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Relatos Ardientes

Cuidar a la madre de mi amigo se volvió otra cosa

Aquella tarde de sábado, como tantas otras desde mi separación, mi casa volvía a ser el cuartel general de los amigos de toda la vida. Una parrillada, cervezas y conversación hasta que el sol empezó a caer. De a poco se fueron yendo todos, hasta que solo quedó Marcos, con varias copas encima y esa mirada que pone uno cuando carga algo que no sabe cómo soltar.

—Tengo que contarte una cosa —dijo, removiendo el hielo de su vaso—. Me salió un trabajo afuera. Tres veces lo que gano acá.

Lo felicité, pero su cara no era la de alguien feliz. Me explicó que llevaba años separado, que su hijo ya estaba grande y con su propia familia, que nada lo ataba a esta ciudad. Nada, salvo una cosa.

—Mi vieja —suspiró—. Por mis turnos ya no podía dejarla sola, así que hace un año la tuve que internar en un hogar de ancianos. La voy a ver seguido. Pero si me voy, con suerte vengo una vez al año.

Ahí entendí adónde iba la conversación.

—Necesito pedirte un favor enorme —me dijo, apoyando la mano en mi hombro—. ¿Vos podrías pasar a verla de vez en cuando? Llevarle unos chocolates, sacarla a dar una vuelta. Te lo voy a agradecer toda la vida.

Le dije que se quedara tranquilo. Yo había conocido a su madre de chico, aunque probablemente ella ni se acordara de mí. Pero un amigo es un amigo, y eso no se discute.

***

Un par de meses después le hicimos la despedida en mi casa. Al abrazarnos en la puerta, Marcos me lo repitió una vez más, casi al oído: cuidá a mi vieja. Le dije que perdiera cuidado.

Cumplí mi palabra. Unas semanas más tarde fui al hogar con una caja de bombones bajo el brazo. Doña Olga era la típica abuela de unos setenta y cinco años: bajita, delgada, de pelo largo y canoso recogido en un rodete, anteojos gruesos y una voz suave que parecía pedir perdón por existir. Le costó reconocerme —hacía más de diez años que no me veía—, pero cuando lo hizo se le iluminó la cara.

Conversamos casi una hora. Al principio fue forzado, de esos silencios que uno rellena con frases hechas. Después la cosa se soltó y resultó una charla agradable. Me despedí prometiéndole que otro día la pasaría a buscar para salir a pasear.

***

El domingo siguiente la llamé. Cuando llegué, ya estaba lista, esperándome con su cartera sobre las rodillas. La enfermera que la cuidaba, que sabía perfectamente que yo no era su hijo, le hizo una broma:

—Olga, llegó su novio a buscarla.

Ella se rió y me tomó del brazo. Dimos una vuelta por el centro, estacioné cerca de una plaza y caminamos un poco. Para su edad se movía notablemente bien, independiente, despierta. Compramos helados, nos sacamos una foto que le mandé a Marcos. Me respondió al instante, agradecido hasta el cansancio de que hubiera sacado a su madre a tomar aire.

Esa tarde me dio una ternura difícil de explicar. Mi propia madre había fallecido años atrás, y verla a ella tan sola, rodeada de gente que apenas conocía, me removió algo. La fui a dejar y quedamos en repetir.

***

La tercera salida fue casi un mes después. La llevé a almorzar a un restaurante, otra foto para Marcos. Hablamos de comida, de los platos que me hacía mi madre cuando yo era chico. Le conté que la había perdido, y a Olga se le humedecieron los ojos.

—Me encantaría cocinarte esos platos —me dijo, apretándome la mano—. Pero no acá. En tu casa, como Dios manda.

Y así quedamos. El domingo siguiente pasé por el supermercado, compré todo lo que ella me había encargado por teléfono y la fui a buscar.

***

En la cocina, Olga se movía con una soltura que me sorprendió. Le serví una copa de vino tinto y me serví otra. La ayudé a picar, a revolver las ollas, mientras la casa se llenaba de un olor que de verdad me recordó a mi infancia.

Y entonces, mirándola de reojo, empecé a verla distinto.

La verdad sea dicha, no estaba nada mal la mujer. Menuda y delgada, sí, pero bajo la blusa de escote recatado se adivinaba un buen par de tetas, y la falda suelta dejaba intuir un culo que todavía tenía lo suyo. Yo llevaba un tiempo largo sin coger. Y pensé, casi sin querer, que ella seguramente llevaba mucho más.

El vino me puso atrevido. Empecé a acercarme por detrás con la excusa de mirar la olla, apoyando apenas las manos en su cintura, dejando que la bragueta le rozara el culo. No hubo rechazo. Le rellené la copa, la hice reír, la miré un segundo de más. Ella sostuvo esa mirada un instante antes de volver a la cocina, y en ese instante supe que había entendido.

—Ya me estoy mareando con el vino —dijo, riéndose, cuando le serví otra.

—Una más y comemos —insistí.

Terminó bebiéndosela igual.

***

Comimos una comida casera deliciosa, de esas que no se consiguen en ningún restaurante. Después recogimos la mesa juntos. Ella quiso lavar los platos; yo le dije que los dejara. Insistió, tomó la esponja, y me apoyé contra su espalda con la excusa de quitársela, frotándome apenas, los dos riéndonos como si fuera un juego inocente. La tenía tan pegada que sentí perfectamente cómo el culo se le acomodaba contra mi bulto, y cómo se quedaba un segundo de más antes de despegarse.

Nos sentamos un rato en el sofá. Me dijo otra vez que el vino la tenía floja, y yo le confesé que después de tanto comer necesitaba recostarme un momento.

—Me da cosa dejarte sola —le dije—. Vení, acompañame a ver tele al cuarto. Ahí tengo aire acondicionado, con este calor se está mejor.

Accedió.

***

Prendí la televisión y me recosté. Ella se sentó tímidamente en el borde, los pies todavía en el piso.

—Sacate los zapatos, ponete cómoda —le dije—. No te voy a hacer nada. Salvo que vos quieras.

Se rió de la broma y me miró de una manera que ya no tenía nada de inocente. Se sacó los zapatos y subió las piernas a la cama, quedando a mi lado.

Tomé el teléfono y dije que nos íbamos a sacar una foto para mandarle a Marcos. Ella protestó entre risas —«¿qué va a pensar mi hijo si me ve en tu cama?»— y empezó un forcejeo: ella tratando de quitarme el teléfono, yo moviéndolo de un lado a otro. En el juego se apoyaba contra mi pecho, contra mis piernas, hasta que la dejé ganar. Riéndose como una chiquilina, se giró dándome la espalda con el teléfono entre las manos.

Ahí me abalancé. Fingiendo que quería recuperarlo, apoyé todo mi cuerpo contra su espalda, y la polla ya media parada se le clavó en el culo por encima de la falda. Ella reía y se cubría, y yo, con la excusa del forcejeo, le rocé una teta un segundo. No dijo nada. La rocé de nuevo. Nada, solo risa. A la tercera se la tomé con la mano abierta, sin disimulo y sin soltar, apretándola por sobre la blusa. La risa se le cortó de golpe. Pero no apartó mi mano. Solo se le escapó un suspiro largo que le salió del fondo.

Dejamos de movernos. Empecé a acariciarle la teta por sobre la blusa, sintiendo cómo el pezón se le paraba contra la tela y el corpiño, presionándole el culo con la verga cada vez más dura. No decía nada, pero su respiración la delataba. Le busqué el cuello con los labios, se lo lamí de abajo hacia arriba, y ahí soltó un gemido más fuerte, moviéndose apenas hacia atrás, restregándose contra mi bulto sin darse cuenta de lo que hacía.

***

Fui de a poco, con paciencia, para no asustarla. Le subí la falda hasta la cintura, le acaricié los muslos flacos y tibios, y le llegué a la entrepierna por encima de la bombacha. Estaba empapada. La tela se le pegaba al coño y el olor me llegó fuerte, un olor a hembra que llevaba años guardado. Le pasé el dedo por encima de la raja, presionando la tela contra los labios, y ella dio un respingo y se me pegó todavía más.

—Ay, dios mío —murmuró—, hace tanto…

La giré sobre la cama boca arriba y le fui desabrochando los botones de la blusa, uno por uno, sin apuro. Le abrí el corpiño por delante y le liberé las tetas: blandas, tibias, caídas por los años, con los pezones rosados grandes y ya duros como piedritas. Me gustan los cuerpos como son, con su historia encima, y ese cuerpo tenía toda una vida. Me tiré encima de una teta y me la metí entera en la boca, chupándole el pezón, mordiéndoselo despacio, mientras con la otra mano le seguía apretando la del otro lado. Ella arqueaba la espalda y me clavaba las uñas en la nuca.

—Chupámelas —susurró, colorada de vergüenza y de calentura—, hace años que nadie me las chupa así.

Le bajé la bombacha por las piernas, se la saqué y la tiré al piso. Le abrí los muslos y me quedé un segundo mirándole el coño: un coño de mujer grande, de pelos canosos ralos, los labios abultados y brillosos de lo mojada que estaba. Bajé la cabeza y le planté la lengua entera de abajo hacia arriba, lento, saboreándola. Olga soltó un gemido que le salió sin filtro y se tapó la boca con las dos manos.

—Sacate las manos —le dije—, quiero escucharte.

Se las sacó. Le abrí los labios del coño con los dedos y le busqué el clítoris con la punta de la lengua. Estaba hinchado, latiendo. Se lo chupé despacio, después le di lengüetazos más rápidos, y ella empezó a moverme la cadera contra la cara, agarrándome del pelo. Le metí un dedo en el coño y estaba estrecha, apretada como una nena, tantos años sin nada la habían dejado así. Metí un segundo dedo y empecé a moverlos adentro mientras le seguía chupando el clítoris, y en menos de un minuto la sentí temblar entera, apretarme los dedos con las paredes del coño y gritar con una voz ronca que no le conocía.

—Ay, me corro, me corro, me corro —repetía—, dios mío, hace años que no…

Se acabó con la cara toda roja, los ojos cerrados, respirando como si hubiera corrido una cuadra. Cuando abrió los ojos me miró con algo parecido al miedo.

—¿Qué estamos haciendo? —murmuró.

—¿No te gusta?

—Sí me gusta. Pero me da miedo.

—¿Miedo de qué?

—De que mi hijo se entere.

—¿Y cómo se va a enterar? Esto queda entre nosotros. Va a ser nuestro secreto.

—No puedo creer que esté pasando —susurró, más para ella que para mí.

—Somos dos adultos, ¿no?

—Sí. Pero yo te llevo muchos años.

—Eso no es ningún problema —le dije, buscándole la boca y metiéndole la lengua para que se probara a sí misma—. A menos que no quieras.

—Sí quiero —confesó, y bajó la mirada hasta mi bulto—. Me encanta tu cuerpo. Dejame verte.

—Entonces demostrámelo.

***

Me paré al costado de la cama y me saqué la ropa. Cuando me bajé el calzoncillo y le saltó la polla dura enfrente de la cara, se le escapó un suspiro y se relamió sin darse cuenta. Se incorporó, se sentó en el borde de la cama, y me la agarró con las dos manos, midiéndola, sopesándola, mirándola de cerca como quien reencuentra algo que creía perdido.

—Hace tanto que no tengo una así en la mano —dijo, y sin agregar nada más se la metió en la boca hasta la mitad.

La vieja sabía chuparla. La tenía metida hasta atrás, me la sacaba con la lengua enroscada en el glande, me la lamía por debajo desde los huevos hasta la punta, me chupaba los huevos uno por uno mientras me la meneaba con la mano. Se le escapaba la baba por la comisura y no le importaba. Yo la miraba desde arriba, con las manos en su rodete canoso, sin poder creer que esa señorita tímida que había paseado del brazo por la plaza me la estuviera mamando así.

—Metémela toda —le pedí, apretándole apenas la nuca.

Abrió más la boca, respiró por la nariz y se la tragó hasta la garganta, arcando pero sin sacarla. Le lloraron los ojos, se le corrió el rímel, y cuando la sacó un hilo de baba le quedó colgando del labio hasta la punta de mi verga.

—Cogeme —me dijo, mirándome de abajo hacia arriba con los labios brillosos—. Cogeme ya, no aguanto más.

***

La empujé de nuevo sobre la cama, le abrí las piernas y me acomodé entre ellas. Le froté la cabeza de la polla por toda la raja del coño, mojándomela con su propio jugo, apoyándomela en el clítoris para que se retorciera. Ella levantaba la cadera buscándome, desesperada.

—Metémela, por favor, no me hagas esperar.

Le fui metiendo la punta despacio, un centímetro nada más, y ya me apretó tanto que casi me hace terminar ahí mismo. Empujé un poco más y la sentí ceder de a poco, abriéndose alrededor de mí. Ella jadeaba con la boca abierta, la cabeza para atrás, las manos aferradas a las sábanas. Cuando por fin se la clavé hasta el fondo, con los huevos golpeándole el culo, soltó un gemido largo, agudo, casi un llanto.

—Ay, cómo me llena —dijo—, cómo me llena.

Empecé a moverme despacio, con envestidas largas, sacándosela casi entera y volviéndosela a meter hasta el fondo. Ella me contestaba cada envión con la cadera. Le agarré una teta con cada mano, se las apreté, le retorcí los pezones, y ella me pedía más y más fuerte.

—Más duro —jadeaba—, cogeme más duro, no te preocupes que aguanto.

Le hice caso. Empecé a metérsela con fuerza, sonando los cuerpos contra los cuerpos, la cama crujiendo, el olor a coño llenando el cuarto. Ella gritaba sin vergüenza, ya sin taparse la boca, diciéndome cosas que me terminaban de calentar:

—Cogeme, cogeme fuerte, hace años que no me la clavaban así, dame toda la verga, dame todo.

La agarré de las piernas, se las levanté hasta apoyarle los tobillos en mis hombros, y en esa posición se la metí hasta lugares donde seguro no le entraba desde hacía décadas. Ella pegaba unos alaridos que se escuchaban en toda la casa, y a mí me daba lo mismo, mejor todavía.

La di vuelta y la puse en cuatro. Verle el culo blanco arrugado al aire, y abajo el coño abierto y rojo esperando la verga, casi me hace acabar. Le clavé la polla de una sola envestida y ella pegó un grito ahogado contra la almohada. Le agarré el rodete deshecho como si fueran riendas y empecé a cogérmela como a una potranca, mientras con la otra mano le daba palmadas en el culo que le dejaban la marca de mis dedos.

—Sos una viejita puta —le dije al oído, sorprendido de mí mismo—, mirá cómo te gusta.

—Sí —jadeó ella, hundida en la almohada—, soy una vieja puta, soy tu vieja puta, seguí, no pares, no pares.

Le pasé la mano por debajo y le busqué el clítoris con los dedos mientras se la seguía clavando desde atrás. Se lo froté a la par de los golpes y en pocos segundos la sentí explotar de nuevo, apretándome la polla con el coño con unos espasmos que casi me arrastran con ella.

—Me corro otra vez —gritó contra la almohada—, dios santo, me corro otra vez, adentro, dejame acabar con vos adentro.

Aguanté como pude hasta que ella dejó de temblar. Después la di vuelta otra vez, se la metí de nuevo mirándola a la cara, y le pedí que me dijera dónde la quería.

—Adentro no —jadeó, entendiendo—. En las tetas, acabame en las tetas.

Se la seguí metiendo unos envidones más, cada vez más rápido, hasta que sentí subir todo. Se la saqué, me trepé sobre ella y me la empecé a menear encima del pecho. Ella me la ayudaba con la mano, mirándome, con la boca abierta y la lengua afuera esperando. La primera chorreada le cayó en el cuello y en el mentón, la segunda le partió las tetas al medio, y las últimas se las descargué sobre los pezones y en la lengua, mientras ella tragaba lo que le caía en la boca y se lamía los labios.

—Hace años que no me acababan encima —dijo, con una sonrisa cansada y feliz, pasándose los dedos por el semen para embadurnarse las tetas—. Ni me acordaba de lo lindo que era.

La besé en la frente y me dejé caer al lado, sin aliento.

—Hace tanto que no me pasaba algo así —agregó después, con la voz quebrada—. Pensé que ya nunca más.

***

Soy un hombre al que le gusta tomarse su tiempo, que cada encuentro sea largo, sin apuro. Y ella, lejos de quedarse atrás, me seguía el ritmo con unas ganas que parecían acumuladas durante años. Después de un descanso corto la tuve de nuevo dura, y ella se me trepó encima sin que se lo pidiera, se acomodó la verga en el coño y se dejó caer despacio, hundiéndosela hasta el fondo con un suspiro.

Me cabalgó así un rato largo, con las tetas caídas rebotándome en la cara, agarrada a la cabecera de la cama, moviendo la cadera en círculos, apretándome la polla con el coño cada vez que se levantaba. Me hablaba al oído, me decía guarradas, me pedía las cosas con una naturalidad que terminaba de encenderme. La timidez del principio había desaparecido por completo.

—Mirá cómo me monto tu verga —jadeaba—, mirá cómo me la meto toda, tu amigo no sabe qué está haciendo su vieja con vos.

Se acabó otra vez arriba mío, temblando como una hoja, y yo me acabé por segunda vez dentro de ella, porque a esa altura ya me lo había pedido a los gritos.

Estuvimos así una buena parte de la tarde, perdidos en esa cama, ajenos a todo lo de afuera. Hubo risas, hubo silencios, hubo momentos en que los dos nos mirábamos sin entender del todo cómo habíamos llegado hasta ahí. Cuando finalmente quedamos quietos, abrazados y sin aliento, ella apoyó la cabeza en mi pecho, con el semen todavía chorreándole por la cara interna de los muslos.

—Mañana voy a amanecer molida —dijo, y se rió bajito—. Pero feliz.

***

Descansamos un rato. Yo me dormí unos minutos, sintiendo su mano recorrerme la espalda con una ternura que ya no tenía nada que ver con el deseo. Cuando desperté, ella seguía despierta, tapada con la sábana, mirándome con una sonrisa serena.

—Gracias —me dijo, simplemente.

No hizo falta aclarar por qué.

***

Ya era tarde cuando nos vestimos y la llevé de vuelta al hogar. Mientras manejaba, le apoyé la mano en la rodilla y le pregunté si le había gustado.

—Me encantó —respondió, mirando por la ventanilla con una media sonrisa—. Hacía años que no me sentía así. Como una mujer otra vez, y no solo como una vieja en un asilo.

La dejé en la puerta. Antes de bajar, se inclinó y me dio un beso en la mejilla que duró un segundo de más.

—El próximo fin de semana cocino yo de nuevo —dijo—. Si me querés invitar, claro. Y traé ganas.

La miré alejarse, pequeña y erguida, saludando a la enfermera con la mano. Saqué el teléfono y le escribí a Marcos que su madre estaba de maravilla, contenta como nunca.

No le mentí. Esa parte, al menos, era completamente cierta.

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Comentarios(7)

Martin_Cordoba

que historia!! no me la esperaba para nada asi

FlorBsAs

Me encanto como fue avanzando la situacion, sin apuro. Se siente real. Sigue escribiendo por favor!

DiegoCba91

jajaja me recordo algo que me paso hace años en casa de un amigo... la vida a veces supera la ficcion

Caro_lectura

buenisimo!! quiero la segunda parte ya

GaboLector

Muy bien escrito, se nota que tenes oficio. La tension del principio estaba muy lograda. Me quedo con ganas de saber como siguio todo eso despues... ¿hay continuacion? Saludos desde Mendoza

CarlaLectora_

La categoria Maduras tiene cada historia buena... y esta es de las mejores que lei. Muy recomendada

Beto_Pampa

tremendo, de los mejores relatos que lei en este sitio

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