Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La promotora madura que llegó empapada esa noche

Soy Roberto, aunque mis amigos de toda la vida me llaman el Flaco. Es un apodo que ya no describe nada —a esta altura de mi vida los kilos se instalan solos y nadie los invita a irse— pero las costumbres duran más que la realidad que las originó.

Me gustan las mujeres. Las prefiero maduras, de cuarenta para arriba, aunque nunca he sido demasiado excluyente. Hay algo en una mujer que ya sabe lo que quiere —en la cama y fuera de ella— que ninguna urgencia de los veinte años puede imitar. La experiencia tiene su propio ritmo, y ese ritmo me interesa. Una mujer madura no pregunta si te gusta, te lo hace. No espera que adivines, te toma la mano y te la lleva al coño. Eso, para un hombre de mi edad, vale más que cualquier cuerpo de veinte.

En muchos países existe esa costumbre de celebrar el amor el catorce de febrero. Las florerías, joyerías y chocolaterías hacen su agosto en esos días. Los hombres vaciamos los bolsillos. Las mujeres nos recompensan con comidas especiales, atenciones y, si la noche acompaña, con algo que ningún papel de regalo puede igualar.

Lo que menos gente reconoce es que el trece de febrero tiene su propia tradición paralela. Se la llama, en voz baja, la noche de los cornudos conscientes: el día previo al amor oficial, aprovechado por quienes tienen pareja formal y otra no tan formal, para celebrar primero con la segunda. Los alojamientos por hora y los departamentos de alquiler diario reparten su mejor semana del año exactamente esa noche. Los infieles tienen agenda apretada.

Los que no tenemos compromisos estables hacemos lo nuestro: juntarnos a cenar, tomar algo, recordar que la vida también puede ser sencilla.

***

Carlos nos había reservado mesa en un lugar que nos gustaba desde hace años. Un antro clásico: buena cocina hasta medianoche y pista de baile con rock de los ochenta desde las doce. Éramos cinco. Carlos, Pablo, Diego, Rodrigo y yo. Llegamos antes de las diez y la noche empezó sin complicaciones.

Cerca de la una de la madrugada, una tormenta corta y violenta descargó sobre la ciudad. Los que estaban en la terraza corrieron adentro y el salón se llenó de golpe. Entre los que entraron empapados había un grupo de mujeres. Ocho o nueve, tal vez. Los rangos de edad iban desde los cuarenta y pico hasta los sesenta y algo. Venían chispeadas —habían empezado la noche bastante antes que nosotros, se notaba en la soltura— y traían esa energía particular de un grupo femenino que lleva horas sin dar explicaciones a nadie.

Dos de ellas pasaron junto a nuestra mesa rumbo al baño. Una era alta, de pelo oscuro con algunas canas, bien mantenida. La otra, más delgada, con algo en la cara que me resultó vagamente familiar. Me miraron de una manera que no era casualidad y siguieron de largo. Iban a arreglarse y volverían.

Cinco minutos después estaban de vuelta.

—¿Sos Roberto? —preguntó la de pelo oscuro, deteniéndose junto a mi silla.

Me tomó un segundo responder. No la ubicaba.

—Sí.

—Soy Clara. Y ella es Silvia. Éramos modelos con tu mamá, ¿te acordás? Los concursos de peinados, la peluquería del centro.

Treinta años en dos oraciones. El tiempo colapsó de golpe.

Las miré con más atención y empezaron a aparecer los rasgos que guardaba en algún rincón de la memoria: caras más jóvenes, pelo diferente, un contexto que no tenía nada que ver con éste. Clara debía tener ahora unos sesenta y dos o sesenta y tres años. Silvia, un poco menos. Ninguna de las dos se había descuidado. Las figuras habían cambiado, como cambian todas con el tiempo, pero se movían con la soltura de quien está cómodo en su propio cuerpo. No necesitaban disimular nada.

Saludaron a Pablo y Carlos, que también habían pasado tardes en la cocina de mi madre mientras las chicas practicaban peinados de competencia. Llamaron por señas a sus compañeras, pidieron si podían sentarse con nosotros y la mesa se reorganizó sola. Pedimos una ronda de tragos y los recuerdos brotaron junto con el hielo derretido.

***

Durante la hora siguiente la conversación saltó de anécdotas antiguas a historias presentes y de vuelta, sin orden. Clara tenía esa forma de hablar que mezcla lo serio con el humor sin que uno note la transición. Silvia era más directa, más ruidosa, con una risa que se escuchaba dos mesas más allá. Las otras mujeres resultaron ser compañeras de trabajo: un equipo de promotoras que acompañaba empresas en competencias de automovilismo, que habían pasado por la ciudad camino a un evento en el sur y aprovecharon para juntarse con conocidas de otra época.

Para las dos de la madrugada éramos un grupo consolidado de doce personas que se reían sin necesidad de que pasara algo especialmente gracioso. Alguien bajó las luces y la pista se abrió. Nos levantamos casi todos.

Bailando, Clara me puso al día en pocas frases. Seguía en el mundo de las promotoras, ahora manejaba parte de la logística del equipo. Viajaba mucho. Le pregunté si le pesaba.

—Al contrario —dijo—. Es lo que me mantiene viva.

Cuando los lentos reemplazaron al rock, quedamos en pista solo cuatro parejas. Pablo con Silvia, Carlos con Patricia —una morena de unos cincuenta que había aparecido en el segundo trago—, Diego con Laura, la rubia que se acercó sola cerca de la medianoche. Y yo con Clara, bailando pegados, hablándonos al oído con la excusa del volumen. Sentí su cadera contra la mía y su muslo apoyado justo donde ella sabía que iba a apoyarse. Al cuarto compás noté que se me estaba poniendo dura y no hice nada por disimularlo; ella tampoco hizo nada por correrse. Al contrario, apretó un poco más, como quien confirma una hipótesis.

—¿Y en casa? —le pregunté en algún momento.

—En casa existe —respondió, sin dramatismo—. Mi marido es gerente de una empresa grande. Viaja mucho. Hace años llegamos a un acuerdo: cada uno hace la suya, sin reproches, sin preguntas. Dormitorios separados desde hace tiempo. No tenemos hijos.

—¿Y eso funciona?

—Funciona porque los dos queremos que funcione. El matrimonio nos conviene en términos prácticos. Y el resto... —se encogió de hombros con una sonrisa— ...el resto me lo resuelvo cuando viajo.

Miré alrededor. Pablo y Silvia bailaban pegados sin disimular nada; la mano de Pablo estaba abiertamente sobre el culo de Silvia y ella no la corría. Carlos tenía la cara hundida en el cuello de Patricia y la lengua le hacía cosas que se veían desde donde yo estaba. Diego había desaparecido con Laura hacía un rato.

—Tus amigos son rápidos —dijo Clara.

—Las tuyas tampoco pierden tiempo.

—Silvia está divorciada hace tres años y hace tres años que se coge a todo lo que se le cruza. Patricia nunca se casó y le encantan los tipos como Carlos, casados. Y Laura le pone los cuernos al marido en cada viaje, es su manera de respirar. —Hizo una pausa breve—. Cada una tiene sus razones.

—¿Y las tuyas?

—Esta noche tengo ganas de que me cojan bien. Esa es razón suficiente.

No fue una declaración de intenciones teatral. Lo dijo mirándome a los ojos, sin bajar la voz, con la misma naturalidad con que se pide la cuenta. Hacía mucho tiempo que nadie me hablaba así. Se acercó a mi oreja y agregó, más bajo, casi soplando: —Y hace más tiempo todavía que no me la chupo a un tipo que valga la pena. A ver si vos valés.

Sentí que la sangre me bajaba entera de golpe. Le puse la mano en la nuca y la besé ahí mismo, en la pista, con lengua, sin cuidarme de nadie. Ella me mordió el labio inferior al soltarme.

***

Carlos propuso seguirla en su departamento. La votación fue rápida. Dos de las mujeres del grupo prefirieron quedarse en el bar. El resto fuimos en los autos, hicimos parada en un almacén abierto y llegamos con cervezas, el ruido propio de las dos y media de la mañana y nada que demostrar.

Carlos encendió luces tenues y cubrió las lámparas con telas de colores que daban al living un tono entre rojo y azul. Las mujeres se fueron al baño en tandas. Los hombres pusimos música y nos repartimos las cervezas sin decir gran cosa. Había un acuerdo tácito en el ambiente que no necesitaba explicarse.

Cuando volvieron, la noche tomó otra velocidad. Los primeros en desaparecer a una habitación fueron Carlos y Patricia; se escuchó una risa y después el golpe de la puerta. Minutos después, Pablo y Silvia hicieron lo mismo, y desde el pasillo llegó clarito el "no me la metas todavía" de Silvia riéndose. Diego nunca había vuelto del bar.

Clara y yo nos quedamos solos en el living.

Nos sentamos en el sillón. Abrimos dos cervezas que no llegamos a terminar. Empezamos despacio: un beso corto, luego otro más largo, las manos encontrando sitio sin apurarse. Había algo honesto en esa torpeza de los comienzos que no se puede fingir. Pero Clara no era paciente por timidez, era paciente por decisión: me pasó la mano por encima del pantalón y me apretó la verga por afuera de la tela, midiéndome, y la sonrisa que se le escapó fue de aprobación.

—Apagá esa —dijo, señalando la lámpara más cercana.

La apagué. Cuando me giré, Clara ya se estaba desprendiendo la blusa con movimientos tranquilos, sin ningún gesto calculado. Era simplemente una mujer que sabía lo que quería y no necesitaba armar un espectáculo para conseguirlo.

Tenía el cuerpo bronceado, con las marcas de una bikini pequeña, la piel dorada y pareja. El corpiño era de encaje claro. Cuando lo abrió hacia un costado vi que las tetas eran operadas, de buen tamaño, firmes de una manera que la naturaleza sola no construye. No le pregunté nada. Se las tomé con las manos, las pesé, las apreté hasta que los pezones oscuros se le pararon solos entre mis dedos. Empecé por el cuello, chupé fuerte, bajé despacio por la clavícula, le arranqué el corpiño por completo y pasé la lengua por los pezones uno por uno, girándolos, tirándolos con los dientes con la fuerza justa. Los pezones respondieron de inmediato: duros, oscuros, como puntas de goma dentro de mi boca.

Clara tenía las manos en mi cabeza, sin presionar, solo guiando.

—Despacio —murmuró—. Tengo tiempo. Chupámelas bien, dale.

Estuvimos así un buen rato. Le pasé una teta entera por la boca y después la otra, la mordí en el borde de la areola, la lamí en círculos hasta que la escuché exhalar de esa manera que ya no se controla. Ella no tenía apuro y eso cambiaba todo el ritmo de la escena. No era urgencia, era disfrute deliberado, algo más cercano a la degustación que al hambre. Le bajé una mano por el vientre, le pasé los dedos por encima del jean apretando ahí donde tenía el coño, y la sentí abrir apenas las piernas para dejarme entrar mejor. Le desabroché el jean, metí la mano adentro, adentro de la bombacha, y encontré todo mojado, resbaladizo, un calor pegajoso que se me pegó a los dedos con dos movimientos. Le froté el clítoris con el dedo del medio en círculos lentos y ella se dejó ir contra mi mano.

—Así —dijo—. Metémelo. Uno solo, despacio.

Le metí el dedo del medio y lo tenía tan mojada que entró de golpe hasta el fondo. Lo saqué, le pasé lo mojado por el clítoris, se lo volví a meter, esta vez con dos dedos, curvando hacia adelante para tocarle ese punto de arriba que se hincha cuando una mujer está a punto. Clara arqueó la espalda. La boca se le abrió sin ruido.

—Espera, espera —dijo—. Así me acabo enseguida y no quiero acabarme así todavía.

Saqué los dedos. Me los llevé a la boca sin dramatismo y se los chupé mirándola. Ella me miró y se le escapó una risa corta, ronca.

—Sos un hijo de puta —dijo, en el mejor de los sentidos.

Entonces se movió. Se levantó un momento, se quitó el jean y la ropa interior sin ceremonia, los dejó en el suelo. Se quedó desnuda de la cintura abajo —las sandalias ya habían volado antes— y me miró mientras yo terminaba de sacarme el pantalón. Tenía el pubis prolijo, recortado corto, no depilado del todo, y los labios del coño hinchados, brillantes, entreabiertos por el estado en el que ya la había puesto. Me quité el calzoncillo y la vi bajarle la mirada a la verga, sin disimular la revisada. Asintió apenas, como quien aprueba un plato antes de comerlo.

—Sentate —dijo—. Dejame probarte primero.

Me senté en el sillón. Ella se arrodilló entre mis piernas en la alfombra, me apoyó las dos manos en los muslos y me tomó la verga con una sola mano, sin cerrar del todo, casi acariciándola. Me pasó la lengua por abajo, de la base hasta la punta, en una lamida larga y lenta, mirándome. Después me metió la cabeza en la boca y cerró los labios ahí, chupando apenas, girando la lengua alrededor del glande. Se me escapó un gruñido. Clara sonrió con la boca llena y bajó.

La bajó entera, hasta el fondo, hasta que la sentí golpearle en la garganta y ella no se apartó. Se quedó ahí un segundo, tragando, con la nariz contra mi pubis, y después subió con una succión lenta que me hizo agarrarme del borde del sillón. Volvió a bajar. Volvió a subir. Estableció un ritmo profundo, todo con boca, todo con lengua, sin ayudarse con la mano hasta que quiso. Cuando agregó la mano fue para agarrarme la base y apretarme mientras la punta la mantenía en el paladar, girándola. Con la otra mano me acariciaba los huevos, los tomaba con toda la palma, los apretaba justo lo suficiente.

—Mirame —le dije, con la voz más ronca de lo que hubiera querido.

Levantó los ojos sin sacársela de la boca. Esa imagen —Clara arrodillada, mis sesenta años, sus sesenta y pico, la boca abierta llena de verga y la mirada firme— me estuvo por hacer terminar antes de tiempo. Le puse la mano en la nuca, la aguanté ahí un segundo, y ella soltó un ronroneo que sentí vibrar en toda la verga.

La saqué de golpe.

—Basta —dije—. Vas a hacerme acabar en la boca y todavía no quiero.

Se limpió el hilo de saliva con el dorso de la mano y se lamió los labios, sin apuro.

—A la próxima acabás en mi boca —dijo—. Ahora vení.

Volvió al sillón y se acomodó sobre mí a horcajadas, con una lentitud calculada. Me tomó con una mano, se pasó la punta por los labios del coño de arriba abajo, empapándome, y me la fue llevando adentro, despacio, dejando que su cuerpo marcara el ritmo. Sentí cómo se iba abriendo alrededor mío, apretada y caliente, un anillo mojado que fue tragándome centímetro por centímetro. Cuando llegué al fondo exhaló por la nariz y cerró los ojos un segundo. Se quedó quieta ahí, apretándome adentro con los músculos del coño, ordeñándome sin moverse.

—Qué buena verga tenés —dijo, casi para ella—. Qué justo entrás.

Después empezó a cabalgar, primero pausado, con movimientos largos, saliendo casi entera y volviendo a bajar hasta el fondo. Le tomé las tetas con las dos manos, las apreté, se las llevé a la boca de a una. Ella aceleró. Sus caderas empezaron a golpearme contra los muslos con un ruido húmedo, plano, cada vez más rápido, como si el cuerpo tomara decisiones propias. Le agarré el culo con las dos manos y la ayudé a moverse, la empuje hacia abajo cada vez más fuerte, más profundo. Ella se dobló sobre mí, me metió la lengua en la boca, y siguió meciéndose así, empalada, con la lengua entre mis dientes.

—Voy a acabarme —dijo contra mi oreja—. No pares, no pares, no pares.

Llegó a un orgasmo intenso que acompañó apretando los dientes, con un sonido ahogado que salió igual de profundo, con el coño cerrándose alrededor de mi verga en oleadas, apretándome tan fuerte que me tuve que agarrar de sus caderas para no acabarme yo también en ese momento. Siguió moviéndose despacio, temblando, hasta que empezó a bajarle. Y entonces, sin pausa, se levantó apenas y volvió a bajarse, más despacio esta vez, buscando otra cosa.

—Ahora vos —dijo—. Acabame adentro. Quiero sentírtelo.

La agarré de la cintura y la giré. La puse boca abajo sobre el brazo del sillón, con el culo levantado y las rodillas en el almohadón. Le abrí las nalgas con las dos manos y le vi el coño abierto, hinchado, chorreando lo suyo y algo de lo mío que ya se había mezclado. Me acomodé detrás y le metí la verga de una sola embestida, hasta el fondo. Clara gimió contra el sillón, un gemido largo, gutural. La agarré del pelo con una mano y de la cadera con la otra, y me la empecé a coger fuerte, sin cuidarme, escuchando el chapoteo de mi pubis contra su culo, viendo cómo la verga entraba y salía brillante de ella.

—Así —jadeaba—. Cogeme así. Más fuerte. Rompémelo.

La cogí más fuerte. Le tironeé el pelo. Le pegué una palmada floja en la nalga y ella se sacudió y apretó, y eso me terminó de decidir. Sentí el semen subir desde muy abajo, me apreté contra ella hasta el fondo, y me corrí adentro con tres embestidas cortas y hondas, gruñendo contra su espalda. Clara empujó hacia atrás cada una de ellas, exprimiéndome, hasta que sentí la última gota vaciada dentro de ella. Me quedé un momento así, encajado, sintiendo cómo el coño le seguía latiendo alrededor de la verga que ya empezaba a ablandarse.

Salí despacio. Un hilo tibio salió con la punta y le bajó por el muslo. Ella se lo pasó con dos dedos y se los llevó a la boca sin pensarlo, como si fuera lo más natural del mundo.

Nos dejamos caer sobre el sillón. Hubo silencio un momento.

—Ya no somos jóvenes —dijo.

—No.

—Pero tampoco está mal, ¿no?

—Está bastante bien.

—Descansá —dijo, palmeándome el pecho—. Después te quiero de nuevo.

***

Tardamos casi una hora en reponernos. Desde una habitación llegaban sonidos que indicaban que Carlos y Patricia todavía estaban lejos de terminar: un cabezal golpeando la pared con una regularidad de metrónomo. Desde la otra, el ritmo de Pablo y Silvia tenía una cadencia diferente, más insistente, y por debajo el "sí, sí, sí" de Silvia repitiéndose como una letanía.

Nos levantamos y nos dimos una ducha en el baño del pasillo. El agua caliente y el silencio relativo de las tres y media de la mañana tenían algo de paréntesis. Bajo el chorro le enjaboné las tetas, se las jugué entre las manos, le pasé la esponja por la entrepierna con cuidado y ella me lavó la verga con las dos manos, cerrando los dedos, subiendo y bajando sin urgencia, más gesto de cariño que otra cosa. Estaba demasiado agotada la carne para volver a levantarme del todo, y a los dos nos pareció bien. Cuando salimos, volvimos al sillón y nos tapamos con una sábana que Clara encontró doblada en un estante. Nos acomodamos de costado, su espalda contra mi pecho. Le dejé la mano abierta sobre la teta y ella la puso encima de la mía.

Me dormí sin darme cuenta.

***

Desperté con la luz gris del amanecer filtrándose por las persianas. Clara seguía ahí, la respiración lenta y pareja. Tenía una erección que se acomodó sola entre sus piernas al moverme; el culo tibio contra mi pubis y la verga encajada entre sus muslos, resbalando en la humedad que todavía había quedado ahí de la noche. Le pasé la mano por adelante, encontré el coño abierto, todavía blando y mojado, y le froté el clítoris con dos dedos hasta que suspiró en sueños. Ella no se despertó del todo, pero separó los muslos apenas y arqueó la cadera hacia atrás, buscándome. Le acomodé la verga en la entrada y entré con cuidado, muy suave, sin hacer ruido, empujando despacio hasta el fondo, sintiéndola tragarme entera de costado.

—Mmm —dijo sin abrir los ojos.

Siguió durmiendo, o fingió que dormía, que a esa hora era lo mismo. Yo me moví apenas, adentro y afuera con un ritmo mínimo, más pegado que empujado, dejándole todo el trabajo al roce lento. Le tomé una teta desde atrás y le apreté el pezón entre dos dedos, girándolo, y sentí cómo el coño se le apretaba de a ratos alrededor mío por reflejo. Después de un rato ella llevó una mano entre sus piernas y empezó a tocarse, sin apurarse, el clítoris con los dedos mientras yo se la tenía metida por atrás. La escuché respirar más fuerte, todavía con los ojos cerrados, y sentí la mano de ella rozándome los huevos cada tanto por debajo, cuando pasaba entre nosotros. Llegó así, casi sin ruido, a un orgasmo más tranquilo que el de la noche anterior pero igual de completo, un temblor largo que le corrió por toda la espalda contra mi pecho. Yo no acabé. La sostuve dentro hasta que pasó y después me quedé quieto, encajado, sintiéndola.

—Buenos días —dijo entonces.

—Buenos días.

—Duchémonos antes de que se despierten los demás. Tengo algo pendiente.

Me tomó de la mano y fuimos al baño. Mientras el agua corría, cerró la llave por dentro y apoyó una pierna en el borde del lavabo.

—Quiero que me comas —dijo directamente—. Haceme acabar así. Anoche te la chupé bien, ahora es tu turno.

Me arrodillé como pude en el espacio reducido, le abrí los labios del coño con los pulgares y empecé despacio, de abajo hacia arriba, recorriendo sin saltar pasos. Le pasé la lengua plana por toda la vulva, de la entrada hasta el clítoris, y volví a bajar. La tenía tibia, con ese olor limpio de la ducha mezclado con el suyo, el gusto un poco salado, un poco mío también todavía. Le metí la lengua en la entrada, la moví adentro, la saqué y subí al clítoris, lo cerré entre los labios y lo chupé despacio, sin dientes, dejándolo salir y volviéndolo a atrapar.

—Ahí —jadeó—. Ahí, quedate ahí.

Clara me agarró el pelo con las dos manos y marcó el ritmo que quería, sin rodeos, sin preguntar si estaba bien. Me pegó la cara al coño, me apretó contra ella hasta casi no dejarme respirar, y yo seguí lamiendo, chupando, girando la lengua alrededor del clítoris hinchado. Sabía exactamente lo que necesitaba y lo pedía con la misma naturalidad con que había pedido todo lo demás.

Cuando noté que estaba cerca, le metí dos dedos y los curvé hacia adelante, buscándole el punto de arriba mientras seguía chupándole el clítoris. Llegó rápido desde ahí, con una sacudida, un gemido que apretó contra la garganta para no despertar a nadie, un temblor en los muslos que le duró más que el gemido mismo. Sus piernas fallaron un segundo. Me aferré a sus caderas para que no perdiera el equilibrio. Sentí un chorrito tibio derramarse en mi barbilla y no me aparté; me lo tragué, y ella lo notó y me tironeó del pelo hacia arriba, riéndose sin voz.

—Vení para acá —dijo, y me subió al beso, húmedo, sucio, saboreándose ella misma en mi boca.

Alguien golpeó la puerta del baño.

—Son las diez, Clar. Tenemos el transporte a las doce.

Era Silvia, desde el pasillo.

Nos miramos. Soltamos la risa al mismo tiempo.

***

Volvimos al living. Pablo estaba en la cocina con un toallón, haciendo café. Carlos y Patricia aparecieron diez minutos después, todavía con cara de sueño y el mismo silencio satisfecho. Silvia entró al baño con su bolso. La rueda de café corrió cargada: pocas palabras, muchas miradas que decían todo lo necesario.

Pablo le propuso a Carlos que se sumaran al viaje de las chicas hacia el sur. Volvían el lunes.

—Yo tengo cosas en casa —respondí antes de que me preguntaran.

—Te lo perdés —dijo Pablo.

—Probablemente.

Clara me miró con una sonrisa breve. No dijo nada, que era exactamente lo correcto.

Una hora más tarde las acompañamos al punto de encuentro donde esperaba el vehículo del equipo. El grupo subió con las valijas. Clara fue la última en entrar. Me dio un abrazo corto, un beso en la mejilla, y subió sin mirar atrás.

Mientras volvía caminando a casa, me llegó un mensaje.

Era ella: «Fue una linda noche. Si los eventos nos traen de vuelta por acá, sabés dónde encontrarme.»

Guardé el teléfono en el bolsillo. La ciudad estaba gris todavía, húmeda por la tormenta de la madrugada. Caminé despacio, sin apuro. Había noches que valían bastante más de lo que uno esperaba cuando salía de casa.

Ver todos los relatos de Maduras

Valora este relato

Comentarios(9)

Santi_BA

Que relato!!! me lo leí todo de un tirón, se hizo cortísimo

Elena_82

Me encantó la tensión del principio, eso de reconocerse después de tanto tiempo vale todo el relato. Muy bien escrito.

RamonNocturno

Las maduras tienen algo que las chicas jóvenes no tienen... experiencia y una confianza que te desarma. Bien capturado.

Cris_BA

Porfa una segunda parte!! no puede quedar ahi jajaja

CarlosGDL

Buenisimo, gracias por compartirlo

Tere_Robledo

Me gusto mucho como lo narraste, se siente real. Eso de cuando alguien del pasado reaparece y lo cambia todo... muy bien logrado

FelipeRosario

Me recordó algo que me paso hace tiempo con una conocida de la familia jaja. Esa mezcla de sorpresa y no poder creer lo que estaba pasando... sin entrar en detalles les digo que el pasado siempre tiene algo guardado. Excelente relato.

Pab_lector

¿Hay continuacion o queda ahi? me quede con ganas de saber más

Lara_verano

Se hizo muy corto! más por favor :)

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.