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Relatos Ardientes

La tormenta me dejó a solas con una mujer madura

Me llamo Adrián y aquel verano acababa de cumplir veintiuno. Estudiaba en la ciudad y, desde niño, lo único que de verdad me llenaba era escaparme a la montaña con una mochila al hombro. Aquel fin de semana iba a subir con un amigo, pero a última hora me llamó para cancelar por un asunto de familia. No me importó ir solo. Preparé la mochila la noche anterior, tomé el primer tren de la mañana y me bajé en el apeadero más cercano al sendero que quería hacer.

Era una zona desconocida para mí, una sierra del norte que nunca había pisado, pero llevaba todo cargado en el GPS y el parte no anunciaba lluvia. Subí un par de horas con el sol todavía alto, hasta que el cielo empezó a cambiar. Las nubes se volvieron oscuras a una velocidad que no me cuadraba, y a lo lejos comenzó a tronar.

No le di importancia. Seguí subiendo. Quince minutos después caían los primeros goterones, y antes de poder reaccionar la lluvia se había convertido en una cortina que casi no me dejaba ver entre los árboles. Me refugié como pude en un hueco de roca, pensando que pasaría rápido. No pasó. Estuve más de una hora allí metido, calado hasta los huesos, viendo cómo el cielo se ponía negro como si anocheciera a media tarde.

Entendí que no podía quedarme. La temperatura caía de golpe y de noche, en esa sierra, podía rozar los cero grados. Decidí bajar hasta la carretera que había cruzado un rato antes y buscar a alguien que me acercara al pueblo. Pero por aquella carretera no pasaba nadie. Caminé más de dos horas por el arcén bajo el aguacero, sin un solo coche, sin un refugio, empezando a asumir que iba a pasar la noche a la intemperie.

Entonces oí un motor. Unos faros aparecieron entre la lluvia y me planté en el borde del asfalto con las manos en alto. El coche pasó de largo, despacio, y unos metros más adelante se encendieron las luces de freno. Corrí hasta la ventanilla.

Dentro había una pareja. Él, al volante, era un hombre mayor, de pelo canoso y aspecto recio. Ella parecía bastante más joven. Fue ella quien le hizo parar, según me confesó después, porque le di buena impresión.

—Sube, muchacho, que te vas a morir de frío ahí fuera —me dijo abriéndome la puerta de atrás.

Les expliqué mi situación. El hombre, que se llamaba Joaquín, me contó que más adelante la carretera estaba cortada por un desprendimiento, que ellos volvían a casa en dirección contraria y que, con ese temporal, no llegaría a ningún sitio. Antes de que yo pudiera decir nada, ella se giró desde el asiento delantero.

—Te vienes a casa y pasas la noche con nosotros. Mañana, si escampa, ya te acercamos al pueblo.

Se llamaba Marta. Me lo dijo con una sonrisa tranquila, como quien recoge a un hijo perdido. Tendría unos cuarenta y dos años, y aun envuelta en el abrigo se le adivinaba un par de tetas grandes y una cintura estrecha que ningún chándal habría disimulado. Se me fueron los ojos al escote más de una vez durante el trayecto, y creo que ella lo notó desde el primer minuto.

***

La casa era una construcción grande de dos plantas, aislada en mitad del campo, con una verja que se abría con mando a distancia y un garaje comunicado con el interior. No se veía otra vivienda alrededor, solo unas naves más arriba donde, supe luego, Joaquín tenía los animales. No tenían hijos. Lo habían intentado durante años, sin suerte. Eso también me lo contó Marta más tarde.

Joaquín se fue derecho a encender la chimenea. Marta me llevó al baño y me ordenó, con un cariño que no admitía discusión, que me quitara la ropa empapada y me metiera bajo el agua caliente antes de coger una pulmonía. La mampara era de cristal transparente, y yo no caí en ese detalle hasta que la puerta se abrió sin previo aviso y ella entró con una toalla y algo de ropa seca en las manos.

—Te he traído esto para que te seques. La ropa es de mi marido, aunque ya veo que no usáis ni de lejos la misma talla en según qué cosas.

Lo dijo con una media sonrisa, y su mirada no estaba precisamente en mi cara. Estaba clavada más abajo, en la polla que se me colgaba entre las piernas bajo el chorro de agua caliente. No apartó los ojos ni un segundo, y noté cómo se me empezaba a hinchar delante de ella, sin poder hacer nada para evitarlo. Me giré de golpe hacia la pared, muerto de vergüenza, pero el cristal no escondía nada y los dos lo sabíamos. Tardé horas en entender la broma de la talla.

—Muchas gracias, señora —acerté a decir, con la verga cada vez más dura pegada contra los azulejos.

—Nada de señora. Termina tranquilo, que voy preparando la cena.

Dejó la toalla sobre la pila y salió, no sin antes echarme una última ojeada por encima del hombro. Yo me quedé temblando, y no solo de frío. Aquella mujer, que casi me doblaba la edad y estaba casada, acababa de mirarme la polla sin el menor disimulo, como quien tasa una pieza, y mi cuerpo había respondido antes de que mi cabeza decidiera nada. Me la agarré un momento bajo el agua, apretándola para bajarla, obligándome a pensar en cualquier otra cosa, y aun así no conseguí que se me quitara del todo.

Me probé los pantalones que me había dejado y no pude ni abrocharlos. Acabé con un viejo pantalón de chándal colgado detrás de la puerta, que me quedaba corto y estrecho y que marcaba el paquete de una manera que me hizo suspirar frente al espejo. Vaya estampa, pensé.

***

Cenamos los tres junto al fuego. Joaquín era hombre de campo, de pocas palabras y mucha barriga, y rondaba sin duda los cincuenta y tantos. Hablamos de mi familia, de mis estudios, de cómo había acabado solo en mitad de la sierra. En un momento de la conversación mencionó que su ordenador iba lentísimo y se colgaba, y le ofrecí echarle un vistazo por la mañana antes de marcharme. Quedó encantado.

Él se acostó pronto. Marta y yo nos quedamos viendo el final de una película. Cada vez que me pasaba el bol de palomitas la mano me rozaba el muslo, y yo sentía sus tetas apretándose contra el brazo del sofá al inclinarse. Cuando subí a la habitación de invitados, en el extremo opuesto al dormitorio de ellos, me costó dormirme. Daba vueltas pensando en la escena del baño, en la manera en que se me había quedado mirando la polla, en aquella sonrisa. Me acabé haciendo una paja debajo de las sábanas, mordiendo la almohada para no hacer ruido, imaginándome que la que me la agarraba era ella.

Hacia las tres y media me venció la sed. Bajé a oscuras para no despertar a nadie y abrí el frigorífico. Estaba de espaldas a la puerta cuando se encendió la luz de golpe y, del susto, casi me siento en el suelo. Era Marta, apoyada en el marco, mirándome con una sonrisa que iba de oreja a oreja.

—Joder, qué susto —solté.

—Lo siento. ¿Por qué andas a oscuras? —se rió—. Si llega a despertarse Joaquín, antes de preguntar te suelta un palo y acabamos en el hospital.

Y entonces me fijé en cómo iba vestida. Un camisón blanco, corto, de una tela tan fina que se le transparentaba todo. Los pezones se le marcaban oscuros bajo la gasa, duros como dos piedras, y las tetas grandes y pesadas se le movían libres dentro de la tela cada vez que respiraba. Debajo solo llevaba unas bragas pequeñas que dejaban ver el bulto del coño y una mancha de pelo oscuro contra el algodón blanco. Y yo no podía dejar de mirarla.

—Veo que teníamos la misma idea los dos —dijo, sirviéndose un vaso de agua sin dejar de observarme—. ¿Seguro que estás así por el susto?

Bajó la vista hacia el chándal, donde la polla ya se me marcaba de lado, gruesa, medio dura. Se mordió el labio de abajo.

—Perdone si la he despertado —tartamudeé.

—No me has despertado. Y deja de llamarme de usted, que me haces vieja. Soy Marta.

Le tendí un vaso y, al inclinarse para cogerlo, el escote se le abrió un instante más de la cuenta y le vi las tetas enteras balanceándose libres dentro del camisón. Ella se recompuso despacio, disfrutando del efecto que me causaba, y bajó la vista sin disimulo hacia el bulto que el chándal ya no era capaz de contener.

—Mejor me vuelvo a la cama —murmuró— antes de…

No terminó la frase. Se fue con la sonrisa puesta, contoneando el culo bajo el camisón, y yo subí sabiendo que ninguno de los dos había bajado solo por sed. Aquella noche tampoco logré dormir como Dios manda. Volví a hacerme otra paja pensando en sus tetas rebotando dentro de aquella tela, y me corrí a chorros sobre la barriga imaginándome que se la metía hasta el fondo.

***

Por la mañana seguía lloviendo, e incluso había caído algo de nieve más arriba. Joaquín había llamado al pueblo: la carretera continuaba cortada. Tendría que quedarme al menos un día más. Después de desayunar, él se marchó en el todoterreno a ver cómo habían pasado los animales la noche de tormenta, no sin antes llevarme a su despacho para que mirara el dichoso ordenador.

—A ver qué puedes hacer. Si no tiene arreglo, lo tiramos. Vuelvo a la hora de comer.

Encendí el equipo. Tardó una eternidad en arrancar, y enseguida vi el problema: estaba infestado de troyanos, de esos que se cuelan visitando ciertas páginas. Por curiosidad abrí el historial del navegador, y no hizo falta mucho para entender por dónde habían entrado. Estaba todavía mirando una de aquellas páginas —una tía madura de tetas grandes chupándole la polla a un tipo mucho más joven— cuando Marta apareció detrás de mí sin que la oyera llegar.

—Vaya, vaya. Así que a ti también te gusta ver guarrerías.

—No es lo que parece —me defendí—. Estaba comprobando por dónde se había infectado el ordenador de tu marido.

—¿De Joaquín? —se le endureció la voz un segundo—. Lleva meses sin tocarme, siempre cansado, dice que ya no tiene edad para estas cosas, y resulta que se entretiene por las noches viendo cómo se folla otro a mujeres de mi edad.

Le pedí que no le dijera nada, al menos hasta que yo me fuera, que no quería sembrar cizaña en su casa. Ella no prometió nada. Sin que yo moviera el ratón, las pestañas se iban abriendo solas, una tras otra. En una de ellas, un chico joven se follaba a una mujer madura por detrás mientras el marido miraba desde una silla, con la polla flácida entre las manos. Marta se quedó clavada en la pantalla, mordiéndose los labios, y noté cómo se le aceleraba la respiración a mi lado.

—Para, esa déjala. Eso tiene que estar trucado. Es imposible que un hombre la tenga tan… tan grande.

—¿Por qué trucado? —le pregunté, notando cómo el ambiente cambiaba—. Hay hombres así.

Se giró y me miró a los ojos, y luego bajó la vista hacia mi entrepierna, donde el pantalón volvía a delatarme. La polla se me estaba levantando otra vez, gruesa y pesada bajo la tela, y ella lo estaba viendo en tiempo real. Se le cortó la respiración un instante y se le escapó un pequeño gemido que intentó tapar con una tos.

—No me dirás que tú… —empezó, y no fue capaz de terminar.

—Yo no he dicho nada —respondí, aguantándole la mirada.

—¿Y se puede saber por qué un chico tan guapo sigue solo a tu edad? —insistió, dando un paso más cerca—. No me digas que todavía no has estado con ninguna mujer.

Le mentí. Le dije que no, que esperaba a alguien especial a quien entregarme. Vi en sus ojos exactamente lo que quería ver: el deseo de ser ella la primera, de estrenar aquella polla que le llevaba veinticuatro horas robándole el sueño.

—A lo mejor la tengo delante y ninguno de los dos se ha dado cuenta —dije.

Se puso roja hasta las orejas. Por un momento dudó, midiendo lo que estábamos a punto de hacer. Yo sabía, porque me lo confesó después, todo lo que le pasaba por la cabeza: que nunca le había sido infiel, que su marido la tenía olvidada, que yo le parecía demasiado para ella y a la vez no podía apartar la mirada de la manera en que se me marcaba la polla contra la pierna.

—¿Y si compruebas si soy o no esa mujer especial? —añadí.

No contestó con palabras. Aunque estaba a mi espalda, la oí deslizarse las manos bajo la falda. Dejó las bragas dobladas sobre la mesa, junto al teclado, aún calientes y con una mancha oscura de humedad en el centro que no me pasó desapercibida. Tiró de la silla de ruedas para volverme hacia ella y se puso en cuclillas delante de mí, con las rodillas abiertas y la falda subida hasta la cintura, dejándome ver por primera vez el coño peludo y ya brillante entre los muslos. Sin dejar de mirarme a la cara, me desabrochó el pantalón, agarró el elástico del chándal y tiró de él hacia abajo de un solo tirón.

La polla saltó fuera, dura como una piedra, golpeándome contra el estómago con un chasquido seco. Marta abrió la boca de par en par y se le escapó un jadeo largo. Se quedó unos segundos mirándomela sin tocarla, como si no acabara de creerse lo que tenía delante de la cara.

—Madre mía, muchacho —susurró cuando por fin acercó la mano—. Esto es el doble que lo de mi marido. No me lo puedo creer.

Me rodeó con la mano, comprobando el grosor, y todavía le quedaba media polla asomando por encima del puño. Le brillaban los ojos. Empezó a subirla y bajarla despacio, apretando en la base y aflojando en el capullo, recorriéndome con la yema del pulgar la vena gorda que me sube por debajo. Yo estaba sentado, sin moverme, dejándola hacer, sintiendo cómo el corazón me golpeaba en el pecho y cómo se me empezaba a acumular una gota gorda de líquido en la punta.

—Está echando ya —murmuró, más para sí que para mí—. Míralo, si no ha empezado y ya está echando.

Bajó la cabeza, sacó la lengua y me lamió aquella gota con la punta, muy despacio, saboreándola como si fuera miel. Cerró los ojos, gimió bajito, y después abrió la boca y se metió el capullo entero. Sentí el calor de su lengua girando alrededor, la presión de sus labios cerrándose sobre la corona, y tuve que agarrarme a los brazos de la silla para no gemir demasiado alto.

—Joder, Marta… —se me escapó.

Ella no contestó. Fue bajando la cabeza poco a poco, tragándome centímetro a centímetro, mientras con la mano me acariciaba los huevos por debajo. Le llegué al fondo de la garganta y se atragantó un momento, echándose atrás con los ojos llenos de agua y un hilo de saliva colgándole de la barbilla hasta la polla.

—Es que no me cabe entera, cariño —dijo, riéndose de sí misma con la voz ronca—. No te enfades conmigo. Voy a hacer lo que pueda.

Volvió a metérsela, esta vez a un ritmo más marcado, subiendo y bajando la cabeza mientras me miraba desde abajo con aquellos ojos oscuros. Yo le veía las tetas balancearse dentro del camisón cada vez que se echaba adelante, y los pezones se le marcaban durísimos contra la tela. Con una mano me la sacudía por la base, con la otra me acariciaba los huevos, y con la boca me chupaba el capullo como si le fuera la vida en ello. En un momento la sacó entera, y se puso a lamerme la vena de abajo arriba, lento, con la lengua plana, mientras me sostenía la polla apuntando hacia su cara y me clavaba la mirada.

—Como sigas así, no voy a aguantar —le advertí en un hilo de voz.

—Tranquilo —dijo, dando un último lametón y limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Lo haremos a mi manera. Y poco a poco, que tú vas a reventarme.

Se incorporó, se pasó el camisón por encima de la cabeza y lo dejó caer al suelo. Se quedó desnuda delante de mí, con aquellas tetas grandes cayéndole pesadas sobre las costillas, los pezones oscuros y erizados, la barriga blanda de mujer adulta y aquel triángulo de pelo oscuro por el que ya le corría un brillo hasta los muslos. Nunca había visto un cuerpo así de cerca. Se sentó a horcajadas sobre mí en aquella silla, apoyando las rodillas sobre los brazos de madera, y me buscó con una mano por debajo mientras con la otra se apoyaba en mi hombro. Se pasó el capullo por los labios del coño, empapándolo, y luego lo colocó en la entrada.

Bajó muy despacio, conteniendo el aliento, deteniéndose a cada centímetro. La sentí abrirse alrededor de mí, apretada, ardiente, muy mojada, cediendo a base de paciencia mientras dejaba escapar unos jadeos cortos por la nariz.

—Ay… ay, madre mía… hacía años que no… —murmuraba entre dientes—. Espera, espera, no te muevas.

Se paró a mitad de camino, con la cara pegada a la mía, respirando hondo. Le pasé las manos por la cintura, por las caderas, por aquel cuerpo que llevaba veinticuatro horas robándome el sueño, y ella se ondulaba encima de mí muy suave, tanteando, dejándome sitio. Bajó otro poco. Y otro. Hasta que su peso me envolvió por completo y notó mis huevos apretándose contra su culo. Soltó un gemido grave contra mi cuello, largo, casi de alivio.

—Ya… ya está toda dentro —susurró, sin poder creérselo—. Dios mío, la tengo entera dentro.

Se quedó quieta un momento, acostumbrándose, apretando y aflojando el coño alrededor de la polla como para asegurarse de que era de verdad. Yo notaba cada contracción, cada latido de sus paredes húmedas, y tenía que apretar los dientes para no vaciarme allí mismo, sin haberme movido siquiera. Luego empezó a moverse en círculos lentos, marcando ella el ritmo, los labios entreabiertos y la frente apoyada en la mía. Cuando intenté seguirla con las caderas se paró y me clavó las uñas en los hombros.

—No tan rápido —jadeó—. Quiero que dure. Deja que lo haga yo, cariño, deja que lo haga yo…

Le hice caso. Le agarré las tetas con las dos manos, aquellas tetas grandes y blandas que había mirado toda la noche, y me llené la boca con un pezón. Se lo chupé fuerte, mordisqueando, y ella soltó un grito ahogado contra mi pelo. Empezó a subir y bajar sobre mi polla con más ganas, apoyando las manos en el respaldo detrás de mí y arqueando la espalda para ofrecerme mejor las tetas.

—Chúpame ahí… más fuerte… así, así… —jadeaba—. Joder, si es que me estás partiendo por dentro, cabrón… hacía años que no la sentía tan adentro.

Se mecía sobre mí cada vez con menos cuidado, olvidada ya de la prudencia, subiendo la polla casi hasta la punta y dejándose caer del tirón hasta el fondo. La silla crujía debajo de nosotros, con un chasquido rítmico, y se oía el ruido húmedo de su coño empapado tragándome entero cada vez. Se mordía el labio para no gritar en su propia casa, pero se le escapaban gemidos cortos, agudos, cada vez que le llegaba al fondo. Yo le clavaba los dedos en el culo, ayudándola a bajar más fuerte, notando cómo se le abría cada vez un poco más, cómo el coño le corría por dentro de los muslos y me mojaba las bolas y el pantalón caído.

—Métemela toda, muchacho —gemía en mi oído, ya sin ningún pudor—. Rómpeme el coño con esa polla que tienes, que llevo años esperando una así, joder, años…

Bajé una mano y le busqué el clítoris con el pulgar entre los pelos empapados. Al primer roce dio un respingo tan fuerte que casi se me sale la polla. Empecé a frotárselo en pequeños círculos, siguiéndole el ritmo de las caderas, y a ella se le descontroló todo. La respiración se le entrecortó, las embestidas se le hicieron cortas y desesperadas, y noté cómo el coño se le empezaba a cerrar sobre mí como un puño.

Yo aguantaba como podía, apretando los dientes, hasta que noté que no me quedaba margen y se lo dije al oído.

—Marta, me corro… no aguanto más, me corro ya…

—Ahora no —me ordenó, acelerando, mordiéndome el cuello—. Aguanta un poco más, conmigo. Conmigo, cariño, conmigo… córrete conmigo dentro, córrete dentro sin sacarla, joder, sin sacarla…

La obedecí como pude, los dientes apretados, respirando por la nariz, clavándole el pulgar en el clítoris cada vez más rápido. La sentí tensarse entera de golpe, arquear la espalda, contener el aire durante un segundo eterno y después estallarme encima con una serie de sacudidas que no había visto nunca, gimiendo largo contra mi hombro, mordiéndomelo para no despertar a nadie. El coño se le cerró alrededor de mí en oleadas fuertes, apretando, aflojando, apretando, y solo entonces dejé de luchar.

Me corrí a chorros dentro de ella, empujando hacia arriba con las caderas, vaciándome hasta el fondo mientras ella todavía se contorsionaba encima de mi polla. Sentí cada latigazo saliéndome, uno detrás de otro, y a ella temblándome encima, murmurando cosas sin sentido, notando cómo la llenaba. Cuando por fin nos quedamos quietos, se dejó caer sobre mi pecho, sudada, sin fuerzas, con la polla todavía dentro y el semen empezando a resbalarle por los muslos hasta mi pantalón.

Nos quedamos abrazados en aquella silla, jadeando, sin terminar de creernos lo que acabábamos de hacer. Cuando se levantó, la polla salió de su coño con un pequeño chasquido húmedo y un hilo blanco largo cayó al suelo de madera. Se rió bajito, casi asustada de sí misma, y con dos dedos se recogió un poco de lo que le chorreaba entre las piernas y se lo llevó a la boca sin dejar de mirarme.

Después, mientras esperábamos la vuelta de Joaquín, nos besamos por primera vez sin prisa, casi con ternura, con el sabor todavía en su lengua. Fuera seguía amenazando lluvia. Marta me dijo que no se arrepentía de nada, que hacía años que nadie la tocaba así, y que solo le daba pena pensar que en cuanto despejara la carretera yo me marcharía. Ninguno de los dos imaginaba, en aquel momento, que aquello no iba a terminar ahí.

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Comentarios(6)

Carmencita78

buenisimo el relato!!!

TomásAR

Por favor una segunda parte, quedé totalmente enganchado!

ElNocturno_BA

Me recordó a una situacion que viví hace años. Todo lo que pasa de madrugada tiene su magia jaja

GabiMendoza

Muy bien narrado, la tensión del principio estuvo perfecta. Espero mas relatos así!

nacho_bs

tremendo!!! seguí así

ViajeraDeNoche

Lo leí de una sola vez sin darme cuenta. Eso dice todo.

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