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Relatos Ardientes

La vecina madura con un secreto inconfesable

El calor de agosto aplastaba el patio interior del bloque como una losa. Sin corriente, sin alivio, el aire se quedaba pegado entre los cuatro muros de ladrillo y volvía a caer sobre quienes tenían la mala suerte de estar debajo. Adrián, veintidós años, tercer año de Derecho y la mente en cualquier sitio menos en los apuntes, llevaba una semana malviviendo frente al ventilador con la convicción creciente de que el verano era un castigo.

La única cosa que le impedía morir de aburrimiento era la ventana del quinto B.

Los Valverde. Cristina, la madre, tenía cuarenta y cuatro años y la forma de moverse de alguien que ha pasado dos décadas gestionando una casa, una familia y las expectativas de todo el mundo. Alta, pelo oscuro hasta los hombros, siempre arreglada incluso para bajar al buzón. Su marido viajaba mucho, algo relacionado con finanzas o consultoría, y sus hijas, Marta y Nuria, tenían esa edad en que ya no necesitan a su madre para nada urgente pero tampoco la dejan vivir en paz.

Adrián la había cruzado en el portal unas veinte veces. Ella saludaba con una inclinación de cabeza y desviaba la mirada. Él decía hola y luego se preguntaba, subiendo las escaleras, por qué tardaba tanto en olvidar esa mirada. Nunca encontró una respuesta satisfactoria.

Ese martes de mediados de agosto, las hijas salieron juntas con bolsas de playa y el ruido del ascensor. El marido llevaba cuatro días fuera. Cristina se quedó sola en el piso.

Adrián no pretendía mirar. Pero la persiana del quinto B estaba echada tres cuartos, no del todo, y la ranura de luz que dejaba encuadró a Cristina sentada en el borde de la cama matrimonial, con un teléfono que no era el que Adrián le había visto marcar en el portal.

Lo que vino después le cortó la respiración.

No era ningún video grabado por otra persona. Era ella, grabándose a sí misma. Se había subido la falda hasta la cintura, se había bajado las bragas hasta las rodillas y tenía dos dedos metidos en el coño hasta el nudillo. Los sacaba brillantes, se los pasaba por el clítoris en círculos lentos, volvía a hundirlos. La otra mano sostenía el teléfono apuntado entre sus piernas abiertas, filmándolo todo de cerca. Cristina se mordía el labio, echaba la cabeza hacia atrás, y en un momento se llevó los dedos empapados a la boca y los chupó como si le supieran a algo que llevaba meses sin probar. Después volvió a hundirlos, esta vez tres, y la voz que se le escapó llegó ahogada a través del cristal: una voz quebrada y hambrienta que no encajaba para nada con la mujer que organizaba las reuniones de la comunidad y dejaba notas educadas en el buzón cuando alguien aparcaba mal.

Adrián se apartó de la ventana con la polla dura contra el pantalón y una humedad pegajosa en el bóxer que ya no podía disimular. Se quedó de pie en medio de su habitación durante unos segundos que se hicieron muy largos, con el corazón golpeándole el pecho y la sensación molesta de haber visto algo que no iba a poder olvidar. No porque fuera íntimo, sino porque revelaba una grieta profunda en algo que parecía completamente sólido.

Pensó en sentarse. Pensó en ignorarlo. Bajó las escaleras.

***

El timbre del quinto B sonó a las seis y media. La mirilla se oscureció un instante y luego la puerta se abrió lo que permitía la cadena de seguridad.

—Adrián. —La voz de Cristina no era de sorpresa. Era de cautela—. ¿Pasa algo?

—Hola. Perdona que moleste. Me he quedado sin hielo y mañana tengo gente. ¿Podrías darme un poco?

Ella dudó exactamente lo que dura la cortesía antes de pesar el riesgo. Quitó la cadena.

El apartamento era como Adrián lo había imaginado desde fuera: limpio, ordenado, ese tipo de orden que es hábito de años y no obsesión. La colonia de Cristina flotaba suave en el aire. Tenía la blusa mal abrochada, un botón desfasado, el único desorden en toda la escena.

Mientras ella iba a la cocina, Adrián se acercó al ventanal del salón. Desde ahí se veía perfectamente el bloque de enfrente, el patio interior, su propia ventana con los apuntes de Derecho Procesal encima del escritorio.

—Qué vista tienes desde aquí —dijo en voz alta.

Cristina regresó con una cubitera pequeña. Se detuvo al verlo junto al ventanal.

—Aquí tienes el hielo. —Le tendió la cubitera sin acercarse—. Ahora, si no te importa, tengo cosas que hacer.

—Estabas ocupada. Lo sé. —Adrián dejó la cubitera sobre la mesa del comedor—. Oye, Cristina. Quiero que sepas que no lo he grabado ni nada de eso. Ni se me pasa por la cabeza hacer algo así.

El silencio que siguió tenía peso propio. Afuera, una moto aceleró en la calle y se fue.

Cristina no preguntó de qué estaba hablando. No tenía sentido fingir.

—Baja a la farmacia si necesitas hielo —dijo al fin, con la voz plana—. Hay una en la esquina.

—No he venido a por hielo.

—Ya lo sé. —Apretó la cubitera contra su pecho—. Por eso te pido que te vayas.

Adrián asintió, cogió la cubitera y caminó hacia la puerta. Se detuvo antes de abrirla.

—No me hagas sentir peor de lo que ya me siento —dijo—. Llevo meses cruzándome contigo en el portal y pensando que eres la mujer más contenida que he visto en mi vida. Esta tarde, en esa ventana, vi que debajo de todo eso hay algo que no tiene salida. Y si me equivoco, me lo dices y no vuelvo a llamar a tu puerta.

Cristina no respondió. Pero tampoco cerró la puerta hasta que él llegó al rellano.

***

A la una menos cuarto de la madrugada, alguien rasguñó suavemente la puerta de Adrián. Tres golpes cortos, casi sin fuerza.

Cristina llevaba un abrigo ligero de algodón a pesar de los treinta grados, abrochado hasta arriba, el pelo recogido a toda prisa. Entró sin esperar a que él dijera nada y cerró la puerta ella misma.

—Mis hijas duermen. —No lo miraba directamente—. Esto no puede ser nada, Adrián. No puede tener nombre ni continuación ni ninguna de esas cosas. ¿Entendido?

—Entendido.

—Y no me gusta que me observen desde la ventana.

—Tienes razón. Lo siento.

Cristina se cruzó de brazos. Miró el salón de él, que era exactamente igual al suyo pero al revés y sin el orden que ella le imponía al propio. Una chaqueta sobre la silla. Un vaso en la encimera. Los apuntes abiertos encima de la mesa de café.

—¿Cuánto llevas viviendo aquí? —preguntó.

—Desde octubre.

—¿Y cuánto tiempo llevas mirando esa ventana?

Adrián tardó un momento en responder.

—Desde que me di cuenta de que detrás del cristal había alguien que no encajaba del todo en la vida que estaba viviendo.

Cristina soltó el aire despacio. Se desanudó el cinturón del abrigo y lo dejó caer sobre el respaldo de la silla. Debajo llevaba un picardías de seda color marfil que le llegaba a mitad del muslo. No era ropa para bajar a dar una vuelta nocturna por el pasillo. Era la ropa de alguien que ha tomado una decisión antes de salir de casa.

—Tengo cuarenta y cuatro años —dijo, como si eso cerrara algo.

—Lo sé.

—Ernesto vuelve el viernes.

—También lo sé.

—¿Y eso no te parece un problema?

—Me parece que eso es cosa tuya —dijo Adrián—, y que esta noche has decidido no dejar que sea un problema.

Cristina le miró. Buscó en su cara la trampa o el juicio. Solo encontró que él la estaba mirando sin prisa, con atención, sin el filo de quien sabe que tiene ventaja.

El primer beso lo empezó ella. Tentativo al principio, casi de disculpa, y después largo y hondo, con la lengua abriéndose paso, con las manos de Adrián agarrándole la nuca y la cintura sin ninguna de las reservas que habían llenado la conversación anterior. Cristina le mordió el labio inferior, se apretó contra él, y notó por encima del pantalón la polla dura de Adrián clavándose contra su vientre. Se le escapó un jadeo bajo, como una confirmación.

—Joder —murmuró ella contra su boca—. Llevo meses sin sentir esto.

—¿Qué quieres?

—Todo. Todo lo que se te ocurra.

Adrián le abrió el picardías de un tirón que hizo saltar dos hombreras de seda. Debajo no llevaba nada. Los pechos de Cristina se le vinieron encima, blancos, de pezones grandes y oscuros, ya duros de puro nervio. Se los cogió con las dos manos, se los apretó, y bajó la boca a chuparlos uno tras otro mientras ella echaba la cabeza hacia atrás y le clavaba las uñas en los hombros. Le pasó la lengua alrededor del pezón, se lo mordió con cuidado y después con menos cuidado, y Cristina soltó un gemido ronco que le salió del fondo.

—Más fuerte —le pidió—. No tengas miedo. Muérdelos.

Adrián obedeció. Le succionó los pezones hasta dejárselos brillantes de saliva, se los mordió hasta que ella se retorció, y con la mano libre le fue subiendo por el interior del muslo hasta encontrarle el coño ya empapado. Ni bragas se había puesto. Se los abrió con dos dedos y le pasó el pulgar por el clítoris hinchado, y Cristina se agarró a él como si le fueran a fallar las piernas.

—Estás chorreando —le dijo Adrián al oído.

—Llevo dos días chorreando por esto. Desde que te fuiste de aquí con la cubitera.

La empujó hacia la mesa del comedor, apartó los apuntes de un manotazo y la sentó en el borde. Cristina abrió las piernas ella sola, sin que él tuviera que pedírselo, y se echó hacia atrás apoyada en los codos. Adrián se arrodilló entre sus muslos y le hundió la cara en el coño sin preámbulos.

Cristina soltó un gemido largo que tuvo que ahogarse a mitad de camino tapándose la boca con la mano. Adrián la lamía de arriba abajo, le clavaba la lengua dentro, le chupaba el clítoris con los labios y volvía a bajarle a la entrada del coño, jugando con ella como si tuviera todo el tiempo del mundo. Le metió primero un dedo, después dos, después tres, y los movía hacia dentro tocándole el punto de arriba mientras seguía chupándole el clítoris sin descanso.

—Ay, joder, joder —jadeó Cristina—. No pares, no pares, así, exactamente así.

Le apretaba la cabeza contra el coño, le clavaba los talones en la espalda. Adrián notó cómo se le contraían las paredes alrededor de los dedos, cómo el jadeo se le volvía agudo y entrecortado, y siguió lamiendo hasta que Cristina se corrió sobre su boca con un espasmo largo que le sacudió las piernas y le arrancó un grito que tuvo que morderse contra el antebrazo.

—Ven aquí —jadeó ella cuando pudo hablar—. Ven aquí ahora mismo.

Adrián se levantó. Ella le desabrochó el pantalón con dedos torpes, le bajó el bóxer y le sacó la polla de un tirón. Se quedó mirándosela un segundo, la sopesó en la mano, y sin decir nada se agachó, apoyada en la mesa, y se la metió entera en la boca.

—Hostia, Cristina...

Ella no contestó porque tenía la boca ocupada. Le chupaba la polla con las dos manos, entera hasta el fondo, sacándosela hasta la punta para lamérsela y volviendo a hundírsela hasta que se le arqueaba la garganta. Le acariciaba los cojones mientras chupaba, hacía ruidos húmedos que resonaban por todo el salón, y cada vez que sacaba la polla de la boca dejaba un hilo brillante de saliva colgándole del labio. La cara de vecina educada había desaparecido por completo.

—Como te sigas así me corro en tu boca —le avisó Adrián.

Cristina le sacó la polla de la boca solo para contestar.

—Fóllame primero. Después me la comes cuando quieras, pero fóllame ya, llevo dos años sin que nadie me folle en serio.

Se dio la vuelta ella sola, se apoyó de bruces sobre la mesa y le enseñó el culo levantándolo. Adrián se puso detrás, le agarró las caderas y le pasó el glande por la raja del coño empapado un par de veces, arriba y abajo, hasta que ella empezó a empujar hacia atrás desesperada.

—Métemela. Métemela ya, coño.

Adrián se la metió de un empujón limpio, hasta el fondo, y Cristina soltó un gemido gutural que le salió del vientre. La agarró del pelo recogido y empezó a follársela con embestidas largas y duras, sacándola casi entera y clavándosela otra vez hasta que las caderas chocaban contra el culo de ella con un ruido seco. Cristina apoyaba la mejilla contra la mesa, apretaba los ojos, gemía por lo bajo con la boca abierta.

—Así. Así, más fuerte, más fuerte, por favor.

—¿Es lo que necesitabas?

—Sí, joder, sí, así, no pares.

Le tiró del pelo hacia atrás para arquearle la espalda y le follaba más profundo desde ese ángulo, alcanzándole el fondo, hasta que Cristina se puso a soltar palabrotas contra la madera de la mesa que Adrián nunca habría imaginado saliendo de esa boca. Después le dio la vuelta, la puso boca arriba en la mesa, le echó las piernas por encima de los hombros y volvió a entrarle así, doblándola por la mitad, con los pechos bailando con cada embestida y las manos de ella agarradas al borde de la mesa. Se veía todo desde ese ángulo: la polla de Adrián entrando y saliendo brillante, el clítoris hinchado y rojo, el coño de Cristina abriéndose y cerrándose sobre él.

—Me voy a correr otra vez —jadeó ella—. No pares, joder, no pares.

Adrián le bajó el pulgar al clítoris y se lo frotó en círculos mientras la seguía follando duro. Cristina se corrió a los pocos segundos con un temblor que le atravesó todo el cuerpo, las paredes del coño apretándose alrededor de la polla como un puño. Él aguantó como pudo, la sacó a tiempo, se subió sobre ella y se corrió a chorros sobre sus tetas y su cuello, una eyaculación larga que le manchó la barbilla y le llegó hasta el pelo. Cristina se pasó los dedos por el semen que le caía por los pechos y se los llevó a la boca sin apartar los ojos de él.

***

Después, Cristina se quedó tumbada boca arriba en la cama de Adrián, adonde habían acabado dando tumbos, mirando el techo con los brazos sobre el pecho, como si esperara que le cayera algo encima. El picardías de seda estaba doblado sobre el respaldo de la silla con una precisión que le habría costado algo de esfuerzo. Tenía las mejillas todavía coloradas y un rastro húmedo entre los muslos.

—No sé cómo se hace esto —dijo al cabo de un rato.

—¿El qué?

—Esto. —Un gesto vago hacia el espacio entre los dos—. Salir de tu propia vida durante una hora y volver como si nada.

—Creo que estás haciendo exactamente eso.

Cristina giró la cabeza para mirarlo.

—¿No te parece patético? Una mujer de mi edad buscando esto en el piso de enfrente, con las hijas durmiendo al otro lado del patio.

—Me parece que llevas mucho tiempo siendo lo que todos esperan que seas —dijo Adrián—. Y que esta noche has decidido no serlo por un rato. Eso no es patético. Es lo más honesto que has hecho en lo que va de verano.

Un silencio. Afuera, el patio interior seguía oscuro y quieto.

—Cállate —dijo Cristina. Pero la esquina de su boca se curvó hacia arriba, y era la primera vez que Adrián le veía una sonrisa genuina, sin el filtro de la vecina educada.

Se vistió con la misma precisión con que lo había doblado todo. Se recogió el pelo. Se ató el cinturón del abrigo.

—No digas nada si nos cruzamos en el portal —dijo desde la puerta.

—Como siempre.

—Exactamente como siempre.

***

El jueves por la mañana, un número sin nombre le mandó un mensaje a Adrián.

«Las niñas se van esta tarde a las cinco a casa de una amiga.»

Adrián miró el mensaje durante un momento. Escribió: «¿Y tú?»

Tres puntos parpadeantes. Una pausa que se hizo larga.

«Yo me quedo en casa. Tengo que recoger la ropa del tendedero.»

Adrián tardó en contestar tanto como ella había tardado en responder.

«¿Necesitas ayuda con el tendedero?»

Esta vez la respuesta fue casi inmediata.

«Quinta puerta a la izquierda. A las cinco y cuarto.»

Adrián dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa. Afuera, la persiana del quinto B seguía echada a esa hora. En el patio, el calor de agosto seguía sin dar tregua. Eran las once de la mañana. Tenía tiempo de sobra para no pensar en otra cosa.

***

Lo que encontró al otro lado de la puerta del quinto B a las cinco y cuarto era una Cristina diferente a la de dos noches antes. No en el aspecto: el pelo suelto, un vestido de lino verde oliva, los pies descalzos sobre el suelo de madera. Diferente en que esta vez no se cruzó de brazos al verlo entrar, no buscó en su cara ninguna amenaza.

Solo abrió la puerta y se apartó para dejarlo pasar.

—Tengo una hora y media —dijo Cristina.

—¿Solo?

—Es lo que hay.

Adrián cerró la puerta con el pie.

Esta vez no hubo tentativas. Cristina sabía lo que quería y cómo pedirlo, y lo hizo con una claridad que tenía más de valentía que de costumbre.

—Quiero que me la comas primero —le dijo, mientras lo llevaba de la mano por el pasillo—. Un rato largo. Y después quiero que me folles como en tu casa, pero más tiempo. Y quiero que me te corras dentro. Tomo la píldora hace veinte años.

—Lo que tú digas.

—Y otra cosa. —Se detuvo en la puerta de la habitación de invitados y lo miró—. Quiero que me digas guarradas al oído. Ernesto no me ha dicho una guarrada en su puta vida.

La llevó a la habitación de invitados. Las persianas estaban bajadas y la tarde ardía al otro lado, pero dentro había una penumbra casi fresca. Cristina se quitó el vestido por la cabeza de un tirón, sin bragas ni sujetador debajo, y se tumbó desnuda en la cama con los brazos a los lados y las piernas ya un poco abiertas. Lo miró de una manera que Adrián no supo exactamente cómo clasificar. No era rendición. Era la decisión firme de alguien que por fin estaba exactamente donde quería estar.

Adrián se desnudó a los pies de la cama sin dejar de mirarla. Cristina se pasó la lengua por el labio superior al verle la polla ya dura apuntándole. Se abrió las piernas ella sola, se agarró un pecho con una mano y se pasó dos dedos por el clítoris con la otra, invitándole sin decir palabra.

—Ven a comérmelo.

Adrián se echó sobre la cama, le apartó los dedos y le hundió la lengua en el coño hasta la raíz. Cristina soltó un gemido largo que no tuvo que ahogar esta vez: la casa estaba vacía y la persiana bajada. Le lamió despacio, con calma, saboreándola, subiendo desde la entrada del coño hasta el clítoris en una lengüetada larga que la hizo temblar. Le abrió los labios con los pulgares para llegarle mejor, la chupó, le mordisqueó el clítoris con los labios, le pasó la lengua en círculos hasta que Cristina empezó a levantar las caderas buscándole la boca.

—Métemela con los dedos también. Los tres.

Adrián le hundió tres dedos hasta el fondo y los curvó hacia arriba mientras seguía lamiéndole el clítoris. Notaba cómo las paredes del coño se le apretaban alrededor de los dedos con cada lengüetada. Cristina le agarraba el pelo con las dos manos y le empujaba la cara contra ella, y él la comía sin descanso, escuchando cómo se le entrecortaba la respiración.

—Estás empapada, joder —le murmuró él contra el coño—. Estás toda pegajosa, hueles a puta.

—Sí. Dime más. Dime más.

—Eres una guarra. Una guarra que se graba sola con las hijas fuera. Eso es lo que eres, ¿verdad?

—Sí, sí, joder.

—¿Y quieres que te llene el coño de leche?

—Por favor.

Adrián le sacó los dedos brillantes y se los metió a ella en la boca. Cristina se los chupó con los ojos cerrados, gimiendo alrededor de sus propios jugos. Después él le subió la lengua otra vez al clítoris y se lo trabajó con velocidad, sin parar, hasta que ella se arqueó entera y se corrió apretándole la cabeza entre los muslos con un grito que llenó toda la habitación.

—Ahora fóllame —jadeó cuando pudo respirar—. Fóllame ya, no aguanto más.

Adrián se subió sobre ella y le hundió la polla de un empujón limpio. Cristina echó la cabeza hacia atrás, se agarró a sus hombros y le clavó los talones en el culo para atraerlo más adentro. Él empezó despacio esta vez, con embestidas largas que le llegaban hasta el fondo, deteniéndose ahí un instante antes de sacarla casi entera y volver a hundírsela. Cristina jadeaba en su oído, le mordía el cuello, le arañaba la espalda.

—Dime lo que quieres —le susurró Adrián sin dejar de moverse.

—Quiero que me la metas más fuerte.

—¿Así?

—Más. Más fuerte, joder.

Adrián se irguió sobre las rodillas, le agarró las caderas y empezó a follársela en serio, con embestidas duras y rápidas que hacían crujir la cama y saltar los pechos de Cristina en cada golpe. Ella se agarraba las tetas, se pellizcaba los pezones, gemía con la boca abierta. La cabecera empezó a golpear contra la pared.

—Ponte a cuatro —le ordenó él.

Cristina obedeció sin protestar. Se dio la vuelta, se apoyó en las rodillas y los codos y le enseñó el culo levantándolo. Adrián le pasó la mano por la espalda hasta la nuca, se la agarró y le hundió la polla otra vez, y desde ese ángulo la penetraba más profundo, con más rabia. Le dio una palmada en una nalga y Cristina soltó un gemido que se convirtió a mitad de camino en risa.

—Otra —le pidió.

Adrián le dio otra, más fuerte, y ella empujó el culo hacia atrás pidiendo más. Le folló así un rato, agarrándola del pelo, dándole palmadas, saliendo a veces solo para escupirle en la raja del coño y volver a metérsela toda. Cristina apoyaba la cara contra la almohada y ya no controlaba los ruidos que hacía: gruñía, gemía, soltaba juramentos entrecortados.

—Túmbate de lado —le dijo después.

La puso de costado, le levantó una pierna y se metió detrás así, con una pierna de ella pasada por encima de su cadera. Le mordía el hombro mientras la follaba desde ese ángulo, y con la mano libre le acariciaba las tetas y le pellizcaba los pezones. Cristina echaba el culo hacia atrás para chocar contra él en cada embestida. Estuvieron así hasta que a ella se le empezó a agarrotar el vientre y Adrián notó cómo el coño le apretaba la polla en oleadas cada vez más juntas.

—Me voy a correr otra vez —jadeó ella—. Córrete conmigo, córrete dentro, joder, quiero sentirlo.

Adrián apretó los dientes, la agarró más fuerte por la cintura y se dejó ir. Se corrió dentro de ella con una eyaculación larga que le arrancó un gruñido ronco contra el cuello de Cristina. Ella se corrió al mismo tiempo, empujando el culo contra él, sintiendo la polla latiendo dentro del coño y el semen caliente inundándola. Se quedaron así un rato, unidos, respirando en el silencio de la tarde de agosto.

Cuando Adrián por fin salió de ella, un hilo blanco de semen le bajó por el interior del muslo. Cristina se pasó dos dedos por el coño, se los llevó a la boca y los chupó despacio, sin dejar de mirarlo.

—Joder —murmuró Adrián.

—Todavía tenemos cuarenta minutos —dijo ella.

Y no era una mujer que hubiera perdido el deseo. Era una mujer a quien nadie se lo pedía.

***

A las seis y media, Adrián la oyó abrir el grifo del baño. Cuando Cristina salió, llevaba el pelo mojado y el vestido de lino puesto, y tenía la expresión de alguien que ha cruzado una línea y ha decidido no mirar atrás.

—Ernesto llega mañana —dijo.

—Ya me lo dijiste.

—Y el fin de semana que viene es el cumpleaños de Nuria. Habrá gente en casa durante días.

—Entendido.

Cristina cogió el bolso de la silla. Lo miró durante un segundo, dos, como si buscara algo más que añadir o comprobara que ya no hacía falta decir nada.

—¿Sabes lo que me costó más de todo esto? —preguntó sin darse la vuelta.

—¿Qué?

—Aceptar que lo quería. Sin excusas, sin contarme una historia. Solo quererlo.

Adrián no dijo nada. Cristina abrió la puerta, comprobó el rellano en ambas direcciones con ese gesto de costumbre, y salió.

Él se quedó solo en el apartamento con el silencio y el ruido lejano del tráfico. Cogió el teléfono y escribió al número sin nombre: «Cuídate.»

La respuesta llegó diez minutos después, cuando la persiana del quinto B ya había subido.

«Tú también. Y la próxima vez que tengas curiosidad por esa ventana, llama al timbre directamente. No te quedes mirando.»

Adrián sonrió y fue a bajar la persiana de su propio cuarto.

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Comentarios(8)

Felix_BA

Excelente, me enganche desde el primer parrafo. Tiene algo especial este tipo de relatos.

CuriosaLect

Ay necesito la segunda parte!! Me quede con las ganas de saber cual era el secreto jajaja

Rodrigo_Cba

Muy buen relato. Lo de la señora Valverde me tuvo intrigado todo el tiempo, buen personaje.

MarinaSol86

Me recordo a algo que vivi el verano pasado, uno nunca sabe lo que esconde la gente detras de su puerta. Buenisimo!!

NocturnoMX

Eso del calor de agosto se sintio demasiado real jajaja. Muy bien narrado, sigue asi

LectorDeDia

El ritmo que le das a la historia es muy bueno, no se hace largo ni se apura. Felicitaciones!

Fabian_rdp

Tremendo!! Las vecinas maduras siempre esconden algo, y eso es lo que las hace tan interesantes.

MaduraFan22

Increible, de los mejores de esta categoria en mucho tiempo.

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