La vecina madura con un secreto inconfesable
El calor de agosto aplastaba el patio interior del bloque como una losa. Sin corriente, sin alivio, el aire se quedaba pegado entre los cuatro muros de ladrillo y volvía a caer sobre quienes tenían la mala suerte de estar debajo. Adrián, veintidós años, tercer año de Derecho y la mente en cualquier sitio menos en los apuntes, llevaba una semana malviviendo frente al ventilador con la convicción creciente de que el verano era un castigo.
La única cosa que le impedía morir de aburrimiento era la ventana del quinto B.
Los Valverde. Cristina, la madre, tenía cuarenta y cuatro años y la forma de moverse de alguien que ha pasado dos décadas gestionando una casa, una familia y las expectativas de todo el mundo. Alta, pelo oscuro hasta los hombros, siempre arreglada incluso para bajar al buzón. Su marido viajaba mucho, algo relacionado con finanzas o consultoría, y sus hijas, Marta y Nuria, tenían esa edad en que ya no necesitan a su madre para nada urgente pero tampoco la dejan vivir en paz.
Adrián la había cruzado en el portal unas veinte veces. Ella saludaba con una inclinación de cabeza y desviaba la mirada. Él decía hola y luego se preguntaba, subiendo las escaleras, por qué tardaba tanto en olvidar esa mirada. Nunca encontró una respuesta satisfactoria.
Ese martes de mediados de agosto, las hijas salieron juntas con bolsas de playa y el ruido del ascensor. El marido llevaba cuatro días fuera. Cristina se quedó sola en el piso.
Adrián no pretendía mirar. Pero la persiana del quinto B estaba echada tres cuartos, no del todo, y la ranura de luz que dejaba encuadró a Cristina sentada en el borde de la cama matrimonial, con un teléfono que no era el que Adrián le había visto marcar en el portal.
Lo que vino después le cortó la respiración.
No era ningún video grabado por otra persona. Era ella, grabándose a sí misma, con los ojos entornados y una voz que Adrián no le había oído jamás a través del patio. Una voz quebrada y hambrienta que no encajaba para nada con la mujer que organizaba las reuniones de la comunidad y dejaba notas educadas en el buzón cuando alguien aparcaba mal.
Adrián se apartó de la ventana. Se quedó de pie en medio de su habitación durante unos segundos que se hicieron muy largos, con el corazón golpeándole el pecho y la sensación molesta de haber visto algo que no iba a poder olvidar. No porque fuera íntimo, sino porque revelaba una grieta profunda en algo que parecía completamente sólido.
Pensó en sentarse. Pensó en ignorarlo. Bajó las escaleras.
***
El timbre del quinto B sonó a las seis y media. La mirilla se oscureció un instante y luego la puerta se abrió lo que permitía la cadena de seguridad.
—Adrián. —La voz de Cristina no era de sorpresa. Era de cautela—. ¿Pasa algo?
—Hola. Perdona que moleste. Me he quedado sin hielo y mañana tengo gente. ¿Podrías darme un poco?
Ella dudó exactamente lo que dura la cortesía antes de pesar el riesgo. Quitó la cadena.
El apartamento era como Adrián lo había imaginado desde fuera: limpio, ordenado, ese tipo de orden que es hábito de años y no obsesión. La colonia de Cristina flotaba suave en el aire. Tenía la blusa mal abrochada, un botón desfasado, el único desorden en toda la escena.
Mientras ella iba a la cocina, Adrián se acercó al ventanal del salón. Desde ahí se veía perfectamente el bloque de enfrente, el patio interior, su propia ventana con los apuntes de Derecho Procesal encima del escritorio.
—Qué vista tienes desde aquí —dijo en voz alta.
Cristina regresó con una cubitera pequeña. Se detuvo al verlo junto al ventanal.
—Aquí tienes el hielo. —Le tendió la cubitera sin acercarse—. Ahora, si no te importa, tengo cosas que hacer.
—Estabas ocupada. Lo sé. —Adrián dejó la cubitera sobre la mesa del comedor—. Oye, Cristina. Quiero que sepas que no lo he grabado ni nada de eso. Ni se me pasa por la cabeza hacer algo así.
El silencio que siguió tenía peso propio. Afuera, una moto aceleró en la calle y se fue.
Cristina no preguntó de qué estaba hablando. No tenía sentido fingir.
—Baja a la farmacia si necesitas hielo —dijo al fin, con la voz plana—. Hay una en la esquina.
—No he venido a por hielo.
—Ya lo sé. —Apretó la cubitera contra su pecho—. Por eso te pido que te vayas.
Adrián asintió, cogió la cubitera y caminó hacia la puerta. Se detuvo antes de abrirla.
—No me hagas sentir peor de lo que ya me siento —dijo—. Llevo meses cruzándome contigo en el portal y pensando que eres la mujer más contenida que he visto en mi vida. Esta tarde, en esa ventana, vi que debajo de todo eso hay algo que no tiene salida. Y si me equivoco, me lo dices y no vuelvo a llamar a tu puerta.
Cristina no respondió. Pero tampoco cerró la puerta hasta que él llegó al rellano.
***
A la una menos cuarto de la madrugada, alguien rasguñó suavemente la puerta de Adrián. Tres golpes cortos, casi sin fuerza.
Cristina llevaba un abrigo ligero de algodón a pesar de los treinta grados, abrochado hasta arriba, el pelo recogido a toda prisa. Entró sin esperar a que él dijera nada y cerró la puerta ella misma.
—Mis hijas duermen. —No lo miraba directamente—. Esto no puede ser nada, Adrián. No puede tener nombre ni continuación ni ninguna de esas cosas. ¿Entendido?
—Entendido.
—Y no me gusta que me observen desde la ventana.
—Tienes razón. Lo siento.
Cristina se cruzó de brazos. Miró el salón de él, que era exactamente igual al suyo pero al revés y sin el orden que ella le imponía al propio. Una chaqueta sobre la silla. Un vaso en la encimera. Los apuntes abiertos encima de la mesa de café.
—¿Cuánto llevas viviendo aquí? —preguntó.
—Desde octubre.
—¿Y cuánto tiempo llevas mirando esa ventana?
Adrián tardó un momento en responder.
—Desde que me di cuenta de que detrás del cristal había alguien que no encajaba del todo en la vida que estaba viviendo.
Cristina soltó el aire despacio. Se desanudó el cinturón del abrigo y lo dejó caer sobre el respaldo de la silla. Debajo llevaba un picardías de seda color marfil que le llegaba a mitad del muslo. No era ropa para bajar a dar una vuelta nocturna por el pasillo. Era la ropa de alguien que ha tomado una decisión antes de salir de casa.
—Tengo cuarenta y cuatro años —dijo, como si eso cerrara algo.
—Lo sé.
—Ernesto vuelve el viernes.
—También lo sé.
—¿Y eso no te parece un problema?
—Me parece que eso es cosa tuya —dijo Adrián—, y que esta noche has decidido no dejar que sea un problema.
Cristina le miró. Buscó en su cara la trampa o el juicio. Solo encontró que él la estaba mirando sin prisa, con atención, sin el filo de quien sabe que tiene ventaja.
El primer beso lo empezó ella. Tentativo al principio, casi de disculpa, y después largo y limpio y sin ninguna de las reservas que habían llenado la conversación anterior.
***
Después, Cristina se quedó tumbada boca arriba mirando el techo con los brazos sobre el pecho, como si esperara que le cayera algo encima. El picardías de seda estaba doblado sobre el respaldo de la silla con una precisión que le habría costado algo de esfuerzo.
—No sé cómo se hace esto —dijo al cabo de un rato.
—¿El qué?
—Esto. —Un gesto vago hacia el espacio entre los dos—. Salir de tu propia vida durante una hora y volver como si nada.
—Creo que estás haciendo exactamente eso.
Cristina giró la cabeza para mirarlo.
—¿No te parece patético? Una mujer de mi edad buscando esto en el piso de enfrente, con las hijas durmiendo al otro lado del patio.
—Me parece que llevas mucho tiempo siendo lo que todos esperan que seas —dijo Adrián—. Y que esta noche has decidido no serlo por un rato. Eso no es patético. Es lo más honesto que has hecho en lo que va de verano.
Un silencio. Afuera, el patio interior seguía oscuro y quieto.
—Cállate —dijo Cristina. Pero la esquina de su boca se curvó hacia arriba, y era la primera vez que Adrián le veía una sonrisa genuina, sin el filtro de la vecina educada.
Se vistió con la misma precisión con que lo había doblado todo. Se recogió el pelo. Se ató el cinturón del abrigo.
—No digas nada si nos cruzamos en el portal —dijo desde la puerta.
—Como siempre.
—Exactamente como siempre.
***
El jueves por la mañana, un número sin nombre le mandó un mensaje a Adrián.
«Las niñas se van esta tarde a las cinco a casa de una amiga.»
Adrián miró el mensaje durante un momento. Escribió: «¿Y tú?»
Tres puntos parpadeantes. Una pausa que se hizo larga.
«Yo me quedo en casa. Tengo que recoger la ropa del tendedero.»
Adrián tardó en contestar tanto como ella había tardado en responder.
«¿Necesitas ayuda con el tendedero?»
Esta vez la respuesta fue casi inmediata.
«Quinta puerta a la izquierda. A las cinco y cuarto.»
Adrián dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa. Afuera, la persiana del quinto B seguía echada a esa hora. En el patio, el calor de agosto seguía sin dar tregua. Eran las once de la mañana. Tenía tiempo de sobra para no pensar en otra cosa.
***
Lo que encontró al otro lado de la puerta del quinto B a las cinco y cuarto era una Cristina diferente a la de dos noches antes. No en el aspecto: el pelo suelto, un vestido de lino verde oliva, los pies descalzos sobre el suelo de madera. Diferente en que esta vez no se cruzó de brazos al verlo entrar, no buscó en su cara ninguna amenaza.
Solo abrió la puerta y se apartó para dejarlo pasar.
—Tengo una hora y media —dijo Cristina.
—¿Solo?
—Es lo que hay.
Adrián cerró la puerta con el pie.
Esta vez no hubo tentativas. Cristina sabía lo que quería y cómo pedirlo, y lo hizo con una claridad que tenía más de valentía que de costumbre. Le dijo dónde, con qué ritmo, cuándo parar y cuándo no. Y Adrián escuchó, porque la voz de Cristina cuando dejaba de gestionar la vida de todos y empezaba a pedir algo para sí misma era la cosa más honesta que él había escuchado en mucho tiempo.
La llevó a la habitación de invitados. Las persianas estaban bajadas y la tarde ardía al otro lado, pero dentro había una penumbra casi fresca. Cristina se tumbó en la cama con los brazos a los lados y lo miró de una manera que Adrián no supo exactamente cómo clasificar. No era rendición. Era la decisión firme de alguien que por fin estaba exactamente donde quería estar.
Empezó despacio. Las manos de Adrián recorrieron su cintura, sus caderas, la curva de su espalda con una atención que Cristina llevaba años sin recibir. Ella cerró los ojos. Dejó que el tiempo se detuviera, que la lista de pendientes y los cumpleaños y las reuniones de vecinos y los vuelos de Ernesto dejaran de existir por un rato.
Cuando por fin le pidió más, lo hizo sin disculparse. Con voz firme, con la mano en su nuca, con la misma autoridad tranquila con que organizaba todo lo demás. Y eso, más que cualquier otra cosa, fue lo que hizo que Adrián entendiera lo que había detrás de la persiana bajada y el segundo teléfono en el cajón.
No era una mujer que hubiera perdido el deseo. Era una mujer a quien nadie se lo pedía.
***
A las seis y media, Adrián la oyó abrir el grifo del baño. Cuando Cristina salió, llevaba el pelo mojado y el vestido de lino puesto, y tenía la expresión de alguien que ha cruzado una línea y ha decidido no mirar atrás.
—Ernesto llega mañana —dijo.
—Ya me lo dijiste.
—Y el fin de semana que viene es el cumpleaños de Nuria. Habrá gente en casa durante días.
—Entendido.
Cristina cogió el bolso de la silla. Lo miró durante un segundo, dos, como si buscara algo más que añadir o comprobara que ya no hacía falta decir nada.
—¿Sabes lo que me costó más de todo esto? —preguntó sin darse la vuelta.
—¿Qué?
—Aceptar que lo quería. Sin excusas, sin contarme una historia. Solo quererlo.
Adrián no dijo nada. Cristina abrió la puerta, comprobó el rellano en ambas direcciones con ese gesto de costumbre, y salió.
Él se quedó solo en el apartamento con el silencio y el ruido lejano del tráfico. Cogió el teléfono y escribió al número sin nombre: «Cuídate.»
La respuesta llegó diez minutos después, cuando la persiana del quinto B ya había subido.
«Tú también. Y la próxima vez que tengas curiosidad por esa ventana, llama al timbre directamente. No te quedes mirando.»
Adrián sonrió y fue a bajar la persiana de su propio cuarto.