Era una mujer madura y aun así no pude contenerme
Mi nombre es Valentina. Tenía treinta y ocho años cuando todo aquello ocurrió, y a veces lo recuerdo —en la ducha, en el camino al trabajo, en esos momentos muertos entre un paciente y otro— con esa mezcla extraña de vergüenza y nostalgia que solo producen las cosas que no deberían haber pasado pero que, de algún modo, necesitaban ocurrir.
Soy nutricionista. Atiendo en un consultorio del cuarto piso de una clínica privada, tres tardes a la semana. Tengo dos hijos —Camila de once años y Sebastián de ocho— que viven conmigo la mayor parte del tiempo desde que el divorcio quedó firmado. Había tenido una relación breve con Marcos, un colega del tercer piso: intensa en lo físico, vacía en todo lo demás. Cuando eso terminó, me quedé con mis propias manos y con la certeza de que los cuarenta llegaban más rápido de lo que uno desea.
No soy de las que se quejan de su cuerpo. Un metro sesenta, curvas marcadas en las caderas, pechos que sobrevivieron dos embarazos sin demasiados daños. El pelo castaño lo llevo recogido en el consultorio porque así lo pide la formalidad, aunque hacía tiempo que nada en mí era demasiado formal.
Un martes de octubre, Pilar, mi secretaria, asomó la cabeza por la puerta entreabierta:
—Valentina, hay una señora con su hijo. Sin turno, pero dicen que no tardarán mucho.
Asentí sin levantar la vista del historial que estaba revisando. Al rato pasó la señora, con su hijo detrás. Elena —así dijo llamarse— tendría unos cuarenta y cinco años, alta, de buen ver, con esa clase de seguridad que da el hábito de cuidarse bien. Su hijo era otra historia: más de un metro ochenta, ancho de espaldas, con un exceso de peso considerable. Entró al consultorio mirando el suelo. En ningún momento me dirigió la vista.
—Este es Bruno. Tiene veintidós años y hay que hacer algo con su peso. Es muy reservado, pero es un buen chico. Muy bueno.
—Bruno, ¿qué comés habitualmente? —pregunté.
Silencio. Luego, con esfuerzo:
—Depende del día.
Tres palabras. Me llevó el resto de la sesión conseguir una docena más.
***
Las primeras semanas transcurrieron sin ningún sobresalto visible. Elena lo traía, esperaba en la sala, y yo lo pesaba, tomaba sus medidas, ajustaba el plan alimentario. Bruno respondía con monosílabos o con gestos lentos. No era hostil. Solo vivía en otro mundo, uno donde el contacto visual parecía un lujo que no podía permitirse.
Lo que no esperaba —y que noté desde la primera vez que le pedí que se quitara la ropa para pesarlo correctamente— fue lo otro.
Incluso sin erección, con la bata abierta por delante mientras esperaba de pie sobre la balanza, la proporción era llamativa. Anoté el peso, le indiqué que se vistiera y seguí con la consulta como si nada. Lo hice bien. Tomé nota, cerré el historial, le expliqué el plan para la semana siguiente.
Pero esa noche lo pensé.
Me dije que era simple curiosidad clínica. Que había visto muchos cuerpos en doce años de profesión. Que no significaba nada.
Encendí el vibrador y pensé en Marcos, como siempre. O lo intenté.
***
En la cuarta sesión, Elena llamó para avisar que llegaría tarde. Pilar ya había cerrado y se había ido. Bruno y yo estábamos solos en el consultorio.
Repasaba los registros de peso —había bajado casi cuatro kilos en tres semanas, un resultado sólido— cuando sentí su mano. Despacio, torpe, rozando la tela del guardapolvo a la altura del pecho.
—Bruno. —No levanté la voz. Giré hacia él con la calma que pude reunir—. ¿Qué hacés?
Por primera vez en semanas, me miró directamente. Tenía ojos claros, de un marrón casi verde, que no había notado hasta ese momento. O que nunca había mirado de verdad.
—Perdón —dijo. Y lo decía en serio.
—Está bien. Pero no se hace.
Asintió. Volví al historial y escribí cualquier cosa porque necesitaba que mis manos tuvieran algo que hacer. No lo volví a mirar hasta que Elena llegó a buscarlo.
Esa noche no pensé en Marcos.
***
La quinta sesión fue un viernes. Los chicos estaban con Rodrigo ese fin de semana. Bruno era el último turno del día y Pilar ya se había despedido cuando él llegó.
Lo pesé, tomé sus medidas, hablé del plan para la semana siguiente. Todo rutinario. Luego, cuando ya debería haberse vestido para irse, se quedó de pie con la bata a medio abrir, mirándome con esa expresión que todavía no sabía cómo interpretar del todo.
—¿Algo más? —pregunté.
No respondió. Pero no se movió.
Crucé la habitación. Levanté la mano y le acaricié la mejilla, casi sin pensarlo, como un gesto reflejo. Me rodeó con los brazos con una fuerza que no había calibrado bien desde lejos. La presión era intensa pero no violenta. La bata se abrió del todo.
Bajé la vista.
Dios.
Saqué la cinta métrica del bolsillo del guardapolvo. Lo medí. Superaba los veintidós centímetros. El glande era desproporcionadamente ancho respecto al tronco. Me quedé con la cinta en la mano sin soltarla, y algo en mí tomó una decisión antes de que mi cabeza terminara de procesarlo.
Me arrodillé.
Fueron ocho o diez minutos. Puso una mano grande y pausada sobre mi pelo, sin apretar, con una suavidad que me sorprendió. Cuando acabó, me limpié, me levanté, le dije que se vistiera y le pedí que no comentara nada con su madre.
—De acuerdo —dijo él.
Fue la oración más larga que pronunció en semanas.
Esa noche tardé mucho en dormirme. Pero no me arrepentí.
***
La semana siguiente fue extraña. Atendí a mis otros pacientes, hice las compras, llevé a los chicos a la escuela, y entre una cosa y otra, sin que lo eligiera, pensé en él. No de una manera romántica ni exactamente pornográfica. Pensé en esa mano quieta sobre mi pelo. En los ojos claros que me miraron directamente por primera vez aquella tarde. En que Bruno, con todo su silencio, había sido más atento en esos pocos minutos que Marcos en seis meses.
No era un pensamiento que me dejara tranquila.
Tampoco era uno que me resultara difícil tener.
***
En la sexta sesión, Elena llamó de antemano para avisar que tendría que ausentarse más de una hora. No dije nada particular, pero cuando Bruno llegó, ya había cerrado con llave la puerta de la sala de espera.
Lo pesé rápido. Había bajado casi dos kilos más. Le di un beso en la mejilla como celebración, y él tomó eso como una señal, porque enseguida empezó a desabrocharme el guardapolvo con esa torpeza suya que ya me resultaba familiar. Lo dejé hacer. Lo dejé levantar el corpiño, pasar las manos por mi cintura, recorrer mi espalda con esas palmas grandes que no sabían ir despacio.
—Espera —dije. Fui a verificar que la puerta estuviera bien cerrada. Cuando volví, ya no había vuelta atrás.
Terminamos en la camilla de exploración. Yo encima, controlando cada centímetro de penetración, moviéndome con una lentitud que era parte cautela y parte placer calculado. Él tenía las manos en mis caderas, aprendiendo el ritmo que yo le marcaba con el cuerpo. No hablamos. Los únicos sonidos eran la tarde afuera y mi propia respiración irregular.
Mi orgasmo llegó antes que el de él. Me mordí el interior de la mejilla para no gritar.
Cuando terminamos y nos vestimos con rapidez, llamaron a la puerta. Era Elena.
La miré a los ojos. Ella sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario, luego sonrió.
—¿Todo bien?
—Todo bien —respondí.
***
Hubo un momento, a comienzos de la séptima semana, en que estuve a punto de cancelar el turno. Redacté el mensaje tres veces. Lo borré las tres veces.
Ese viernes llegué con una decisión firme: solo la consulta, nada más. Lo pesé, tomé su presión, revisé el plan alimentario. Le dije que se vistiera. Me miró con esa expresión que ya conocía lo suficiente como para saber lo que significaba, pero no dijo nada. Solo esperó.
—Hoy no —dije.
Asintió. Pero no se movió. Algo en su quietud —ese peso tranquilo que ocupaba la habitación— hizo que cerrara el historial y cruzara el espacio entre los dos.
—Está bien —dije finalmente—. A mi ritmo.
Lo hice acostarse en la camilla. Esta vez fue más despacio que nunca, con él boca arriba y yo encima, sin apuro, casi sin hablar. Vine dos veces antes de que él llegara al final. Después permanecimos quietos un rato, él con un brazo envolviéndome, yo escuchando el ritmo de su respiración calmarse.
Esto no puede seguir así, pensé.
Siguió así.
***
La insistencia de Bruno sobre el sexo anal fue creciendo semana a semana. Lo desviaba, lo distraía, inventaba razones. Era el único tema donde se volvía persistente de verdad: lo pedía con la misma mirada tranquila con que pedía todo lo demás, sin palabras, pero con una claridad que no daba lugar a interpretaciones.
Esa tarde de noviembre llegué al consultorio solo con el guardapolvo. Los chicos estaban con Rodrigo. Bruno era el último turno. Elena había llamado para avisar que llegaría tarde.
Lo pesé, tomé nota de los avances. En total había bajado más de doce kilos desde la primera visita. Le di un beso en la mejilla y me abrazó desde atrás, buscando el cierre del guardapolvo con los dedos.
—Espera —dije.
Fui al cajón del escritorio y saqué un lubricante especializado que había comprado esa semana, sabiendo —aunque sin admitírmelo a mí misma— que tarde o temprano llegaría ese momento. Se lo mostré. Le expliqué para qué era, con palabras directas y simples. Le indiqué dónde aplicarlo.
Lo hizo con más cuidado del que esperaba.
Me acomodé en la camilla, boca abajo. Sentí sus manos recorriendo mis glúteos, aprendiendo como hacía siempre cuando tocaba algo por primera vez. Luego su peso sobre mí y la búsqueda lenta de la entrada correcta.
—Despacio —dije.
La primera presión fue intensa. Su glande era ancho y no negociaba con la estrechez del lugar. Cerré los ojos y apreté los bordes de la camilla con ambas manos. Cuando empujó más hondo, lancé un grito que atravesó la puerta. Después de ese primer instante, algo en mi cuerpo encontró cómo acomodarse, y lo que siguió fue una mezcla difícil de clasificar: incomodidad real y una sensación de plenitud que no había experimentado antes.
Bruno perdió la indicación de ir despacio casi de inmediato. Se perdió en su propio ritmo, aferrado a mis caderas, con esa energía contenida que tenía cuando se dejaba llevar del todo. Dejé de pedirle que moderara el movimiento porque ya no me salían las palabras.
Cuando terminó, cayó sobre mi espalda, agotado y sudoroso, con la respiración descompuesta.
Golpearon a la puerta.
Salté de la camilla, tomé el guardapolvo del suelo, me lo puse mientras caminaba hacia la entrada. Abrí. Era Elena.
Las dos nos miramos. Yo tenía el pelo suelto, el guardapolvo mal abrochado, los pómulos encendidos.
—Doctora —empezó.
—Señora, yo...
—No me explique nada. —Su voz era tranquila, casi amable—. Entré al pasillo y la escuché. No soy una mujer ingenua.
No supe qué decir.
—Lo que hace por Bruno... —hizo una pausa corta—. Ha bajado doce kilos. Habla más. Está distinto. Sea cual sea su método, algo está funcionando.
—Yo no puedo justificar...
—No le pido que justifique nada. —Bajó la voz—. Y le confieso algo, porque creo que lo entenderá. Yo también lo he notado. Y hubo una noche en que me quedé mirando sin saber qué hacer con lo que sentí. Nunca llegué a hacer nada. Pero entiendo más de lo que debería.
Las dos guardamos silencio un momento.
—Nos vamos el mes que viene —dijo finalmente—. El trabajo de mi marido. Un traslado largo.
Asentí despacio.
—Entiendo.
Me miró un segundo más, con una expresión difícil de leer.
—Cuídelo bien estas últimas semanas.
Y salió sin añadir nada más.
***
Cerré la puerta, apoyé la espalda contra la madera y me quedé quieta. Desde la camilla llegaba el sonido de Bruno moviéndose, acomodándose la ropa con esa calma suya que no variaba nunca, ajeno a todo lo que acababa de ocurrir en el pasillo.
Cuídelo bien estas últimas semanas.
Lo haría.