Creyeron que la señora no entendía su idioma
Aquellos primeros calores de junio se habían vuelto una costumbre para mí. En cuanto el sol empezaba a apretar, aprovechaba el mediodía para escaparme a la piscina del hotel que hay junto al aeropuerto, a dos pasos de la tienda donde por entonces era empleada y que hoy, años después, es mía. A esas horas casi nunca había nadie. Los pocos huéspedes eran gente de paso, viajeros varados por un vuelo perdido a los que la compañía aérea pagaba la habitación como compensación. Yo tomaba el sol una hora, me daba una ducha a las cinco menos cuarto y entraba a trabajar con la piel tostada.
Llevaba más de veinte años casada con Andrés y, para ser sincera, el fuego de los primeros tiempos se había ido apagando sin que ninguno hiciera nada por reavivarlo. Echaba de menos aquellas tardes en las que no quedaba un rincón de la casa sin estrenar, los baños de los bares cuando nos podían las ganas, la manera en que terminábamos siempre enredados el uno en el otro, él con la polla dura como una piedra buscándome el coño a cualquier hora. Echaba de menos, sobre todo, sentirme deseada de esa forma urgente y un poco torpe que tienen las cosas cuando todavía son nuevas, cuando follar no era una cuenta pendiente sino la única forma de terminar el día.
Con los años me había acostumbrado a alimentar esa falta con la imaginación. Si veía a un hombre atractivo por la calle, lo desnudaba con la mente sin el menor pudor, le calculaba el tamaño del paquete a través del pantalón, me imaginaba de rodillas con esa polla desconocida en la boca. Mi fantasía favorita era siempre la misma, una escena que repetía hasta que la sentía casi real: dos hombres a la vez, uno metiéndomela por el coño y otro por la boca, sin darme respiro. A veces, tragando saliva, llegaba a creer que notaba en la garganta algo más que saliva. Una se vuelve experta en engañarse a sí misma.
Aquel mediodía estaba boca arriba en una tumbona, con los ojos cerrados y el sol cayéndome de lleno, cuando escuché voces a un par de metros. No me molesté ni en mirar quién era. Al rato distinguí dos voces masculinas que hablaban en alemán, idioma que domino desde niña porque mi madre era de Hamburgo y se empeñó en que lo aprendiera bien. Por el tono de las bromas, por la manera en que se picaban el uno al otro hablando de sus novias, deduje que eran bastante más jóvenes de lo que sus voces graves me habían hecho suponer.
No llevaban ni diez minutos a mi lado cuando me convertí en el tema de su conversación. Que si la señora todavía estaba de buen ver. Que si cuando se incorporara aquellas tetas seguirían firmes en su sitio. Que si tenía una boca perfecta para comerse una polla hasta la garganta. Que menudo culo se gastaba para su edad, que se lo abrirían con gusto. Lindezas por el estilo, dichas con la tranquilidad de quien está convencido de que el objeto de sus comentarios no entiende ni una palabra. Y ahí estaba el detalle que ellos ignoraban: yo lo entendía todo. Cuanto más bajos y groseros se volvían sus comentarios, más subía la temperatura por dentro de mi cuerpo, más me humedecía el coño bajo la tela finita del biquini. Pero necesitaba ponerles cara para que la fantasía cobrara cuerpo de verdad.
Giré despacio hacia el lado del que venían las voces, fingiendo buscar una postura más cómoda. Eran dos chicos rubios, de piel dorada y cuerpos trabajados en el gimnasio, depilados, sin un gramo de grasa de más. Ninguno pasaba de los veintisiete o veintiocho años. Se les marcaba el bulto bajo el bañador mojado, y yo, disimulando, no podía apartar la mirada. Apoyé la cabeza en los brazos y giré un poco el torso, de manera que les ofrecí la mejor vista posible de mi espalda, mis caderas y la raja del culo que se me insinuaba por debajo de la tela. No desaprovecharon la ocasión: empezaron a describir con todo lujo de detalles lo que le harían a esa vieja caliente, y cada frase era leña para mi imaginación encendida.
El más alto le decía al otro que se subiría encima de mí, que me apartaría la tela del biquini de un tirón y me metería la polla en el coño hasta que le rogara que parara, que me sacaría tres corridas seguidas a base de follarme sin piedad. El otro le reía la ocurrencia y añadía que mientras tanto él me llenaría la boca con la suya, que le encantaría verme mamársela con los ojos llorosos mientras el amigo me destrozaba por abajo, que a las señoras como yo lo que nos ponía era sentirnos usadas por dos vergas jóvenes. Aquellos dos críos le estaban dictando a mi cabeza exactamente lo que necesitaba imaginar, y yo notaba cómo el coño se me empapaba, cómo los pezones se me endurecían contra la tela, a punto de meterme la mano ahí mismo, delante de ellos, sin que se enteraran del poder que tenían sobre mí.
Al final fueron tan repetitivos que empezaron a aburrirme. Me incorporé y me senté en la tumbona, de frente a ellos. Cogí el protector solar y me unté las piernas con calma, deslizando la mano hasta lo más alto del muslo, rozando con el dorso el borde de la tela allí donde ya se me notaba la humedad. Después me eché crema en el escote, por dentro del sujetador, sopesándome las tetas con una lentitud obscena, mirándolos directamente a la cara mientras me pellizcaba los pezones como sin querer. La reacción fue inmediata: una nueva ronda de comentarios, esta vez para acusarme de puta provocadora, de calientapollas de mediana edad que buscaba guerra. Y tenían toda la razón.
Decidí que era hora de poner las cartas sobre la mesa. En mi alemán impecable, sin levantar la voz, les dije que eran dos chicos muy malos y que estaban demasiado calientes para su propio bien. Sus caras pasaron del bronceado al rojo en una décima de segundo. Uno de ellos intentó balbucear una disculpa, pero no le dejé.
—¿De verdad haríais todo eso que habéis estado diciendo de mi cuerpo? —pregunté sin darles tregua—. ¿De verdad tenéis lo que hace falta para follarse a una mujer como yo, o solo sabéis presumir?
Y antes de que respondieran, me dirigí al más alto.
—A ver, tú, que tantas ganas tenías de metérmela hasta el fondo. Enséñame con qué piensas cumplir todo lo que presumes. Sácatela, quiero ver si esa polla de la que tanto hablabas está a la altura. Si es que tienes el valor de hacerlo.
Después me volví hacia el otro.
—Y a ti me muero por mamártela mientras tu amigo me folla el coño. Eso sí, espero que tengas una verga digna, porque si me la vas a meter en la boca la quiero grande y dura, a medias no me interesa.
Se miraban entre ellos sin acertar a decir palabra. Yo seguía pinchándolos, diciéndoles que si callaban era porque no eran más que dos bocazas sin nada detrás, capaces de soltar barbaridades a una mujer pero incapaces de sacar la polla y sostener lo que prometían. Empezaban a hartarse de mis insultos, y entonces les di el empujón definitivo. Me calcé las sandalias de tacón, me planté delante de ellos con las piernas separadas y el pubis a menos de medio metro de sus caras, tan cerca que tuvieron que oler a través de la tela mojada lo caliente que estaba, dispuesta a darles una lección. Y la lección se me fue de las manos.
El más alto me puso una mano en la cadera y me atrajo hacia él, recorriéndome el vientre con la lengua de abajo arriba, mordiéndome el borde del biquini con los dientes hasta apartarlo unos centímetros. El otro me apretó el muslo por detrás y de un manotazo me metió los dedos por el lado de la braga, buscándome el coño directamente. Los encontró empapados y soltó una risita triunfal. No sé qué me pasó. De pronto me descubrí acariciándoles el pelo a los dos, arqueando la espalda para que siguieran, dejándome tocar por todas partes, cuando mi única intención había sido humillarlos por idiotas. No me cabía duda de que me acababa de meter yo solita en la boca del lobo. Y de que estaba dispuesta a dejar que pasara cualquier cosa, porque mi cuerpo llevaba demasiado tiempo reclamando atención.
—¿Subimos a la habitación? —murmuró uno contra mi oído, mientras el otro me hundía dos dedos hasta el fondo—. Allí estaremos más cómodos. Y te prometo que te dejamos el coño reventado. Cada palabra que dijimos, te la cumplimos.
Con lo encendida que estaba, era un desafío imposible de rechazar.
***
Recogí la bolsa, metí la toalla de cualquier manera y los seguí hasta los ascensores. Subimos a la segunda planta sin dejar de tocarnos, aprovechando que no había nadie para vernos. Dentro del ascensor, el más alto me apretó contra el espejo, me subió el vestido y me plantó la mano abierta sobre el coño por encima del biquini, apretándome hasta hacerme gemir. El otro me buscó la boca con la lengua sin ningún cuidado, mientras me sobaba las tetas por dentro del sujetador. Cuando abrieron la puerta de la habitación, uno ya me había soltado el sujetador bajo el vestido y el otro tenía la mano metida por debajo de la tela del biquini, con dos dedos entrando y saliendo de mi coño a un ritmo que me hacía andar de puntillas. Se sentaron los dos en el borde de la cama y me dejaron de pie, frente a ellos, como si fuera un regalo que pensaban abrir despacio.
Me sacaron el vestido por la cabeza y me soltaron del todo el sujetador, que cayó al suelo. Se quedaron un momento mirándome las tetas, y el más alto me pellizcó los pezones a la vez, tirando de ellos hacia fuera hasta que se me escapó un quejido. Después me bajaron la parte de abajo por los muslos, despacio, hasta dejarme el coño al aire, brillante de lo húmedo que estaba. Mientras uno hundía tres dedos entre mis piernas, abriéndome sin miramientos, el otro buscaba con la yema mi otra entrada, mojando el dedo en mi propia humedad para colármelo por el culo hasta la primera falange. Ambos me acariciaban el pecho con la mano libre, tirándome de los pezones cada dos por tres. Me pregunté cómo había llegado hasta allí, una mujer casada de mi edad encerrada en un cuarto de hotel con dos desconocidos que podrían ser mis hijos, desnuda, empalada por dedos ajenos por los dos agujeros. Pero deseché el reproche enseguida. No iba a desperdiciar la única oportunidad de cumplir, por fin, la fantasía que llevaba años acariciando solo con la imaginación.
Cuando ya me tenían temblando y completamente a su merced, con las piernas flojas y a punto de correrme solo de sus dedos, me pidieron que me arrodillara sobre la moqueta. Lo hice sin que me lo repitieran dos veces. Se bajaron el bañador a la vez, y las dos pollas me saltaron delante de la cara, tiesas y palpitando. Pasé la lengua por la punta de los dos antes de decidir por dónde empezar, saboreando la primera gota salada que ya asomaba en cada glande. Uno la tenía de un tamaño normal, bien formada, con las venas marcadas. El otro, en cambio, era considerablemente más grande de lo que había anticipado: gruesa, larga, con un capullo enorme y morado que me daba un poco de respeto y muchísimas ganas al mismo tiempo.
Empecé por el más pequeño, para ir acostumbrando la mandíbula. Me la metí entera de una sola vez, cerré los labios en la base y la sostuve ahí un instante, sintiendo cómo palpitaba dentro de mi boca, mientras con la mano me ocupaba del otro, apretando y aflojando desde la base hasta la punta. Empecé a chuparla con ganas, moviendo la cabeza rápido, dejando que la saliva me chorreara por la barbilla hasta gotearme sobre las tetas. Él me agarró del pelo y marcó su propio ritmo, follándome la boca sin contemplaciones. Luego cambié. El segundo era demasiado grueso para hacerlo con comodidad; abrí la boca todo lo que pude y aun así los labios me quedaron tirantes en el borde del capullo. Con paciencia conseguí adaptarme y meterme al menos la mitad, empujando con la lengua contra la parte de abajo. Alguna arcada se me escapó cuando intenté ir más adentro, y esa misma reacción me llenó la boca de saliva y me facilitó el trabajo. Bajé una mano hacia mi coño y me di cuenta de que estaba goteando sobre la moqueta, chorreando literalmente por los muslos.
Me tumbaron en la cama con las piernas abiertas de par en par, dobladas por las rodillas y sujetas contra mi pecho para dejarme todo al descubierto. Uno se aplicó por delante con la lengua, plantando la boca entera sobre mi coño, chupándome los labios, hundiéndose entre ellos, atrapando el clítoris entre los dientes con una suavidad que me hizo levantar las caderas contra su cara. El otro se acomodó por detrás y me pasó la lengua desde el culo hasta el mismo sitio donde estaba trabajando su amigo, y luego se centró más arriba, en mi otro agujero, mojándomelo bien, colándomela dentro cuanto podía, mientras me metía un dedo en el coño para que los dos coincidieran allí adentro. Los dos a la vez, prometiéndome entre lametones que me harían correr así antes de cualquier otra cosa. Intenté resistirme, aguantar el mayor tiempo posible, mordiéndome el labio, apretando las sábanas, pero no había manera. Eran dos bocas trabajando sin descanso, coordinadas, una en cada agujero, y terminé dejándome arrastrar por un orgasmo que me sacudió de los pies a la cabeza y me hizo gritar tapándome con las dos manos, temblando encima del colchón como si me hubieran dado corriente.
Satisfechos con el resultado, el del tamaño normal se tumbó boca arriba y me sentaron sobre él, de espaldas. Me agarró la cadera con una mano y con la otra se sujetó la polla apuntando hacia arriba, para que fuera bajando yo sola sobre ella. Fui bajando poco a poco, con cierta molestia al principio por la postura, notando cómo se me iba abriendo paso hasta llenarme entera. No soy mujer de torturas largas, así que me dejé caer de una vez y lo recibí entero, hasta que noté sus pelotas apretadas contra mí. Solté un gemido largo y me quedé quieta unos segundos, adaptándome, mientras él me sujetaba de las caderas y empezaba a moverme muy despacio. El otro, mientras tanto, se puso de pie sobre el colchón y me acercó la polla enorme a la cara. Se la agarré con las dos manos y le hice una mamada así, cabalgando al de abajo y tragándome al de arriba, hasta que me acordé de para qué me habían colocado en aquella posición.
El otro se bajó, se puso detrás de mí y me acarició primero el centro con la punta de aquella verga gruesa, restregándomela por el coño ya ocupado, mojándose bien con mis propios jugos, y luego entró sin contemplaciones, empujando hasta el fondo de una sola embestida. Sentí que se me partía en dos, que ya no quedaba espacio dentro de mí para nada más, que solo con moverse un milímetro los dos se rozarían por dentro. Lejos de dolerme, aquello me encendió hasta tal punto que empecé a moverme yo sola entre los dos, marcando el ritmo, bajando y subiendo, notando cómo una entraba mientras la otra salía, cómo se turnaban dentro de mí en un vaivén perfecto. Se me escapaba baba, gritaba insultos en español que ellos no entendían pero cuyo tono captaban perfectamente, les pedía más fuerte, más adentro, que me destrozaran. Y me corrí de nuevo, esta vez gritando sin ningún pudor, contrayéndome sobre las dos pollas a la vez, tan fuerte que el de detrás soltó un juramento y tuvo que quedarse quieto un momento para no correrse él también. Ellos siguieron a lo suyo, embistiendo a la vez, cada vez más rápido, y noté que no iban a durar mucho a ese paso.
—Quiero que os corráis en mi boca —les dije, con la voz rota—. Los dos. Quiero tragármelo todo.
El primero en avisar de que estaba cerca fue el que tenía detrás. Se salió de mí con cuidado, con la polla brillante de mis fluidos, y entre los dos me pusieron a cuatro patas sobre la cama, con el culo en pompa y la cara a la altura de sus vergas. El más grande me ofreció primero su sexo delante de la cara y yo lo recibí con ganas, abriendo la boca todo lo que pude, mientras el otro se colocó detrás y me embistió por detrás con las últimas fuerzas que le quedaban, agarrándome de las caderas y follándome tan seco que la cama chocaba contra la pared. Esta vez fui yo quien dio la lección. Lo apretaba con los labios, le recorría la punta con la lengua, jugaba con el frenillo, se la sacaba entera para escupirle encima y meterme de nuevo su glande hasta el fondo, lo acompañaba con la mano subiendo y bajando rápido. Le miré desde abajo con toda la intención y noté cómo su polla se tensaba entre mis labios. Enseguida noté una primera descarga, leve, señal de que aguantaba a duras penas, un chorrito caliente que me golpeó el paladar, y poco después llegó la segunda, mucho más abundante, un chorro grueso que me llenó la boca de golpe, seguido de otro y otro más, hasta que me costaba tragar al mismo tiempo que respirar. Intenté tragarlo todo, aunque algo se me escapó por la comisura y me resbaló por la barbilla hasta caerme entre las tetas.
En cuanto terminó, los dos cambiaron de sitio. El de detrás rodó hasta ponerse delante de mi cara, jadeando, y el otro, el más grande, ocupó su lugar entre mis piernas y me metió aquella verga descomunal por el coño una última vez, dando cuatro o cinco embestidas brutales que me hicieron gritar contra el colchón. Cuando notó que ya no aguantaba, se salió, se subió a la cama y me la ofreció igualmente. Yo hice lo que pude, con un punto de inquietud por su tamaño, tragándomela lo más profundo que me dejaba la mandíbula. Pero fue considerado: cuando estaba a punto, se retiró hasta dejar solo la punta entre mis labios y empezó a terminar despacio, en varios envites cortos y contenidos, llenándome la boca poco a poco, sin ahogarme. Los primeros chorros fueron los más fuertes, calientes y espesos; luego siguieron otros más pequeños que fui saboreando y tragando de uno en uno, chupándole la punta entre cada uno para sacarle hasta la última gota. Esta vez no perdí ni una gota. Cuando terminó, le abrí la boca para enseñarle lo que quedaba dentro antes de tragármelo, y él soltó una carcajada floja, agotado. Hacía años que no me sentía tan saciada, tan usada y tan absurdamente orgullosa de mí misma. Me dejaron caer sobre la cama, uno a cada lado, y me acariciaron el cuerpo entero, las tetas doloridas, el coño hinchado, hasta arrancarme un último temblor con los dedos y dejarme por fin en paz.
***
Me habría quedado toda la tarde con ellos, dejándome follar hasta que no pudieran más, pero hacía media hora que debería haber abierto la tienda. Me di una ducha rápida, notando cómo el agua caliente me picaba en las zonas que tenía en carne viva, me puse la ropa de calle que llevaba en la bolsa sin sujetador porque me molestaba en los pezones enrojecidos, y me despedí con un beso en la boca de cada uno, el único de toda la tarde. Salí casi corriendo hacia el trabajo, con la ropa interior mojada pegada al coño y el sabor de los dos todavía en la lengua.
Pasé la tarde inservible, reviviéndolo todo una y otra vez, tan inquieta que tuve que escaparme un par de veces al baño de la trastienda a calmarme yo sola con la mano metida bajo la falda, ahogando los gemidos contra el antebrazo. Llegué incluso a arrepentirme de no haberme quedado en aquella habitación en lugar de venir a abrir el local. Por la noche, en casa, le dije a Andrés que me iba a dar una ducha antes de cenar, que entre nosotros siempre había sido la manera de decir que tenía ganas. Se metió conmigo bajo el agua, se me puso duro nada más rozarme el culo con la polla, y allí mismo, contra los azulejos, me la metió por detrás mientras me apretaba las tetas contra la pared. Terminamos en la cama, él encima de mí follándome como no lo hacía desde hacía años, y yo cerraba los ojos y veía a los dos alemanes por dentro de los párpados, y me corrí dos veces seguidas. Lo disfruté como hacía tiempo que no lo disfrutaba, quizá porque traía el cuerpo encendido de antes, quizá porque tenía todavía el coño lleno de la corrida ajena que él no llegó a notar.
Al día siguiente amanecí dolorida, con el coño en carne viva y una molestia en el culo que me recordaba cada paso lo que había hecho, y esa molestia me duró casi una semana entera. Mereció cada minuto. Nunca, en toda mi vida, había vivido tantas emociones ni había sentido tanto en una sola tarde. Y aunque nunca volví a verlos, todavía hoy, cuando paso por delante de aquel hotel, sonrío para mis adentros y me humedezco un poco solo con acordarme.





