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Relatos Ardientes

El maduro del sexto piso y una noche en la terraza

Hola otra vez. Soy Mariela, y sigo poniendo por escrito las cosas que me pasan cuando nadie me mira. Esta vez quiero contarles de un hombre que conocí en mi segundo año en la ciudad, cuando todavía no conocía a casi nadie y las noches se me hacían eternas en un departamento que ni siquiera era mío.

Una excompañera del secundario, Paula, alquilaba a unas quince cuadras de mi casa. Se iba al pueblo una semana y me pidió el favor de pasar a regar las plantas y revisar que todo estuviera en orden. Su edificio me quedaba justo entre la facultad y mi barrio, así que no me costaba nada. Yo caminaba a todas partes, salvo cuando llovía. Y los martes salía tan tarde de cursar que me convenía quedarme a dormir ahí antes que gastar en un viaje hasta casa.

Esa primera tarde llegué cuando un auto negro entraba a la cochera, justo por donde yo solía acceder. Fue ahí que lo vi por primera vez. Un hombre grande, veterano, de esos que a mí me gustan. Moreno, elegante a pesar de algo de panza, con el pelo encanecido en un gris ceniza que le quedaba bien. Llevaba un traje celeste claro impecable.

No pude evitar mirarle la entrepierna. Algo ahí parecía pelearse con la tela del pantalón, un bulto grueso, largo, que se marcaba sin ninguna vergüenza contra el muslo, y no hacía falta ser una mujer caliente para notarlo. Subimos juntos en el ascensor, nos saludamos con un gesto, pero no me dio tiempo de inventar una conversación: me bajé en el quinto y él siguió al sexto.

Tengo que averiguar quién es y cómo llegar a él.

Esa noche cené un sándwich frío frente a la computadora, con una película que no estaba mirando de verdad. Mi cabeza iba por otro lado: imaginaba al vecino del sexto encima de mí, contra la pared, contra el piso, en cualquier parte. Me lo veía metiéndome esa polla enorme hasta el fondo, abriéndome el coño de a poco, hablándome sucio al oído mientras me clavaba los dedos en las tetas. Terminé con la mano entre las piernas, dos dedos hundidos en el coño ya empapado y el pulgar dando vueltas sobre el clítoris, imaginando que era su lengua. Me corrí mordiéndome el labio para no hacer ruido en un departamento ajeno, con las caderas levantadas del colchón y el nombre de un hombre que todavía no conocía atragantado en la garganta.

***

Después de acabar me di una ducha larga para bajar la temperatura, pero el calor de esa noche de verano no aflojaba. Subí a la terraza del edificio, que tenía una vista preciosa de la ciudad, con la idea de tomar un poco de aire. Me puse una calza corta y un top deportivo: tengo el cuerpo marcado de tanto entrenar y esa ropa lo dejaba bien a la vista.

Al abrir la puerta me lo encontré a él, golpeando una bolsa de boxeo mientras una mujer —su esposa, supuse— le tiraba reproches uno atrás del otro. Me corrí discreta hacia el otro extremo de la terraza, donde casi no llegaban las voces, me puse los auriculares y me dejé estar mirando las luces.

No sé cuánto pasó. En algún momento la música no me dejó escuchar que se acercaba, y cuando levanté la vista lo tenía al lado. Nos saludamos. Lo primero que hizo fue disculparse por el espectáculo que yo había presenciado.

—No tenés que disculparte —le dije, sacándome un auricular—. Son cosas de pareja, le pasa a todo el mundo.

—Igual no es lindo que una desconocida lo vea. —Sonrió—. ¿Cómo te llamás?

—Mariela. ¿Y vos?

—Aníbal. ¿Sos nueva en el edificio? Es la primera vez que te veo, y yo estoy en el sexto A.

—Estoy de paso. Vine a cuidar el departamento de una amiga mientras está de viaje. Por el horario preferí quedarme a dormir acá, que me queda cerca de la facultad.

—Yo manejo. A la mañana hago traslados de ejecutivos —ahí entendí lo del traje—, pero a la tarde y la noche estoy libre, por si alguna vez necesitás un viaje seguro.

—Lo voy a tener en cuenta. Por lo general agarro un taxi.

—¿Primer año? Parecés joven. ¿Qué estudiás?

—Segundo, en realidad. Arquitectura.

—No pude no observarte. Entrenás bastante, se nota. Me hacés acordar a mí. A tu edad yo ya hacía boxeo.

—Algo entiendo. Hago artes marciales.

—Mirá vos. Cuando quieras un entrenador, me avisás. Lo dejé hace unos años y me vine abajo con el físico, como habrás notado. —Se rió de sí mismo.

—Para nada —mentí a medias, y me reí con él.

No quería seguir alargando esto. Estaba demasiado caliente y la charla ya no me alcanzaba.

—¿Querés bajar a tomar algo fresco a mi departamento? —solté.

—Bueno. Me encantaría.

***

Bajamos por la escalera. Apenas entramos le ofrecí una cerveza y la abrí para los dos.

—Espero que no te moleste, pero sigo acalorada y me quiero poner más cómoda —le dije—. Arriba no lo hice por si subía alguien.

—Por mí ninguno. Ponete como estés bien. Y por la terraza no te hagas problema: en siete años acá nunca me crucé con nadie, hasta hoy.

Volví del cuarto con una malla diminuta y me senté en el suelo, frente a él, con la cerveza en la mano. Hablamos de cualquier cosa mientras yo, como sin querer, separaba las piernas y volvía a juntarlas. La tela se me hundía entre los labios del coño y yo sabía que él lo veía. Desviaba la mirada hacia la ventana para fingir que era casual, pero no lo era. Cuando giré a verlo, lo tenía clavado en mí, con el bulto del short ya tomando volumen, la polla marcándose gruesa contra el algodón fino.

Nos miramos un segundo de más. Me levanté, fui hacia él y nos besamos como si nos conociéramos desde hacía años. Sus manos enormes me apretaban con fuerza, una en la cintura y otra bajando hasta clavarme los dedos en la cola. Me corrió la parte de abajo de la malla a un costado y me metió dos dedos en el coño de una, sin preguntar, y soltó un gruñido bajito cuando sintió lo mojada que ya estaba.

—Mirá cómo estás —me dijo al oído, sacándome los dedos brillantes y chupándoselos delante de mí—. Toda una perra en celo.

—Callate y sacala —le contesté, buscándole la bragueta.

Las mías buscaron su entrepierna por encima de la tela, sobándolo despacio, midiéndolo. Le bajé el short y el calzoncillo de un tirón y se me cortó la respiración. La verga saltó pesada, gruesa, con la cabeza morada e hinchada y una gota de líquido preseminal ya asomándole en la punta. Me solté y me arrodillé delante de él. La tomé con las dos manos —una arriba de la otra, y todavía sobraba tronco— y empecé a saborearla. Le pasé la lengua desde los huevos hasta la punta, despacio, aplastando la vena de abajo, y me llevé la gota de precum en la boca como quien prueba un caramelo.

—Metétela —murmuró, agarrándome del pelo.

Abrí la boca todo lo que pude. Apenas lograba pasar la cabeza, con esfuerzo; el ancho no me dejaba avanzar más. La mandíbula me crujía y aun así seguí, chupándola con ruido, dejando que la baba me chorreara por el mentón hasta las tetas. Le hacía puñeta con las dos manos mientras le mamaba la cabeza, y de vez en cuando le bajaba a lamerle los huevos, uno primero, después el otro, metiéndomelos enteros. Sentirla firme entre los dedos, latiéndome contra la lengua, ya me tenía temblando y con el coño chorreando entre los muslos.

—Vení —dijo, y me levantó del brazo.

Nos fuimos al dormitorio. Me arrancó la malla por la cabeza, me recostó y se tomó su tiempo. Me recorrió entera con la boca, me chupó los pechos uno por uno, tirándome del pezón con los dientes hasta que me arqueaba, y siguió bajando por la panza hasta clavarme la cara entre las piernas. Me abrió los labios del coño con los pulgares y me lamió despacio, de abajo hacia arriba, y cuando llegó al clítoris se lo prendió con la boca y empezó a chuparlo suave, después más fuerte. Con los dedos me iba abriendo de a poco, primero uno, después dos, curvándolos hacia adentro hasta encontrar el punto justo. Yo me agarré del respaldo y le apreté la cabeza contra el coño, moviéndome contra su lengua sin ningún pudor, y cuando ya no aguantaba más me corrí en su boca de un tirón, chorreándole el mentón.

Cuando me tuvo lista, completamente entregada, me dio vuelta y me puso en cuatro.

—Despacio —le pedí, aunque no lo decía en serio.

Apoyó la cabeza de la polla contra mi coño hinchado y empujó de a poco, ganando terreno con paciencia. A pesar del tamaño lo recibí con un placer que me arqueó la espalda, apretándomelo con las paredes cada centímetro que ganaba. Cuando sentí que me llegaba hasta el fondo y me golpeaba adentro, se me escapó un quejido largo.

—Toda tuya —le dije, aplastando la cara contra el colchón.

—Así te quería, con esta concha bien abierta —me contestó, agarrándome de las caderas.

Empezó a moverse y yo me prendí de las sábanas. Salía casi entero para volver a entrar de una, con un golpe seco de la pelvis contra mis nalgas que hacía sonar la piel. En cuestión de minutos estaba gimiendo sin poder contenerme, mordiendo la almohada para no despertar a medio edificio. Me clavó una mano en la cintura y con la otra me agarró de la cola de caballo, tirándome la cabeza hacia atrás, y desde ahí me empezó a coger más fuerte, más hondo, con el ruido de sus huevos golpeándome el clítoris en cada estocada. Acabé así, chorreándole la verga entera, con su mano abierta en mi cintura sosteniéndome para que no me escapara y el coño convulsionándose alrededor de la polla.

***

Cuando me bajé un poco de esa primera nube, lo quise de otra forma. Le pedí que se acostara y lo monté yo, despacio, controlando cada centímetro, porque su tamaño no era algo que se pudiera apurar. Me agarré la verga con la mano, la apoyé contra la entrada del coño y me fui hundiendo de a poco, con movimientos cortos, subiendo y bajando apenas unos centímetros al principio para que las paredes se me acostumbraran otra vez. Hasta que sentí que ya no me cabía nada más y que el calor me subía desde adentro. Me dejé caer del todo, con un gemido gutural, y él me sostuvo de las caderas, dejándome a mí el ritmo.

Lo cabalgué así, apoyando las manos abiertas en su pecho, moviendo el culo en círculos y sintiendo cómo me rozaba todo por dentro. Le agarré una mano y me la llevé a la boca para chuparle los dedos, después me la puse en la garganta y apreté un poco para mostrarle lo que quería. Él entendió: cerró los dedos alrededor de mi cuello, sin ahogarme, apenas presionando, y empezó a levantar la cadera para clavármela desde abajo. Le sentí endurecerse aún más, hincharse dentro de mí, hasta que terminó dentro de mí con un gruñido grave que le salió del pecho, chorros calientes de leche llenándome el coño de tal forma que empezó a escurrirse por los bordes y a bajarme por los muslos. Me quedé encima un rato, con la frente apoyada en su hombro, los dos sin aire y su verga aún dentro, chorreando semen entre los dos.

Después se levantó, se dio una ducha rápida y volvió a la cama, a mi lado. Me confesó algo que no me esperaba.

—No pensé que esto fuera a pasar —dijo, mirando el techo—. Te soy sincero: no estaba tranquilo. No sabía cómo ibas a reaccionar al verme. No es la primera vez que el tamaño espanta más de lo que gusta.

—A mí no me espantó nada —le dije, y le pasé la mano por el pecho, bajando hasta agarrarle la polla blanda y todavía pegajosa de nuestros jugos—. Al contrario. La quiero de nuevo.

—Dame revancha, entonces. —Sonrió de costado—. Quiero demostrarte que puedo hacerlo mucho mejor.

Bajé a buscarlo de nuevo. Estaba blando, pero con paciencia y boca lo fui despertando. Le lamí toda la verga, limpiándole los restos de semen y de mi propio flujo sin ningún asco, y le metí los huevos en la boca uno a uno mientras le hacía puñeta lenta. Le sentí la polla ir engordándome contra la lengua hasta ponerse dura otra vez, incluso más firme que antes, palpitándome en la boca. Nos acomodamos en un sesenta y nueve: él debajo, yo encima, con el coño abierto sobre su cara y la verga colgándome contra los ojos. Su lengua volvió a hundirse entre mis labios, chupándome el clítoris, metiéndome dos dedos y curvándomelos, y yo, a duras penas, trataba de que entrara más en mi boca, forzando la garganta hasta que se me hacían lágrimas. Me corrí encima de su cara, apretándole la cabeza con los muslos, mientras le seguía masturbando la polla con las dos manos.

Nos separamos y me puso boca abajo, con un par de almohadones bajo el vientre para levantarme bien la cola.

—Primero acá, para lubricarte bien —murmuró, pasándome la cabeza de la verga entre las nalgas y bajando hasta el coño otra vez.

—Hacé lo que quieras —le respondí contra la sábana.

Apoyó la punta contra el coño y empujó hasta entrar entero de una sola vez, arrancándome un grito ahogado. Me puso las manos en los hombros y empezó a embestirme con una fuerza que no había tenido antes. Esta vez parecía otro hombre, un toro, sacudiéndome contra el colchón, con la pelvis golpeando mis nalgas con un sonido de carne mojada que llenaba el cuarto. Me escupió en la cola y me pasó el pulgar por el ojete, apretando apenas, y ese solo gesto me terminó de volver loca. Acabé otra vez, con las neuronas hechas un cortocircuito, apretándole la verga con espasmos que le arrancaron un gruñido, y aflojé el cuerpo del todo.

Esa fue la señal. Salió, y con la otra mano me guio para cambiar. Se untó la polla con mis propios flujos y con más saliva, y apoyó la cabeza contra el culo apretado. Mi cuerpo ya no oponía resistencia; fue entrando despacio, firme, ganando un centímetro y esperando, otro centímetro y esperando, hasta el fondo. Se me escapó un gemido largo, mezcla de ardor y de placer sucio, y le apreté el culo entero alrededor de la verga. Después tiró todo su peso sobre mí, dejándome inmóvil contra el colchón, con la boca contra la sábana, y empezó a golpear con la cadera, asegurándose de llegar entero en cada estocada.

—Qué culo tenés, la puta madre —me gruñía en la nuca—. Te lo voy a dejar abierto.

—Rompémelo —le contesté, mordiendo la almohada—. Cogeme como quieras.

Subió el ritmo y la fuerza hasta que la cama crujía con cada empuje y las nalgas me quedaban rojas de los golpes de la pelvis contra ellas. Se llevó una mano a la boca, se la escupió, y me la clavó entre las piernas, frotándome el clítoris mientras me seguía cogiendo el culo con la misma cadencia brutal. En un momento me levantó como a un muñeco, sin salir de mí, me hizo apoyar las manos en la pared y, agarrándome de la cintura, me subía y me bajaba con todo su peso, empalándome en la verga una y otra vez. Una de sus manos me cerró sobre un pecho, torturándome el pezón entre dos dedos, y me pegó contra él; le sentía la respiración pesada en la nuca, y mis nalgas chocaban contra sus muslos en cada golpe, con un chasquido húmedo. La otra mano me bajó al coño y me metió tres dedos de una, cogiéndome los dos agujeros a la vez, y yo aullé sin poder frenarme.

—Me vengo, me vengo —le avisé, con las piernas temblando.

—Vení conmigo —me gruñó—. Corrámonos juntos.

Me apretó fuerte, me clavó los dedos en la cadera y se quedó quieto, derramándose adentro con un temblor largo, disparándome chorros calientes en lo más profundo del culo mientras yo me deshacía en un orgasmo que me dejó las rodillas flojas. Después se dejó caer en la cama hacia atrás, conmigo todavía encajada en él, y me acarició el cuerpo entero mientras lo sentía aflojar de a poco, perder firmeza, vaciarse. Cuando finalmente salió, un hilo espeso de leche le chorreó del culo por la parte de atrás de los muslos, y él lo miró con una sonrisa satisfecha antes de pasarme un dedo, recogerlo y llevármelo a la boca. Se lo chupé sin dudar.

***

Me besó un rato largo, con calma, como si lo de recién no hubiera sido más que el principio. Después se levantó, se vistió, me dio un beso en la cola antes de irse y me dejó su teléfono anotado en un papel.

A partir de esa semana lo vi varias veces más, siempre que yo pasaba por el departamento de Paula. Lástima que duró poco: a los dos meses le salió una propuesta de trabajo en otra ciudad y se fue. Pero todavía me acuerdo del traje celeste, del ascensor, y de la noche de terraza en que decidí que ese veterano iba a ser mío aunque fuera por un rato.

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Comentarios(6)

LectorDelSur

excelente!!! me quede con ganas de mas

Pati_Cba

Se hizo cortisimo, por favor seguí con esta historia. Me engancho desde el primer parrafo

RodrigoBaires

Buenisimo. Me recordo a una situacion parecida en un edificio del centro, esas cosas pasan mas de lo que uno imagina jaja

MiriamV_cba

Ese arranque me dejo sin palabras. Se siente muy real, la tension esta muy bien lograda

juanchi87

jajaja la parte de la terraza me mato, tremendo

CarlaRoc

Hay segunda parte? Quede muy intrigada, no me puedo quedar asi

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