La promotora madura que llegó empapada esa noche
Soy Roberto, aunque mis amigos de toda la vida me llaman el Flaco. Es un apodo que ya no describe nada —a esta altura de mi vida los kilos se instalan solos y nadie los invita a irse— pero las costumbres duran más que la realidad que las originó.
Me gustan las mujeres. Las prefiero maduras, de cuarenta para arriba, aunque nunca he sido demasiado excluyente. Hay algo en una mujer que ya sabe lo que quiere —en la cama y fuera de ella— que ninguna urgencia de los veinte años puede imitar. La experiencia tiene su propio ritmo, y ese ritmo me interesa.
En muchos países existe esa costumbre de celebrar el amor el catorce de febrero. Las florerías, joyerías y chocolaterías hacen su agosto en esos días. Los hombres vaciamos los bolsillos. Las mujeres nos recompensan con comidas especiales, atenciones y, si la noche acompaña, con algo que ningún papel de regalo puede igualar.
Lo que menos gente reconoce es que el trece de febrero tiene su propia tradición paralela. Se la llama, en voz baja, la noche de los cornudos conscientes: el día previo al amor oficial, aprovechado por quienes tienen pareja formal y otra no tan formal, para celebrar primero con la segunda. Los alojamientos por hora y los departamentos de alquiler diario reparten su mejor semana del año exactamente esa noche. Los infieles tienen agenda apretada.
Los que no tenemos compromisos estables hacemos lo nuestro: juntarnos a cenar, tomar algo, recordar que la vida también puede ser sencilla.
***Carlos nos había reservado mesa en un lugar que nos gustaba desde hace años. Un antro clásico: buena cocina hasta medianoche y pista de baile con rock de los ochenta desde las doce. Éramos cinco. Carlos, Pablo, Diego, Rodrigo y yo. Llegamos antes de las diez y la noche empezó sin complicaciones.
Cerca de la una de la madrugada, una tormenta corta y violenta descargó sobre la ciudad. Los que estaban en la terraza corrieron adentro y el salón se llenó de golpe. Entre los que entraron empapados había un grupo de mujeres. Ocho o nueve, tal vez. Los rangos de edad iban desde los cuarenta y pico hasta los sesenta y algo. Venían chispeadas —habían empezado la noche bastante antes que nosotros, se notaba en la soltura— y traían esa energía particular de un grupo femenino que lleva horas sin dar explicaciones a nadie.
Dos de ellas pasaron junto a nuestra mesa rumbo al baño. Una era alta, de pelo oscuro con algunas canas, bien mantenida. La otra, más delgada, con algo en la cara que me resultó vagamente familiar. Me miraron de una manera que no era casualidad y siguieron de largo. Iban a arreglarse y volverían.
Cinco minutos después estaban de vuelta.
—¿Sos Roberto? —preguntó la de pelo oscuro, deteniéndose junto a mi silla.
Me tomó un segundo responder. No la ubicaba.
—Sí.
—Soy Clara. Y ella es Silvia. Éramos modelos con tu mamá, ¿te acordás? Los concursos de peinados, la peluquería del centro.
Treinta años en dos oraciones. El tiempo colapsó de golpe.
Las miré con más atención y empezaron a aparecer los rasgos que guardaba en algún rincón de la memoria: caras más jóvenes, pelo diferente, un contexto que no tenía nada que ver con éste. Clara debía tener ahora unos sesenta y dos o sesenta y tres años. Silvia, un poco menos. Ninguna de las dos se había descuidado. Las figuras habían cambiado, como cambian todas con el tiempo, pero se movían con la soltura de quien está cómodo en su propio cuerpo. No necesitaban disimular nada.
Saludaron a Pablo y Carlos, que también habían pasado tardes en la cocina de mi madre mientras las chicas practicaban peinados de competencia. Llamaron por señas a sus compañeras, pidieron si podían sentarse con nosotros y la mesa se reorganizó sola. Pedimos una ronda de tragos y los recuerdos brotaron junto con el hielo derretido.
***Durante la hora siguiente la conversación saltó de anécdotas antiguas a historias presentes y de vuelta, sin orden. Clara tenía esa forma de hablar que mezcla lo serio con el humor sin que uno note la transición. Silvia era más directa, más ruidosa, con una risa que se escuchaba dos mesas más allá. Las otras mujeres resultaron ser compañeras de trabajo: un equipo de promotoras que acompañaba empresas en competencias de automovilismo, que habían pasado por la ciudad camino a un evento en el sur y aprovecharon para juntarse con conocidas de otra época.
Para las dos de la madrugada éramos un grupo consolidado de doce personas que se reían sin necesidad de que pasara algo especialmente gracioso. Alguien bajó las luces y la pista se abrió. Nos levantamos casi todos.
Bailando, Clara me puso al día en pocas frases. Seguía en el mundo de las promotoras, ahora manejaba parte de la logística del equipo. Viajaba mucho. Le pregunté si le pesaba.
—Al contrario —dijo—. Es lo que me mantiene viva.
Cuando los lentos reemplazaron al rock, quedamos en pista solo cuatro parejas. Pablo con Silvia, Carlos con Patricia —una morena de unos cincuenta que había aparecido en el segundo trago—, Diego con Laura, la rubia que se acercó sola cerca de la medianoche. Y yo con Clara, bailando pegados, hablándonos al oído con la excusa del volumen.
—¿Y en casa? —le pregunté en algún momento.
—En casa existe —respondió, sin dramatismo—. Mi marido es gerente de una empresa grande. Viaja mucho. Hace años llegamos a un acuerdo: cada uno hace la suya, sin reproches, sin preguntas. Dormitorios separados desde hace tiempo. No tenemos hijos.
—¿Y eso funciona?
—Funciona porque los dos queremos que funcione. El matrimonio nos conviene en términos prácticos. Y el resto... —se encogió de hombros con una sonrisa— ...el resto me lo resuelvo cuando viajo.
Miré alrededor. Pablo y Silvia bailaban pegados sin disimular nada. Carlos tenía la cara hundida en el cuello de Patricia. Diego había desaparecido con Laura hacia un rato.
—Tus amigos son rápidos —dijo Clara.
—Las tuyas tampoco pierden tiempo.
—Silvia está divorciada hace tres años. Patricia nunca se casó. Y Laura le pone los cuernos al marido en cada viaje, es su manera de respirar. —Hizo una pausa breve—. Cada una tiene sus razones.
—¿Y las tuyas?
—Esta noche tengo ganas. Esa es razón suficiente.
No fue una declaración de intenciones teatral. Lo dijo mirándome a los ojos, sin bajar la voz, con la misma naturalidad con que se pide la cuenta. Hacía mucho tiempo que nadie me hablaba así.
***Carlos propuso seguirla en su departamento. La votación fue rápida. Dos de las mujeres del grupo prefirieron quedarse en el bar. El resto fuimos en los autos, hicimos parada en un almacén abierto y llegamos con cervezas, el ruido propio de las dos y media de la mañana y nada que demostrar.
Carlos encendió luces tenues y cubrió las lámparas con telas de colores que daban al living un tono entre rojo y azul. Las mujeres se fueron al baño en tandas. Los hombres pusimos música y nos repartimos las cervezas sin decir gran cosa. Había un acuerdo tácito en el ambiente que no necesitaba explicarse.
Cuando volvieron, la noche tomó otra velocidad. Los primeros en desaparecer a una habitación fueron Carlos y Patricia. Minutos después, Pablo y Silvia hicieron lo mismo. Diego nunca había vuelto del bar.
Clara y yo nos quedamos solos en el living.
Nos sentamos en el sillón. Abrimos dos cervezas que no llegamos a terminar. Empezamos despacio: un beso corto, luego otro más largo, las manos encontrando sitio sin apurarse. Había algo honesto en esa torpeza de los comienzos que no se puede fingir.
—Apagá esa —dijo, señalando la lámpara más cercana.
La apagué. Cuando me giré, Clara ya se estaba desprendiendo la blusa con movimientos tranquilos, sin ningún gesto calculado. Era simplemente una mujer que sabía lo que quería y no necesitaba armar un espectáculo para conseguirlo.
Tenía el cuerpo bronceado, con las marcas de una bikini pequeña, la piel dorada y pareja. El corpiño era de encaje claro. Cuando lo abrió hacia un costado vi que los pechos eran operados, de buen tamaño, firmes de una manera que la naturaleza sola no construye. No le pregunté nada. Los tomé con las manos y empecé por el cuello, bajé despacio, le quité el corpiño por completo y pasé la lengua por los pezones, que respondieron de inmediato.
Clara tenía las manos en mi cabeza, sin presionar, solo guiando.
—Despacio —murmuró—. Tengo tiempo.
Estuvimos así un buen rato. Ella no tenía apuro y eso cambiaba todo el ritmo de la escena. No era urgencia, era disfrute deliberado, algo más cercano a la degustación que al hambre. Me acomodé sobre ella y seguimos calentando el ambiente hasta que la temperatura en el cuarto fue la correcta.
Entonces se movió. Se levantó un momento, se quitó el jean y la ropa interior sin ceremonia, los dejó en el suelo. Se quedó desnuda de la cintura abajo —las sandalias ya habían volado antes— y me miró mientras yo terminaba de sacarme el pantalón.
Volvió al sillón y se acomodó sobre mí con una lentitud calculada. Me tomó con una mano y me fue llevando adentro, despacio, dejando que su cuerpo marcara el ritmo. Cuando llegué al fondo exhaló por la nariz y cerró los ojos un segundo. Después empezó a cabalgar, primero pausado, después más rápido, como si el cuerpo tomara decisiones propias. Llegó a un orgasmo intenso que acompañó apretando los dientes, con un sonido ahogado que salió igual de profundo. Siguió hasta que yo también terminé, y entonces se dejó caer sobre mi pecho.
Hubo silencio un momento.
—Ya no somos jóvenes —dijo.
—No.
—Pero tampoco está mal, ¿no?
—Está bastante bien.
***Tardamos casi una hora en reponernos. Desde una habitación llegaban sonidos que indicaban que Carlos y Patricia todavía estaban lejos de terminar. Desde la otra, el ritmo de Pablo y Silvia tenía una cadencia diferente, más insistente.
Nos levantamos y nos dimos una ducha en el baño del pasillo. El agua caliente y el silencio relativo de las tres y media de la mañana tenían algo de paréntesis. Cuando salimos, volvimos al sillón y nos tapamos con una sábana que Clara encontró doblada en un estante. Nos acomodamos de costado, su espalda contra mi pecho.
Me dormí sin darme cuenta.
***Desperté con la luz gris del amanecer filtrándose por las persianas. Clara seguía ahí, la respiración lenta y pareja. Tenía una erección que se acomodó sola entre sus piernas al moverme. Ella no se despertó del todo, pero separó los muslos apenas. Entré con cuidado, muy suave, sin hacer ruido. Empujé despacio hasta el fondo.
—Mmm —dijo sin abrir los ojos.
Siguió durmiendo, o fingió que dormía, que a esa hora era lo mismo. Después de un rato llevó una mano entre sus piernas y empezó a tocarse, sin apurarse, hasta que llegó a un orgasmo más tranquilo que el de la noche anterior pero igual de completo.
—Buenos días —dijo entonces.
—Buenos días.
—Duchémonos antes de que se despierten los demás. Tengo algo pendiente.
Me tomó de la mano y fuimos al baño. Mientras el agua corría, cerró la llave por dentro y apoyó una pierna en el borde del lavabo.
—Quiero que me comas —dijo directamente—. Haceme acabar así.
Me arrodillé como pude en el espacio reducido y empecé despacio, de arriba abajo, recorriendo sin saltar pasos. Tenía un sabor limpio que fue cambiando a medida que los movimientos se hacían más precisos y seguidos. Clara me agarró el pelo con las dos manos y marcó el ritmo que quería, sin rodeos, sin preguntar si estaba bien. Sabía exactamente lo que necesitaba y lo pedía con la misma naturalidad con que había pedido todo lo demás.
Cuando noté que estaba cerca, moví los dedos para ayudar. Llegó rápido desde ahí, con una sacudida y un gemido que apretó contra la garganta para no despertar a nadie. Sus piernas temblaron un momento. Me aferré a sus caderas para que no perdiera el equilibrio.
Alguien golpeó la puerta del baño.
—Son las diez, Clar. Tenemos el transporte a las doce.
Era Silvia, desde el pasillo.
Nos miramos. Soltamos la risa al mismo tiempo.
***Volvimos al living. Pablo estaba en la cocina con un toallón, haciendo café. Carlos y Patricia aparecieron diez minutos después, todavía con cara de sueño y el mismo silencio satisfecho. Silvia entró al baño con su bolso. La rueda de café corrió cargada: pocas palabras, muchas miradas que decían todo lo necesario.
Pablo le propuso a Carlos que se sumaran al viaje de las chicas hacia el sur. Volvían el lunes.
—Yo tengo cosas en casa —respondí antes de que me preguntaran.
—Te lo perdés —dijo Pablo.
—Probablemente.
Clara me miró con una sonrisa breve. No dijo nada, que era exactamente lo correcto.
Una hora más tarde las acompañamos al punto de encuentro donde esperaba el vehículo del equipo. El grupo subió con las valijas. Clara fue la última en entrar. Me dio un abrazo corto, un beso en la mejilla, y subió sin mirar atrás.
Mientras volvía caminando a casa, me llegó un mensaje.
Era ella: «Fue una linda noche. Si los eventos nos traen de vuelta por acá, sabés dónde encontrarme.»
Guardé el teléfono en el bolsillo. La ciudad estaba gris todavía, húmeda por la tormenta de la madrugada. Caminé despacio, sin apuro. Había noches que valían bastante más de lo que uno esperaba cuando salía de casa.