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Relatos Ardientes

La asistente que cerraba cada negocio del jefe

El viernes por la tarde, la oficina ya respiraba aire de fin de semana: cafés a medio terminar enfriándose en las tazas, el zumbido cansado de las impresoras y el rastro de jazmín que Marlene dejaba flotando cada vez que cruzaba entre los escritorios. Aurelio entró con el maletín en una mano y el teléfono en la otra. Sus zapatos de cuero marcaban el ritmo contra el suelo encerado, y cuando la vio inclinada sobre el archivador —la falda gris tensa, la tela susurrando con cada gesto— una sonrisa lenta le cruzó la cara.

—Marlene —dijo, con esa voz grave que ella sentía vibrar en el pecho—. El lunes viajo a Cancún. Reunión con inversionistas. Y tú vienes conmigo.

Ella se enderezó despacio. El perfume de él llegó antes que sus palabras: madera, cuero gastado, un fondo metálico de colonia cara.

—¿Yo, señor Cardona? —preguntó, y notó el pulso latiéndole en la base del cuello.

—Claro que sí —respondió él, acercándose hasta que el calor de su cuerpo la rodeó—. Eres mi asistente personal. No pienso pasar tres días sin alguien que me quite el estrés. Reserva dos habitaciones, pero contiguas. Y prepara maleta para cuatro días. Aunque dudo que uses mucha ropa.

Le apoyó la mano en la cadera un instante, firme, posesivo, y se alejó hacia su despacho. Marlene se quedó quieta, sintiendo cómo el calor le subía por dentro.

***

El lunes por la mañana, el aeropuerto olía a café quemado y al frío metálico del aire acondicionado. Marlene llevaba un vestido blanco ceñido, ligero, que rozaba sus muslos con cada paso. Aurelio, a su lado en primera clase, no disimulaba el placer de mirarla: la mano sobre su rodilla, el pulgar trazando círculos lentos justo debajo del dobladillo, los dedos avanzando un centímetro cada vez que ella fingía concentrarse en la revista.

—Estás nerviosa —murmuró él, sin apartar la vista de la ventanilla.

—Un poco —admitió ella.

—No lo estés. Solo tienes que hacer bien tu trabajo.

El hotel era un cinco estrellas frente al mar. El vestíbulo olía a sal y a flores recién cortadas. Apenas habían pasado quince minutos desde que cada uno entró a su habitación cuando el teléfono interno sonó, cortante.

—Ven —dijo Aurelio, sin más—. Quiero empezar bien el día.

El pasillo olía a cítrico cuando ella llegó a su puerta. Él abrió casi al instante, la camisa ya abierta sobre el pecho firme, la mirada oscura.

—Arrodíllate —ordenó, y cerró la puerta con un chasquido.

Marlene obedeció. La alfombra gruesa amortiguó el golpe de sus rodillas. El olor de él la envolvió —piel caliente, colonia, deseo— y ella lo tomó en la boca despacio, con cuidado, dejando que el silencio de la habitación se llenara de sonidos húmedos. Aurelio enredó los dedos en su pelo sin apretar todavía.

—Despacio —murmuró, la voz rota—. Quiero sentir cada segundo.

Ella obedeció. Lo sacó un momento, lo recorrió entero con la lengua, volvió a tomarlo más hondo. Él dejó de contenerse, la sujetó por la nuca, empujó las caderas con un ritmo lento y firme, y cuando llegó al límite gruñó largo y se vació en su boca. Marlene tragó sin dejar escapar nada, ordeñándolo hasta el final con los labios.

—Perfecta —susurró él, acariciándole la mejilla con el pulgar—. Ahora sí podemos trabajar.

***

La reunión con los inversionistas fue un éxito. La sala de juntas olía a café recién hecho. Aurelio negoció con su seguridad de siempre, pero sus ojos se desviaban una y otra vez hacia ella: sentada a su lado, el vestido blanco marcando cada curva, la espalda recta, las piernas cruzadas. Varios hombres —y alguna mujer— no podían apartar la mirada de la mujer que acompañaba al empresario. Aurelio disfrutaba cada segundo, la mano apoyada en el muslo de ella bajo la mesa, sabiendo que esa misma mañana la había tenido de rodillas.

De regreso al hotel, el vestíbulo olía a sal marina y a flores. Apenas cerraron la puerta de la suite, él la empujó contra la pared.

—Ahora sí —gruñó, deslizando el vestido por sus hombros hasta dejarlo caer—. A la cama.

La tumbó sobre las sábanas frescas que olían a mar. Le separó las piernas, se colocó encima y entró de un empujón, gruñendo al sentirla caliente y apretada. Empezó a moverse con fuerza, las caderas chocando contra ella en un ritmo seco que resonaba en la habitación. Marlene gemía contra la almohada, el cuerpo ardiendo bajo el peso de él.

—Mírame —ordenó Aurelio, girándola boca arriba. Le levantó las piernas hasta apoyarlas en sus hombros y volvió a hundirse, más profundo. Cada embestida la sacudía. Él la sostenía por las caderas, gobernando el ritmo, hablándole bajo al oído cosas que la hacían temblar.

La cambió de posición varias veces —a cuatro patas en el centro de la cama, de lado con una pierna en alto, ella encima cabalgándolo— hasta que, finalmente, la tumbó de nuevo, le dobló las piernas contra el pecho y se corrió dentro de ella con un rugido, llenándola mientras Marlene llegaba al orgasmo temblando, el sudor pegándole el pelo a la frente.

Cuando terminaron, él se dejó caer a su lado, jadeando.

—Quédate a dormir —dijo, atrayéndola contra su pecho—. Y mañana despiértame como sabes.

Marlene, exhausta y satisfecha, asintió contra su piel.

—Como usted quiera, señor Cardona.

***

El miércoles por la tarde, un salón privado del restaurante del hotel olía a cuero nuevo, a whisky añejo y al cítrico tenue del ambientador que se colaba por las rejillas. La mesa estaba cubierta de documentos ordenados y el tintineo suave del hielo derritiéndose en los vasos de cristal. Frente a Aurelio y Marlene se sentaba Octavio Salinas, un inversor mexicano de unos sesenta años: pelo plateado peinado hacia atrás, traje de lino impecable y una sonrisa que nunca terminaba de llegar a los ojos.

Octavio y Aurelio se conocían desde hacía años: negocios, apretones de manos firmes, favores que nunca se decían en voz alta. La reunión avanzó con precisión de reloj. Aurelio expuso las cifras y Octavio asentía, firmaba, hacía alguna pregunta puntual. Pero sus ojos volvían siempre a ella: al vestido rojo oscuro tensándose sobre su pecho cuando se inclinaba, al modo en que descruzaba y volvía a cruzar las piernas.

Cuando todo parecía cerrado, Octavio se inclinó hacia Aurelio y bajó la voz, apenas un susurro entre hombres.

—Aurelio, sabes que confío en ti. El negocio es sólido. Firmo mañana mismo… si me regalas una hora a solas con tu asistente.

Aurelio ni parpadeó. Miró a Marlene un segundo —ella fingía revisar sus notas, pero el rubor que le subía por el cuello la delataba— y luego volvió a Octavio con una sonrisa lenta.

—Hecho —dijo simplemente—. Pero yo participo. Es mi asistente, y yo decido cómo se quita el estrés.

Octavio soltó una risa baja, satisfecha, y levantó su copa en un brindis silencioso.

—Siempre supe que eras un hombre razonable.

***

En el ascensor privado que subía a la suite, Aurelio se acercó a Marlene por detrás. El espacio era pequeño y el aire olía a su colonia y al perfume floral de ella. Le puso una mano en la cintura y le habló casi al oído.

—La negociación también le ha dejado estrés al señor Salinas —murmuró—. Así que vas a quitárnoslo a los dos. ¿Entendido?

El corazón de Marlene golpeaba contra las costillas. El ascensor se detuvo con un temblor suave.

—Sí, señor Cardona —susurró—. Lo que necesiten.

La suite olía a vainilla del difusor y a sal marina entrando por la terraza. Las luces estaban bajas. Octavio ya esperaba en el sofá de cuero blanco, la corbata aflojada, un whisky en la mano. Aurelio cerró la puerta y señaló el suelo frente a ellos.

—Arrodíllate, Marlene. Primero con la boca. Uno a uno… y luego los dos.

Ella obedeció. Se arrodilló entre los dos hombres sobre la moqueta blanda. Primero se inclinó hacia Aurelio, tomándolo en la mano y después en la boca, succionando despacio mientras él enredaba los dedos en su pelo. Luego, sin que nadie se lo pidiera, giró hacia Octavio. Empezó a alternar: unos segundos en uno, unos segundos en el otro, la habitación llenándose de sonidos húmedos y de los gruñidos roncos de ambos. El sabor de los dos se mezclaba en su lengua, distinto y a la vez igual de adictivo.

Pasados unos minutos, Aurelio la levantó por los hombros.

—Ahora la cama.

La tumbaron boca arriba sobre las sábanas blancas. Aurelio se colocó entre sus piernas y entró de un empujón profundo; Octavio se arrodilló junto a su cabeza y le ofreció su boca. Se turnaron, coordinados: uno la embestía con fuerza mientras el otro la sujetaba por el pelo. Marlene gemía entre los dos, el cuerpo temblando, el sudor perlándole la piel.

Después cambiaron. Octavio se tumbó de espaldas y ella se sentó encima, guiándolo dentro de su cuerpo. El estiramiento la hizo jadear. Aurelio se colocó detrás, preparó su propia entrada con cuidado y presionó despacio contra el otro punto.

—Respira, cariño —susurró contra su oreja, la voz cargada—. Vamos a llenarte los dos.

Entró centímetro a centímetro. Marlene soltó un gemido largo y tembloroso al sentirlos a ambos a la vez. El dolor inicial se fundió enseguida con un placer abrumador, casi insoportable. Los dos hombres empezaron a moverse: primero despacio, sintiendo el roce mutuo a través de la fina pared que los separaba; luego más rápido, más fuerte. El sonido era ensordecedor: carne contra carne, jadeos, gemidos ahogados.

Aurelio se inclinó sobre su espalda, el pecho pegado a ella, y le habló bajo al oído mientras embestía.

—Esto es lo que te gusta, ¿verdad? Quitarles el estrés a tus jefes… apriétame más… que se note cuánto te gusta.

Ella solo pudo asentir, jadeando, incapaz de hablar. Octavio gruñó debajo, sujetándola por las caderas y empujando hacia arriba. Aurelio le giró la cara y la besó con lengua, profundo, posesivo, mientras el orgasmo la atravesaba como un rayo y el cuerpo se le convulsionaba entre los dos.

Aurelio fue el primero en terminar, enterrándose hasta el fondo con un rugido ahogado. Octavio lo siguió segundos después, vaciándose con gemidos entrecortados, las caderas temblando. Se quedaron así un momento, los tres jadeando, pegados, el olor a sexo flotando denso en la habitación.

Aurelio fue el primero en moverse. Se incorporó, se sirvió otro dedo de whisky y observó a Marlene, todavía temblando sobre la cama.

—Buen trabajo —murmuró, dándole una palmada suave en la cadera—. Gracias a ti, acabamos de cerrar el negocio del año.

Octavio, recomponiéndose la corbata, sonrió con la respiración aún agitada.

—Un placer hacer negocios contigo, Aurelio. Y contigo, preciosa. Mañana firmo.

Salió de la suite con una sonrisa cansada y complacida. Aurelio se acercó a Marlene y le acarició la espalda sudorosa con una ternura inesperada.

—Orgullosa, ¿verdad? —susurró.

Ella levantó la cabeza y sonrió, los labios hinchados, el cuerpo dolorido en los mejores sitios.

—Sí, señor Cardona. Gracias a mí.

—Exacto —dijo él, satisfecho—. Y mañana seguiremos. Los dos.

Marlene asintió, agotada y radiante, sabiendo que mientras él la quisiera cerca, su trabajo nunca terminaría de verdad. Y no podía estar más feliz por ello.

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Comentarios(6)

PatoCba

uno de los mejores que lei en mucho tiempo!!! gracias

MarinaLeyendo

El excerpt me engancho al toque. Increible como se transmite la tension con tan pocas palabras. Espero con ansias la segunda parte!

LuchoBA33

jaja el jefe es un personaje tremendo. Me prendio el relato desde la primera linea y no pude soltarlo

Fermín_BA

Que morbo tiene esta historia, no pude parar de leerlo.

RobertoC_78

Me recordo a una jefa que tuve hace años... digamos que tambien sabia como cerrar sus reuniones jajaja. Muy bueno este relato

NocturnoPba

Bien escrito y sin hacerse pesado en ningun momento. La dinamica entre los personajes esta muy bien lograda, se siente creible y no forzada. De lo mejor que lei en la categoria Maduras en bastante tiempo.

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