Lo que pasó esa tarde con los señores del paradero
Ese viernes la jornada en la oficina se había extendido más de lo usual. Salí casi a las siete de la tarde con los pies cansados y las ganas de llegar al apartamento, darme una ducha y olvidarme de todo hasta el lunes. Tomé el camino de siempre hacia el paradero municipal, el mismo que recorro desde que me mudé al barrio hace dos años, con la cartera cruzada al pecho y los auriculares puestos a mitad de volumen.
Al doblar la esquina de la avenida principal escuché música y risas que salían de uno de los autobuses estacionados en el terminal. Era reggaetón a todo volumen, y las carcajadas de varios hombres que claramente llevaban un buen rato celebrando algo. Me quité un auricular para escuchar mejor. Entre las voces reconocí una que me resultó demasiado familiar.
Don Rodrigo.
Lo conocía desde hacía tiempo. Era el chofer más veterano del terminal, un hombre de casi setenta años, corpulento, de bigote canoso y esa manera de hablar pausada que tienen las personas que llevan décadas viendo pasar a todo el mundo desde el mismo asiento. Conocía a mi hermana Daniela desde el año anterior, en una de esas historias que ella nunca me contó del todo pero que yo, conociéndola, podía imaginar sin dificultad.
Aceleré el paso mirando al frente, esperando que no me viera. No tuve suerte.
—¡Mónica! —gritó desde la puerta del autobús—. ¡Oye, Mónica, espera!
Me detuve. Giré lentamente. Don Rodrigo ya estaba en el escalón, agitando la mano con una sonrisa enorme, como si llevar horas bebiendo cerveza con sus amigos fuera el estado más natural del mundo.
—Qué bueno que pasas por aquí. Ven, te presento a los muchachos.
—Don Rodrigo, voy de prisa, que mañana tengo cosas que hacer —dije, sin acercarme demasiado.
—Un momento nada más. Es el cumpleaños de Aurelio, el de la ruta siete. Anda, no seas malita.
Me mordí el labio. Tenía el pelo suelto, todavía presentable del trabajo, y llevaba una falda azul marino que me llegaba justo a la rodilla. Sabía exactamente qué imagen proyectaba: la de una mujer arreglada que simplemente pasa por ahí camino a casa. También sabía, aunque nadie me lo dijera en voz alta, que eso tenía un efecto particular en cierto tipo de hombres. Y sentí esa curiosidad que a veces me mete en los problemas más interesantes.
—Solo un momento —dije finalmente, y caminé hacia el bus.
Don Rodrigo me tomó de la mano para ayudarme a subir el escalón. Esa mano, grande y áspera de años detrás del volante, fue suficiente para que algo en mí se pusiera alerta.
Adentro había seis hombres más. Todos de la misma generación que Don Rodrigo, entre los sesenta y los setenta, con esa energía tranquila pero cargada que tienen los hombres mayores cuando se relajan de verdad. Cervezas en la mano, música de fondo, el calor espeso del autobús cerrado. Me recibieron con aplausos y silbidos suaves, esa coquetería vieja que no se oculta pero tampoco presiona.
—Señores, les presento a Mónica, la hermana de Daniela —anunció Don Rodrigo con orgullo, como si me estuviera presentando en sociedad.
—Ay, pero qué hermana tan bonita tiene Daniela —dijo uno, y los demás rieron.
Me pasaron una cerveza fría. La tomé sin dudarlo.
***
Don Aurelio era el del cumpleaños, un hombre delgado de ojos claros y manos finas, que me estrechó la mano con más delicadeza que los otros. Le di un beso en la mejilla y él sonrió con genuina sorpresa, como quien recibe algo que no esperaba.
—Feliz cumpleaños —le dije.
—Gracias —murmuró él, con esa sinceridad de los hombres que ya no necesitan fingir nada.
La conversación fue fácil desde el principio. Los hombres de esa edad tienen historias, tienen humor, tienen esa forma de mirar que dice mucho sin abrir la boca. Me preguntaron por mi trabajo, por el barrio, por si era complicado vivir sola en la ciudad. Yo respondía y tomaba sorbos de cerveza, sintiendo cómo el calor del autobús y el alcohol me iban aflojando algo por dentro, algo que normalmente mantengo bien guardado entre semana.
Don Rodrigo subió el volumen. Uno de los hombres, un tipo grande y risueño que se presentó como Esteban, se paró y empezó a bailar con esa torpeza graciosa de quien lo hace muy mal pero no le importa en lo más mínimo. Me tendió la mano con una reverencia exagerada que hizo reír a todos.
—Anda, báilame algo. Que estamos de celebración.
Me paré. Empecé a moverme al ritmo, despacio al principio, con esa conciencia aguda de tener todas las miradas puestas en mí. No me molestaba. Al contrario. Hay algo en ese tipo de atención, varios pares de ojos siguiendo cada movimiento tuyo, que enciende algo que no siempre es fácil de describir pero que es imposible de ignorar cuando empieza.
Fui soltando el cuerpo poco a poco. Me moví con más confianza, con la espalda arqueada y los hombros sueltos, marcando el ritmo en las caderas. Esteban me seguía como podía, ya completamente sudado y con una sonrisa que no se le iba. Los otros aplaudían y hacían comentarios entre sí que yo fingía no escuchar.
Pero sí escuchaba.
—Mírala cómo mueve eso.
—Igual que la hermana, te juro.
—Más rica, yo digo.
Dos cervezas más tarde, dejé de fingir que me iba a ir pronto.
***
Fue Don Rodrigo quien se acercó primero, como era de esperarse.
Lo hizo despacio, con la seguridad de alguien que no necesita apresurarse. Se puso detrás de mí mientras yo seguía bailando, sin tocarme todavía, solo lo suficientemente cerca para que yo sintiera su calor y su respiración sobre la nuca. Olía a tabaco y a colonia barata y a algo que, en ese contexto particular, me resultó completamente irresistible.
—¿Qué te parece la celebración? —me preguntó al oído.
—Bastante animada —respondí, sin dejar de moverme.
Su mano encontró mi cadera. Firme, sin dudar, sin preguntar. Yo no la aparté.
Seguimos bailando así, su cuerpo pegado contra mi espalda y su mano marcando el ritmo en mi cadera, mientras los otros hombres nos miraban desde sus asientos como si estuvieran viendo algo que no esperaban esta noche pero que no iban a interrumpir por nada del mundo. El ambiente se cargó de una electricidad distinta, más densa, más seria.
Cuando Don Rodrigo giró mi cabeza suavemente y me besó, yo ya llevaba un rato esperando que lo hiciera.
Besaba bien. Con calma y sin prisa, como quien sabe perfectamente que tiene tiempo y prefiere no desperdiciarlo en apuros. Yo abrí la boca y lo dejé tomar el control, sintiendo cómo la música seguía sonando y el calor del autobús subía varios grados más.
Cuando nos separamos, vi las caras de los otros. Algunos con la cerveza detenida a mitad de camino. Otros con una sonrisa lenta, casi de incredulidad, como si acabaran de ver algo que no sabían que era posible un viernes por la tarde en el terminal de buses.
—Señores —dije, mirándolos uno por uno—, creo que esto se pone interesante.
***
Lo que vino después no fue urgente ni desordenado. Fue más bien como una marea que sube muy despacio, casi sin que te des cuenta, hasta que de pronto miras y el piso ya no está bajo tus pies.
Don Rodrigo me recostó contra el espacio entre dos asientos, en la parte trasera del autobús, y me quitó el saco del trabajo con cuidado, doblándolo sobre el apoyabrazos más cercano como si esto fuera lo más normal del mundo. Empezó por el cuello, esos besos lentos que bajan sin apuro, y sus manos se movieron con una habilidad que no tenía que ver con la edad sino con los años acumulados y con la atención que pone un hombre cuando de verdad quiere lo que tiene entre las manos.
Los otros se acercaron uno a uno, sin atropellarse, como si hubieran llegado a un acuerdo tácito sobre los tiempos y los turnos. Esteban fue el primero en ponerse frente a mí y levantarme la falda con esa lentitud deliberada que anticipa algo. Cuando encontró lo que buscaba, supe que esta noche iba a durar mucho más de lo que yo había planeado al salir de la oficina.
Me mordí el labio para no hacer ruido. Duré exactamente dos segundos.
Los demás rieron con esa risa cómplice de los hombres que ya han visto mucho y saben exactamente lo que están mirando.
Me fui entregando al ritmo de todo aquello. Un par de manos, luego otro par. Una boca en el cuello y otra más abajo. El reggaetón de fondo mezclado con mi propia respiración acelerada y con los murmullos bajos de los que esperaban su turno sin apuro, conversando entre ellos con esa calma pasmosa que me resultaba tan desconcertante como excitante.
Uno de ellos, un hombre de barba blanca que se había presentado como Conrado, se arrodilló frente a mí con una deliberación que dejó en claro que no era la primera vez que hacía algo así. Lo que siguió fue tan preciso y tan paciente que tuve que apoyarme contra el respaldo del asiento para no perder el equilibrio. Le puse la mano en el hombro sin saber si era para detenerlo o para pedirle que siguiera. Fue lo segundo.
Los hombres mayores saben hacer eso. Saben que la prisa es para los que tienen veinte años y actúan como si el mundo se les fuera a acabar en diez minutos. Los que ya pasaron los sesenta tienen paciencia, tienen ritmo, tienen esa certeza tranquila de quien no necesita demostrar nada a nadie.
Me fui pasando de unos a otros en ese espacio reducido del autobús con una fluidez que no habría podido imaginar antes de que ocurriera. Había algo en la variedad, en esa sucesión de manos distintas y formas distintas de tocar, que iba sumando hasta convertirse en algo de una intensidad que no esperaba. El calor, la oscuridad parcial del terminal afuera, la música que alguien seguía poniendo en bucle.
Llegó un momento en que perdí la cuenta de quién era quién.
***
Hubo un instante, entrada ya la noche, en que me detuve un segundo a mirarlo todo desde afuera. Estaba en el autobús de un terminal de buses, con siete hombres que prácticamente triplicaban mi edad, y me sentía completamente dueña de la situación. Eso era lo que me resultaba curioso. No la situación en sí, sino esa sensación de control total en medio de algo que a simple vista podría parecer lo contrario.
Don Aurelio, el del cumpleaños, fue el más sorprendente de todos. Resultó ser el más cuidadoso, el que se tomó el tiempo de preguntar qué me gustaba antes de hacer cualquier cosa. Yo le respondí con honestidad, señalándole exactamente lo que quería, y él tomó nota con atención como si fuera la información más importante que hubiera recibido en mucho tiempo.
—Definitivamente el mejor regalo de cumpleaños que me han dado —dijo en algún momento.
Los demás estallaron en carcajadas. Yo también me reí, con la cara todavía colorada.
Seguimos así un buen rato más. El tiempo pasaba de una manera distinta ahí adentro, sin la presión del reloj ni de ninguna otra obligación pendiente. Solo el calor, la música baja de fondo, y esa circulación lenta y satisfecha de cuerpos que se iban rotando con una tranquilidad que jamás hubiera esperado de una situación como esa.
Al final me quedé tumbada sobre los asientos de la fila trasera, mirando el techo del autobús, con el cuerpo completamente agotado y esa clase de quietud que solo aparece después de haberlo dado todo. Afuera el terminal seguía igual de tranquilo. Adentro los hombres se acomodaban en silencio, algunos terminando las últimas cervezas, otros simplemente sentados con esa expresión de quien acaba de vivir algo que no esperaba esta semana.
***
Cuando por fin bajé del autobús eran casi las once y media de la noche. Las piernas me respondían justo, el pelo completamente deshecho y la falda algo torcida. Don Rodrigo me acompañó hasta la puerta del terminal sin decir nada durante un rato, con esa serenidad de alguien que no necesita llenar el silencio.
—¿Llegás bien? —preguntó.
—Sí. Vivo a tres cuadras —dije.
Hubo un silencio breve entre los dos. El tipo de silencio que se instala después de ciertas cosas, cuando no hay mucho que agregar y ambos lo saben perfectamente.
—Tu hermana no sabe lo que se perdió esta noche —dijo él finalmente, con una sonrisa de costado.
—Mi hermana tiene su propia historia con usted —respondí—. Yo tengo la mía.
Don Rodrigo soltó una carcajada larga, de esas que salen del fondo del pecho, y me apretó el hombro antes de darse la vuelta y volver hacia el autobús donde sus amigos terminaban las últimas cervezas de la noche.
Caminé sola los tres bloques hasta mi apartamento. El aire estaba fresco y el barrio tranquilo, como siempre a esa hora. Llevaba todavía en el cuerpo esa vibración sorda y satisfecha que deja una noche de esas, esa sensación de haber seguido un impulso hasta el final sin arrepentirse de nada.
No me arrepentí de haberme detenido a escuchar la música.
Nunca me arrepiento de esas cosas.