Los cinco días que pasé a solas con el marido de mi hija
Mi hija me había pedido que me quedara unos días en su casa de Valencia para cuidar a mi nieto Bruno, apuntado a un campamento de verano, y echarle una mano a su marido Adrián, que andaba enterrado en un examen para un puesto de dirección en la Consejería. Lo que empezó como un favor de abuela terminó conmigo y mi yerno follando como dos animales sin que ninguno opusiera resistencia.
Conducía de vuelta del campamento con la cabeza en otra parte, flotando a media altura entre el asfalto y las nubes. Me había dejado follar por Adrián esa misma mañana, con su polla dura hundiéndose en mi coño una y otra vez sobre la mesa del office, y no sentía remordimiento, solo la rabia tonta de tener que recoger a Bruno y no poder disfrutar de la verga de mi yerno en exclusiva. Tenía cuarenta y seis años y una urgencia nueva, casi adolescente, de aprovechar cada hora antes de que la realidad me obligara a mirarla de frente. Todavía notaba su semen escurriéndose entre mis muslos, tibio, marcándome como suya.
Sabía que no era amor, no el de los enamorados. Era piel, deseo, la sensación de estar viva otra vez después de demasiado tiempo apagada. Follar por follar. Correrme hasta perder el sentido. Y durante los días que quedaban hasta el regreso de mi hija, pensaba seguir tomando lo que había descubierto, hasta la última gota.
Al llegar a por Bruno, Vanesa me invitó a un café mientras los niños jugaban a la consola en el cuarto de su hijo Hugo.
—Muchas gracias, te debo una. Cuando quieras se queda Hugo en mi casa —le dije.
—Nos vendría bien salir a nosotros también. Por cierto, en la cena de padres te vi muy unida al padre de Bruno. Rompes el molde de la suegra clásica.
Me sentí descubierta, con el coño todavía palpitando por la follada de la mañana, y traté de controlar el gesto.
—Nos llevamos bien. Me llevo bien con todo el mundo —respondí, restándole importancia.
Bruno me abrazó al verme y me arrastró hacia la puerta, impaciente. En casa insistió en bajar a la piscina. Le di un beso a su padre, me puse el bañador y dejé que el niño se adelantara.
—Espérame para meterte al agua —le ordené.
A salvo de su mirada, cerré la puerta y me dejé abrazar por Adrián.
—Hay que tener cuidado, los niños se fijan en todo —murmuré.
—Aprovecharemos las horas del campamento.
Pero se cobró un anticipo. Me subió el top del bikini de un tirón y mis tetas saltaron libres delante de su cara. Se lanzó sobre ellas con un hambre impaciente, chupándome un pezón mientras retorcía el otro entre dos dedos, tirándome un poco para hacerme gemir por lo bajo. Su otra mano se coló bajo la braguita del bikini y encontró el sitio exacto, ese punto que él ya conocía mejor que yo. Dos dedos se hundieron en mi coño empapado sin encontrar resistencia mientras el pulgar me trabajaba el clítoris en círculos cortos y precisos.
—Estás chorreando, cabrona —susurró contra mi teta.
—No pares, no pares…
No necesité más de un minuto. Me corrí de pie, mordiéndome el dorso de la mano para no gritar, sostenida por la encimera del office, apretando su muñeca entre mis muslos para que no sacara los dedos hasta la última contracción. Cuando por fin los retiró, brillaban de mi flujo y se los llevó a la boca sin apartar la mirada.
—Qué poco necesitas —dijo riéndose, chupándose los dedos.
—Será que me estás poniendo al día con los orgasmos atrasados.
Me acomodé el bikini con las piernas todavía flojas y bajé a la piscina intentando parecer una abuela normal. Tumbada después al borde del agua, traté de ordenar la cabeza. Mi vida había dado un giro de ciento ochenta grados en una semana. Y entonces sonó el teléfono: era Ramón, mi marido, haciendo el Camino. Lo escuché sin sentir nada cuando me avisó de que retrasaba la vuelta unos días para seguir hasta la costa con unos peregrinos. Ni preguntó por Bruno. Seguía en su mundo, como siempre. Mejor. Que se quedara allí unos días más mientras a mí me follaban en su cama.
***
Esa noche Adrián pidió pizzas para que yo no cocinara. Cenamos con Bruno, hablamos por videollamada con Lucía, mi hija, que confirmó su regreso para el viernes.
—Disfruta, aquí está todo controlado —le dije.
—No me tientes, que alargo el viaje —contestó riéndose.
Me quedé con las ganas de decirle que por mí no había prisa. Cuanto más tardara, más veces me metería su marido la polla hasta el fondo. Cuando Bruno se fue a dormir agotado, Adrián me abrazó por detrás mientras yo recogía la cocina y noté su bulto duro apretándose contra mi culo.
—Tengo unas ganas locas —susurró, restregándose.
—Y yo, pero no podemos. Bruno es muy pequeño para algo así —me giré sonriendo—. Tendrás que apañártelas solo en tu cuarto.
Se le iluminó la cara.
—Hagámoslo juntos. Una cita virtual. Cada uno en su habitación, con el pestillo echado por si aparece el niño, una copa de vino y una videollamada.
—No sé si sabré… —dudé, intrigada.
—Claro que sabrás. A las diez y media te llamo.
Me di una ducha rápida, más por mí que por él, y me puse un camisón negro de seda liso que caía perfecto sobre mis caderas. Nada debajo. A las diez y media sonó el móvil. Cuando conecté, sentí su mirada recorrerme como si quisiera memorizar cada centímetro.
—Madre mía… —soltó él, en calzoncillos, con el pelo mojado y un bulto ya evidente entre las piernas.
—Es la primera vez que hago esto —confesé, tímida.
Me pidió que alejara la cámara para verme entera sobre la cama. Estiré las piernas, solo para notar su mirada clavada en ellas.
—Cierra los ojos un segundo —dijo, bajando la voz—. Imagina que estoy a tu lado y que te acaricio.
Obedecí. Había algo deliciosamente íntimo en aquello: me tocaba con las palabras, con el tono, y mi piel respondía como si llevara años dormida. El coño me latía con una intensidad que no recordaba.
—Quítate el camisón —ordenó.
Dejé que la seda cayera. No llevaba sujetador y mis tetas quedaron al descubierto, los pezones endurecidos al instante como si supieran que estaban siendo mirados. Me los acaricié con las yemas de los dedos, despacio, sopesándolos, pellizcando los pezones hasta que me arrancaron un jadeo. Él se bajó los calzoncillos sin apartar los ojos de mí y su polla saltó dura, tiesa contra el vientre. Se la agarró por la base y empezó a masturbarse lento, mostrándomela sin pudor.
—Desnúdate del todo —pidió con voz ronca.
Bajé la ropa interior despacio y me giré de perfil para que viera mi culo, y luego me abrí de piernas sin vergüenza, enseñándole el coño abierto y brillante que ya me estaba pidiendo guerra. Estaba en una nube irreal, sin creerme partícipe de algo así.
—Enséñamelo bien. Sepárate los labios con los dedos —ordenó, apretando su polla.
Le hice caso. Bajé dos dedos, me abrí el coño como una flor delante de la cámara y le dejé ver todo: el clítoris hinchado, la entrada empapada, todo listo para él.
—Métetelos —jadeó él—. Métete los dedos y piensa que es mi polla.
Los hundí de golpe hasta los nudillos y solté un gemido ahogado. Empecé a bombearlos, primero despacio y luego más rápido, moviendo las caderas contra mi propia mano, dejándome caer contra el cabecero, jadeando, mientras lo veía sacudirse la verga al otro lado con el puño cerrado y la respiración cada vez más entrecortada.
—Me encantaría que me la metieras ahora mismo. Que me la metieras hasta el fondo y me follaras hasta reventarme —murmuré, separando más las piernas como si él pudiera entrar por la pantalla—. La quiero, Adrián, quiero tu polla dentro.
—Despacio —respondió, tenso, con el puño moviéndose cada vez más rápido—. Sigue tocándote. Enséñame las tetas también.
Me llevé una mano al pecho y me estrujé un pezón mientras la otra seguía trabajándome el coño. Añadí un tercer dedo y noté que ya no cabía nada más ahí sin su polla. No pude ir despacio. Apreté contra mí con una fuerza que casi me destroza, imaginando que lo tenía encima aplastándome contra el colchón, y me corrí mordiéndome los labios, con las piernas temblándome y el vientre contraído, justo cuando él se vaciaba con un gruñido contenido y unos chorros blancos le salpicaban el pecho y el vientre. Tardé en recuperarme. Después solo nos mandamos un beso a la cámara, riéndonos como dos cómplices, empapados los dos.
—Hasta mañana —dijo, en un tono de lo más cariñoso.
***
A la mañana siguiente llevé a Bruno al campamento. En la puerta me esperaba Dani, uno de los monitores, un veinteañero descarado al que le faltaban años para llegar siquiera a los de Adrián.
—Cada día estás más guapa, «mamá de Bruno» —soltó.
—Te va a crecer la nariz, Pinocho.
Apareció Vanesa con Hugo y, después de dejar a los niños, me propuso tomar un café. Mientras caminábamos, comentó lo evidente.
—Ese chico no te quita ojo, Marisa.
—Es un crío, podría ser mi hijo —me reí—. Tonterías.
—Estás estupenda. Nadie diría que eres la abuela de Bruno.
Sonreí sin afirmar nada. Yo ya tenía mi propio joven en casa esperándome, con una polla que se me ponía dura solo con verme entrar por la puerta. Hice mis pasos de vuelta, compré algo de camino y llegué a la una, dispuesta a cocinar y a disfrutar de un rato a solas. No hice ruido para dejar estudiar a Adrián, pero al poco sentí sus manos en mi cintura.
—Hola, cariño —me apretó como un marido que vuelve del trabajo, restregándome su bulto contra el culo—. Te echaba de menos.
Me levantó del suelo y me sentó sobre la encimera de mármol. Me abrió las piernas de un tirón, me arrancó las bragas por el lado y bajó a bucear entre mis muslos con un hambre que no era ansia, era un vendaval. Su lengua se hundió en mi coño de golpe, lamiéndome de abajo arriba, chupándome el clítoris hasta hacerme arquear la espalda contra el mármol frío. Metió dos dedos y los curvó buscando ese punto que sabía volverme loca, sin dejar de comerme con la boca abierta.
—Joder, cómo me la comes —jadeé, agarrándole del pelo y apretándolo contra mi coño.
Sentí el orgasmo trepándome por los muslos y no quise correrme todavía.
—Para, para. Comamos algo y seguimos en la cama.
Se levantó con la boca brillante y me besó, dejándome probarme entera en sus labios. Hicimos una comida frugal, los dos hambrientos de otra cosa, comiéndonos con los ojos por encima del plato, y nos fuimos a mi dormitorio. Nunca a la cama de mi hija: esa fue siempre territorio sagrado.
Le desabroché los pantalones, le bajé los calzoncillos y su polla saltó fuera, tiesa, gruesa, con una gota transparente ya en la punta. Le acaricié el pecho de arriba abajo hasta detenerme en su verga, que temblaba al contacto. La agarré con toda la mano y empecé a masturbarlo despacio, mirándolo a los ojos.
—Anoche estuve a punto de venir a tu cuarto —murmuró con la voz cargada.
—Si llegas a venir, no habría podido echarte —respondí mientras le arañaba la espalda con la mano libre.
Bajé la cabeza y me la metí en la boca. Toda. Hasta que la sentí en el fondo de la garganta y tuve que respirar por la nariz. Empecé a chupársela subiendo y bajando la cabeza, apretándole los huevos con una mano, dejando que la saliva le corriera por la base. Él me agarró del pelo y marcó el ritmo, empujando las caderas contra mi cara.
—Así, joder, así, no pares…
La saqué con un beso húmedo en la punta y le sonreí desde abajo.
—Fóllame ya. No puedo más.
Me tumbó de espaldas, me abrió las piernas hasta casi doblarme en dos, me besó sin ternura, todo instinto, y sus dedos encontraron el punto exacto sin prisa, calculando dónde apretar. Luego se subió sobre mí y me penetró con un solo movimiento firme, hundiéndome la polla entera hasta los huevos. Solté un grito ahogado. El mundo desapareció. No existía Ramón, ni la sombra de Lucía, ni el cargo de conciencia. Solo esa polla llenándome, saliendo casi entera y volviendo a entrar de golpe, cada vez más fuerte. Subí las piernas sobre su espalda, abriéndome del todo, y cada embestida me llevaba más lejos de todo lo que conocía. El sonido de nuestros cuerpos chocando, húmedo, cochino, llenaba la habitación.
—Más fuerte, más fuerte, rómpeme —le supliqué, clavándole las uñas en los omoplatos.
Me la clavó hasta el fondo una y otra vez, con la cara enterrada en mi cuello, mordiéndome el hombro. Entonces decidí tomar la iniciativa. Lo volteé de un empujón, salí un segundo con el vacío en el coño gritando y me coloqué sobre él, guiándole la polla hasta ensartarme yo misma. Bajé de golpe hasta el fondo y solté un gemido largo mientras él arqueaba la espalda.
—Ahora te follo yo, cariño.
Empecé a cabalgarlo marcando yo el ritmo, subiendo y bajando sobre su verga, girando las caderas cuando la tenía dentro, apretándole con los músculos del coño. Mis tetas quedaron a la altura de su boca; cuando iba a atraparlos, los elevaba apenas un poco, riéndome, y él tiraba de mi pelo para bajarlos de nuevo, devorándomelos, mordiéndome los pezones hasta hacerme jadear. Le mordí el cuello sin saber por qué, arrancándole un gemido, dejándole una marca que Lucía tendría que ver a la vuelta. Me sentí dueña de su cuerpo.
—¿Te gusta cómo te la monto, yerno? —pregunté, cabalgándolo despacio, hundiéndolo a fuego lento, contrayendo el coño alrededor de su polla.
—Me encanta, joder, me encanta —jadeó, con la voz rota, agarrándome del culo con las dos manos y guiándome.
Estaba drogada, no solo de placer, sino de poder. Me incliné y le susurré al oído lo que nunca habría imaginado decir.
—¿Te habías imaginado alguna vez a tu suegra montándote así? ¿Con tu polla hasta el fondo de mi coño? Dilo. Di que te gusta follarte a tu suegra.
—Me vuelves loco, joder. Me pone que seas la madre de mi mujer. Me pone follarme a mi suegra —gimió, apretándome el culo con desesperación—. Cabálgame, cabálgame más fuerte.
No pudo decir mucho más. Sus manos se aferraban a mis caderas con desesperación. La línea que habíamos cruzado era tan prohibida, tan impensable, que el simple hecho de estar haciéndolo despertaba un placer que jamás había sentido. Aceleré, frenética, con las tetas botándome en la cara, hasta que noté las contracciones del orgasmo apoderarse de mí.
—Me corro, me corro sobre tu polla —avisé, incapaz de aguantar.
—Yo también, joder, ¿dónde te la echo?
—Dentro. Dentro, córrete dentro de mí.
Él clavó los dedos en mi piel y embistió más fuerte desde abajo, hasta llenarme el coño de semen caliente con un estremecimiento que lo dejó deshecho. Sentí cada chorro dentro, quemándome, y me corrí a la vez, apretándole la polla con las contracciones del coño hasta ordeñársela entera. Me derrumbé sobre su pecho, empapada, temblando, con su verga todavía dentro palpitando.
—Eres maravillosa —murmuró, roto, acariciándome la espalda.
Miré el reloj. Las tres y media. Ni un minuto para quedarme acaramelada: el horario de Bruno era inflexible. Me levanté con las piernas flojas y noté cómo su corrida se me escurría por los muslos.
—Me fastidia no poder quedarme en tus brazos —protesté.
—Eres una abuela muy verde —guiñó él.
***
Dos días antes de la vuelta de Lucía, Vanesa me convenció para salir una noche a una discoteca del puerto con los monitores. Me costó decir que sí, pero acabé hurgando en el armario de mi hija: una camiseta ajustada y unos pantalones que realzaban mi figura. Le mentí a Adrián como se le miente a un marido.
—Es una reunión de madres, Vanesa insiste.
—Pasadlo bien —contestó, besándome solo con los ojos delante de mi amiga—. Yo me quedo estudiando.
La discoteca era un mundo ajeno al mío, lleno de gente mucho más joven. Apenas pedimos las copas, aparecieron Dani y Marcos.
—Estás impresionante —me dijo Dani al oído.
No me podía creer que estuviera allí, coqueteando con un chico de veinticinco al lado del cual Adrián parecía un señor maduro. Bailamos. La contención que había mantenido se evaporó con la música y el gin-tonic. En un rincón, me pasó las manos por la cara con una mirada que anunciaba el beso. No lo frené. Fue pausado, breve.
—Me tienes loco —susurró.
—Si te ven con la abuela de uno de tus chicos, te despiden.
—Técnicamente no eres su abuela —sonrió—. Y me das un morbo brutal. Lo que quiero es follarte.
Me cansé de esa palabra. ¿Solo inspiraba morbo? Le solté un tortazo, más por las formas que por el fondo.
—No me hables así. Eres un grosero.
Me alejé ofendida, busqué a Vanesa y le dije que me iba en taxi. Ya en el coche, más calmada, reconocí que mi reacción había sido exagerada. No era ninguna ofensa que un chaval te dijera que te deseaba. Lo que me molestó fue su falta de tacto, porque me estaba dejando atrapar y, de haberlo trabajado mejor, quizá lo habría conseguido. Esa noche no, claro. Pero quién sabe más adelante.
Entré despacio en casa, algo torpe por la copa. Adrián y Bruno dormían. Ya en la cama, recibí un mensaje de disculpa de Dani y, lejos de calmarme, me encendí imaginándolo. Entonces se me ocurrió una travesura. Bajé la lámpara al suelo para crear penumbra, encendí la cámara del móvil y, de rodillas, me quité la camiseta despacio, me solté las tetas, me acaricié los pezones hasta ponerlos duros, me bajé una mano por el vientre y me metí el dedo corazón en el coño delante de la cámara, y me grabé con la cara más golfa que supe poner.
—Esta noche me habría gustado que me echaras un buen polvo. Que me follaras hasta correrme —le dije a la cámara, con el dedo dentro, y se lo envié a Adrián con un beso.
No llevaba ni unos minutos abrazada a la almohada cuando oí la puerta.
—Yo tampoco puedo dormir —dijo él, entrando con el pantalón del pijama ya abultado.
—¿Estás loco? Bruno nos puede oír. Vete —supliqué, más por obligación que por ganas.
—¿No querías que te echara un polvo?
Se acercó a la cama con esa sonrisa suya, dispuesto a cobrarse el botín. Cuando me acarició el cuello y bajó a mis tetas, chupándome un pezón a través del camisón hasta empaparlo, fui incapaz de resistirme. Salí un momento a comprobar que Bruno seguía dormido, abrazado a su peluche, y volví a echar el cerrojo.
—Tenemos que darnos prisa —le urgí, arrodillándome delante de él.
Le bajé el pantalón del pijama de un tirón y su polla saltó fuera, tiesa, apuntándome a la cara. La tomé entre las manos, se la acaricié hasta despertarla del todo y me la llevé a la boca, succionando con un deleite que no recordaba. Me la hundí entera, notando cómo la punta me tocaba el fondo de la garganta, y luego la saqué despacio, arrastrando la lengua por la vena de abajo. Le lamí los huevos uno a uno mientras seguía sacudiéndosela con la mano, subí de nuevo y me la volví a meter hasta atragantarme. Era delicioso comprobar lo rápido que reaccionaba, cómo se le tensaban los muslos y me apretaba la nuca sin querer.
—Qué buena eres mamando, joder —jadeó, tapándose la boca para no despertar al niño.
—Acaríciame tú también —pedí, sacándola con un hilo de saliva colgándome del labio, y me tumbé de espaldas abriendo las piernas para que sus dedos navegaran libres.
Él se agachó y me hundió la lengua en el coño, chupándome de arriba abajo, metiéndomela en la entrada mientras me pellizcaba los pezones. Me corrí en su boca casi sin darme cuenta, mordiendo la almohada para no gritar, con el cuerpo entero temblando en silencio.
Sin avisar, me dio la vuelta, me puso a cuatro patas al borde de la cama y se colocó detrás.
—Voy a follarte sin hacer ruido.
Le abrí el culo yo misma, ofreciéndome, sin querer perder ni un minuto. Sentí la punta de su polla frotándome los labios del coño, empapándose, y luego cómo se hundía entera de un solo golpe. Me tapé la boca con la mano para no gritar. Empezó a bombearme por detrás, agarrándome de las caderas, tirando de mí contra su verga, callado, con la mandíbula apretada. Cada embestida me hacía chocar el clítoris contra el borde del colchón. Caí en trance. Mezclamos palabras cariñosas con groserías susurradas, conscientes del niño al otro lado del pasillo.
—Es toda tuya mientras tu hija siga por Europa —murmuró, dándome un azote en el culo—. Este coño es mío hasta el viernes.
—Es tuyo, es tuyo, fóllamelo —gemí contra la almohada—. Me estás mal acostumbrando.
—No te preocupes, siempre serás mi reina.
Y era cierto: me trataba como a una reina, al menos hasta que regresara la princesa. Me tumbé sobre él después, cabalgándolo de nuevo con la certeza de que no se rendiría, moviendo las caderas en círculos con su polla clavada hasta el fondo, apretándole con el coño hasta ordeñárselo. Sentí cómo se vaciaba dentro de mí y yo me deshacía a la vez, mordiéndole el hombro para ahogar el gemido. Aunque me habría encantado que se quedara, lo eché de la cama con la corrida chorreándome entre los muslos y me dormí, anestesiada.
***
Los días que quedaron los organizamos como dos fugitivos dentro de la misma casa. Sexo al mediodía, en la ducha con su polla clavándome contra los azulejos y el agua cayéndonos encima, en el sofá del salón con las persianas bajadas y yo a cuatro patas mordiendo un cojín; por la noche, cuando Bruno dormía, encuentros callados sin llegar a más, acariciándonos hasta corrernos los dos a mano, él con su verga en mi puño soltándome chorros sobre el vientre, yo con sus dedos hasta los nudillos en mi coño. Cada roce era un recordatorio de que compartíamos un mundo secreto que nos mantenía vivos. Cuando pensaba en mi hija, un nudo de culpa me apretaba, pero luego lo miraba a él, veía cómo se le marcaba la polla bajo el pantalón, y solo entendía deseo y complicidad clandestina. No nos hicimos promesas. No había futuro para aquello, solo presente. Presente y semen y coños empapados.
El último mediodía, para celebrar nuestra última comida a solas, preparé un pescado al horno y abrimos una botella de vino blanco. Por la tarde Lucía aterrizaba en Manises.
—Ha sido lo más increíble que me ha pasado —dijo él.
—Para mí también. No solo el sexo. Me he sentido visible, mirada, escuchada. Hacía años que nadie me preguntaba qué pensaba.
—¿Qué harás cuando vuelva Ramón? —preguntó.
—No lo sé. Hace una semana, si me hubieran propuesto algo así, habría mandado a la calle a quien fuera. Ahora ya no me imagino viviendo sin esto. Sin tu polla, sin tu boca, sin cómo me miras.
—Espero que nunca le cuentes a Lucía lo nuestro —añadí, con un punto de autoridad.
Me sostuvo la mirada, y dicen que quien miente la rehúye.
—No lo haré. Nunca sin tu permiso.
Cuando fui a servirme otra copa, encontré la botella vacía. El alcohol te empuja a decir cosas que en frío callarías.
—Aún me tienes que echar el último polvo —solté.
—¿Solo uno?
—El penúltimo.
Nos reímos los dos a la vez y, sin levantarnos de las sillas, nos fundimos en un beso hambriento que borró de un plumazo la imagen de mi hija y de mi marido. Me alzó, me sentó sobre la mesa todavía puesta; un plato cayó al suelo y se hizo añicos, una copa se volcó sobre el mantel, y yo sentí que todo lo que había sostenido mi mundo hasta entonces se derrumbaba también de golpe. No nos detuvimos.
Me arrancó las bragas de un tirón y las tiró al suelo. Me abrió las piernas sobre la mesa, apartó los platos con el brazo y hundió la cara en mi coño una última vez, chupándomelo con desesperación, metiéndome la lengua hasta hacerme retorcerme, empapándose la barbilla de mí. Le agarré del pelo y le apreté contra mí hasta correrme sobre su boca, aplastándole la cara con los muslos.
—Fóllame ya, fóllame por última vez —le supliqué, jadeante.
Se irguió, se bajó los pantalones, sacó la polla ya tiesa y me la clavó de un solo empujón, hundiéndola hasta el fondo. Solté un grito que se ahogó contra su boca. Empezó a follarme sobre la mesa del comedor de mi hija, agarrándome del culo, tirando de mí hacia él con cada embestida, mientras los cubiertos temblaban y otra copa se caía al suelo. Le rodeé la cintura con las piernas, cruzando los tobillos en su espalda, obligándolo a hundirse más.
—Más fuerte, hasta el fondo, no te guardes nada —le gemí al oído—. Es la última, dámelo todo.
—Voy a llenarte el coño una última vez, suegra —jadeó, embistiendo con rabia.
—Sí, lléname, córrete dentro, quiero irme con tu corrida dentro cuando Lucía llegue.
Le mordí el hombro para no gritar y me corrí sobre su polla con las contracciones más largas de mi vida, apretándolo, ordeñándolo, hasta que él se descargó dentro de mí con un gruñido ahogado contra mi cuello, vaciándose entero, chorro tras chorro caliente que sentí hasta el fondo del vientre. Nos quedamos así, encajados, temblando, empapados de sudor y de vino, encima de la mesa donde en unas horas Lucía se sentaría a cenar.
Por primera vez en años, descubrí el sexo no como una rutina sino como una necesidad. Y mientras él me tomaba sobre aquella mesa soleada, con su semen todavía escurriéndome entre las piernas, supe que, cuando dentro de unas horas recibiera a Lucía con un abrazo y una sonrisa de madre, jamás podría volver del todo a ser la mujer apagada que había llegado a esa casa una semana atrás.





