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Relatos Ardientes

Mi vecina madura me descubrió y todo cambió

Mateo tenía veinte años y la energía propia de quien cree que el mundo empieza en su propia cama. Alto, de hombros anchos por el remo y los veranos de piscina, pelo castaño oscuro que llevaba sin peinar desde septiembre porque ya había dejado de importarle. Estudiaba segundo de Informática en la universidad pública y tenía esa vida cómoda de quien vive con sus padres sin sentir todavía el peso de pagarlo todo. El padre trabajaba en una distribuidora logística del polígono industrial; la madre, como coordinadora en una clínica dental. Salían a las siete y media. Él despertaba a las nueve, duchado y con el apartamento para sí solo durante dos horas largas antes de coger el autobús hacia el campus.

Esas dos horas tenían un ritual que Mateo no habría admitido ante nadie.

Esa mañana de miércoles fue igual que las anteriores. Subió a su cuarto, dejó el vaso de café sobre la mesilla, abrió el portátil y buscó en su historial. La ventana de su habitación daba al patio interior compartido por los cuatro adosados de la fila: franjas de jardín separadas por setos bajos y una cuerda de ropa común donde a veces se mezclaban las prendas de distintas casas. La ventana no tenía persiana porque nunca había importado. Hasta este año.

Puso el vídeo que tenía guardado desde hacía semanas: una mujer de mediana edad, pelo oscuro, voz grave. Se recostó sobre la cama, se bajó el pantalón del pijama y empezó. La mano encontró el ritmo despacio, la mente siguió el vídeo unos segundos antes de perderse en otro lugar. Como casi siempre, terminó pensando en Carmen.

***

Carmen tenía cuarenta y siete años y vivía en el adosado de la derecha desde hacía once. Casada con Rodrigo, un representante de equipamiento industrial que pasaba entre diez y doce días al mes fuera de casa. Era una mujer de presencia firme: no alta ni baja, de constitución redondeada que los años habían moldeado con curvas generosas en los sitios correctos. Pechos pesados bajo las blusas de botones que siempre llevaba abotonadas hasta el cuello. Caderas anchas y un culo que se marcaba con una claridad que Mateo notaba desde el primer café de la mañana cuando ella tendía la ropa en el patio.

Pelo negro con hebras plateadas que recogía en un moño suelto del que siempre escapaban mechones sobre la nuca. Gafas de montura de carey que le daban un aspecto severo que combinaba mal con el olor a lavanda y café que desprendía cada vez que cruzaban palabra junto al seto. Tenía esa voz de mujer acostumbrada a que la escucharan: firme, articulada, sin necesidad de alzarla. La usaba para saludar a los vecinos con cortesía medida y para regañar a los niños que pasaban por la acera con el balón. Nunca le había prestado atención de otro modo. Hasta enero, cuando ella salió un domingo en pantalón de chándal ajustado y se agachó a recoger una maceta del suelo y Mateo, que estaba en la ventana con el café en la mano, no pudo apartar los ojos.

Desde entonces, las dos horas de la mañana tenían nombre.

***

Estaba casi en el punto de no retorno, la mano moviéndose al ritmo del vídeo, la mente ya completamente en Carmen, cuando escuchó el golpe en la ventana. No fue un golpe fuerte. Solo el sonido concreto y decidido de unos nudillos contra el marco de madera.

Se quedó inmóvil. Los ojos tardaron un segundo en enfocar.

Carmen estaba en el patio, junto al seto bajo, con los brazos cruzados y una expresión que no era exactamente de escándalo sino de algo más frío: reconocimiento, juicio, decisión ya tomada. Llevaba una blusa verde oscuro abotonada, falda larga gris, y el sol de las nueve y media le pegaba directamente en la cara, haciendo brillar los cristales de las gafas.

Mateo no se movió. No porque no pudiera, sino porque el cerebro dejó de enviar órdenes durante varios segundos. El portátil seguía sonando junto a él. Lo cerró de golpe.

Carmen no desvió la mirada. Esperó, con esa paciencia de quien ya ha decidido lo que va a hacer y solo está esperando que el otro se ponga al día.

—Baja —dijo, sin elevar la voz—. Puerta trasera. Tenemos que hablar.

No esperó respuesta. Se dio la vuelta y entró en su casa.

***

Mateo se vistió en cuarenta segundos: pantalón, camiseta, ningún calcetín. Bajó la escalera trasera con el pulso en las sienes. El miedo no era abstracto: era la voz de Carmen llamando a su madre, o peor aún, contándoselo a Rodrigo en uno de sus fines de semana de regreso. Era el cotilleo del bloque, la vergüenza concreta de que alguien supiera exactamente en qué pensaba.

Saltó el seto bajo y llamó a la puerta trasera.

—Pasa —dijo la voz desde dentro.

La cocina de Carmen era lo que él había imaginado en todas sus versiones del escenario: encimeras de mármol oscuro, olor a café que todavía no había terminado de hacerse, una barra de pan sin cortar sobre la tabla de madera. Fotos en la nevera: Carmen sonriendo junto a un hombre calvo en lo que parecía una boda, una foto de montaña con nieve, una tarjeta de cumpleaños con letras de niño. Carmen estaba apoyada en la encimera con los brazos cruzados, las gafas perfectamente colocadas, mirándolo entrar como si hubiera ensayado la postura.

—Siéntate —indicó señalando la silla de madera junto a la barra.

Mateo obedeció. Puso las manos sobre las rodillas para que no se vieran temblar.

—Lo que estabas haciendo —comenzó ella, con ese tono que no subía de volumen pero que llenaba la habitación— no es solo indecente. Es una falta de respeto hacia los vecinos, hacia tus padres, hacia ti mismo. ¿Qué dirían si lo supieran?

—Lo sé. Lo siento. No volverá a pasar.

Hubo un silencio. Carmen lo miró durante unos segundos con la cabeza levemente ladeada.

—¿Con qué vídeo? ¿Con qué pensabas, mientras lo hacías?

La pregunta lo cogió completamente desprevenido.

—Con usted —dijo, antes de poder filtrarla.

El silencio que siguió fue diferente al anterior.

Carmen se ajustó las gafas. Un gesto pequeño, casi automático, pero Mateo lo vio. También vio el color que le subió por el cuello antes de que ella apretara los labios y recuperara la postura.

—No seas ridículo —dijo, con menos firmeza que antes.

Mateo se levantó de la silla. Despacio, sin brusquedad, con esa calma que no sabía de dónde sacaba pero que en ese momento estaba ahí, entera.

—Lleva meses tendiendo la ropa con esos pantalones ajustados. Se agacha a regar las plantas y la blusa se abre dos botones más de lo necesario. Sube la escalera del tendedero y usted sabe perfectamente cómo se marca esa falda cuando camina. —Se acercó un paso—. No me diga que no lo sabe.

Carmen no retrocedió. Pero tampoco lo detuvo.

—Estoy casada —dijo. La frase sonó más a recordatorio que a argumento.

—Rodrigo lleva diez días fuera —respondió Mateo—. Y usted está aquí sola, con el café puesto para dos, hablándome a mí en vez de llamar a mi madre.

Se paró justo delante de ella. Los separaban veinte centímetros. Podía oler la lavanda y el café, y algo más debajo de todo eso, más cálido y menos anunciado.

—Esto no puede pasar —susurró Carmen, sin moverse.

—Ya está pasando —dijo él.

La besó sin pedirle permiso y ella lo dejó hacer.

***

Fue Carmen quien separó los labios primero. Sus manos subieron por la camiseta de Mateo con una urgencia que no tenía nada de pasivo: le agarró la nuca con fuerza y lo atrajo hacia sí, y el beso que había comenzado como un pulso se convirtió en otra cosa completamente distinta.

Mateo le desabotonó la blusa despacio, botón a botón, mirándola a los ojos por encima de las gafas que ella todavía llevaba puestas. Cuando el último botón cedió, ella hizo ademán de quitárselas. Él le sostuvo la muñeca con una mano.

—Déjalas.

Carmen contuvo el aliento. Y obedeció.

Debajo de la blusa llevaba un sujetador de encaje oscuro que no era de los de cada día, y eso Mateo lo notó sin decirlo. Le bajó los tirantes, le liberó los pechos con las dos manos y se tomó un momento. Pesados, con pezones oscuros que se endurecieron al contacto con el aire fresco de la cocina. Los apretó despacio, sintiendo el peso real de ellos, y escuchó a Carmen soltar el aire por la nariz con un sonido que no era exactamente un gemido pero que se le parecía mucho.

Le levantó la falda larga hasta la cintura. Ropa interior de algodón blanco, sin pretensiones. Una mancha oscura en la tela que desmontaba todo argumento sobre la indiferencia.

—Cuánto tiempo —murmuró Mateo, más para sí mismo que para ella.

Carmen giró la cara hacia la ventana.

—Cállate.

—No.

La giró de cara a la encimera, con una mano firme en el centro de su espalda, y ella se dejó llevar. Apoyó los antebrazos en el mármol frío y esperó. Mateo le bajó la ropa interior hasta los muslos y se arrodilló detrás de ella.

Lo que vio lo dejó sin palabras unos instantes. Curvas que los años habían hecho más densas y reales, la piel con esa textura específica de las mujeres que no viven pendientes del espejo. Y entre todo eso, el calor evidente de alguien que llevaba meses negándose exactamente esto.

Acercó la boca sin advertencia.

Carmen dio un respingo y agarró el borde de la encimera con los dedos.

—Dios —susurró.

Él trabajó despacio, aprendiendo el terreno, prestando atención a lo que hacía que ella apretara los dedos en el mármol y a lo que hacía que los soltara. Usó la lengua y las manos con la paciencia de quien no tiene ningún sitio al que ir antes del mediodía. Carmen fue perdiendo la compostura en capas sucesivas: primero el silencio forzado, luego los sonidos que intentaba suprimir mordiéndose el labio, finalmente la voz rota que pedía más sin articular exactamente qué.

—Sigue —dijo con la frente apoyada en el antebrazo—. Por favor. No pares. Mi marido nunca... —Se detuvo a media frase.

Mateo no necesitó que terminara. Lo entendió todo en ese silencio.

Se corrió con las rodillas dobladas y un temblor que le recorrió toda la espalda. Él esperó hasta que el último espasmo pasó antes de levantarse.

***

—Date la vuelta —dijo.

Carmen lo miró por encima del hombro con los ojos todavía turbios. Se dio la vuelta. Tenía las mejillas encendidas, el moño completamente deshecho con mechones sueltos sobre el cuello y los hombros, las gafas ligeramente torcidas. Mateo se las enderezó con un dedo.

—Ya no hace falta que finjas que estás aquí para regañarme.

—No estaba fingiendo —dijo ella, sin convicción.

Mateo se bajó el pantalón. Carmen lo miró y luego apartó la vista. Él la agarró suavemente por la barbilla y la trajo de vuelta.

—Aquí.

La penetró con los dos de pie junto a la encimera, ella con la falda arrugada alrededor de la cintura y él con las manos en sus caderas. Carmen soltó un sonido que empezó como protesta y terminó como otra cosa completamente distinta. Se aferró al borde del mármol y dejó que el ritmo de Mateo hiciera lo que quería.

Follaron en silencio durante un rato largo. Solo el sonido de la cocina: el café terminando de hacerse en la cafetera, la madera de los armarios crujiendo levemente, la respiración de los dos yendo fuera de fase. Mateo le habló al oído en voz baja, sin insultos preparados, solo lo que veía y lo que quería, y Carmen respondió con frases cortas que no eran promesas pero tampoco negaciones.

—Así —decía ella—. Así. No pares.

Le agarró los pechos por encima del sujetador abierto, los apretó con fuerza mientras aceleraba el ritmo, y escuchó a Carmen morder el labio para no gritar demasiado fuerte. El apartamento era solo suyo durante dos horas. El de ella era solo suyo hasta el viernes.

Cuando ella se corrió por segunda vez, él lo notó por la presión y por cómo se quedó completamente quieta unos instantes, como si el cuerpo hubiera interrumpido todo lo demás. Mateo siguió un poco más y terminó en silencio, con los dedos hundidos en sus caderas y la frente apoyada en su nuca.

Se quedaron quietos un momento, los dos apoyados en la encimera, sin decir nada.

***

Mateo se subió el pantalón. Carmen bajó la falda despacio y se recolocó la ropa sin mirarlo, con movimientos lentos que no eran de alguien arrepentido sino de alguien que todavía está volviendo en sí. Se abotonó la blusa de abajo arriba, en silencio, mientras él terminaba de vestirse.

—Rodrigo vuelve el viernes —dijo ella finalmente. No como advertencia. Solo como un hecho en el que ambos pensaban.

—Lo sé —respondió Mateo.

Carmen se ajustó las gafas y miró el café, que se había quedado frío en la cafetera durante todo ese tiempo.

—Esto no puede volver a pasar —dijo, sin mirarlo.

Mateo la observó un segundo. Asintió sin decir nada, sin creérselo del todo ninguno de los dos.

—Mañana mis padres salen a las siete y media —dijo antes de abrir la puerta trasera.

Carmen no respondió.

Mateo saltó el seto y subió a su cuarto. Desde la ventana, más tarde, mientras esperaba la hora del autobús, la vio recoger la colada del tendedero: la blusa verde doblada sobre el brazo, la falda gris sacudida antes de colgarla en la cuerda, los pantalones de chándal ajustados que habían empezado todo en enero.

En ningún momento levantó la vista hacia su ventana.

A las nueve y veinte del jueves siguiente, la puerta trasera de Carmen estaba sin echar el cerrojo.

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Comentarios (5)

ClaudioBsAs

Buenisimo!! me tuvo enganchado hasta el final, no lo pude soltar

Pame_lectora

La tension desde el primer parrafo es increible. Se nota que hay oficio acá, nada forzado. Sigue así!

GerardoValero

Las maduras tienen ese algo especial que pocos relatos logran capturar bien, y acá se nota mucho el cuidado en construir la situación. Todo fluye de manera muy natural. Espero leer más pronto, de verdad.

javier_lect

Carmen es la vecina que todos quisiéramos tener jajajaja

RamonGz

hay segunda parte? me quedé con ganas de más...

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