Mi amiga quiso perder el miedo al sexo anal
Ella solo quería hacer una pregunta incómoda; esa misma noche terminó en mi cama, decidida a descubrir qué podía sentir.
Ella solo quería hacer una pregunta incómoda; esa misma noche terminó en mi cama, decidida a descubrir qué podía sentir.
Bastó volver a olerlo para saber que esa noche no iba a salir de esa habitación caminando igual que entré.
Bajamos del escenario riéndonos, pero en cuanto cerraron la puerta del apartamento nadie tenía ganas de seguir fingiendo.
Entré por curiosidad a aquella construcción vacía y salí con la boca llena, las piernas temblando y ganas de que entrara el siguiente.
Cuando ella dijo que quería jugar con cuatro hombres en la calle, ninguno imaginó hasta dónde iba a llegar aquella noche.
Fui a ver una película con mi mejor amigo y su novia, pero cuando él salió un momento, ella me arrinconó y todo cambió.
Diego dormía boca abajo. Yo miraba el techo con la mano entre las piernas, y en la cabeza volvía aquella noche en la trastienda del bar de Rocco.
La empujé hacia esa fantasía durante meses, hasta que llegó el sábado y me di cuenta de que otro hombre iba a follársela en nuestra cama.
Desperté desnudo entre amigos y una desconocida tatuada; cuando abrí la ventana, entendí que lo más sucio todavía no había terminado.
Creí que íbamos a una carne asada con amigos, pero cuando vi a mi marido besar a otra frente a mí, entendí que esa noche iba a cruzar un límite.
Lo invité a subir mientras seguía húmeda de tocarme, y esa noche en el hotel se convirtió en una cadena de sexo que ya no pude frenar.
Lo reconocí al fondo de la fiesta y no imaginé que acabaríamos solos, con las manos temblando y la verga dura dentro de mi coche.
Entré a cortarme el pelo antes del permiso y salí sabiendo quién me la chupaba, quién me abría el culo y con quién acabaría en un coche.
Me llevó del porche al baño sin soltarme la mano, cerró la puerta y me miró en el espejo como si ya supiera cómo iba a acabar aquello.
Fui a trabajar de camarera unas horas en una casa con piscina, pero la forma en que me miraban desde que llegué dejó claro que nadie quería solo una copa.
Camila me esperaba con una fiesta de treinta íntimos. Lo que no me esperaba era encontrar a una rubia en la ducha ni terminar la noche entre dos cuerpos que no conocía.
Mi mujer volvió de casa de los vecinos con la mirada encendida, el coño temblándole y una condición clara: la próxima vez, yo tenía que verlo todo.
Me invitó a quedarme a solas con ella una semana, y desde la primera noche supe que no quería tratarme como a un simple invitado.
Cuando le bajamos los pantalones delante de todos, J aún no sabía que esa visita iba a ponerlo de rodillas entre gemidos, culos y una sorpresa inolvidable.
Mi amiga cerró la puerta, miró a los hombres del salón y dijo que quien quisiera follar, fuera pasando. Yo ya estaba mojada antes de empezar.