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Relatos Ardientes

Lo que pasó esa tarde con los señores del paradero

3.3(3)

Ese viernes la jornada en la oficina se había extendido más de lo usual. Salí casi a las siete de la tarde con los pies cansados y las ganas de llegar al apartamento, darme una ducha y olvidarme de todo hasta el lunes. Tomé el camino de siempre hacia el paradero municipal, el mismo que recorro desde que me mudé al barrio hace dos años, con la cartera cruzada al pecho y los auriculares puestos a mitad de volumen.

Al doblar la esquina de la avenida principal escuché música y risas que salían de uno de los autobuses estacionados en el terminal. Era reggaetón a todo volumen, y las carcajadas de varios hombres que claramente llevaban un buen rato celebrando algo. Me quité un auricular para escuchar mejor. Entre las voces reconocí una que me resultó demasiado familiar.

Don Rodrigo.

Lo conocía desde hacía tiempo. Era el chofer más veterano del terminal, un hombre de casi setenta años, corpulento, de bigote canoso y esa manera de hablar pausada que tienen las personas que llevan décadas viendo pasar a todo el mundo desde el mismo asiento. Conocía a mi hermana Daniela desde el año anterior, en una de esas historias que ella nunca me contó del todo pero que yo, conociéndola, podía imaginar sin dificultad. Sabía que se la había cogido más de una vez en la cabina de ese mismo bus, porque Daniela una noche, borracha, me confesó entre risas que el viejo tenía una polla más gruesa y más dura que cualquiera de los chicos de nuestra edad. Nunca se me había olvidado ese detalle.

Aceleré el paso mirando al frente, esperando que no me viera. No tuve suerte.

—¡Mónica! —gritó desde la puerta del autobús—. ¡Oye, Mónica, espera!

Me detuve. Giré lentamente. Don Rodrigo ya estaba en el escalón, agitando la mano con una sonrisa enorme, como si llevar horas bebiendo cerveza con sus amigos fuera el estado más natural del mundo.

—Qué bueno que pasas por aquí. Ven, te presento a los muchachos.

—Don Rodrigo, voy de prisa, que mañana tengo cosas que hacer —dije, sin acercarme demasiado.

—Un momento nada más. Es el cumpleaños de Aurelio, el de la ruta siete. Anda, no seas malita.

Me mordí el labio. Tenía el pelo suelto, todavía presentable del trabajo, y llevaba una falda azul marino que me llegaba justo a la rodilla. Sabía exactamente qué imagen proyectaba: la de una mujer arreglada que simplemente pasa por ahí camino a casa. También sabía, aunque nadie me lo dijera en voz alta, que eso tenía un efecto particular en cierto tipo de hombres. Y sentí esa curiosidad que a veces me mete en los problemas más interesantes.

—Solo un momento —dije finalmente, y caminé hacia el bus.

Don Rodrigo me tomó de la mano para ayudarme a subir el escalón. Esa mano, grande y áspera de años detrás del volante, fue suficiente para que algo en mí se pusiera alerta. Sentí un tirón caliente entre las piernas antes siquiera de terminar de subir los tres peldaños.

Adentro había seis hombres más. Todos de la misma generación que Don Rodrigo, entre los sesenta y los setenta, con esa energía tranquila pero cargada que tienen los hombres mayores cuando se relajan de verdad. Cervezas en la mano, música de fondo, el calor espeso del autobús cerrado. Me recibieron con aplausos y silbidos suaves, esa coquetería vieja que no se oculta pero tampoco presiona.

—Señores, les presento a Mónica, la hermana de Daniela —anunció Don Rodrigo con orgullo, como si me estuviera presentando en sociedad.

—Ay, pero qué hermana tan bonita tiene Daniela —dijo uno, y los demás rieron.

Me pasaron una cerveza fría. La tomé sin dudarlo.

***

Don Aurelio era el del cumpleaños, un hombre delgado de ojos claros y manos finas, que me estrechó la mano con más delicadeza que los otros. Le di un beso en la mejilla y él sonrió con genuina sorpresa, como quien recibe algo que no esperaba.

—Feliz cumpleaños —le dije.

—Gracias —murmuró él, con esa sinceridad de los hombres que ya no necesitan fingir nada.

La conversación fue fácil desde el principio. Los hombres de esa edad tienen historias, tienen humor, tienen esa forma de mirar que dice mucho sin abrir la boca. Me preguntaron por mi trabajo, por el barrio, por si era complicado vivir sola en la ciudad. Yo respondía y tomaba sorbos de cerveza, sintiendo cómo el calor del autobús y el alcohol me iban aflojando algo por dentro, algo que normalmente mantengo bien guardado entre semana.

Don Rodrigo subió el volumen. Uno de los hombres, un tipo grande y risueño que se presentó como Esteban, se paró y empezó a bailar con esa torpeza graciosa de quien lo hace muy mal pero no le importa en lo más mínimo. Me tendió la mano con una reverencia exagerada que hizo reír a todos.

—Anda, báilame algo. Que estamos de celebración.

Me paré. Empecé a moverme al ritmo, despacio al principio, con esa conciencia aguda de tener todas las miradas puestas en mí. No me molestaba. Al contrario. Hay algo en ese tipo de atención, varios pares de ojos siguiendo cada movimiento tuyo, que enciende algo que no siempre es fácil de describir pero que es imposible de ignorar cuando empieza.

Fui soltando el cuerpo poco a poco. Me moví con más confianza, con la espalda arqueada y los hombros sueltos, marcando el ritmo en las caderas. Esteban me seguía como podía, ya completamente sudado y con una sonrisa que no se le iba. Los otros aplaudían y hacían comentarios entre sí que yo fingía no escuchar.

Pero sí escuchaba.

—Mírala cómo mueve ese culo.

—Igual que la hermana, te juro. Esa también sabía menearlo.

—Más rica, yo digo. Y tiene mejores tetas.

—Yo me la cogería aquí mismo, delante de todos ustedes, y no me arrepentiría de un carajo.

Dos cervezas más tarde, dejé de fingir que me iba a ir pronto.

***

Fue Don Rodrigo quien se acercó primero, como era de esperarse.

Lo hizo despacio, con la seguridad de alguien que no necesita apresurarse. Se puso detrás de mí mientras yo seguía bailando, sin tocarme todavía, solo lo suficientemente cerca para que yo sintiera su calor y su respiración sobre la nuca. Olía a tabaco y a colonia barata y a algo que, en ese contexto particular, me resultó completamente irresistible.

—¿Qué te parece la celebración? —me preguntó al oído.

—Bastante animada —respondí, sin dejar de moverme.

Su mano encontró mi cadera. Firme, sin dudar, sin preguntar. Yo no la aparté. Al contrario: eché el culo hacia atrás y lo froté despacio contra su bragueta, y sentí el bulto duro, grueso, palpitante, exactamente como Daniela lo había descrito esa noche. Contuve un suspiro. El viejo cabrón tenía una verga que no parecía suya. Parecía de un chico de veinte años, pero con la paciencia que un chico de veinte años no tiene ni de casualidad.

—Ya sentiste, ¿verdad? —murmuró él en mi oído, sonriendo—. No te asustes, mi amor. Es todo tuyo si lo querés.

—¿Y si lo quiero, don Rodrigo? —le contesté volteando apenas la cara.

—Entonces esta noche te va a doler mañana al caminar.

Seguimos bailando así, su cuerpo pegado contra mi espalda y su mano marcando el ritmo en mi cadera, mientras los otros hombres nos miraban desde sus asientos como si estuvieran viendo algo que no esperaban esta noche pero que no iban a interrumpir por nada del mundo. La otra mano de Don Rodrigo subió despacio por mi costado y encontró un pecho por encima de la blusa. Lo apretó entero, con toda la palma, y me pellizcó el pezón a través de la tela hasta que lo sintió endurecerse. Se me escapó un jadeo bajo y todos los viejos lo oyeron.

El ambiente se cargó de una electricidad distinta, más densa, más seria.

Cuando Don Rodrigo giró mi cabeza suavemente y me besó, yo ya llevaba un rato esperando que lo hiciera.

Besaba bien. Con calma y sin prisa, como quien sabe perfectamente que tiene tiempo y prefiere no desperdiciarlo en apuros. Me metió la lengua entera en la boca y yo la chupé como si fuera otra cosa, mordiéndole el labio, gimiendo bajito para que él sintiera lo mojada que me estaba poniendo con solo eso. Su mano bajó de mi cintura al muslo, se coló por debajo de la falda y encontró la pantaleta ya empapada.

—Mirá cómo estás, chiquita —me susurró contra la boca—. Ni te toqué y ya estás chorreando.

—Cállate y seguí —le dije, y le mordí la barbilla.

Cuando nos separamos, vi las caras de los otros. Algunos con la cerveza detenida a mitad de camino. Otros con una sonrisa lenta, casi de incredulidad, como si acabaran de ver algo que no sabían que era posible un viernes por la tarde en el terminal de buses. Uno ya se estaba tocando descaradamente por encima del pantalón.

—Señores —dije, mirándolos uno por uno—, creo que esto se pone interesante. ¿O prefieren seguir mirando desde el asiento?

La respuesta fueron siete sonrisas y el ruido de siete cinturones aflojándose casi al mismo tiempo.

***

Lo que vino después no fue urgente ni desordenado. Fue más bien como una marea que sube muy despacio, casi sin que te des cuenta, hasta que de pronto miras y el piso ya no está bajo tus pies.

Don Rodrigo me recostó contra el espacio entre dos asientos, en la parte trasera del autobús, y me quitó el saco del trabajo con cuidado, doblándolo sobre el apoyabrazos más cercano como si esto fuera lo más normal del mundo. Después me desabotonó la blusa uno por uno, sin apuro, y me la abrió sobre los hombros dejándome en corpiño. Con dos dedos me bajó las copas y me sacó las tetas afuera. Se quedó mirándomelas un segundo con la boca apenas abierta, y después bajó la cara y se metió un pezón entero en la boca. Chupó fuerte, como si tuviera hambre atrasada de años. Me tomó el otro pezón entre el pulgar y el índice y me lo apretó al ritmo de la lengua.

—Rico, viejo, chúpamelas así —gemí, agarrándole la nuca canosa.

Empezó por el cuello, esos besos lentos que bajan sin apuro, y sus manos se movieron con una habilidad que no tenía que ver con la edad sino con los años acumulados y con la atención que pone un hombre cuando de verdad quiere lo que tiene entre las manos. Me subió la falda hasta la cintura y me arrancó de un tirón la pantaleta empapada. La levantó a la altura de la nariz, se la olió sin ningún pudor y se la pasó a Esteban, que hizo lo mismo y soltó una carcajada ronca.

—Está mojadísima la muchacha. Huele riquísimo el coño de ésta.

Don Rodrigo me abrió las piernas con las dos manos y se agachó entre ellas. Me pasó la lengua entera de abajo hacia arriba, un lengüetazo largo y plano que me hizo sacudir la cadera contra su cara. Después me abrió los labios con dos dedos y me clavó la lengua adentro, mientras con el pulgar me buscaba el clítoris y me lo frotaba en círculos lentos. Sabía exactamente qué hacía. Setenta años de coños y se le notaba en cada movimiento.

Los otros se acercaron uno a uno, sin atropellarse, como si hubieran llegado a un acuerdo tácito sobre los tiempos y los turnos. Esteban fue el primero en ponerse frente a mí a la altura de la cara. Se había bajado el pantalón hasta las rodillas y tenía la verga afuera, gruesa y venosa, más oscura que el resto del cuerpo, con el glande brillante de pre-semen. Me la puso en los labios sin decir nada. Yo abrí la boca y él empujó despacio, dejando que la lengua se la envolviera antes de meterla del todo.

—Así, mamita, chúpamela toda —gruñó él, agarrándome del pelo—. Mírate qué bien lo hacés. Como si fuera lo único que sabés en la vida.

La mamé con ganas, entera, hasta atrás de la garganta, mientras Don Rodrigo abajo me seguía comiendo el coño con esa paciencia asesina que me tenía a punto de correrme sin que él subiera el ritmo un solo grado.

Me mordí el labio para no hacer ruido. Duré exactamente dos segundos. Cuando me vine sobre la lengua de Don Rodrigo lo hice con la verga de Esteban todavía en la boca, y el gemido me salió ahogado, vibrando alrededor de la polla que tenía atragantada. Esteban soltó un rugido y empujó más adentro, disfrutando de cómo la garganta se me apretaba con los espasmos del orgasmo.

Los demás rieron con esa risa cómplice de los hombres que ya han visto mucho y saben exactamente lo que están mirando.

—Esta muchacha va a acabar con nosotros esta noche.

—Al revés, viejo. Nosotros vamos a acabar con ella.

Don Rodrigo se paró, se limpió la boca con el dorso de la mano y se bajó los pantalones. La polla le salió a golpe: no había mentido Daniela ni por asomo. Era gruesa, larga, con las venas marcadas y la cabeza morada, palpitante. Me la agarró con la mano y se la pasó dos veces por los labios del coño, embarrándola en mi propio flujo.

—Aguantate, mi amor, que ahora sí te voy a coger como Dios manda.

Me la metió de una sola estocada, hasta el fondo, y yo grité con la boca todavía llena de Esteban. Sentí cómo se abría paso adentro de mí, empujando el útero, llenándome de una manera que hacía meses no sentía. Empezó a follarme despacio, hondo, con el mismo ritmo con que antes había marcado la música en mi cadera. Cada estocada me golpeaba las nalgas contra sus muslos y me hacía apretar los ojos.

Me fui entregando al ritmo de todo aquello. Un par de manos, luego otro par. Una boca en el cuello y otra más abajo, en el otro pecho, chupándomelo mientras Don Rodrigo me embestía cada vez más fuerte. El reggaetón de fondo mezclado con mi propia respiración acelerada y con los murmullos bajos de los que esperaban su turno sin apuro, conversando entre ellos con esa calma pasmosa que me resultaba tan desconcertante como excitante.

—Dale más duro, Rodrigo, no seas suave con ella.

—Está pidiéndolo, mírala.

—Yo voy después. Le voy a partir el culo a esta perra.

Uno de ellos, un hombre de barba blanca que se había presentado como Conrado, se arrodilló al lado y me acercó su verga a la boca por el otro lado, apartando a Esteban un momento. Era más corta pero muy gorda, con el glande enorme, y me llenó la boca de golpe. La chupé alternando con la de Esteban, pasando de una a otra, dejando que se rozaran contra mi lengua, escupiéndoles saliva encima, mientras Don Rodrigo abajo me seguía cogiendo con esa paciencia de veterano que no se apuraba por nadie.

Me vine otra vez, apretándomele todo alrededor de la polla, y él ni se inmutó. Siguió con su ritmo, hondo y constante, cambiándome de postura. Me giró boca abajo sobre los asientos, me alzó el culo con las dos manos y me volvió a entrar por detrás, cogiéndome de perrito mientras yo me apoyaba en los codos y le seguía mamando por turnos a Esteban y a Conrado.

—Mírale este culito —dijo Don Rodrigo dándome una nalgada que me hizo saltar—. Esto lo quiero para mí después.

—Nada, Rodrigo, ese culo me toca a mí —protestó otro, uno más gordo, que se llamaba Ramiro—. Vos ya te agarraste el coño primero, dejame el culo por lo menos.

—Repartimos y ya —soltó Aurelio desde atrás, riéndose.

Y así hicieron. Don Rodrigo terminó primero adentro de mí, con un gruñido largo, vaciándose entero, apretándome las caderas hasta dejarme los dedos marcados. Sentí la corrida caliente llenándome por dentro y chorreando después por los muslos cuando él se retiró. Se apartó respirando fuerte y le hizo un gesto a Ramiro, que ya estaba con la polla dura en la mano, esperando su turno.

Ramiro me escupió en el culo, se pasó la saliva con el glande y me penetró por el otro agujero de a poco, empujando con cuidado pero sin detenerse hasta que estuvo entero adentro. Me abrió como nadie me había abierto nunca. Yo grité contra el asiento, con los ojos llenos de lágrimas, mientras Aurelio venía y me metía la polla en el coño empapado y todavía embarrado con la corrida de Rodrigo. Los dos empezaron a follarme al mismo tiempo, coordinándose sin hablar, entrando y saliendo alternados, y yo perdí completamente la cabeza.

Los hombres mayores saben hacer eso. Saben que la prisa es para los que tienen veinte años y actúan como si el mundo se les fuera a acabar en diez minutos. Los que ya pasaron los sesenta tienen paciencia, tienen ritmo, tienen esa certeza tranquila de quien no necesita demostrar nada a nadie.

—Rica, chiquita, así.

—Mirá cómo lo aprieta.

—Ni tu hermana era tan puta como vos, ¿lo sabías?

—Sí —dije yo, mordiéndome el labio con los ojos cerrados—. Soy más puta. Sigan.

Me fui pasando de unos a otros en ese espacio reducido del autobús con una fluidez que no habría podido imaginar antes de que ocurriera. Había algo en la variedad, en esa sucesión de manos distintas y formas distintas de tocar, que iba sumando hasta convertirse en algo de una intensidad que no esperaba. El calor, la oscuridad parcial del terminal afuera, la música que alguien seguía poniendo en bucle. Me acabaron dos veces más en la boca, tres veces adentro del coño, una en el culo. Perdí la cuenta. Tragué lo que me tocó tragar, dejé que el resto me chorreara por la cara, por las tetas, por los muslos.

Llegó un momento en que perdí la cuenta de quién era quién. Solo había pollas, unas más gruesas, otras más largas, unas más pacientes, otras más brutas, y todas terminaban dentro de mí en algún agujero.

***

Hubo un instante, entrada ya la noche, en que me detuve un segundo a mirarlo todo desde afuera. Estaba en el autobús de un terminal de buses, con siete hombres que prácticamente triplicaban mi edad, con el coño y el culo chorreando semen de por lo menos cuatro de ellos, y me sentía completamente dueña de la situación. Eso era lo que me resultaba curioso. No la situación en sí, sino esa sensación de control total en medio de algo que a simple vista podría parecer lo contrario.

Don Aurelio, el del cumpleaños, fue el más sorprendente de todos. Resultó ser el más cuidadoso, el que se tomó el tiempo de preguntar qué me gustaba antes de hacer cualquier cosa. Yo le respondí con honestidad, señalándole exactamente lo que quería, y él tomó nota con atención como si fuera la información más importante que hubiera recibido en mucho tiempo. Me pidió que me sentara encima de él, a horcajadas, y me hizo cabalgarlo despacio, con las manos en mi cintura, guiándome sin apurarme. Cuando estuvo por venirse me pidió permiso para acabar adentro y yo le dije que sí, que reventara, que era su cumpleaños y se lo merecía. Se corrió con un gemido largo, escondiéndome la cara entre las tetas, y yo me quedé encima de él sintiendo cómo se vaciaba.

—Definitivamente el mejor regalo de cumpleaños que me han dado —dijo cuando por fin recuperó el aliento.

Los demás estallaron en carcajadas. Yo también me reí, con la cara todavía colorada y con su corrida escurriéndoseme entre las piernas.

Seguimos así un buen rato más. El tiempo pasaba de una manera distinta ahí adentro, sin la presión del reloj ni de ninguna otra obligación pendiente. Solo el calor, la música baja de fondo, y esa circulación lenta y satisfecha de cuerpos que se iban rotando con una tranquilidad que jamás hubiera esperado de una situación como esa. Los que ya habían terminado se sentaban de vuelta con la cerveza en la mano y me miraban desde los asientos como quien mira una obra de arte que él mismo acaba de firmar. Los que quedaban con ganas se acercaban de a poco, sin urgencia, y me pedían por favor, con una educación anticuada, si podían acabar una vez más.

Al final me quedé tumbada sobre los asientos de la fila trasera, mirando el techo del autobús, con el cuerpo completamente agotado, la falda hecha un trapo alrededor de la cintura y esa clase de quietud que solo aparece después de haberlo dado todo. Tenía semen seco en las mejillas, en el cuello, entre los pechos, y todavía chorreaba de a poco entre los muslos. Afuera el terminal seguía igual de tranquilo. Adentro los hombres se acomodaban en silencio, algunos terminando las últimas cervezas, otros simplemente sentados con esa expresión de quien acaba de vivir algo que no esperaba esta semana.

Don Rodrigo me alcanzó una servilleta y me ayudó a limpiarme la cara sin decir nada, con esa ternura extraña que a veces aparece después del sexo más sucio.

***

Cuando por fin bajé del autobús eran casi las once y media de la noche. Las piernas me respondían justo, el pelo completamente deshecho y la falda algo torcida. Adentro de la pantaleta que Esteban tuvo la delicadeza de devolverme sentía todavía el goteo tibio de todo lo que me había quedado dentro. Don Rodrigo me acompañó hasta la puerta del terminal sin decir nada durante un rato, con esa serenidad de alguien que no necesita llenar el silencio.

—¿Llegás bien? —preguntó.

—Sí. Vivo a tres cuadras —dije.

Hubo un silencio breve entre los dos. El tipo de silencio que se instala después de ciertas cosas, cuando no hay mucho que agregar y ambos lo saben perfectamente.

—Tu hermana no sabe lo que se perdió esta noche —dijo él finalmente, con una sonrisa de costado.

—Mi hermana tiene su propia historia con usted —respondí—. Yo tengo la mía. Y la mía fue con seis más.

Don Rodrigo soltó una carcajada larga, de esas que salen del fondo del pecho, y me apretó el hombro antes de darse la vuelta y volver hacia el autobús donde sus amigos terminaban las últimas cervezas de la noche.

Caminé sola los tres bloques hasta mi apartamento. El aire estaba fresco y el barrio tranquilo, como siempre a esa hora. Llevaba todavía en el cuerpo esa vibración sorda y satisfecha que deja una noche de esas, esa sensación de haber seguido un impulso hasta el final sin arrepentirse de nada. A cada paso sentía cómo un hilo tibio se me escapaba y me bajaba por dentro del muslo.

No me arrepentí de haberme detenido a escuchar la música.

Nunca me arrepiento de esas cosas.

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3.3(3)

Comentarios(9)

moreno28

Que bueno!!! sigue escribiendo asi, de verdad

Rocio45

Necesito una segunda parte, quede con muchas ganas de mas

nochero91

jajaja el Don Rodrigo no pierde el tiempo. tremendo relato

MiriamL

Me gusto mucho como lo contaste, se siente cercano y real. Saludos desde Colombia

SantiRosario22

Se siente muy real, eso es lo que le da gracia a este tipo de relatos. Muy bueno

Pablillo33

lo empece a leer sin expectativas y no pude parar, buen trabajo!

TeoGutierrez

Muy bien escrito, te engancha desde el principio. Esperando el proximo

PaulaV91

increible!!! mas por favor :)

Cintia_Mx

me recordo algo que me paso hace anos jeje. que buenos recuerdos

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