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Relatos Ardientes

Lo que pasó al cerrar el gimnasio con el dueño

Me llamo Camila, tengo veinticuatro años y soy de Mendoza. Contextura mediana, pelo castaño oscuro hasta los hombros, ojos verdes. No soy el tipo de chica que llama la atención cuando entra a un lugar, pero sé cómo moverme para que la atención llegue sola.

Empecé en ese gimnasio hace tres semanas porque el anterior me había aburrido por completo. Demasiados chicos de veinte años mirándose al espejo, demasiado poco para ver. El nuevo tenía mejor equipamiento y una vibra más seria, aunque al principio tampoco prometía demasiado.

Hasta que un martes apareció el Polaco.

Así le dicen todos. No sé si tiene algún origen polaco real o si es solo un apodo que quedó pegado por el acento con el que pronuncia algunas palabras, pero el caso es que es el dueño del gimnasio, tiene unos cuarenta y pico, mide casi un metro noventa y tiene el cuerpo de alguien que nunca dejó de entrenar. Espaldas anchas, brazos que se marcan bajo cualquier remera, cara seria. Sin barba, sin bigote, con la clase de mandíbula que hace difícil no mirar dos veces.

La primera vez que lo vi fue mientras yo estaba en la cinta. Entró al gimnasio como quien entra a su casa, porque era literalmente su casa, saludó a dos instructores con una palmada en el hombro y se puso a hacer pesas sin calentamiento, como si su cuerpo no necesitara preparación para nada. Me lo quedé mirando más tiempo del que era razonable. Estaba claro que él también lo notó.

Cuando por fin se cruzaron nuestras miradas no desvió la suya. La sostuvo unos segundos, apenas un gesto de reconocimiento, y siguió con lo suyo. Yo bajé los ojos a la cinta y subí la velocidad para tener algo en qué concentrarme. Pero ya estaba mojada. Con solo una mirada de ese hombre, ya sentía la humedad pegándose a la costura de la calza.

***

El sábado de la semana siguiente estaba haciendo mi rutina de piernas, recostada en la máquina de extensiones con veinte kilos, cuando lo sentí acercarse. No lo vi llegar. Lo percibí, que es distinto.

—Subí diez kilos más —dijo, sin saludar, como si llevara semanas siguiendo mis entrenamientos—. Tu forma es buena pero estás trabajando por debajo de tu capacidad.

Me quedé quieta un segundo antes de responder.

—¿Y vos cómo sabrías cuál es mi capacidad?

Sonrió apenas, sin que la sonrisa llegara del todo a los ojos.

—Porque llevo tres semanas mirándote.

Era exactamente lo que yo había estado haciendo con él, así que no podía enojarme. Le pedí que subiera el peso y lo hizo sin decir nada más. De ahí en adelante la conversación fluyó sola: nombres, de dónde éramos, cuánto llevábamos entrenando. En algún momento llegamos al tema inevitable.

—¿Novio? —preguntó, directo.

—No es lo mío —respondí con la misma dirección—. Me complican la agenda.

—Inteligente. ¿Y los maduros?

—Los maduros saben lo que hacen —dije—. Eso sí me interesa.

Él no respondió. Solo bajó la mirada un segundo al lugar donde terminaba mi calza y empezaba mi cadera, y luego volvió a mirarme a los ojos con esa expresión que no prometía nada en particular y prometía todo a la vez. Cuando se fue hacia otro sector del gimnasio, me quedé en la máquina otros cinco minutos sin moverme, pensando en qué momento había decidido que esto iba a pasar. Y pensando también en cómo se le marcaba el bulto en el pantalón corto cuando se dio vuelta. No era imaginación mía. Ese hombre tenía una verga que se adivinaba a través de la ropa.

***

El lunes llegué más temprano que de costumbre. Los martes y jueves son los días con más gente, pero los lunes a la mañana el gimnasio está casi vacío. Había tres chicos más cuando entré, y el Polaco ya estaba ahí, con una remera gris que se le adhería al torso como si hubiera sido diseñada específicamente para ese cuerpo.

Me saqué la campera y la dejé en un banco. Llevaba una musculosa corta, el short deportivo ajustado, y debajo ropa interior que había elegido esa mañana con la conciencia de que en algún momento alguien más iba a verla. Un conjunto negro de encaje, la tanga tan fina que era prácticamente un hilo entre las nalgas.

Me subí a la bicicleta estática y empecé a pedalear despacio. No tardó más de diez minutos en acercarse.

—¿Qué te toca hoy?

—Hombros y espalda.

—Bien. Te muestro una variante con mancuernas que no estás haciendo.

Me bajé de la bicicleta y lo seguí a la zona de pesas libres. Me explicó el ejercicio desde atrás, ajustándome los codos con las manos, y cuando lo hizo su pecho rozó mi espalda durante un segundo más de lo necesario. No se disculpó. Yo tampoco le pedí que se alejara. Hice la serie completa sintiendo su presencia a centímetros, y cuando terminé y lo miré por encima del hombro, tenía los ojos fijos en mí.

Los tres chicos que quedaban fueron saliendo de a uno. Ninguno se despidió con particular ceremonia. Para cuando me di cuenta, éramos solo nosotros dos.

El Polaco me tomó de la cintura desde atrás, lento, sin apuro, como si estuviera completamente seguro de que yo no me iba a mover. Apoyó la nariz en mi nuca y respiró. Solo eso. El gesto fue tan deliberado que me apretó algo en el pecho. Y me apretó también entre las piernas: sentí de golpe el coño palpitando, la humedad manchándome el short.

—¿Entrenamiento privado? —pregunté, y moví las caderas apenas hacia atrás para sentir lo que ya sabía que estaba ahí.

Y estaba. Duro. Enorme. Sentí la polla marcada contra mi culo a través de la tela del pantalón deportivo, gruesa y caliente, empujando entre mis nalgas como si buscara acomodarse ahí.

—El más duro que tuviste —dijo, y me mordió suavemente el lóbulo de la oreja.

Sin más palabras, me llevó al fondo del gimnasio, hasta un cuarto que funcionaba de depósito y de oficina al mismo tiempo. Había un sofá largo, un escritorio de madera pesada, una silla gamer fuera de lugar. La luz era tenue, casi amarilla. Cerró la puerta con llave.

***

No esperó. Se inclinó a besarme y lo hizo con la misma autoridad con la que me había corregido la postura: firme, sin consultar, sin titubeos. Su lengua entró en mi boca sin pedir permiso y yo la recibí chupándola, mordiéndosela, respondiendo con la misma hambre que él traía. Me levantó y me sentó en el escritorio, se metió entre mis piernas y empezó a quitarme la musculosa. Cuando me la sacó y vio lo que había debajo, se tomó un segundo para mirarme. Solo un segundo.

Bajó la boca y me lamió el escote, pasó los labios por mis tetas por encima del corpiño deportivo, lo abrió de un tirón y las dejó libres. Las apretó con las dos manos, hundiendo los dedos en la carne, y agachó la cabeza para morderme el pezón izquierdo. Gemí. Él levantó la vista sin soltar lo que tenía entre los dientes y me sostuvo la mirada mientras me lo chupaba entero, largo, hasta que sentí que el pezón le llegaba al fondo de la boca.

—¿Vas a ser ruidosa? —preguntó, con el pezón todavía brillante de saliva.

—Depende de lo que hagas.

—Bien —dijo, y bajó la boca al otro lado.

Chupó, lamió, mordió. Me pasó la lengua entera desde el esternón hasta el pezón derecho y me lo succionó con la misma intensidad, hasta que empecé a moverme sobre el escritorio buscando fricción entre las piernas. Su mano bajó por mi vientre, se metió por dentro del short, y cuando encontró el coño empapado se quedó ahí, sin moverse, solo sintiendo lo mojada que estaba.

—Mirá cómo estás —dijo, y sacó los dedos brillantes de mi humedad. Se los llevó a la boca y los chupó despacio, mirándome a los ojos—. Toda para mí.

Tenía las manos enormes. Cuando me abarcaba la cintura, los pulgares casi se tocaban en el centro. Me levantó del escritorio como si no pesara nada y me apretó contra él, y fue entonces cuando lo sentí completo contra mi cadera, duro y considerable. Le busqué la verga por encima del pantalón y la palpé de arriba abajo. Era gruesa, larga, y estaba tan dura que parecía dolerle.

Esto va a doler, pensé. Y quería que doliera.

Me dijo que tenía un lugar mejor. Que en cualquier momento entraba el turno del instructor de la tarde. Le pregunté, solo para provocarlo, si no quería que el instructor se uniera.

—Este cuerpo es mío —dijo, con una calma que me resultó más excitante que cualquier cosa que hubiera podido gritarme—. Solo mío. Este coño lo voy a coger yo y nadie más.

Me arreglé la ropa y salimos. Nos subimos a su moto. Vivía a ocho cuadras del gimnasio. En el camino yo iba abrazada a su espalda y le pasé la mano por delante, por la entrepierna, sintiendo cómo se le paraba de nuevo bajo el pantalón. Él me apretó la mano contra su verga y no la soltó hasta que llegamos.

***

La ropa empezó a caer en el camino desde la puerta hasta el salón. Para cuando llegamos al centro de la sala, yo llevaba solo el calzón y él iba descamisado, y ese torso que había estado mirando desde la cinta durante semanas estaba ahí, a diez centímetros de mi cara.

Me arrodillé.

No lo hice porque me lo pidiera. Lo hice porque quería hacerlo, porque había estado pensando en eso desde el sábado anterior y no tenía intención de postergar más. Quería mamársela. Quería sentir esa polla en la boca, en la garganta, quería probar el gusto de un hombre que llevaba días imaginando.

Lo que encontré cuando le bajé el pantalón y el bóxer de un solo tirón era exactamente lo que su cuerpo prometía: grande, grueso, con esa clase de presencia que intimida antes de que te des cuenta de que la intimidación también puede ser excitante. Le salió disparada hacia adelante, dura, la vena gruesa marcada por el lomo, el glande enrojecido y ya con una gota clara asomando en la punta. Debía tener más de veinte centímetros y un grosor que no me iba a caber cómodo en ningún lado. Se me hizo agua la boca de solo verla.

La tomé con la mano derecha, apenas rodeándola, y sentí el peso, el calor, la carne palpitando contra la palma. Le pasé el pulgar por el glande, le recogí la gota transparente y me la llevé a la lengua. Salado, denso, con ese gusto tan de hombre que me hizo apretar los muslos.

Levanté la vista hacia él. Tenía los ojos fijos en mí, la mandíbula tensa, las manos aún quietas a los costados.

Abrí la boca.

Le pasé la lengua desde la base hasta la punta, plana, lenta, marcándole toda la extensión con saliva. Después volví a bajar por el otro lado. Le lamí las bolas, se las metí una y otra en la boca, se las chupé despacio mientras le acariciaba la verga con la mano. Él soltó el primer gruñido real, uno que le nació del pecho.

Volví a subir y me la metí en la boca. Empecé despacio, explorando el tamaño, dejando que el glande me llegara al fondo del paladar, tomando el ritmo que funcionaba, y cuando lo encontré él dejó escapar el primer sonido real: un jadeo bajo, casi contenido, como si no quisiera darse el gusto de gemir todavía. Puse más empeño. La mano izquierda en la base, la boca trabajando todo lo que podía, la lengua pegándose al frenillo en cada subida, los ojos arriba buscando su reacción. Empezó a enredarse los dedos en mi pelo. Primero con suavidad. Después con más fuerza.

Me la empujó más adentro. La sentí entrar en la garganta, tocarme el fondo, y tuve que respirar por la nariz para no atragantarme. Aguanté. Él me sostuvo la cabeza ahí un par de segundos, mirándome desde arriba, y cuando me soltó me la saqué de la boca con un hilo largo de saliva colgando entre mis labios y la punta.

—Otra vez —dijo.

Volví a metérmela hasta el fondo. Y otra. Y otra. Empecé a acelerar el ritmo, chupándola con hambre, escupiéndole encima para tenerla mojada, usando las dos manos ahora: una en la base, la otra masajeándole las bolas. Los ruidos que salían de mi boca eran obscenos, ese chapoteo húmedo de la saliva y la carne, mezclado con sus gruñidos cada vez más profundos.

Me apretó la cabeza hacia él hasta que tosí, y se rió. No con crueldad, sino con esa satisfacción masculina que me resulta imposible ignorar.

—Más —dijo. Una sola palabra.

La saliva me resbalaba por la barbilla, me caía a los pechos, se me juntaba en el mentón. Mis ojos lagrimeaban un poco por el esfuerzo y el maquillaje se me estaba corriendo. No me importó ninguna de las dos cosas. Lo que importaba era la forma en que lo escuchaba perder el control, de a poco, jadeo a jadeo. Cómo la verga se le ponía más dura cada vez, cómo el sabor cambiaba, cómo el líquido preseminal me llenaba la lengua.

—Basta —dijo de golpe, y me tiró suave del pelo para atrás—. Me voy a correr y todavía no.

Me sacó la verga de la boca y una hebra gruesa de saliva le colgó de la punta hasta mi labio inferior. Me limpié con el dorso de la mano, sonriéndole desde abajo.

***

Me levantó del pelo, lento pero sin dudar, y me llevó al sofá. Me colocó de rodillas mirando el respaldo, y se posicionó detrás de mí. En la pared del fondo había un espejo grande. No era accidental.

Me bajó el calzón de un tirón. Lo escuché caer al piso y a mí se me erizó la piel del culo cuando sintió el aire.

Se arrodilló detrás. Me abrió las nalgas con las dos manos y me pasó la lengua entera, de abajo hacia arriba, desde el clítoris hasta el otro agujero. Yo grité. Grité contra el respaldo del sofá, sin poder aguantarlo, porque no me lo esperaba y porque nadie me había comido el coño de esa manera. Volvió a hacerlo. Y otra. Me metió la lengua adentro, la sacó, chupó los labios, se los tomó entre los dientes, buscó el clítoris y se lo mamó como me había mamado el pezón media hora antes: entero, hambriento, sin dejarme respirar. Me metió dos dedos y los movió en gancho mientras seguía chupando. Se me doblaron las rodillas en el sofá.

—Me voy a correr —dije, y no era una advertencia, era casi una súplica.

Se paró.

—Todavía no.

Cabrón. Me dejó al borde y se paró. Pasó los dedos por donde yo estaba más tensa, verificando lo que encontraba, y cuando comprobó el estado en que me había dejado él mismo soltó algo parecido a una aprobación grave. Se agarró la verga con la mano y me la pasó por los labios del coño, sin entrar, arriba y abajo, ensuciándose todo el glande con mi humedad.

—Te tenía en la mira desde que entraste al gimnasio —dijo, frotándose contra mí sin entrar todavía—. Desde el primer día.

—Ya lo sé —respondí, y empujé el culo hacia atrás buscándola.

—¿Y lo provocabas a propósito?

—¿Vos qué creés?

Se rió, y me la metió de un golpe.

De un solo golpe, hasta el fondo. El sonido que hice no fue exactamente un gemido. Fue una exhalación brusca, algo que salió solo, sin pasar por ningún filtro, casi un grito ahogado. Me aferré al respaldo del sofá con las dos manos y él esperó un segundo, solo un segundo, dejándome sentir todo el volumen dentro, la verga estirándome, el glande apretado contra el fondo, antes de empezar a moverse.

No fue delicado. No lo había sido en ningún momento de la tarde y no iba a empezar ahora. Me tomó de las caderas con las dos manos y empezó duro, rítmico, sin parar. Cada empuje hacía que mi cuerpo se sacudiera hacia adelante y yo empujaba hacia atrás para encontrarme con él a mitad de camino. El ruido que hacíamos, el choque de su cadera contra la mía, el chapoteo húmedo de mi coño mojado tragándose esa verga entera, era tan concreto e indecente que tuve que morderme el labio para no gemir demasiado fuerte. Sentía las bolas golpeándome el clítoris en cada empujón.

En el espejo podía verme: el pelo suelto y revuelto, la cara sonrojada, la boca entreabierta, las tetas balanceándose con cada empujón. Él detrás de mí, el doble de mi tamaño, los músculos del torso marcados por el esfuerzo, la verga entrando y saliendo brillante de mi humedad. La imagen era tan directa que tuve que desviar los ojos un momento.

—Mirá —dijo, sin dejar de moverse—. No apartes la vista. Mirá cómo te la meto.

Volví los ojos al espejo y los mantuve ahí. Vi cómo desaparecía dentro de mí, cómo salía brillante y roja, cómo volvía a entrar hasta las bolas. Me pasó un dedo por la boca y me lo hizo chupar, y yo se lo chupé mirándolo en el reflejo.

Me apretó el cuello con una mano, sin cortar el aire, solo marcando que estaba ahí, que era él quien tenía el control de cada centímetro de esa situación. Con la otra mano me tomó de la cadera y aumentó el ritmo. Empecé a gemir en serio, sin importarme el volumen. "Ay, la puta madre, más, así, más fuerte", me salía todo mezclado, entrecortado por cada embestida.

—¿Querés más? —preguntó, como si la respuesta no fuera obvia.

—Sí —dije, y la palabra salió rota.

—¿Cómo se pide?

—Por favor. Por favor cogeme más fuerte.

—Bien —dijo, y me lo dio todo.

Me la metió con toda la fuerza, hasta el fondo, una y otra vez, tan hondo que empecé a sentir el golpe en el vientre. Me dio una palmada fuerte en el culo, la nalga izquierda me quedó ardiendo, y después la otra. Me apretó el pelo en un puño y me tiró la cabeza para atrás mientras seguía cogiéndome de espaldas. Yo era un manojo de terminaciones nerviosas encendidas, apenas podía sostenerme con los brazos.

***

Llegué al orgasmo sin aviso, de golpe, con una contracción que me dobló hacia adelante. Sentí el coño apretarse alrededor de la verga con espasmos que me atravesaron entera, subieron por el estómago, me llegaron hasta la garganta. Solté un grito largo, animal, contra el respaldo del sofá. Él lo sintió porque gruñó y me sujetó con más fuerza, sosteniéndome mientras yo terminaba de temblar. No paró. Siguió moviéndose a través de eso, atravesándome mientras yo todavía me convulsionaba alrededor suyo, llevándome al otro lado, y cuando el cuerpo quiso relajarse no me dejó.

Me cambió de posición: de espaldas en el sofá, las piernas sobre sus hombros. Me agarró los tobillos y me abrió más. Me miró el coño abierto, todavía palpitando, brillante hasta los muslos.

—Así —dijo, más para él que para mí—. Mirá cómo te queda.

Se escupió en la mano, se la pasó por la verga aunque no le hacía falta, y me la volvió a meter. Entró de nuevo y el ángulo era diferente, más profundo, y esa sensación de llenura que ya conocía se volvió algo más intenso e insistente. Me llegaba a lugares nuevos, empujaba contra el cuello del útero, y cada embestida me arrancaba un sonido que ni yo reconocía. Metí los dedos en los cojines del sofá y lo dejé hacer.

Se agachó y me chupó una teta mientras seguía moviéndose. Después la otra. Me mordió los pezones y yo grité, porque los tenía a flor de piel después del primer orgasmo y cualquier roce era demasiado. Me bajó una mano al clítoris y empezó a frotármelo con el pulgar, rápido, mientras me la seguía metiendo hasta el fondo.

—Otra vez —dijo—. Te vas a correr otra vez para mí.

Jadeaba sobre mí, el peso de sus brazos a cada lado de mi cabeza cuando volvía a inclinarse, la cadencia de sus movimientos volviéndose más urgente. Lo vi perder un poco ese control que había mantenido perfecto durante toda la tarde. Se le tensó el cuello, se le marcaron más los músculos del pecho, empezó a jadear con la boca abierta. Y eso fue lo que me llevó al segundo orgasmo: verlo a él llegar al límite. Clavé las uñas en su espalda, lo arañé desde los hombros hasta la cintura, y me corrí otra vez, gritándole en la cara. Él no dijo nada, solo aceleró.

—Me voy a correr —gruñó—. Me voy a correr adentro.

—Sí —dije yo, con la voz destruida—. Adentro. Todo adentro.

Dio tres o cuatro embestidas finales, brutales, hasta el fondo, y sentí cómo se le hinchó la verga adentro mío un segundo antes de que empezara a correrse. Un chorro largo, caliente, que me llenó por dentro. Después otro. Y otro. Gruñía con los dientes apretados, los ojos cerrados, la mandíbula tensa, vaciándose entero dentro de mí. Yo me apreté alrededor de esa verga para exprimirle hasta la última gota, sintiendo cada latido, cada pulso de semen quedándose adentro.

Terminó adentro. No lo había preguntado, no lo habíamos negociado. No me molestó.

Se quedó quieto un momento sin salir, todavía duro, recuperando el aliento, y yo también me quedé quieta, sintiéndolo palpitar. Cuando por fin se retiró, sentí el semen escurriéndoseme por entre las nalgas hasta el sofá. Me pasó dos dedos por el coño, recogió parte de su corrida mezclada con mi humedad, y me los llevó a la boca. Los chupé sin dudar. El techo del salón era de vigas de madera. Las conté mientras esperaba que el cuerpo dejara de temblar.

***

Más tarde, todavía en el sofá, me ofreció agua. La acepté. Nos quedamos un rato en ese silencio que no era incómodo, el tipo de silencio que existe entre dos personas que acaban de entenderse perfectamente sin necesitar demasiadas palabras.

—Segunda sesión el miércoles —dijo, eventualmente. No era una pregunta.

Lo miré.

—¿A qué hora abre el gimnasio?

—A las ocho. Pero vos llegás a las siete y media.

Asentí. Terminé el agua. Me vestí despacio, con esa calma que da el cuerpo cuando ha sido bien usado y no tiene ningún apuro en volver a la realidad. Todavía tenía el semen del Polaco escurriéndose por dentro cuando me puse el calzón.

Cuando salí a la calle el sol ya empezaba a bajar y yo todavía sentía cada músculo del cuerpo de una manera que no tenía nada que ver con el entrenamiento. O sí tenía, según desde dónde se mirara.

Mi maduro del gimnasio resultó ser exactamente lo que había imaginado desde la primera vez que lo vi entrar por esa puerta. Y eso, para lo que vine a buscar, era más que suficiente.

Esta es solo la primera parte. La segunda vale la pena.

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Comentarios(9)

juancho88

tremendo relato, me engancho desde el principio hasta el final!!

RosaAmalia47

por favor una segunda parte, me quede con ganas de saber que paso despues... demasiado bueno para terminarlo ahi

DiegoCortes_77

me recordo a algo parecido que viví hace años, esas tensiones que se van acumulando sin decirlas... muy bien contado

NellyR77

excelente!!!

marcoselva22

uno se pregunta si el dueño lo tenía planeado desde antes jaja. muy picante el relato

Carmencita_88

me encanto como fue construyendo la tension sin apresurarse. se nota que sabe escribir, fluye muy natural

PatricioBA

se hizo cortoooo queremos mas!!

viajera_99

de los mejores que lei en esta categoria. lo lei dos veces y la segunda todavia mejor. gracias por compartir

MiguelFdez

buenisimo, sigue asi!!

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