragar saliva. Y la costura del vaquero se le tensó justo por donde yo estaba mirando, marcándole el paquete de una manera que me obligó a apretar los muslos.
—¿Cómo de jodido? —pregunté, acercándome más de lo necesario.
—Voy a necesitar piezas nuevas. Y tiempo. Probablemente esté aquí varias horas.
Varias horas. Las palabras resonaron en mi cabeza como una promesa.
—No hay problema —dije con toda la inocencia que pude fingir—. Estaré sola la mayor parte del día. Helga y su sobrino se han ido a recorrer la isla.
—¿Sola? —preguntó, y juraría que detecté un matiz nuevo en su voz.
—Completamente sola. Una mujer mayor en una casa vacía… nunca se sabe qué tipo de emergencias pueden surgir.
Borja me miró con esos ojos oscuros que parecían estar evaluando algo más que el estado de las cañerías.
—Bueno —dijo con una sonrisa traviesa—, espero que si surge alguna emergencia sepa usted manejar las herramientas adecuadas. Y si necesita ayuda con algo que requiera manos expertas, solo tiene que llamarme.
Oh, cariño, este jueguecito se está poniendo interesante.
***
Lo observé trabajar desde una distancia estratégica. Cuando se quitó la camiseta porque el calor del sótano se volvía insoportable, tuve que aferrarme a la barandilla para no perder el equilibrio. Su torso era una obra de arte: músculos definidos por años de esfuerzo, piel dorada con una fina capa de sudor que le resbalaba por el esternón hasta perderse en la línea de vello que bajaba desde el ombligo. Joder, si a los sesenta y nueve todavía se me moja el coño con solo mirar, es que no estoy tan muerta como pensaba.
—¿Está bien, señora? —preguntó, notando que me había quedado petrificada.
—Perfectamente —logré articular—. Solo admiraba el trabajo. El profesional, quiero decir.
Se sonrojó, y ese rubor me derritió como mantequilla al sol.
—¿Le importa si subo a por agua? Este calor me está matando.
—Por supuesto. Y, por favor, tutéame. A mi edad las formalidades sobran.
Lo seguí escaleras arriba con los ojos fijos en el balanceo de su trasero. A los sesenta y ocho, ser una vieja verde es prácticamente una obligación.
En la cocina se sirvió un vaso de agua y se lo bebió de un trago. Ver moverse su nuez mientras tragaba fue hipnótico.
—¿Mucha sed? —pregunté, apoyándome en la encimera en una postura que realzaba mi escote—. Tengo zumo, cerveza fría… lo que necesites para hidratarte.
—Con agua está bien —respondió, pero aceptó la cerveza que le ofrecí sin pedirla.
—¿Eres de aquí?
—Nacido y criado en la isla. Tercera generación de fontaneros —sonrió con orgullo—. Mi padre, mi abuelo, todos fontaneros.
—Qué tradicional. Me gustan las tradiciones… familiares —dije, poniendo un énfasis sutil—. ¿Y tienes novia?
La pregunta salió más directa de lo que pretendía. Borja casi se atraganta con la cerveza.
—No exactamente. Acabo de salir de una relación complicada. Ella quería más compromiso, más futuro.
—Ah —murmuré—. Una de esas mujeres que piensan tanto en el mañana que se olvidan de disfrutar el hoy. A mi edad he visto de todo, y te doy un consejo gratis: la vida es demasiado corta para complicarse con expectativas. A veces lo mejor es dejarse llevar. Follar por follar, sin agendas ni promesas.
Nuestros ojos se encontraron y sentí una chispa que no notaba desde hacía años. Se me endurecieron los pezones bajo el vestido y estoy segura de que él lo vio, porque bajó la mirada un segundo antes de apartarla como quien se quema.
—Será mejor que vuelva al trabajo —dijo, apartando la mirada—. Esto no se arregla solo.
Lo vi bajar de nuevo, esquivando mis ojos. Perfecto. Está interesado pero luchando contra ello. Esos son los más divertidos.
***
Aproveché la hora siguiente para preparar mi estrategia como un general antes de la batalla. Me duché con esa agua que seguía saliendo helada, me puse mi vestido azul favorito —el que se pega a mis curvas justo donde tiene que pegarse— y me maquillé con el esmero de una actriz preparándose para el papel de su vida. Hasta me eché perfume en sitios estratégicos: detrás de las orejas, en el cuello, entre los pechos y, con la desvergüenza de quien ya no le rinde cuentas a nadie, en la cara interna de los muslos.
Preparé una bandeja con bocadillos, más cerveza y fruta fresca. La excusa perfecta para volver a bajar.
—Borja, te he traído algo de comer —llamé desde las escaleras.
—No hacía falta —gritó—, pero gracias.
Bajé despacio, asegurándome de que cada paso luciera mis piernas bajo el vestido. Lo encontré inclinado sobre la caja de herramientas, absorto.
—Tienes que alimentarte —dije, dejando la bandeja en una mesa improvisada—. Un hombre que trabaja tan duro necesita recuperar energías.
Nos sentamos en un banco estrecho, y la falta de espacio hizo inevitable que nuestras rodillas se rozaran. Cada vez que él se inclinaba, mi escote quedaba perfectamente enmarcado en su línea de visión.
—Tienes buenas manos —dije, mirando esos dedos grandes y fuertes—. Se nota.
Borja siguió mi mirada y se sonrojó otra vez. Era adorable cómo lo descolocaba mi atención.
—¿No te incomoda que una mujer sea directa? —pregunté.
—No. Me gusta. Es solo que no estoy acostumbrado.
—¿A las mujeres directas o a las mujeres mayores?
—A ambas cosas —admitió, rojo como un tomate.
Honestidad. Puedo trabajar con eso.
—Hoy es tu día de suerte —dije, acercando mi banco—. Porque soy las dos cosas.
Mi rodilla rozó la suya y el contacto nos electrizó a ambos. En lugar de apartarse, se quedó inmóvil.
—Edith… no sé si esto es apropiado.
Me incliné hacia él, lo justo para que mi perfume lo envolviera.
—¿Sabes qué he aprendido en estos años? Que «apropiado» es la palabra más aburrida del diccionario. Y la vida es demasiado corta para ser aburrida.
—Pero tú eres… yo soy…
—Tú eres un hombre atractivo con una polla que se te marca en los vaqueros desde que has bajado de la furgoneta. Yo soy una mujer que sabe apreciar a un hombre atractivo y que hace cinco años que no folla como es debido. ¿Dónde está el problema?
Borja abrió mucho los ojos y se atragantó con su propia saliva. La palabra polla saliendo de la boca de una señora de pelo blanco lo había puesto duro de golpe; se le veía perfectamente en el pantalón.
—La edad…
—Es solo un número, cariño. Y a veces la experiencia vale más que la juventud. Yo sé exactamente lo que quiero. Y ahora mismo lo que quiero es tenerte dentro de mi boca.
Estábamos tan cerca que si me movía un centímetro más nuestros labios se tocarían.
—¿Tienes miedo? —susurré.
—Aterrorizado. Y empalmado como un adolescente. No sé qué me pasa contigo.
—Bien. Las mejores cosas dan miedo y ponen dura la polla al mismo tiempo.
Y entonces hice algo que no había hecho en años: tomé la iniciativa y lo besé. Sus labios eran suaves, cálidos, y tras un instante de sorpresa empezó a responder. No fue un beso perfecto —había torpeza, nervios—, pero cuando su lengua rozó tímidamente la mía sentí una descarga que me bajó directa al coño. Le agarré la nuca con una mano y con la otra, sin previo aviso, le apreté el bulto por encima del vaquero. Estaba durísimo. Gimió dentro de mi boca y esa vibración me atravesó de arriba abajo. Madre mía, esto sí que no me lo esperaba.
Cuando nos separamos, los dos temblábamos y él tenía la respiración entrecortada.
—¿Arrepentido? —pregunté, sin soltarle del todo el paquete.
—Sorprendido. Pero no arrepentido. Joder, Edith, si sigues apretándome ahí me corro en los pantalones.
—No, no —susurré, soltándole con una lentitud calculada—. Ese primer corrida no te la voy a desperdiciar. Ve a por esa pieza que decías. No queremos que el calentador siga roto.
—¿Estarás aquí cuando vuelva?
—¿Dónde más iba a estar? Esta casa parece ser el lugar donde pasan las cosas interesantes.
***
La hora que siguió fue la más larga de mi vida. Me cambié a un vestido amarillo que hacía maravillas con mi bronceado y, en un momento de lucidez práctica, saqué de mi maleta un bote de lubricante y una caja de preservativos que había comprado por si las moscas. Los escondí detrás de los cojines del sofá, fuera de la vista pero al alcance de la mano.
¿Qué demonios estás haciendo, Edith? Es lo bastante joven para ser tu nieto. Pero recordé cómo me había mirado, cómo había respondido a mi beso, cómo se le puso dura la polla en cuanto le apreté por encima del pantalón, y todas las dudas se desvanecieron.
El ruido de la furgoneta regresando me hizo saltar como una adolescente. Me compuse y fingí leer cuando Borja apareció en la terraza.
—Ya estoy de vuelta —anunció, con una voz más segura que antes—. Y creo que voy a necesitar ayuda. Alguien que sostenga la linterna mientras trabajo en un hueco estrecho.
—Por supuesto —dije, levantándome despacio—. Me encanta ayudar.
Bajamos juntos, pero esta vez la atmósfera era distinta. Ya no fingíamos que aquello iba de fontanería. Cuando me incliné para iluminar mejor, mi cuerpo rozó el suyo, intencionadamente por ambas partes. Sentí su erección apoyada contra mi cadera y respondí frotándome un segundo más de lo necesario.
—Listo —anunció al rato, encendiendo el calentador, que cobró vida con un rugido—. Solo había que probarlo.
—Eres muy hábil con las manos —exclamé, quizá demasiado entusiasmada.
Me miró directamente, y vi que había tomado una decisión.
—Sobre antes… sobre el beso. No he podido parar de pensar en él. Ni en cómo me tocaste. Llevo una hora con la polla dura, Edith. No puedo más.
***
En lugar de responder, dejé la linterna sobre el banco con un clic que resonó en el silencio. Me acerqué a él despacio, sintiendo cómo se me aceleraba el corazón. Sus ojos no se apartaron de los míos ni un segundo.
—Ven aquí —susurré, extendiendo la mano.
No necesitó más invitación. Sus manos encontraron mi cintura y me atrajo contra él; pude sentir su erección durísima presionando contra mi vientre a través de la tela. Dios mío, cuánto tiempo sin sentir una polla así de dura pegada a mí. Esta vez, cuando nos besamos, no había ni rastro del nerviosismo anterior. Solo hambre mutua, una necesidad que nos había estado carcomiendo desde la cocina. Sus manos bajaron por mi espalda hasta agarrarme el culo con las dos, y me apretó contra él con una fuerza que me arrancó un gemido.
—Aquí abajo hace calor —dije, tomando su mano—. ¿Por qué no subimos? Quiero comerte la polla en un sitio decente, no en un sótano lleno de tuberías.
Vi cómo sus pupilas se dilataron al oírme decir aquello. No esperé respuesta. Lo guié escaleras arriba, consciente de que cruzaba una línea sin retorno. Pero a mi edad las líneas son para los jóvenes indecisos.
En el salón empecé a desabotonarle la camisa con una determinación que claramente lo sorprendió.
—Edith, ¿estás segura?
—Cariño, llevo muchos años tomando decisiones. Esta es una de las mejores.
Su torso desnudo era aún más impresionante a la luz natural. Le pasé las uñas por el pecho, bajé por los abdominales y me detuve justo en la cinturilla del vaquero. Le desabroché el botón con una mano y le bajé la cremallera despacio, disfrutando de cómo contenía la respiración. Luego él alcanzó la cremallera de mi vestido y la deslizó despacio.
—Te advierto: a mi edad, lo que ves es lo que hay. Sin trucos. Tetas caídas, arrugas y un coño que ha visto mucho mundo.
—Mejor —respondió—. Prefiero la autenticidad. Y prefiero un coño con experiencia a uno sin idea.
El vestido cayó al suelo y me quedé ante él en bragas y sujetador, una mujer de sesenta y ocho años bajo la mirada apreciativa de un hombre de veintiocho. Debería haberme sentido cohibida, pero la forma en que me miraba me hizo sentir como una diosa. Me desabroché el sujetador y lo dejé caer. Mis pechos, ya no firmes como a los treinta pero todavía llenos y con los pezones grandes y erectos, quedaron ante sus ojos.
—Eres perfecta —exhaló, y bajó la cabeza para chuparme un pezón con una avidez que me arrancó un jadeo largo.
Su boca era húmeda y caliente, y su lengua trazaba círculos alrededor de la areola antes de succionar con fuerza. Pasó al otro pecho mientras con la mano libre me pellizcaba el pezón todavía mojado por su saliva. Yo le enterré los dedos en el pelo y le apreté la cara contra mí, gimiendo sin ningún tipo de recato.
—Muérdemelos, cariño —le pedí—. No soy de porcelana, aprieta.
Y el chaval obedeció. Me mordió el pezón con la fuerza justa, y esa punzada de dolor y placer mezclados me hizo mojar las bragas por completo.
***
Le bajé los vaqueros hasta los tobillos y luego los calzoncillos. Su polla saltó liberada, dura, gruesa y con la punta ya brillante de líquido preseminal. Se me hizo la boca agua. Era una polla joven, de las que se ponen tan tiesas que casi apuntan al ombligo, y de un tamaño que prometía guerra.
Algo primitivo se apoderó de mí. Me arrodillé despacio frente a él, con más esfuerzo del que me habría gustado confesar, y mis manos rodearon la base de su verga. La sujeté con firmeza, saqué la lengua y le lamí la punta despacio, saboreando esa gota salada. Luego le pasé la lengua por toda la longitud, de la base al glande, y de vuelta, mientras él soltaba un gemido gutural que me hizo sonreír contra su piel.
—Joder, Edith… —jadeó.
—Calla y disfruta, cariño —murmuré antes de metérmela en la boca.
Me la tragué despacio, centímetro a centímetro, hasta que noté cómo el glande me golpeaba el fondo del paladar. Empecé a chupársela con un ritmo lento y profundo, ayudándome de la mano para lo que no me cabía. Mi lengua rodeaba el glande cada vez que la sacaba casi entera, y luego volvía a metérmela hasta el fondo. Ventaja de la edad y de treinta años de vida sexual variada: chupar bien una polla no se olvida.
Su respiración se volvió errática, y de su garganta salían gemidos roncos que vibraban en el aire denso del salón. Sus caderas empezaron a moverse con un ritmo instintivo, sus dedos enredados en mi pelo blanco, guiándome sin forzarme nunca más allá de lo que yo quería dar. Yo aceleré el ritmo, ahuecando las mejillas para succionarle más fuerte, y con la mano libre le acaricié los huevos, sopesándolos con suavidad.
—Me la estás chupando de puta madre —gimió, con la voz rota—. No voy a durar nada, Edith, joder.
Me separé un momento, jadeando, y lo miré con los ojos ardiendo, con la polla resbalando de mis labios cubierta de saliva.
—Quiero que te corras en mi boca —dije con voz ronca—. Quiero tragarme hasta la última gota. Lo estoy deseando, cariño.
—Joder, Edith… ¿estás segura? —gimió, temblando.
—Completamente —susurré, volviendo a la tarea.
Me la metí hasta el fondo otra vez y aumenté el ritmo, chupando y masturbándolo a la vez, sin dejar que saliera de mi boca ni un segundo. Su respiración se convirtió en jadeos entrecortados, sus manos me agarraron la cabeza con más fuerza, y entonces su cuerpo se arqueó como un arco tenso y se dejó ir. Sentí cómo la primera oleada de semen caliente me golpeaba la garganta, densa y espesa, y luego otra, y otra. Me lo tragué todo sin apartarme, gimiendo yo también con la polla dentro de la boca. Qué intenso. Cada pulsación fue como una pequeña victoria, y cuando por fin se quedó quieto, seguí chupándole con delicadeza para sacarle hasta la última gota.
Cuando por fin la dejé salir de mi boca, me pasé el pulgar por la comisura de los labios y me lamí lo que había quedado. Él me miraba desde arriba con una cara de completo descrédito.
—Nunca… nunca me habían chupado así.
—Ventajas de la experiencia, cariño —le guiñé un ojo.
***
Me levanté despacio, saboreando aún su sabor, y lo besé con una pasión renovada. Él respondió con una intensidad que me sorprendió: sus manos, que habían estado temblando, ahora se movían con determinación por mi cuerpo. Me arrancó las bragas de un tirón —literalmente, oí cómo se rasgaba la costura— y con una audacia que me hizo gemir, deslizó dos dedos entre mis muslos y directamente dentro de mi coño empapado.
—Joder, estás chorreando —murmuró contra mi boca, con una reverencia que me hizo temblar—. Estás mojadísima, Edith.
—Llevo así desde que te bajaste de la furgoneta, cariño —jadeé.
Sus dedos empezaron a moverse dentro de mí, primero explorando y luego con un ritmo constante que me hizo abrir las piernas más y agarrarme a sus hombros para no caerme. El pulgar encontró mi clítoris y empezó a trazar círculos que me nublaron la vista. Sus caricias eran torpes pero entusiastas, los dedos de un hombre joven descubriendo los secretos de un cuerpo maduro con una fascinación embriagadora.
—Así, así, cariño —jadeé—. Un poco más arriba… ahí, ahí, joder…
—Ahora es mi turno —anunció, sacando los dedos brillantes de mis jugos y llevándoselos a la boca para chuparlos sin apartar los ojos de los míos. Ese gesto me hizo temblar entera—. Quiero probarte entera.
Y antes de que pudiera reaccionar me levantó del suelo como si no pesara nada.
—¡Borja! —chillé—. ¡Soy una mujer de sesenta y ocho años, no una pluma!
—Para mí eres perfecta —respondió, depositándome con cuidado sobre el sofá.
Me abrió las piernas de par en par y se arrodilló entre ellas. Cuando su cara desapareció entre mis muslos y sentí su lengua caliente y ancha lamerme el coño de abajo arriba, di un grito que probablemente se oyó desde la playa. Hostia santa, este chaval sabe lo que hace.
Empezó a comerme el coño con un hambre que no me esperaba. Su lengua recorría mis labios mayores, se hundía dentro, subía hasta el clítoris y lo succionaba con fuerza mientras dos de sus dedos entraban y salían de mí a un ritmo constante. Yo me agarré a su pelo, arqueé la espalda y empecé a moverme contra su boca, sin ninguna vergüenza, restregándome contra su cara mientras él gruñía de placer.
—Ay, dios mío, no pares… no pares… cómemelo así, cariño, así… —le pedí, con la voz ronca de placer.
Chupó mi clítoris con más fuerza, con un patrón regular que me estaba llevando al límite mucho más deprisa de lo que había sentido en años. Sentí el orgasmo subir desde el fondo de mi vientre, imparable, y cuando finalmente me estalló entre las piernas grité tan fuerte que me quedé sin voz. Mi coño se contrajo alrededor de sus dedos con una fuerza que me sorprendió a mí misma, y él siguió lamiéndome despacio, prolongando cada oleada, hasta que caí sobre el sofá temblando como un flan.
—Madre mía, cariño —jadeé, con las piernas todavía temblorosas—. Si sabías hacer eso, ¿por qué has tardado tanto en dejarte?
Él se rió, con la barbilla brillante de mis jugos, y subió a besarme para que me probara en su boca. Yo sentía cómo él se endurecía otra vez contra mi muslo, recuperándose con esa facilidad envidiable de la juventud.
—Ahora dentro de mí —le supliqué, arqueando las caderas—. Por favor, Borja, méteme esa polla hasta el fondo. Llevo horas fantaseando con esto. Si no me follas ya, me muero.
Alcancé torpemente los cojines y saqué el lubricante y la caja de preservativos. Borja soltó una carcajada.
—¿Sabes qué? Cuando fui a por la pieza también pasé por la farmacia. Tenía la esperanza de que…
—¿En serio? —reí—. Parece que ambos somos igual de previsores.
—O igual de calentones —murmuró, tomando uno y colocándoselo en la polla con una torpeza adorable.
Me eché un chorro de lubricante en la mano y se lo esparcí por la verga bien enfundada, apretándosela varias veces de arriba abajo. Él cerró los ojos y gruñó.
—Como sigas apretándome así me corro otra vez sin haber empezado —masculló.
Separé las piernas todo lo que pude, ofreciéndole el coño abierto por completo, y vi cómo se le oscurecían los ojos de deseo.
—Eres preciosa, Edith —murmuró, sujetándome por los tobillos y colocándose entre mis piernas.
Empezó a penetrarme muy despacio, deteniéndose cada pocos centímetros. Sentí cómo su polla gruesa iba abriéndose camino dentro de mí, estirándome, llenándome de una manera que no recordaba. Solté un gemido largo cuando por fin entró hasta el fondo, y él se quedó quieto un segundo, temblando por el esfuerzo de no moverse.
—¿Voy bien así? ¿Te hago daño?
Su interés genuino por mi comodidad me llegó al corazón, pero también me hizo reír por dentro. Cariño, este viejo motor funciona mejor de lo que imaginas.
—Estás dentro de mí, cariño, y no me estás haciendo nada de daño —jadeé, agarrándole del culo con las dos manos y apretándolo contra mí—. Ahora fóllame de una vez. No soy de cristal.
Cuando por fin se soltó, estableció un ritmo que me hizo perder la noción del tiempo. Sus embestidas eran profundas, largas, y cada vez que se hundía hasta el fondo me golpeaba en un punto que me hacía ver estrellas. Sus dedos encontraron mi clítoris y lo acariciaron en círculos perfectos mientras me follaba, sin perder el compás.
—Más… más fuerte —logré jadear—. Fóllame más fuerte, cariño, no te contengas.
Mi súplica lo encendió como una cerilla. Me agarró las caderas con las dos manos y empezó a embestirme con una fuerza que hacía chocar mi culo contra el sofá con un ruido húmedo y obsceno. Le vi apretar los dientes, la mandíbula tensa, la frente perlada de sudor. Yo le clavé los talones en la espalda, le arañé los hombros y le pedí más.
—Así, así, méteme esa polla hasta el fondo, no pares —gemí sin ningún control—. Fóllame como si fuera una furcia, cariño, dámelo todo.
Oírme decir eso pareció volverlo loco. Sacó la polla entera y me dio la vuelta sobre el sofá, colocándome a cuatro patas con una firmeza que me sorprendió. Sentí cómo me abría los cachetes del culo con las manos y volvía a entrar de una sola embestida profunda que me arrancó un aullido de placer.
—¿Así te gusta? —jadeó, follándome desde atrás con embestidas duras que me sacudían entera.
—Sí, sí, así, no pares, joder… —le supliqué, aferrada al respaldo del sofá.
Me agarró del pelo blanco con una mano, tirando lo justo para hacerme arquear la espalda, y con la otra me buscó el clítoris por debajo mientras seguía metiéndomela hasta el fondo. Cada embestida me sacaba un gemido nuevo, y notaba cómo su polla resbalaba dentro de mí, mojada por mis propios jugos y por el sudor que ya nos empapaba a los dos.
—Me aprietas tanto, Edith… tienes un coño increíble —gruñó—. No voy a aguantar mucho más.
—Yo tampoco, cariño, córrete conmigo —jadeé—. Termina dentro, quiero sentirlo, quiero notar cómo revientas.
Y cuando aumentó el ritmo hasta convertirlo en un martilleo brutal, fue como si el sol saliera dentro de mí: una luz cálida que empezó en mi vientre y se extendió como miel líquida por cada rincón. Mi coño se contrajo con espasmos violentos alrededor de su polla y grité tan fuerte que se me quebró la voz.
—¡Joder, Edith! —gruñó—. ¡Me corro, me corro!
—¡Déjate ir dentro de mí, cariño! —chillé, fuera de control, empujando el culo hacia atrás para tenerlo más adentro.
Y entonces sentí cómo se hundía hasta el fondo por última vez y su polla latía dentro de mí, descargando con unos espasmos que me atravesaron como relámpagos dorados. Se quedó pegado a mi espalda, jadeando en mi nuca, con las manos todavía aferradas a mis caderas, mientras yo seguía temblando debajo con mi orgasmo prolongándose en oleadas.
***
Después, mientras yacíamos entrelazados en el sofá, sudorosos y saciados, con su polla todavía dentro de mí ablandándose despacio, Borja me miró con asombro.
—Eso fue…
—Increíble —terminé por él.
—¿No te arrepientes?
—Cariño —reí, trazando círculos en su pecho aún jadeante—, a mi edad el arrepentimiento es un lujo que no puedo permitirme. Solo me arrepiento de las cosas que no hago. Y desde luego no me arrepiento de haberme comido esa polla ni de haberte dejado follarme como me has follado.
Se rió, todavía con la respiración entrecortada, y me acarició un pecho perezosamente.
—¿Y esto? ¿Lo volverías a hacer?
Había una vulnerabilidad en la pregunta que me llegó al corazón.
—Si me lo pides con educación… y si traes más piezas de repuesto… podríamos encontrar muchas más cosas que necesitan reparación. Por ejemplo, mi culo lleva años sin la atención que se merece, cariño, por si te apetece explorar territorio nuevo la próxima vez.
Vi cómo tragaba saliva y cómo, todavía dentro de mí, la polla le daba un tironcito de interés.
—Joder, Edith, me vas a matar.
—Qué mejor forma de morir, cariño.
Su sonrisa fue como un amanecer.
—En ese caso, creo que voy a tener que hacer muchas más visitas de servicio.
—Perfecto —susurré contra su oído—. Porque esta casa vieja tiene mucho que necesita la atención de un profesional joven y capaz.
***
Esa noche, cuando Helga y Lukas volvieron de su excursión con esa cara de satisfacción que reconocería a kilómetros, me limité a sonreír con inocencia.
—¿Qué tal el día? —preguntó Helga.
—Muy productivo —respondí—. Borja arregló el calentador. Y unas cuantas cosas más.
La mirada que intercambiamos fue de completo entendimiento. Habíamos venido a Lanzarote buscando sol y tranquilidad, y habíamos encontrado algo mucho mejor.
Habíamos redescubierto que estar vivas, y bien follada, no tiene fecha de caducidad.





