El asistente que mi marido no debió traer a casa
Desde que tenía quince años cargué con una fantasía que nunca le conté a nadie. Quería besar a un hombre negro. No a cualquiera: uno de labios gruesos, piel oscura como el azabache, que al abrazarme me hiciera sentir pequeña aunque yo nunca lo fuera demasiado. La fantasía era tan concreta que cuando besaba a algún chico cerraba los ojos e intentaba convertirlo en él. En ese hombre imaginado que no tenía cara pero siempre tenía la misma piel.
Tuve varias relaciones antes de los treinta. Algunas largas, una muy seria, ninguna suficiente. Cuando conocí a Ernesto yo tenía treinta y tres años y él, cincuenta y dos. Era diplomático de carrera, con esa autoridad tranquila que da pasar décadas negociando cosas importantes. Me enamoré rápido. Nos casamos al año de conocernos.
Los primeros tiempos fueron buenos. Viajamos. Nos quisimos a nuestra manera, que no era la misma manera. A medida que él ascendía, se alejaba. Cada nuevo cargo lo absorbía más, y yo aprendí a ocupar el espacio que él dejaba libre con libros, con el jardín, con largos desayunos sin prisa. Para cuando nos asignaron la casa en Bilbao —un chalet amplio pagado por el Estado, con piscina que nadie usaba y garaje donde cabían tres coches— yo tenía cuarenta y seis años y Ernesto vivía de reunión en reunión.
Me sentía bien. Seguía sintiéndome bien. Pero llevaba meses sin que nadie me deseara.
***
La noche anterior, Ernesto me mencionó casi de pasada que al día siguiente vendría un asistente con vehículo oficial. Algo habitual en ese cargo.
—Se llama Seun. Llega a las nueve.
No le di más vueltas. Bajé a la cocina a las nueve menos cuarto con uno de mis camisones de seda, color marfil, fino, de tirantes finos, que me rozaba los muslos al caminar. Encima llevaba una bata a juego que no cerraba. Cuando entré, Ernesto ya estaba con el maletín puesto y había otra persona en la habitación.
Seun se giró y yo me quedé en la puerta sin moverme.
Tenía veintitantos años. Negro como el azabache, con unos ojos grandes y oscuros que me miraron durante exactamente un segundo antes de bajar al suelo. Alto, de hombros anchos, con esa calma en el cuerpo que tienen los hombres que no necesitan demostrar nada. Dios mío.
—Seun, mi mujer —dijo Ernesto, mirando el reloj—. ¿Le preparas un café mientras recojo los papeles?
Así que nos quedamos solos. Él de pie junto a la ventana y yo preparando café con un camisón que la luz de la mañana atravesaba con facilidad. Noté que miraba hacia otro lado. Que cuando no podía evitarlo, lo hacía de soslayo y solo un instante. Me moví despacio por la cocina, más de lo necesario. Cuando me incliné para sacar las tazas del armario bajo, me aseguré de que él estaba detrás.
Esos diez minutos fueron los más interesantes que había vivido en meses.
***
Lo vi tres veces más durante las semanas siguientes, siempre en esas mañanas en que Ernesto tardaba en salir y lo hacía esperar en la cocina. Dejé de ponerme la bata. No por el calor, sino porque me gustaba cruzar la habitación sabiendo que él estaba allí intentando mirar al frente. Me gustaba esa tensión pequeña y continua, la sensación de ser deseada por alguien que tenía la educación de no demostrarlo.
A mis cuarenta y seis años, ser deseada por un hombre así era como volver a tener veinte.
La oportunidad llegó un martes. Ernesto mencionó en el desayuno que había que limpiar la piscina antes del fin de semana porque esperaba visitas. Antes de que yo dijera nada, Seun levantó la vista de su café y dijo que sabía hacerlo, que si no había inconveniente podía encargarse al día siguiente por la mañana, porque Ernesto no lo necesitaría hasta la tarde. Ernesto me miró. Yo asentí.
Esa noche elegí el camisón con cuidado.
***
Seun llegó puntual. Llamó al timbre a las diez con una bolsa de ropa. Yo abrí la puerta con el camisón negro, de tirantes, y crucé los ocho metros hasta el portón lentamente. Sentí su mirada siguiéndome sin que se lo propusiera.
Le ofrecí café. Aceptó sin dudar.
Mientras lo preparaba, él se cambió en el baño de la planta baja. Salió con un bañador corto y sin camiseta. Me quedé mirándolo más tiempo del que era razonable y no intenté disimularlo.
Tenía el torso perfecto, esa clase de cuerpo que no parece trabajado sino simplemente así. La piel relucía bajo la luz de la cocina. Negra, pareja, cálida. Las manos enormes. Los antebrazos marcados. Me pregunté cuánto espacio ocuparían esas manos sobre mi espalda.
Dejé la taza en la encimera y me acerqué a él.
Puse la palma abierta en su pecho sin decir nada. Lo sentí respirar hondo. Pasé los dedos despacio, sintiendo el calor, la firmeza, los latidos. Acerqué la cara y pasé la lengua por un pezón. Se le puso de punta al instante.
—Esto no debería estar pasando —dijo en voz baja. Sin apartarse.
—No —dije—. Pero va a pasar.
Le bajé el bañador y le rodeé el sexo con la mano. Era enorme, mucho más de lo que había calculado. Lo acaricié despacio mientras él buscaba mi pecho con una mano y lo apretaba. Se corrió en menos de dos minutos, caliente sobre mis dedos, con la mandíbula tensa y un sonido que guardó para adentro. Lo observé un momento.
Seguía igual de duro.
***
Me quité el camisón sola y me apoyé en la encimera de espaldas a él, con las piernas separadas.
—Ven —dije.
Tardó un segundo. Solo uno.
Fue entrando despacio, consciente de su tamaño, preguntando con el cuerpo en cada centímetro. Cuando llegó al fondo me quedé sin aire un instante. Sus manos grandes me cubrían la cadera. La encimera fría bajo mis palmas. La luz de la mañana entrando oblicua por la ventana. Me quedé quieta un momento, dejando que mi cuerpo lo recibiera del todo.
Luego empezamos a movernos.
Al principio despacio, encontrando el ritmo. Luego con más fuerza, con más decisión. Sus manos subieron a mis pechos y los apretó en cada embestida. Cerré los ojos y me concentré en esa presión interior que llevaba décadas imaginando y que ahora era completamente real. Me corrí con una sacudida que me dobló sobre la encimera, mordiéndome el labio para no hacer ruido. Él siguió sin pausar.
Me cargó en brazos como si no pesara nada y me tumbó sobre la mesa del comedor. Me puso las piernas sobre sus hombros y volvió a entrar. Con ese ángulo llegaba más adentro y yo lo recibí sin resistencia, completamente abierta. Sus ojos buscaron los míos mientras se movía. Me corrí otra vez, más largo, con las caderas levantadas y las manos aferradas al borde de la mesa.
***
Después me tumbó en la alfombra del salón.
Empezó desde el cuello. Fue bajando despacio —el pecho, el estómago, el ombligo— y se detuvo justo antes de donde yo necesitaba que llegara. Se entretuvo en la cara interna del muslo hasta que empecé a pedirle que siguiera. Cuando llegó, no fue directamente al clítoris. Fue por los bordes, explorando, con la punta de la lengua. Luego introdujo la lengua dentro de mí y actuó como si buscara algo, mientras yo apretaba los puños contra la alfombra.
Subió al clítoris y lo absorbió despacio, haciendo círculos sobre la punta. Exploté. Me dobló por la mitad y tuve que taparme la boca con el brazo.
No paró. Me llevó a otro orgasmo desde el anterior sin dejarme recuperarme, y cuando por fin levantó la cabeza tenía los labios húmedos y me miraba con una expresión que no era exactamente orgullo pero se le parecía bastante.
Me incorporé y lo atraje hacia mí. Rodeé su sexo con la boca lo que pude —que no era todo, ni de lejos— y empecé a moverme. Lo chupé despacio, luego más rápido, notando cómo tensaba las piernas. Se corrió con la mano apoyada suavemente en mi nuca, llenándome la boca. Lo dejé terminar antes de separarme.
***
Lo invité a comer. Declinó. Dijo que tenía que presentarse en la sede antes de las tres.
—El equipo para la piscina está en el garaje —dije, como si nada.
Nos reímos los dos.
Se vistió, limpió la piscina —porque lo hizo, completamente—, y a la una y media llamó a la puerta para decirme que había terminado y que todo estaba recogido. Salí con un vestido de verano que no era tan distinto del camisón. Le puse una mano en el pecho y lo besé despacio, con la boca abierta, sin prisa. Él me sujetó la cintura con las dos manos.
—Ha sido... —empezó.
—Ya lo sé —dije.
Al día siguiente Ernesto llegó con otro asistente. Nunca volví a ver a Seun.
Me quedé con una mezcla extraña de satisfacción y melancolía, y la certeza de que algunas fantasías son mejores cuando se cumplen que cuando se guardan. Eso no siempre es así. Esa vez sí lo fue.