La actriz que volvió a mi vida una sola noche
Llevaba un mes ojeando la cartelera del Teatro Circo de Cartagena cuando vi el nombre de la compañía anunciado en letras grandes. Una obra de una conocida producción regional, y entre el reparto, una vieja amiga a la que no veía desde hacía años. No lo pensé demasiado. Entré en la web del teatro y compré una localidad antes de cerrar la página, como si temiera arrepentirme.
Unos días antes de la función la llamé al móvil. El corazón me latía un poco más rápido de lo que quería admitir mientras escuchaba el tono.
—Hola, Marina. Soy Andrés. ¿Cómo estás?
—¡Andrés! —Su voz sonó genuinamente alegre—. Estoy bien, muy liada con la obra, pero bien. ¿De dónde sales tú ahora?
—Resulta que en unos días actuáis aquí, en Cartagena. Ya tengo mi entrada. ¿Tendrás un rato para vernos?
—Claro que sí. Mejor después de la función, ¿te parece? Así nos sentamos con calma y recordamos viejos tiempos. Me hace muchísima ilusión.
—Entonces reservo mesa en algún sitio cerca del teatro y cenamos, si no tienes ningún compromiso con la compañía.
—Hecho. Te llamo cuando lleguemos a la ciudad. Un beso.
Colgué y me quedé mirando el teléfono un momento más de lo necesario.
***
El día de la función andaba inquieto, y reconozco que el motivo no era el teatro. Hacía más de cuatro años que no veía a Marina. La recordaba como era entonces: una mujer joven, dinámica, de melena oscura y ojos castaños, con un cuerpo que llamaba la atención sin proponérselo. Era algo más baja que yo, de andar decidido, de los que entran en una habitación y la ordenan a su alrededor sin pedir permiso.
A media mañana sonó el móvil.
—Acabamos de llegar al teatro —me dijo—. Tenemos toda la mañana de montaje, escenografía, luces y ensayo. Te confirmo lo de esta noche. ¿Sigue en pie?
—En pie. Si puedo, me paso antes de la función y te saludo.
—Perfecto. Si vienes, entra por la zona de carga, das directo a los camerinos. El mío es el ocho. Tengo unas ganas tremendas de verte.
Fui. Entré por la puerta lateral, recorrí un pasillo de paredes desnudas y cables pegados al suelo con cinta, y llamé a la puerta marcada con un ocho descascarillado.
—¡Pasa! —gritó una voz desde dentro.
Marina estaba de espaldas, frente al espejo rodeado de bombillas, y se giró al reconocerme. Por un segundo nos quedamos quietos, midiendo el paso del tiempo en la cara del otro. Después se acercó y nos fundimos en un abrazo largo, de esos que dicen más que cualquier conversación.
Cuando me separé para mirarla, tenía delante a una mujer más madura que la que recordaba, pero igual de luminosa. Quizá más. Los años le habían dado una serenidad nueva, una manera de sostener la mirada que antes no tenía. Y unas tetas que el sujetador del vestuario apretaba de tal forma que costaba no bajar los ojos cada dos frases.
—Estás preciosa —le dije, todavía con sus manos entre las mías.
—Tú tampoco estás nada mal. El tiempo no se ha portado mal contigo. —Y me dio una palmada juguetona en la cadera, riéndose, con la mano quedándose ahí un segundo de más, rozándome la bragueta como sin querer.
—Te dejo, que me voy a la cola. Disfruta de la función.
—Espérame luego en la recepción, junto a la puerta principal. No te escapes.
La besé en la mejilla y salí con la polla ya empezando a moverse dentro del pantalón. Durante toda la obra apenas pude concentrarme en la trama. La buscaba a ella en cada escena, y cada vez que aparecía, algo en el pecho —y más abajo— se me apretaba un poco.
***
Terminada la representación, esperé en la recepción tal como me había pedido. Pasaron unos diez minutos hasta que la vi subir por las escaleras que bajaban al foso. Se había cambiado: vaqueros, camisa y una cazadora también vaquera. Sin maquillaje de escena parecía aún más real, más cercana. Los vaqueros le marcaban el culo de una manera que me obligó a apartar la vista.
—¿Qué tal después del éxito? —le pregunté.
—Cansada y muerta de hambre —se rió—. Espera, dejo la maleta en portería y pregunto hasta qué hora se quedan los porteros.
Volvió a los pocos minutos y salimos del teatro agarrados del brazo, como hacíamos años atrás. Caminamos hasta un restaurante cercano, El Faro, un sitio que yo frecuentaba y donde había reservado mesa para dos.
—Buenas noches, don Andrés —me saludó el camarero—. Su mesa es la del fondo, junto al ventanal, la más tranquila del salón, como pidió.
Nos sentamos. Pedimos vino, comimos sin prisa y hablamos durante horas de todo lo que habíamos sido y dejado de ser. Anécdotas viejas, nombres que llevábamos años sin pronunciar, una risa que se contagiaba de uno a otro. Cada tanto se mordía el labio inferior cuando pensaba, un gesto suyo de siempre que me devolvía de golpe a la persona que fui con ella. Bajo la mesa, en algún momento del segundo vino, sentí la punta de su pie descalzo subiéndome por la pantorrilla y quedándose ahí, quieta, mientras ella seguía hablando como si nada.
Pagué la cuenta entre protestas suyas y salimos de nuevo a la calle, de vuelta al teatro a recoger su maleta.
—¿Tienes hotel reservado? —le pregunté por el camino, intentando que sonara casual.
—No. Como había quedado contigo, les dije a mis compañeros que no me apartaran habitación. —Me miró de reojo—. Igual fui una imprudente.
—Para nada. Te quedas en casa, faltaría más.
Algo dentro de mí se encendió con esa respuesta tan simple. Recogimos la maleta y caminamos hasta mi piso, un quinto detrás de la antigua plaza, con vistas a los tejados de la ciudad vieja.
***
Le mostré el cuarto de invitados, al lado del mío.
—Oye, ¿puedo darme una ducha? Después de la función no me dio tiempo. Así no te hago esperar luego.
—Por supuesto. Estás en tu casa. Las toallas están en el armario del baño, y ahí tienes de todo.
—Qué lata te estoy dando.
—Ninguna lata. Me alegra muchísimo que hayamos vuelto a encontrarnos.
Marina entró en el baño y al rato escuché el agua correr. Yo me dejé caer en el sofá del salón, encendí la televisión y, sin darme cuenta, con el cansancio y el vino, me quedé dormido.
No sé cuánto tiempo pasó. Me despertó el roce de unos labios en la frente, y luego en la boca. Abrí los ojos y la tenía delante, recién duchada, con el pelo todavía húmedo cayéndole sobre los hombros y los ojos brillándole bajo la luz tenue del salón. Llevaba puesto un conjunto delicado, de un azul claro que apenas disimulaba nada: un sujetador de encaje que le levantaba las tetas hasta hacer que asomaran los bordes oscuros de los pezones, y una braguita minúscula del mismo color, tan fina que se le marcaba la raja del coño por debajo.
—Vaya recibimiento —murmuré, todavía medio dormido y ya con la polla dura contra la cremallera—. Estás increíble.
—Gracias por el cumplido. —Sonrió con una calma desarmante—. ¿No te molesta que esté así?
—Al contrario. El problema es justo el contrario.
Se rió por lo bajo y se acomodó en el sofá, a mi lado, subiendo una pierna sobre la mía para que sintiera el calor del interior de su muslo. Cogió mi copa, dio un sorbo y me la devolvió.
—¿Quieres una para ti? —le ofrecí.
—No hace falta. Con la tuya bebemos los dos.
Dio otro sorbo y se quedó mirándome a los ojos, fija, como si intentara leer exactamente lo que me pasaba por la cabeza en ese momento. Y supongo que no le costó adivinarlo, porque el bulto en mi pantalón se explicaba solo. La hora, la penumbra, el silencio del piso, ella tan cerca. Intercambiamos una sonrisa que ya no tenía nada de inocente.
—Se te nota —susurró, bajando la mano y apretándome la polla por encima de la tela—. Y bien dura, además.
—Llevo así desde el camerino —admití.
—Lo sé. Te lo vi. Por eso me toqué en la ducha pensando en ti, para llegar aquí un poco más templada. No me ha servido de nada.
***
Se deslizó del sofá y se arrodilló frente a mí, sin dejar de sostenerme la mirada ni un segundo. Llevó las manos a mi cintura con una lentitud calculada, disfrutando del momento, alargándolo a propósito. Yo sentía el pulso en las sienes y la respiración entrecortada.
Bajó la cremallera del pantalón despacio, tan despacio que se me hizo eterno. Cada diente que cedía era un pequeño tirón en el bajo vientre. Después coló los dedos por debajo del calzoncillo con una suavidad que me arrancó un escalofrío, recorriéndome la piel como quien reconoce un territorio que llevaba tiempo queriendo visitar. Cada caricia parecía medida para hacerme esperar un poco más. Me sacó la polla de un tirón limpio y se la quedó mirando un momento, con la boca entreabierta, antes de rodearla con el puño y masturbarme muy despacio, apretando en la base, subiendo hasta la punta y bajando otra vez.
—Menuda polla tienes —murmuró, más para sí misma que para mí—. Cómo la he echado de menos sin haberla probado nunca.
Se agachó y me lamió desde los huevos hasta el glande de una sola pasada lenta, aplastando la lengua contra la vena de abajo. Luego repitió, dos, tres veces, ensuciándome la polla de saliva hasta dejármela brillante. Cuando abrió la boca y se la metió entera, la sentí bajar hasta el fondo de su garganta y quedarse ahí unos segundos, con los ojos aguándosele, antes de retirarse a por aire con un hilo de baba colgando del labio.
—Joder, Marina —jadeé, agarrándole el pelo húmedo con las dos manos.
—Cállate y déjame —dijo, sonriendo con la boca embadurnada—. Llevo cuatro años imaginándome esto.
Y volvió a comérmela. Empezó a mamar en serio, subiendo y bajando la cabeza a un ritmo constante, haciendo un vacío con las mejillas que me tiraba de la punta cada vez que llegaba arriba. La lengua le trabajaba por debajo, envolviéndome, apretándome contra el paladar. Con la mano libre me acariciaba los huevos, se los pasaba por la palma, los apretaba con suavidad. De vez en cuando se sacaba la polla de la boca y la usaba para golpearse las mejillas y los labios, riéndose por lo bajo, antes de tragársela otra vez hasta el fondo.
Estuvo así un buen rato, marcando un ritmo que me volvía loco, alternando la pausa con la intensidad hasta que dejé de pensar del todo. Cuando notaba que me acercaba, aflojaba, me lamía los huevos, me chupaba la punta como si fuera un caramelo, y esperaba a que la ola bajara para volver a subírmela desde cero. La tensión se acumuló igual que una ola que crece y crece, y cuando ya no pude contenerme, se la avisé apretándole el pelo. Ella respondió metiéndomela hasta el fondo y aguantando ahí.
—Me corro, Marina —gemí.
—Mmmm —fue todo lo que contestó, sin sacársela.
Me dejé ir con un gruñido largo, vaciándome dentro de su boca en varias sacudidas. Ella no se apartó ni un milímetro. Tragó cada chorro, apretando los labios alrededor de la base para no dejar caer nada. Cuando por fin me sacó la polla, abrió la boca para enseñarme que estaba limpia, sonriendo con una satisfacción de las que no se olvidan, y luego pasó la lengua por el glande recogiendo la última gota.
—Rica —dijo, relamiéndose—. Ahora me toca a mí.
Tiré de ella hasta subirla al sofá y la tumbé de espaldas, con las piernas abiertas encima de mis muslos. Le arranqué la braguita azul de un tirón lateral y me quedé mirando el coño depilado, brillante de tan mojado que estaba, con los labios hinchados y separados. Bajé la cabeza y le clavé la lengua entre los pliegues sin ceremonia, de abajo hacia arriba, saboreando lo empapada que la había puesto mamármela.
—Joder —gimió ella, arqueándose—. Sí, ahí, así.
Le trabajé el clítoris con la punta de la lengua, dando vueltas, chupándoselo con los labios, alternando con lametones largos y planos que le recorrían el coño de una punta a la otra. Le metí dos dedos y los curvé buscando el punto de dentro, apretando contra esa zona esponjosa mientras seguía comiéndoselo. Ella empezó a moverse contra mi cara, agarrándome el pelo, dictándome el ritmo con las caderas.
—No pares, no pares, no pares —repetía, con la voz cada vez más aguda—. Me voy, Andrés, me voy.
Le chupé el clítoris más fuerte, sin soltarlo, mientras los dedos de dentro seguían martillándole el punto, y ella se corrió con un grito ahogado, apretándome las piernas alrededor de la cabeza, echándome un chorro caliente contra la barbilla. Le seguí lamiendo despacio hasta que el temblor se le fue apagando y me apartó, riéndose y jadeando a la vez.
—Ven aquí, cabrón —dijo, tirando de mí—. Fóllame ya, que me tienes loca.
Me subí encima. La polla se me había vuelto a poner dura sólo de comérselo. Le puse la punta en la entrada y empujé de una vez, hasta el fondo. Los dos gemimos a la vez. Estaba tan mojada que entré sin resistencia, y tan estrecha que sentí cada centímetro apretándome.
—Qué bien me llenas —jadeó ella, agarrándome el culo con las dos manos y clavándome las uñas—. Dámela toda.
Empecé a follármela despacio, sacándomela casi entera y metiéndomela hasta el fondo con cada embestida, viendo cómo se le sacudían las tetas contra el sujetador que aún llevaba puesto. Le bajé los tirantes, le liberé los pechos y me agaché a chupárselos, mordiendo los pezones duros mientras el ritmo se iba acelerando por sí solo.
—Más fuerte —pidió—. Como si me quisieras romper.
La agarré por las caderas y empecé a machacármela en serio, golpeándole el culo contra mis muslos, oyendo el chapoteo del coño empapado con cada embestida. Ella me clavaba los talones en la espalda, echando la cabeza para atrás contra el brazo del sofá, con la boca abierta.
—A cuatro patas —le dije, sacándomela de golpe.
Se giró sin protestar, apoyándose sobre las rodillas y los codos, con el culo levantado hacia mí. Le separé las nalgas con los pulgares, vi el coño rojo y palpitante y el ojete pequeño encima, y volví a metérsela de un empujón hasta que mi vientre chocó contra sus glúteos. Desde ahí la follé sin piedad, agarrándola de la cintura, del pelo, de donde pudiera cogerla, viéndole el arco de la espalda y cómo se dejaba hacer con la cara aplastada contra el cojín.
—Ay dios, ay dios —jadeaba ella—. Me voy a correr otra vez, no pares.
Le pasé una mano por debajo y le busqué el clítoris, frotándoselo con dos dedos al mismo ritmo que las embestidas. Marina se puso a temblar entera, apretó el coño alrededor de mi polla como un puño y se corrió por segunda vez, con un gemido ronco que le salió del estómago, empapándome los muslos.
Aguanté un poco más, con ella todavía temblando, y cuando noté que se me venía otra vez, se la avisé.
—Dentro —dijo, mirándome por encima del hombro con los ojos entornados—. Córrete dentro. Tomo la píldora. Quiero notarlo.
Me bastó con eso. Un par de embestidas más, hasta el fondo, y me vacié dentro de ella con la mandíbula apretada, sintiendo cómo mi corrida se mezclaba con la suya y se le escapaba por los bordes del coño mientras seguía metiéndosela hasta la última sacudida. Me quedé quieto un momento, hundido, notando los latidos de su coño alrededor de mi polla, antes de sacármela despacio y dejarme caer a su lado en el sofá, empapado en sudor.
Después subió a besarme, despacio, con la boca cálida y la lengua suave, y me abrazó como si quisiera quedarse en ese instante para siempre. Nos quedamos así un rato largo, en silencio, escuchando nuestras respiraciones acompasarse, con su mano jugando distraídamente con mi polla ya blanda, empapada de los dos.
—No recordaba esto —le confesé al oído.
—Yo tampoco —dijo ella—. Y eso que lo pensé muchas veces.
***
Nos quedamos dormidos en mi cama, enredados, sin necesidad de hablar. A la mañana siguiente me despertó el ruido del agua. Marina se había levantado antes que yo y estaba lavándose la cara frente al espejo del baño, desnuda, con las marcas de mis dedos aún visibles en las caderas.
Me acerqué por detrás, la rodeé con los brazos y le besé el cuello. Ella echó la cabeza hacia atrás, apoyándose en mí, y notó al instante que ya tenía la polla dura otra vez, apretada contra la curva de su culo.
—Otra vez —murmuró sonriendo, restregándose despacio contra mí.
—No he podido evitarlo. Despertar contigo así...
Se inclinó hacia delante, apoyando las dos manos en el lavabo, y separó las piernas mirándome por el espejo. No hicieron falta más palabras. Me agarré la polla, se la puse en la entrada —todavía resbaladiza de la noche anterior— y me la metí de una embestida hasta el fondo, viendo su cara en el reflejo, la boca abierta, los ojos cerrados.
La follé así, contra el lavabo, mirándonos los dos en el espejo, con sus tetas balanceándose al ritmo de mis embestidas y sus gemidos rebotando en los azulejos. No duré mucho. En pocos minutos ya me estaba corriendo dentro otra vez, agarrado a sus caderas, mordiéndole el hombro para no gritar. Ella se corrió justo después, con dos dedos suyos frotándose el clítoris y mi polla clavada hasta el fondo, apretando el culo contra mí en cada sacudida.
—Buenos días —murmuró sonriendo al espejo, antes de meterse en la ducha, con un hilo blanco resbalándole por el interior del muslo.
Volví a la habitación con las piernas todavía temblando. Cuando regresó, envuelta en una toalla y con el pelo recogido, me senté en el borde de la cama y la observé moverse por el cuarto con esa naturalidad que solo dan los años de confianza.
—¿Cuándo voy a poder devolverte lo de anoche? —le pregunté—. Aunque creo que hemos empatado en el baño.
—En un mes vuelvo a estar por aquí —respondió, divertida, dejando caer la toalla para vestirse sin ningún pudor—. La compañía repite gira. Así que tendrás tu oportunidad. Y la pienso cobrar con intereses. Traigo juguetes.
—Joder, Marina.
—Tú tranquilo. Ya verás.
Desayunamos juntos, sin prisa, con la luz de la mañana entrando por la ventana. Hablamos de futuros encuentros como si fuera lo más normal del mundo, como si aquellos cuatro años de silencio no hubieran existido nunca.
Después la acompañé a la puerta. Nos despedimos con un beso largo, con su mano deslizándose una última vez por encima de mi bragueta.
—Te llamaré todos los días —le prometí.
—Más te vale. Y quiero fotos.
La vi alejarse por el pasillo de la planta, con la maleta a rastras, hasta que dobló la esquina y desapareció. Cerré la puerta despacio, me apoyé un momento en ella y dije en voz alta, para nadie:
—Ojalá ya fuera el mes que viene.





