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Relatos Ardientes

La nochevieja en que el hijo de mis amigos me deseó

Ocurrió una nochevieja de la que ya hace unos cuantos años. Yo rondaba los sesenta y Adrián, el hijo de unos amigos de toda la vida, tendría poco más de veinte. Mi marido y yo fuimos a cenar y a tomar las uvas a casa de Tomás y Carmen, como cada fin de año desde que tengo memoria. También se sumó otro matrimonio amigo de los anfitriones, así que éramos siete alrededor de la mesa. La casa, un chalet en las afueras de Valencia, olía a romero y a leña, y tenía esa calidez de las reuniones que se repiten año tras año sin que nadie se canse de ellas.

Aquella noche me arreglé con más esmero del habitual. Me puse una falda negra de vuelo, por encima de la rodilla, y una blusa blanca con algunas transparencias estudiadas. Medias hasta el muslo, también negras, y unos zapatos rojos que hacía meses no estrenaba. Debajo, un conjunto de encaje que me levantaba el pecho y dejaba a la vista un canalillo del que, a mi edad, todavía me sentía orgullosa. No sé exactamente para quién me vestí así. Una mujer no siempre lo sabe.

—Estás guapísima —me dijo mi marido sin levantar la vista del móvil.

Lo dijo de pasada, como quien comenta el tiempo. Sonreí y no respondí.

Cenamos largo y bien, con demasiado vino y esas conversaciones que solo tienen sentido entre gente que se conoce hace décadas. Cuando terminamos, Carmen, Adrián y yo nos pusimos a recoger la mesa mientras los demás preparaban las copas en el salón. Fue entonces cuando empecé a notarlo.

Adrián se rozaba conmigo. Me tocaba el brazo al pasarme un plato, me apoyaba la mano en la espalda al esquivarme en el pasillo de la cocina, todo con una naturalidad que casi parecía casual. Casi. Yo lo conocía desde que era un bebé, lo había visto crecer en cumpleaños y veranos, así que al principio no le di importancia. Pero llevaba un tiempo mirándome de otra manera, y esa noche esa manera se había vuelto descarada.

—Qué guapa vienes hoy, Marisa —me soltó cuando Carmen salió un momento con una bandeja.

Me había llamado por mi nombre como nunca lo hacía, despacio, saboreándolo.

—Gracias, corazón —contesté, y le di un beso en la mejilla.

Él aprovechó el gesto para posarme las manos en la cintura, justo por encima de las caderas, y dejarlas ahí un segundo de más. No fue el roce de un crío. Fue el de un hombre que sabe lo que quiere. Esto no está pasando, pensé. Pero el calor que me subió por el cuello decía lo contrario.

Volvimos al salón disimulando. Mientras llegaba la hora de las uvas nos servimos más copas y charlamos todos juntos. Yo me senté en un sillón, crucé las piernas y dejé que la falda se abriera lo justo para insinuar el muslo enfundado en la media. Adrián ocupó una silla justo enfrente. No hizo el menor esfuerzo por disimular hacia dónde miraba. Sus ojos recorrían mis piernas con un descaro que tendría que haberme molestado y que, en cambio, me encendía.

Los hombres acabaron sacando la baraja y enredados en una partida de cartas. Las mujeres pusimos música y seguimos charlando, pero yo apenas escuchaba. Cada vez que levantaba la vista, me encontraba la suya esperándome.

***

Pasada la medianoche, después de las uvas y los abrazos de rigor, me levanté a rellenar mi copa. No quedaba hielo en la cubitera, así que fui a la cocina a buscarlo. La casa estaba en penumbra; solo la luz del extractor iluminaba la encimera. Abrí el congelador y, mientras forcejeaba con la bolsa de hielo, unos brazos me rodearon la cintura por detrás.

Cerré los ojos. Que sea él. Por favor, que sea él.

Eché la cabeza hacia atrás sin abrirlos. Una lengua tibia me recorrió el cuello, lenta, mientras aquellas manos subían desde mi cintura hasta cubrirme el pecho por encima de la blusa. Era Adrián. Lo supe por el tamaño de las manos, por el aliento a vino y por el modo en que me apretó contra su cuerpo. Coloqué mis manos sobre las suyas, que me masajeaban sin prisa, y noté contra la espalda lo dura que estaba su excitación.

—Te deseo, Marisa —me susurró al oído—. Te deseo desde hace años.

Aquello terminó de prenderme. Tenía edad para ser su abuela y, sin embargo, hacía mucho que no me sentía tan mujer. Estaba mojada, lo notaba, y la sola idea de lo que estábamos a punto de hacer me cortaba la respiración. Su boca subió desde mi hombro hasta la comisura de mis labios. Giré la cara, abrí la boca y le ofrecí la lengua. Ya no había vuelta atrás.

—Aquí no —murmuré con un hilo de voz—. Nos van a oír.

Él me cogió de la mano y, con un sigilo que solo tiene quien lleva tiempo imaginando el momento, tiró de mí hacia las escaleras del garaje. Bajamos a oscuras, entre besos torpes y manos que no encontraban dónde detenerse. El aire frío del sótano me erizó la piel. Adrián me apoyó contra el lateral de uno de los coches y pegó su cuerpo al mío.

El sitio lo hacía todo más sucio, más urgente. A unos metros, sobre nuestras cabezas, nuestras parejas reían y barajaban cartas sin sospechar nada. Esa cercanía del peligro me calentaba más que cualquier caricia. Le comí la boca mientras le hundía las manos en la espalda, y él respondió bajándome por la nuca hasta la cintura con una mezcla de delicadeza y hambre que me desarmó.

Le busqué la bragueta y se la abrí despacio. Cuando mi mano se cerró alrededor de su polla, dura y caliente, con el glande ya descubierto, lo oí gemir contra mi pelo. Empecé a moverla lento, de arriba abajo, sintiéndola endurecerse aún más a cada pasada. Él me mordía los labios, el cuello, cualquier trozo de piel que alcanzara.

—Para —jadeó, separándose un momento—. Si sigues así, esto se acaba enseguida.

Me sostuvo la cara entre las manos y me miró a los ojos en la penumbra. Luego, con una voz ronca que no le conocía, añadió:

—Ponte de rodillas.

No era una pregunta y yo no quería que lo fuera. Me arrodillé sobre el cemento frío y me la llevé a la boca entera. La chupé con unas ganas que ni yo me esperaba, deseando notarlo correrse contra mi paladar. Pero Adrián tenía otros planes. Me sujetó del pelo con suavidad, sacó la polla de mi boca y me hizo levantarme.

—Date la vuelta —dijo.

Me giró de cara al coche. Sentí cómo me subía la falda hasta la cintura, cómo apartaba el tanga a un lado con el pulgar. Después me metió un dedo, luego dos, y empezó a moverlos dentro de mí mientras me besaba la nuca. Apoyé la frente contra el cristal helado del coche y dejé de pensar.

—Hazlo ya —le pedí entre dientes—. Por favor.

Notó hasta qué punto lo necesitaba. Colocó la punta en mi entrada y, de una sola embestida, me la metió hasta el fondo. Tuve que morderme la mano para no gritar. Empezó a moverse con un ritmo firme, acompasando sus caderas con el vaivén de las mías, y a cada empujón me susurraba al oído lo mucho que me deseaba.

—Me vuelves loco desde hace años —me dijo con la voz entrecortada—. Cada vez que te arreglas para estas cenas pienso en esto. No te imaginas las veces que me he tocado pensando en ti.

Saber que aquel chico al que había visto crecer fantaseaba conmigo me llevó al límite antes de lo que esperaba. El orgasmo me recorrió entera, intenso y silencioso, y tuve que apretar los dientes para no delatarnos. No me detuve. Quería más. Empujé hacia atrás contra él, marcando yo el ritmo, persiguiendo el siguiente.

Llegó pronto, sacudiéndome de arriba abajo, y en ese instante lo oí contenerse:

—No aguanto más. Me voy a correr.

Apreté con fuerza, encerrándolo dentro de mí, hasta que noté sus espasmos y el calor de su semen llenándome. No la sacó. Siguió moviéndose despacio, alargando el momento, y aquel vaivén suave bastó para arrancarme un último temblor que me dejó sin piernas.

***

Nos quedamos un rato así, recuperando el aliento, todavía unidos, mientras arriba seguía sonando la música y el repiqueteo de las fichas sobre la mesa. Adrián me besó el hombro con una ternura que contrastaba con todo lo anterior.

Me bajé la falda, me recoloqué la blusa y me arreglé el pelo lo mejor que pude a oscuras. Él se abrochó la bragueta y me miró con una sonrisa entre culpable y satisfecha.

—Sube tú primero —le dije, dándole un último beso largo—. Yo voy en un minuto, a por el hielo.

Cogí por fin la bolsa del congelador, me lavé las manos en el fregadero y me miré en el reflejo oscuro de la ventana. Tenía las mejillas encendidas y los ojos brillantes de una mujer mucho más joven. Respiré hondo y volví al salón con la cubitera, como si nada hubiera pasado.

—¿Dónde te habías metido? —preguntó mi marido sin apartar la vista de sus cartas.

—No encontraba el hielo —contesté, y me serví la copa con un pulso sorprendentemente firme.

Adrián, sentado de nuevo frente a la baraja, levantó la vista un segundo y me sostuvo la mirada. Brindé en silencio hacia él, di un sorbo y me dejé caer en el sillón con las piernas cruzadas. Fue, sin duda, la mejor nochevieja de mi vida. Y, durante muchos años, también el mejor de mis secretos.

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Comentarios(6)

Carmen_Vidal

Que relato tan lindo, lo lei de un tiron!!!

Silvina_hn

Por favor seguila, quede con ganas de saber como termino esa noche

Beatriz_mx

Me encanto como captaste esa tension, esas noches de fin de año guardan muchas sorpresas jaja. Muy bien escrito!

NachoBA_77

de los mejores que lei ultimamente, gracias

RubinaLectora

Me recordo a una noche similar, hay momentos que quedan guardados para siempre. Preciosa historia :)

TotoBA

Y despues que paso?? necesito saber!

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