Mi joven asistente gay nunca había tocado a una mujer
Trabajo en la filial española de una multinacional norteamericana que embotella y distribuye refrescos por medio mundo. La central me ordenó viajar a la sucursal de Lisboa para auditar los procesos de calidad: llevábamos meses recibiendo quejas de consumidores portugueses y nadie en la dirección sabía explicar por qué. Todos los directivos manejamos español e inglés, pero yo era la única que hablaba portugués con soltura. Por eso me tocó a mí.
Me asignaron un ingeniero informático como asistente para el análisis. Karim era un chico tunecino, culto, simpático y con esa rara habilidad de hacer fácil cualquier conversación. Lo conocí tres días antes del viaje y siempre venía con traje y corbata, como mandan los cánones de la empresa, aunque su puesto no se lo exigiera. La primera vez que lo vi vestido de calle fue en el aeropuerto, dos horas antes de embarcar. Me sorprendió que me saludara con dos besos en lugar de la mano, algo impropio con una jefa. No le di importancia.
En Lisboa nos esperaba un coche de la compañía. Nos llevó directos a la sucursal, donde el director nos recibió con una cortesía tan medida que rozaba la hostilidad. Le expliqué mi cometido y le dejé claro que veníamos a colaborar, no a fiscalizar su trabajo. Respondió con una sonrisa falsa que no engañaba a nadie. Entendí de inmediato que no nos lo iba a poner fácil.
Nos hospedaron en un apartotel del centro con vistas al Tajo y a los tejados de Alfama. Eran dos dormitorios, cada uno con su baño, separados por un salón común con dos escritorios y dos ordenadores: uno conectado a la sucursal portuguesa, el otro a la central en Estados Unidos. El sitio ideal para trabajar sin filtraciones ni oídos indiscretos.
La primera noche cenamos en una tasca al otro lado del río que yo ya conocía de viajes anteriores. Karim apareció con otro traje, esta vez sin corbata. Le dije que, mientras estuviéramos en el apartamento o fuera de la oficina, podía vestir como quisiera. Yo llevaba vaqueros, una blusa blanca y una americana de cuero azul. Él se rio y contestó que un traje sin corbata ya era, para sus criterios, ropa de domingo.
Los primeros días en la planta fueron tensos. Tuve que pedir acceso a procesos confidenciales y bajar a la línea de embotellado, donde saltaba a la vista todo lo que había que corregir: turnos mal cubiertos, registros incompletos, una disciplina relajada que nadie se molestaba en exigir. Las empleadas miraban a Karim con esa insistencia que solo conozco en las portuguesas, pero él las ignoraba con una elegancia natural. Era profesional hasta el detalle.
Esa misma tarde, ya en el apartamento, me pidió permiso para entrar en el ordenador del director. Le dije que ese era su trabajo, no el mío. No tardó ni diez minutos en avisarme de que estaba dentro. Nos sentamos hombro con hombro frente a la pantalla y me fue señalando los archivos protegidos con contraseña. Le pregunté si podía abrirlos y me dijo que sí, aunque le llevaría unas horas. Decidimos dejarlo para el día siguiente y bajamos a cenar.
La segunda noche, durante la cena, me fijé en que miraba mucho hacia la barra. Disimulando, fingí buscar algo en el bolso y me giré. Esperaba ver a una mujer. En cambio, lo que había era un hombre joven, solo, que apartó la vista en cuanto notó que me volvía. Al terminar, Karim me preguntó si me molestaba que se quedara a tomar una copa. Me extrañó que no contara conmigo, pero no insistí. Pagué con la tarjeta de la empresa y salí. En vez de marcharme, me quedé un momento al otro lado del cristal y lo vi acercarse a la barra y saludar a aquel desconocido. Me marché al apartamento más sorprendida que escandalizada. Lo último que esperaba era que fuera gay. Lo oí entrar de madrugada, casi a las cuatro.
A la tarde siguiente volví agotada. La jornada había sido durísima: tuve que poner al director en su sitio dos veces, amenazando con llamar a la central y abandonar la auditoría por falta de colaboración. Karim me vio la cara y supo enseguida que algo iba mal. Cogió su americana y dijo que lo que yo necesitaba era una copa. Le respondí que prefería descansar. Sin pedir permiso, llamó a recepción y pidió que nos subieran una botella de ginebra, tónicas y un cubo de hielo. Me gustó que tomara la iniciativa. La verdad es que era justo lo que me hacía falta.
Preparó dos gin-tonics y nos sentamos en el sofá de su cuarto. Entendió que lo último que quería era hablar de trabajo, así que me preguntó por mi vida. Le conté que tenía dos hijos ya independizados y un marido que viajaba demasiado. Él me habló de su infancia: era el cuarto de ocho hermanos y había llegado a España con diez años, de la mano de su hermano mayor, que hizo de padre para él. Estudió con becas, esforzándose el doble para no perderlas.
Le comenté, sin segundas, que lo había oído llegar de madrugada. Sonrió y me dijo que se había ido con el hombre de la barra, el que yo había visto al girarme. Me confesó que no le había quitado el ojo de encima en toda la cena y que, con un par de señas, habían quedado en tomar algo después. Le pregunté abiertamente si era gay y me respondió que sí, desde niño, y que nunca había estado con una mujer. Me contó que de adolescente sufrió el rechazo de las chicas por ser «el moro», y que una cosa lo llevó a la otra. Curiosamente, cuando veía porno en internet, prefería el de parejas heterosexuales. Me gustó su sinceridad, sin defensas ni complejos, y se lo dije con una copa de más encima.
Los días fueron pasando y nuestra relación se volvió más estrecha. Compartíamos información tan delicada que solo la remitíamos a Estados Unidos, ni siquiera a mis jefes en España. Casi todas las noches, después de cenar, veíamos algo en la televisión y nos tomábamos una copa para soltar la tensión del día. Y digo casi porque, de vez en cuando, él desaparecía. Lo oía llegar al amanecer y no lo ocultaba. Los viernes cogíamos cada uno su vuelo: yo a Valencia, él a Sevilla, a pasar el fin de semana.
A la tercera semana teníamos el trabajo muy adelantado. Un jueves le dije que ese fin de semana me quedaba en Lisboa, sin ganas de volver a casa, y que quería conocer Sintra. Me preguntó si lo aceptaba como compañía y decidimos quedarnos los dos. Le pedí que reservara las entradas al palacio para el sábado y le di mi tarjeta. El viernes alquilé un coche para todo el fin de semana.
El sábado por la tarde fuimos al Museu Gulbenkian. Me sorprendió lo documentado que estaba sobre arte antiguo; me hablaba de las salas egipcias y de los relieves como si los hubiera estudiado de joven, y yo lo escuchaba más pendiente de su entusiasmo que de las vitrinas. Aquel chico era una caja de sorpresas. Cenamos en una taberna del Bairro Alto y me propuso terminar en un local de espectáculos, alegando que Lisboa de noche no se entiende sin uno. No me hacía mucha gracia entrar en un garito con un hombre al que sacaba más de veinte años, convencida de que la gente nos miraría pensando lo que no era. Pero insistió, dijo que allí nadie nos conocía, y me dejé convencer.
El show no fue nada del otro mundo, aunque me alteró un poco. Lo divertido fue que Karim me preguntaba qué hacían las parejas del escenario, yo me inventaba las respuestas y los dos nos reíamos como críos. Al salir, me pasó el brazo por los hombros con gesto protector, porque la zona estaba llena de gente de la que conviene desconfiar de noche, y yo me agarré a su cintura. Paramos un taxi y, ya en el apartamento, le propuse la última copa. Al fin y al cabo, el domingo no había que madrugar.
Nos cambiamos cada uno en su cuarto. Él volvió con un pantalón corto de deporte y una camiseta ajustada sin mangas. Yo me puse un pijama de verano, pantalón corto y camisola, el tipo de ropa que no me habría puesto delante de un hombre que no fuera mi marido. Pero con Karim me sentía a salvo, como con otra mujer. Preparó los gin-tonics, yo busqué una película en un canal de la cadena, y nos acomodamos en el sofá.
Al rato subí los pies al sofá y empecé a masajeármelos, quejándome de los tacones de aguja que había aguantado todo el día. Él se ofreció a hacerlo y acepté al instante. Me preguntó si tenía crema; fui a buscarla y volví a sentarme con las piernas estiradas sobre sus muslos. Me untó los pies y empezó a presionar. Sabía exactamente lo que hacía.
De los pies pasó a los gemelos, clavándome los pulgares en el músculo y arrastrándolos hacia abajo. Al principio veía las estrellas; después me rendí, agradecida. Tenía las manos fuertes y pacientes, y trabajaba cada nudo sin prisa, como si tuviéramos toda la noche por delante. Me preguntó si quería que me aflojara los muslos y, un poco cohibida, le dije que sí. Acerqué las piernas y entonces lo noté. Mi pantorrilla quedó pegada a su cintura y lo que sentí allí solo podía ser una cosa. Estaba empalmado. Lo que había empezado como un masaje me dejó, de pronto, húmeda y desconcertada.
Me quedé muy quieta, midiendo cada gesto, sin saber si aquello era un accidente o una invitación. Él tampoco se movió. Seguía apretándome el muslo con un ritmo lento, fingiendo que no pasaba nada, mientras la tensión entre los dos se volvía imposible de ignorar. Por la ventana entraba el rumor lejano del tranvía y la luz anaranjada de las farolas del muelle. Nunca, en veinticinco años de matrimonio, había deseado tanto que un hombre cruzara una línea que ninguno se atrevía a nombrar.
Me dejé llevar. Cada vez que sus manos subían por mi muslo, yo deseaba que siguieran hasta el centro, aunque no dije nada. Empecé a rozarle con la pierna, fingiendo que era el efecto del masaje, hasta que decidí apostar fuerte. Le cogí una mano y me la metí por dentro de la pernera; con la otra me acaricié yo misma por encima del vientre. Se tensó. Pero un instante después noté que me tocaba por iniciativa propia. Buscó el camino por debajo de la cinturilla y deslizó un dedo dentro.
Cuando añadió un segundo dedo, sumado a mi propio roce, llegué a un orgasmo que ni intenté disimular. Sacó la mano y se quedó mirándola, perplejo. Le cogí los dedos y me los llevé a la boca, despacio. Le pedí que se pusiera de pie y obedeció como un autómata, todavía sin creerse que acababa de tocar así a una mujer por primera vez en su vida.
Le bajé el pantalón. Pensé en metérmela en la boca, pero el pudor y el miedo al rechazo me frenaron, así que me conformé con acariciársela con las dos manos. Era impresionante, gruesa y larga como en una película. Él, torpe, me coló una mano por el escote y jugó con mi pezón mientras yo subía y bajaba a lo largo de aquel tronco. En cuanto noté que se venía, lo giré hacia un lado para que no me manchara. Después le pasé un dedo por la punta y lo chupé.
Nos quedamos los dos sin saber qué decir. La película seguía sonando, ignorada; apagué el televisor. Le pregunté cómo se encontraba. Me dijo que bien, aunque confundido, porque jamás había imaginado que algo así pudiera pasarle. Eran más de la una. Le dije que era hora de dormir y se fue a su cuarto. Sola en la cama, saqué de la maleta el vibrador que siempre me acompaña en los viajes, regalo de mi marido, y me hice venir dos veces más antes de quedarme dormida.
***
El domingo dedicamos la mañana a Sintra. Karim me iba explicando la historia del palacio, los estilos de cada época, como si fuera guía de profesión. Ninguno de los dos mencionó lo de la noche anterior; actuábamos como si no hubiera ocurrido. Pero era cuestión de tiempo. Al volver, entramos en el ascensor casi sin mirarnos, como dos críos a las puertas de un pecado, con las ganas flotando en el aire desde la mañana.
Le dije que me daría una ducha antes de cenar y, casi sin pensarlo, lo invité a ducharse conmigo. Se puso rojo como un tomate, incapaz de mirarme. Me acerqué, lo abracé y le susurré al oído que, si se sentía incómodo, lo olvidábamos. Su reacción me dio la razón. Me estrechó entre sus brazos, buscó mi cara y, cuando le lamí el labio inferior, se rompieron todas las barreras de golpe. Nos besamos como dos desesperados, y yo era muy consciente de que para él todo aquello era nuevo.
Nos desnudamos despacio, descubriéndonos por partes, alargando la incertidumbre. Él ya estaba erecto; yo, mojada. Lo llevé de la mano a la ducha, nos enjabonamos el uno al otro y aproveché para tenerlo a punto. Aclarados, me agaché y lo tomé en la boca, jugando con la lengua. Salimos sin secarnos siquiera y caí sobre la cama con él encima.
Me coloqué arriba, asumiendo el papel que sabía que él no podría llevar. Lo besé sin prisa, mordiéndole apenas el labio, y noté cómo se entregaba sin defensas, dejando que yo marcara el paso. Bajé por su cuerpo con la lengua, me detuve en sus pezones, los mordí con suavidad y sentí cómo respondía debajo de mí. Volví a chupársela un poco y luego me acomodé sobre sus caderas. Mirándolo a los ojos, me dejé caer despacio hasta empalarme del todo. La sensación de aquel pene enorme abriéndose paso me hizo contener el aliento. Empecé a mover las caderas en círculos, buscando el roce justo, y tuve dos orgasmos seguidos antes de que él se viniera sobre mi vientre. Me dijo, casi disculpándose, que entre hombres acostumbraba a no terminar dentro sin preservativo. Tomé nota: si esto iba a continuar, tocaba comprar condones. No por embarazo, eso ya quedaba lejos para mí, sino por sentido común.
No habían pasado diez minutos cuando volvió a empinarse. Le ofrecí una felación y aceptó al vuelo. La verdad es que no me reconocía: era la primera vez que le ponía los cuernos a mi marido y estaba completamente desatada. Se la chupé despacio, cambiando el ritmo, jugando con los testículos, hasta que le permití terminar. Después, cuando yo volvía a estar caliente, él se ofreció a devolverme el favor. Me separó las piernas, se colocó en medio y hundió la cara con un deleite que no era de compromiso. Me llevó a un orgasmo largo y lento, y luego a otro tan intenso que tuve que apartarlo porque no soportaba más contacto. Me dijo que le había encantado, aunque no sabía si sería capaz de hacérselo a otra mujer. Y los dos nos reímos.
***
El lunes por la mañana lo encontré ya trabajando: se le había ocurrido una idea durante el fin de semana y no quería perderla. Esa misma tarde, paseando por el barrio de las tiendas de discos, compré dos vinilos de jazz para mi marido, que los colecciona, y de paso una caja de condones y un frasco de aceite de masaje. Karim insistió en la caja grande, asegurando que la pequeña se nos quedaría corta, y al ver la cara del farmacéutico no pudimos aguantar la risa.
Esa noche fui yo quien preparó la sorpresa. Le pedí que confiara, lo coloqué boca abajo y empecé a recorrerle con el aceite, abriéndolo despacio con un dedo y luego con dos. Cuando se relajó del todo, saqué del cajón el vibrador, enfundado en un preservativo. Giró la cabeza, lo vio y una sonrisa de oreja a oreja le cruzó la cara. Le pedí que aflojara y entró con una facilidad que me sorprendió. Lo encendí, fui subiendo la intensidad desde el móvil y él prefirió darse la vuelta para mirarme mientras se movía contra el juguete.
Acabamos en sesenta y nueve, su lengua entre mis piernas y mi boca sobre él, mientras seguía moviéndole el vibrador. Cuando noté el sabor salado supe que se venía, y me apliqué para acompañarlo. En el mismo instante, su dedo y su lengua me hicieron estallar a mí también. Desde aquel día, aquel regalo de mi marido nos dio más juego del que jamás imaginé. Una semana más tarde compramos un arnés y un segundo juguete de tacto natural, y aprendimos a turnarnos los papeles sin que ninguno se sintiera fuera de lugar.
***
Llevábamos un mes y medio en Lisboa cuando dimos por cerrada la auditoría. Firmé el dictamen y lo envié a la central. A mí me felicitaron; al director portugués lo destituyeron dos días después. Regresamos a España y mi marido nos recogió en el aeropuerto. Los presenté y él insistió en invitar a Karim a comer antes de que cogiera su vuelo a Sevilla. Karim declinó con educación, y nunca volví a verlo en persona, solo por videoconferencia, siempre con otros compañeros delante, siempre por trabajo. Tiempo después, cuando se jubiló el subdirector de seguridad informática de la planta de Sevilla, recomendé a Karim para el puesto. Lo merecía.
A veces pienso que, además de un gran profesional, se había ganado el cargo a base de noches conmigo. Y que merecía las dos cosas. Nunca había tenido tanto sexo, ni con tanta intensidad, como en aquellos dos meses. Toda una aventura, a mis años, con un chico al que las mujeres le eran un territorio sin descubrir.





