Tres meses sin él y un reencuentro en Cáceres
Tres meses. Noventa y dos noches en las que el recuerdo de Ibiza se había convertido en una fiebre lenta que no me dejaba dormir.
Me despertaba con la sábana enredada en las piernas y la mano hundida entre los muslos, su nombre atascado en la garganta. Adrián. Recordaba el sabor a sal de su piel después de bajar de las rocas, la forma en que sus dedos se clavaban en mis caderas cuando me levantaba contra él, el calor espeso que me resbalaba por dentro mientras todavía temblaba. Me corría en silencio, mordiendo la almohada para no despertar a nadie, y después me quedaba mirando el techo con los ojos llenos de rabia y de ganas.
Supe después que él hacía lo mismo. Que se duchaba cada mañana con el agua casi hirviendo, la frente apoyada en los azulejos, la mano cerrada alrededor de su polla solo de pensar en mí. Que se acordaba de cómo arqueaba la espalda cuando me lamía despacio, del sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando en la arena. Y que después se odiaba por no haberme escrito nunca.
Ninguno de los dos dio el paso. Doce años de diferencia, una vida entera entre los dos, y un silencio que pesaba más que cualquier promesa.
***
Cáceres olía a piedra caliente y a verano que se moría. La despedida de soltera de una amiga me arrastró hasta allí, y yo me dejé arrastrar porque cualquier cosa era mejor que otra noche peleando con el techo de mi cuarto.
Llevaba un vestido negro tan ceñido que parecía una segunda piel. El pelo suelto, los labios pintados de rojo, una copa de más en la mano para apagar lo que no se apagaba. Bebía despacio, observando a la gente bailar, sintiéndome a la vez invisible y demasiado a la vista.
Y entonces entró él.
Camisa azul oscuro abierta dos botones, vaqueros negros, esa manera de moverse sin pedir permiso. Venía con un grupo de hombres que reían demasiado fuerte. No bebía. Nunca le gustó perder el control. Excepto conmigo.
Nuestras miradas se cruzaron en mitad de la pista como un cortocircuito. El corazón me dio un vuelco tan brusco que casi se me cae la copa. Vi cómo se le tensaba la mandíbula, cómo respiraba hondo una sola vez, como si necesitara recordarse que tenía que quedarse quieto.
Giré la cabeza, pedí otra copa y me perdí entre la gente. Cobarde. Lo sabía y aun así caminé en dirección contraria.
***
A las cuatro de la mañana mis amigas se habían esfumado. Yo bailaba sola, el vestido subido peligrosamente por los muslos, el sudor brillándome en el escote. Dos chicos jóvenes empezaron a rondarme. Uno me puso la mano justo encima de la cadera, demasiado abajo, demasiado seguro de sí mismo. Intenté apartarlo, pero el alcohol me pesaba como plomo en las rodillas.
Adrián apareció como una sombra entre las luces.
—Quita la mano. Ahora.
El chico hizo un gesto de fastidio y no se movió. Bastó un empujón seco en el pecho para que entendiera que aquella no era su noche. Retrocedió pálido, masculló algo y se largó con su amigo.
Yo lo miré, jadeando, los ojos vidriosos de ginebra y de algo mucho más antiguo.
—¿Y ahora vienes de caballero andante? —escupí—. Después de tres meses callado.
—Al hotel —dijo él en voz baja, esa voz que conocía demasiado bien—. No estás para discutir.
Quise gritarle. Quise decirle todo lo que había ensayado en la cama durante noventa noches. Pero las piernas me fallaron y me dejé llevar, su brazo firme rodeándome la cintura, mi mejilla contra su hombro.
***
Me subió en brazos desde el taxi hasta la habitación. Yo no pesaba nada y olía a perfume caro y a deseo contenido.
Me dejó con cuidado sobre la cama, me quitó los tacones despacio, acariciándome los tobillos, la planta de los pies. Me puso un paño frío en la frente y una botella de agua en la mesilla. Ni una sola caricia de más. Ni un solo reproche.
—¿Por qué no me escribiste nunca, cabrón? —susurré con la voz rota.
Se sentó al borde de la cama, los codos en las rodillas, la cabeza baja.
—Porque cada vez que abría el chat me imaginaba que estabas con otro y me entraban ganas de romper algo.
Solté una risa amarga que terminó en sollozo.
—Y yo me imaginaba que habías encontrado a una de veinticinco sin tantas cicatrices.
El aire acondicionado zumbaba como un corazón acelerado. Él no contestó. Solo me miró como si fuera la primera vez.
—Tócame —pedí de pronto, casi suplicando—. Aunque sea para saber que eres de verdad.
—No estás en condiciones, Mariela.
—Mañana me vas a follar hasta que olvide hasta mi nombre. Pero esta noche… abrázame. Por favor.
Se quitó los zapatos, se metió en la cama vestido y me abrazó por detrás. Me giré, encajé mi espalda contra su pecho, su erección evidente contra mí, y ninguno de los dos se movió más. Nos dormimos así, respirando el mismo aire, como si los doce años y los tres meses no hubieran existido nunca.
***
Desperté con la boca pastosa y el cuerpo dolorido. Adrián ya estaba levantado, preparando café y zumo recién exprimido, la luz blanca de la mañana dibujándole sombras en la espalda desnuda.
Me llevó la bandeja a la cama, me dio un ibuprofeno, me besó la frente. Después me metió en la ducha con él. Me lavó despacio, las manos enjabonadas resbalando por mis pechos, por la curva de la cintura, deteniéndose entre mis piernas solo lo justo para hacerme jadear. Sin entrar. Sin dármelo.
—Esta noche vas a pagar cada día que me dejaste con las ganas —me dijo contra el cuello.
***
Esa noche me esperaba sentado en el sillón de la suite, la camisa abierta, observándome desde la penumbra. Me acerqué descalza, temblando, con una camiseta suya que apenas me tapaba.
—Quítatela —ordenó—. Despacio.
Me la saqué por la cabeza. Quedé desnuda, la piel erizada, los pezones duros bajo su mirada. Me giró de cara al espejo de cuerpo entero y se colocó detrás de mí.
—Mírate —murmuró, sus dedos recorriéndome el vientre—. Mira lo que me haces sin tocarme siquiera.
Me abrió las piernas desde atrás, deslizó dos dedos por donde ya estaba empapada, los levantó brillantes y me los acercó a la boca. Probé mi propio sabor mientras él me mordía el hombro.
Me hizo correrme así, de pie frente al espejo, solo con las manos, susurrándome al oído todo lo que pensaba hacerme después. Cuando ya le suplicaba, me llevó a la cama, me sujetó las muñecas por encima de la cabeza y entró de una sola embestida, hasta el fondo.
—Esto es mío —gruñó, marcando cada centímetro con una lentitud insoportable—. Y no vuelvas a olvidarlo.
Me corrí gritando su nombre, apretándolo tanto que él se vació dentro de mí con un gemido largo, agarrado a mis caderas como si tuviera miedo de que desapareciera.
***
El domingo fuimos a Trujillo en su coche. Yo con una falda corta y nada debajo, porque él me lo había pedido y porque me gustaba demasiado obedecerle.
Calles empedradas, balcones cargados de geranios, olor a pan recién hecho. En un callejón estrecho entre dos casas de piedra, me empujó contra el muro frío.
—Nadie nos ve —mintió, la voz ronca.
Me levantó la falda y me penetró de pie, de una sola estocada. Yo jadeé contra su hombro y él me tapó la boca con la mano mientras se movía rápido, sin pausa, atento a cada ruido de la calle.
—Córrete ya —me pidió al oído—. Quiero sentirte antes de que aparezca alguien.
Me corrí mordiéndole la palma, las piernas temblando, el placer tan intenso que vi puntos blancos detrás de los párpados. Él salió justo cuando una pareja mayor doblaba la esquina, y nos compusimos la ropa entre risas nerviosas, caminando después como si no acabáramos de hacer lo que hicimos.
***
El lunes fue distinto. Empezamos despacio, casi con miedo. Besos largos, lentos, húmedos. Me desnudó como quien desenvuelve algo que cree que no merece. Me besó cada centímetro de piel, los pechos, el vientre, la cara interna de los muslos, y me lamió durante lo que parecieron horas, como si quisiera aprenderme de memoria, hasta que le supliqué entre lágrimas que entrara.
Me penetró sin prisa, mirándome a los ojos. Nuestros cuerpos se movían al unísono, el sudor mezclándose, las respiraciones acompasadas. Era sexo, sí, pero también algo mucho más hondo y mucho más peligroso.
Y entonces, entre una embestida y otra, se le escapó:
—Te quiero, Mariela. Me da pánico decirlo, pero te quiero hasta que me duele aquí —y me puso la mano sobre su propio corazón.
Me quedé sin aire. Las lágrimas me rodaron por las sienes hasta perderse en el pelo. Él intentó parar, asustado de lo que acababa de soltar.
—No pares —le supliqué, abrazándolo con piernas y brazos, clavándole las uñas en la espalda—. No pares nunca.
Nos corrimos abrazados, temblando, él derramándose dentro mientras repetía contra mi cuello, casi sin voz, lo mismo una y otra vez. Yo no dije nada. Solo lo besé con una desesperación que sabía a miedo y a promesas que todavía no me atrevía a hacer.
***
La última noche me ató las muñecas con su corbata, me abrió las piernas al máximo y me folló tan hondo que grité su nombre hasta quedarme afónica.
—Córrete otra vez —me pidió—. Quiero sentirte mientras pienso que quizá mañana te pierdo.
Me corrí sollozando y él me siguió, los dos exhaustos, enredados en las sábanas. Después, desnudos junto a la ventana abierta, Cáceres brillaba abajo como un mar de luces antiguas.
—Doce años, Adrián —murmuré—. ¿Qué va a decir todo el mundo?
—Que digan lo que quieran. Yo solo sé que no quiero volver a despertarme sin tu olor en la almohada.
Apoyé la cabeza en su pecho y no contesté.
***
El miércoles por la mañana las maletas estaban hechas y el taxi esperaba abajo. En la puerta del hotel nos miramos como si el mundo fuera a terminarse en ese instante.
—Esta vez nos escribimos de verdad —dijo él, la voz rota.
Asentí, los ojos llenos de dudas y de lágrimas que no quise dejar caer.
—Adrián… necesito tiempo.
Tragó saliva, asintió y subió al taxi. Lo último que vi fue su mano apoyada en el cristal trasero, como queriendo tocarme una vez más antes de desaparecer.
Me quedé en la acera, saqué el móvil, abrí nuestro chat. El último mensaje seguía siendo aquel «ya aterricé» de junio. Escribí «Adrián, te qu…» y lo borré. Volví a escribir: «Tenemos que hablar.» Suspiré, guardé el teléfono y eché a andar hacia la estación con el corazón latiéndome en sitios que creía dormidos.
El chat sigue en silencio. Por ahora.





