Cuando la esposa me llamó perra, le di la razón
Tengo treinta y seis años y llevo más de una década trabajando en esto que llaman el mundo corporativo. No me quejo: tiene sus ventajas. Una de ellas es que aprendes a leer a las personas muy rápido, a saber quién quiere algo de ti antes de que abran la boca. Otra es que, si tienes disciplina, el cuerpo responde. El gimnasio es mi segunda oficina desde los veinticuatro años. Mis piernas son largas y firmes, mis caderas amplias, y tengo ese tipo de culo que hace que la gente pierda el hilo de una conversación cuando paso por detrás de su escritorio. Lo sé. No me molesta. Es simplemente parte de quién soy.
Rodrigo era mi jefe directo desde hacía casi un año. Supervisor de área, casado, con esa energía particular de los hombres que tienen una vida estable pero siempre están mirando hacia los costados sin atreverse a nada. Era educado, puntual, profesional dentro de lo que cabe. Y también era de los que aprovechaba cualquier excusa para pasar cerca de mi escritorio, para soltar un comentario a media voz que podía interpretarse de dos formas distintas según quién lo escuchara.
Yo lo ignoraba. No por falta de interés, sino por principio. Tengo mis reglas.
Su esposa empezó a aparecer por la oficina a las pocas semanas de que yo llegara. La primera vez trajo un almuerzo. La segunda, unos documentos que podría haber mandado por correo. A partir de la tercera quedó claro que venía a controlarme a mí, no a él. Me observaba con esa mirada específica: la mezcla exacta de desprecio e inseguridad que tienen las personas cuando saben exactamente lo que temen pero no pueden nombrarlo sin quedar mal.
Yo nunca le di motivos. Me comporté siempre con corrección absoluta. Me vestía con ropa de oficina que, sí, me queda ajustada porque así es toda mi ropa. Ese no era un problema mío.
***
Todo cambió un martes de finales de octubre.
Rodrigo se había levantado un momento del escritorio y dejó el teléfono desbloqueado junto al teclado. Había una notificación de su esposa con el principio del mensaje visible. Vi mi nombre. Y entonces hice lo que no debería haber hecho pero hice de todas formas: lo tomé y lo leí.
La conversación tenía más de cuarenta mensajes. Ella lo había estado bombardeando desde las nueve de la mañana: celos en forma de preguntas que ya traían la respuesta incorporada. Y en el centro de todo, yo. No por mi nombre, sino por los apodos que me había puesto: perra, zorra, rompematrimonios, facilona. Con detalles inventados sobre cosas que supuestamente hacía en la oficina para provocarlo.
Lo que me detuvo no fue eso. Las personas inseguras dicen cosas así; lo entiendo.
Lo que me detuvo fue la respuesta de Rodrigo.
No la contradecía. No le decía que estaba exagerando, que yo era una compañera de trabajo más. Le seguía el juego con frases como «ya sé cómo es ella» y «no te preocupes, sé manejarme». Lo cual significaba que llevaba meses construyendo esa imagen de mí ante su esposa y, en algún punto, también la creía, o al menos no le importaba desmentirla.
Dejé el teléfono exactamente donde estaba.
Rodrigo volvió dos minutos después. Me sonrió como siempre.
Yo le devolví la sonrisa. Pero algo había cambiado dentro de mí con la precisión de un clic.
***
Pasé el resto de la tarde haciendo mi trabajo con una calma que en realidad era otra cosa. No estaba furiosa de esa manera desordenada que te hace cometer errores. Estaba fría, concentrada, y había tomado una decisión muy concreta.
Si ya tenía el nombre, iba a ganarme el título.
Era una cuestión de principios, más que de deseo, aunque el deseo también estuviera ahí. Llevaba casi un año siendo profesional, discreta, respetando los límites que ni siquiera eran míos, y de todas formas terminaba siendo la villana en la historia de alguien más. Muy bien. Si iba a cargar con esa etiqueta, al menos iba a elegir yo cómo ganármela.
Llevaba además dos semanas de sequía completa y estaba en ese punto de acumulación donde el coño se vuelve impaciente y una se descubre apretando los muslos bajo el escritorio sin darse cuenta. La molestia y las ganas se mezclaron esa tarde en algo que no tenía ningún sentido rechazar.
A las seis y cuarenta y cinco, el último compañero recogió su chaqueta y se despidió con un gesto desde la puerta. Yo esperé cinco minutos. Rodrigo seguía frente a su pantalla con el ceño ligeramente fruncido, revisando algo con la concentración de quien no sabe que está a punto de que su tarde cambie de dirección.
Me levanté, tomé mi taza vacía como pretexto, y rodeé su escritorio por detrás con paso tranquilo. Me incliné hacia él desde atrás, con la boca muy cerca de su oreja, y hablé en voz baja pero sin susurrar:
—Si tu esposa cree que soy una perra, esta noche le voy a dar todos los motivos para tener razón. Y te voy a dejar la polla tan vaciada que mañana no vas a poder ni mirarla a los ojos.
El silencio que siguió duró unos cuatro segundos.
Rodrigo no giró la cabeza. Sus manos dejaron de moverse sobre el teclado. Escuché cómo soltaba el aire despacio, muy despacio.
—Viste los mensajes —dijo. No era una pregunta.
—Los vi —confirmé, sin moverme.
—¿Ya no queda nadie?
—Me encargué de eso antes de que saliera el último.
No dijo nada más durante unos segundos. Luego giró la silla y me miró de esa manera en que los hombres miran cuando por fin sueltan el control: sin filtro, sin la capa educada que mantienen durante horas. Los ojos se le fueron directo al escote, después a la boca, después otra vez al escote. Puse una mano en su hombro, y antes de que pudiera decir nada, bajé hasta arrodillarme frente a él sin apuro, sin teatro, abriéndole las piernas con las mías para acomodarme entre ellas.
Exhaló de nuevo, más largo esta vez.
—¿Por qué ahora? —preguntó con la voz algo ronca.
—Porque hoy me lo merezco —respondí, y empecé a desabrocharle el cinturón.
***
Lo hice despacio. Con esa calma que los años de experiencia te dan y que los hombres confunden con confianza, aunque en realidad sea algo más complicado. Le bajé la bragueta con las dos manos, tiré del pantalón hasta la mitad de los muslos y le agarré la verga por encima del bóxer, sintiéndola durísima y caliente contra la palma. Ya estaba mojado por arriba, con esa mancha oscura que delata el mes o los meses de estar pensando en esto sin poder tocárselo delante de nadie.
—Mírala cómo está —le dije, mirándolo desde abajo—. Y todavía no te la toqué en serio.
Le bajé el bóxer y se la saqué de un tirón. Se le salió dura, gorda, con la vena bien marcada por debajo y el glande hinchado y brillante. La tuve en la mano un momento, apretándola en la base, subiendo y bajando el prepucio despacio para que sintiera cada centímetro. Le pasé el pulgar por la punta y le esparcí el líquido preseminal por todo el glande, sin dejar de mirarlo a los ojos para ver exactamente en qué segundo dejaba de fingir que tenía el control de la situación.
No tardó mucho.
Rodrigo puso una mano sobre el borde del escritorio y la otra tardó unos segundos en decidirse. La dejó caer sobre mi cabello con mucha delicadeza, como si temiera que cualquier movimiento brusco fuera a terminar con todo. No le dije que no hacía falta tanta cautela. Le dejé creer que sí. Por ahora.
Me lo llevé a la boca sin previo aviso. Le pasé la lengua por toda la parte de abajo primero, desde los huevos hasta la punta, marcando el recorrido con saliva, y después me lo metí entero de una, hasta que sentí la punta pegándome en la garganta. Se le escapó un gemido corto, como si no se lo esperara. Me quedé ahí unos segundos, con la nariz contra su vientre, tragando alrededor de la verga para que la sintiera apretada, y después me la fui sacando muy despacio, chupando con fuerza todo el camino hasta que solo me quedó el glande adentro.
—Joder —soltó él.
—Todavía no —respondí, sin sacármela de la boca del todo.
Y trabajé con el ritmo que a mí me gusta: gradual, metódico, sin fingir urgencia. Soy buena en esto. No lo digo por vanidad sino porque es un hecho que esa noche Rodrigo verificó con bastante claridad. Le chupaba la punta con los labios apretados, hacía círculos con la lengua alrededor del glande, y después me la volvía a meter entera de golpe, ahogándome un poco a propósito para que escuchara los sonidos. La saliva empezó a caerme por la barbilla y por los huevos de él, mojándole toda la ingle. Le agarré los cojones con una mano, se los rodé con los dedos, se los amasé mientras seguía chupándole la verga hasta el fondo.
Le solté una mano y me metí la otra debajo de la falda. Ya estaba empapada por encima de la tanga. No necesitaba mucho: dos dedos por afuera de la tela, apretando el clítoris en círculos, mientras me tragaba la polla de Rodrigo como si fuera lo único que hubiera comido en dos semanas. Eso también era cierto de alguna manera.
En algún momento cerró los ojos. En otro soltó un sonido que no era exactamente una palabra pero que tampoco necesitaba serlo. Su mano en mi cabello dejó de ser tan educada. Empezó a apretarme el pelo desde la raíz, marcándome el ritmo, empujándome contra su verga hasta el fondo cada vez que yo bajaba, y ya no me miraba con culpa. Me miraba como se mira a lo que se está a punto de usar.
Cuando noté que estaba llegando al límite, cuando lo sentí ponerse todavía más duro entre mis labios y los muslos se le tensaron, me separé de golpe. Le solté la verga y se la dejé apuntando al techo, brillando de saliva, palpitando.
—Para —dije.
Tardó un segundo en procesar.
—¿Qué?
—Que pares. Todavía no quiero que termines así. Esa corrida no me la vas a desperdiciar en la boca.
Me puse de pie, tomé su mano y lo conduje hacia la mesa de reuniones al fondo de la sala. Era grande, sólida, con esa estabilidad de los muebles de oficina hechos para durar décadas. Me subí la falda de un tirón hasta la cintura, me bajé la tanga y la dejé colgando de un tobillo. No me molesté en quitármela del todo. Me apoyé sobre la mesa de espaldas a él, y me incliné hacia adelante con los codos sobre la superficie, dejándole el culo al aire y las piernas ligeramente separadas.
—Siempre me mirabas —dije, sin girarme.
Escuché sus pasos acercándose.
—Sí —admitió.
—¿Cuánto tiempo llevas mirándome?
—Desde la primera semana.
—¿Cuántas veces te la has cascado pensando en este culo?
Se quedó callado. Escuché cómo tragaba.
—Muchas.
—Entonces date el gusto. Ahora es tuyo.
No dijo nada más. Sentí sus manos apoyarse en mis nalgas y separármelas despacio, con esa lentitud que en otro contexto habría sido irritante. Esa noche no lo era. Me abrió, se quedó mirando lo que había estado imaginando durante meses, y soltó un gemido bajo, como si no pudiera creérselo.
—Estás empapada —dijo.
—Lo sé.
***
Lo que siguió fue largo y detenido. Rodrigo era de esos hombres que, cuando por fin sueltan la contención, no tienen prisa. Se arrodilló detrás de mí sin que se lo pidiera y me pegó la boca contra el coño desde atrás, con la lengua plana, lamiéndome de abajo hacia arriba con hambre atrasada. Llevaba meses imaginando exactamente ese sabor y ahora lo tenía. Se notaba.
Me abrió los labios con los pulgares y me pasó la lengua por todo, desde el clítoris hasta el agujero, y siguió subiendo. Cuando su lengua me tocó el culo, gemí en voz alta contra la mesa. No se detuvo. Alternó los dos agujeros sin que yo tuviera que pedirle nada dos veces: me chupaba el clítoris hasta que las piernas me empezaban a temblar, y cuando sentía que estaba por acabar, subía y me metía la lengua en el culo, apretando fuerte con los labios, y bajaba otra vez. Me tenía en un límite constante sin dejarme cruzarlo.
—Métemela ya —le dije apretando los dientes, con los codos resbalándose sobre la mesa.
—Todavía no.
Me metió dos dedos en el coño mientras seguía comiéndome el culo. Los curvó hacia arriba, encontró el punto y empezó a masajeármelo con firmeza, con ese movimiento de "vení" que no todos saben hacer. Rodrigo lo hacía muy bien. Tengo el umbral bajo cuando estoy muy activada, y esa noche llevaba horas activada, así que no tardé. Me tensé con fuerza la primera vez aferrándome al borde de la mesa con los dedos, apretando el coño alrededor de sus dedos con espasmos que no pude controlar, y solté el aire contra la superficie sin intentar callarme demasiado. El sonido del gemido rebotó en las paredes vacías de la oficina.
—¿Bien? —preguntó él, sacándose los dedos y chupándoselos.
—Bien —confirmé, con la voz temblando—. Ahora sí. Métemela.
Se puso de pie detrás de mí. Sentí la punta de la verga apoyarse contra mi entrada, restregándose por afuera, empapándose con lo que me chorreaba. Me la pasó por el clítoris, subió, bajó, y volvió a apoyarla ahí sin meterla.
—Pídemela otra vez —dijo.
—Rodrigo, métemela ya, no me hagas esto.
—Otra vez.
—Métemela, por favor, cógeme de una puta vez.
Entró despacio, empujando centímetro a centímetro, con ese cuidado que solo tiene sentido la primera vez con alguien. Me abrió del todo con lentitud, y cuando llegó al fondo y sentí sus caderas contra mi culo, los dos soltamos el aire al mismo tiempo. Se quedó ahí unos segundos, quieto, dejando que me acostumbrara al tamaño, con las manos apoyadas en mis caderas.
Ajustamos el ritmo juntos durante los primeros minutos. Rodrigo empezó a moverse hacia adelante y hacia atrás con embestidas largas, sacándomela casi entera y volviéndola a meter hasta el fondo. Rodrigo había dicho en algún momento que su esposa nunca le había dado esto, y se notaba: había en cada movimiento esa energía específica de quien por fin está donde quería estar. Nada de prisa, nada de apuro. Solo presencia. Y polla. Mucha polla, entrando y saliendo con ritmo constante, haciendo un sonido húmedo cada vez que las caderas chocaban contra mi culo.
—Más —dije.
Y entonces dejó de ser cauteloso.
Me agarró de las caderas con las dos manos y empezó a cogerme en serio, con embestidas duras que me empujaban el vientre contra el borde de la mesa. Ya no había ceremonia. Ya no había el jefe educado que soltaba comentarios a media voz. Había un hombre que llevaba un año pensando en esto y que por fin lo tenía. Me tiró del pelo, me arqueó la espalda tirándome de la cintura, y siguió metiéndomela hasta el fondo con un ritmo que hacía que se me escaparan gemidos con cada empuje.
—Así, así, no pares —le dije con la cara pegada contra la mesa.
Me pasó una mano por la espalda, me la subió por la nuca, y me empujó la cabeza contra la superficie con firmeza, sin brutalidad, marcándome dónde iba a quedarse. La otra mano me la metió por debajo y me buscó el clítoris con dos dedos. Empezó a masajeármelo mientras seguía metiéndomela desde atrás, sincronizando el movimiento de los dedos con el de las caderas.
—¿Es lo que le decía tu esposa que eras? —jadeó él contra mi oído, inclinándose sobre mí sin dejar de embestirme.
—Sí.
—Dilo.
—Soy una perra —solté, con el aliento entrecortado—. Soy la puta que te está cogiendo esta noche en la oficina.
—Otra vez.
—Soy tu puta, Rodrigo. Rómpeme el coño.
Yo llegué al límite por segunda vez con mucho menos aviso que la primera. Se me contrajo todo, apreté la verga con el coño en oleadas, y grité contra la mesa sin poder contenerme. El cuerpo hace lo que hace cuando está bien tratado. Él siguió metiéndomela con el mismo ritmo mientras yo me deshacía, sin parar, alargándomelo lo más que pudo, hasta que las piernas se me pusieron de gelatina y me tuve que sostener con los brazos para no resbalar.
—Voy a acabar —dijo él con la voz apretada.
—Adentro.
—¿Qué?
—Adentro. Vaciate adentro. Que se te note en la cara mañana cuando la mires.
Eso fue lo que lo terminó. Me clavó la polla hasta el fondo y se quedó ahí, con ambas manos cerradas sobre mí, y empezó a correrse con espasmos largos que sentí perfectamente por dentro. Cada chorro me lo notaba caliente, profundo, larguísimo. Se quedó así apretándome contra la mesa mucho tiempo, con la frente apoyada contra mi espalda, mientras la verga le seguía latiendo dentro de mí, y se quedó ahí quieto un rato, recuperando la respiración.
Cuando finalmente salió, sentí el semen escurrirse por la cara interna de los muslos. Ni me molesté en limpiarlo con prisa. Le pasé un dedo, me lo llevé a la boca, y me giré para mirarlo mientras me lo chupaba.
Yo me incorporé despacio, acomodé la ropa, dejé la tanga tirada bajo la mesa —que la encontrara la señora de la limpieza, o él, no era mi problema— y fui a buscar el bolso que había dejado sobre una silla.
—¿Eso es todo? —dijo él desde donde estaba, con los pantalones todavía por los muslos y la verga colgando mojada.
—Por esta noche.
—¿Y mañana?
Lo miré de reojo mientras recogía la chaqueta.
—Mañana tienes cena en casa —respondí—. Y yo tengo que madrugar.
Salí por la puerta lateral antes de que dijera algo más. En el pasillo, el aire estaba frío y la luz de los fluorescentes era brutal después de la penumbra de la sala. Caminé hacia los ascensores con paso normal, como si acabara de terminar un turno más, sintiendo con cada paso cómo el semen me seguía bajando por dentro de los muslos.
***
Lo que pasó después no es parte de este relato.
Rodrigo siguió siendo el mismo: educado, puntual, con sus comentarios a media voz. Su esposa siguió apareciendo de vez en cuando por la oficina, aunque con menos frecuencia que antes y con una expresión diferente, más resuelta y más resignada al mismo tiempo. Yo seguí haciendo mi trabajo con la misma eficiencia de siempre, llegando puntual y saliendo cuando me tocaba.
Nunca volvió a dejar el teléfono desbloqueado sobre el escritorio.
Y yo nunca volví a sentir la necesidad de mirarlo.
Hay cosas que solo necesitan pasar una vez para cerrarse. No fue una historia de amor ni de deseo acumulado durante meses ni de nada especialmente poético. Fue lo que fue: una decisión tomada con información suficiente, ejecutada con calma, sin consecuencias que me quitaran el sueño.
La esposa de Rodrigo tenía razón en algo. Yo soy exactamente lo que ella temía que fuera.
La diferencia es que esa noche lo elegí yo.