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Relatos Ardientes

Mi madre nos enseñó el oficio del barrio

Me llamo Marisol, tengo diecinueve años y en mi calle todos me conocían como la Clara, por el color de mi piel. Lo que les voy a contar pasó hace un par de años, cuando todavía vivíamos pegados a un paradero de combis, en una de esas colonias donde una crece escuchando groserías, dobles sentidos y a un montón de hombres con la boca sucia y las manos más sucias todavía.

En la casa éramos mi madre, mi hermana Karina y yo. Mi padre llevaba años encerrado por andar de ratero, así que mi madre salía cada tarde a buscar cualquier trabajo y nosotras dos juntábamos unos pesos vendiendo cubetas de agua a los choferes y a los muchachos que lavaban llantas en el paradero.

Con el tiempo conocíamos a todos los que pasaban por ahí. Y cuando a Karina y a mí se nos terminó de hacer el cuerpo, ellos empezaron a mirarnos distinto. Ya no era el saludo de siempre. Eran ojos que se quedaban pegados a nuestras piernas, comentarios que fingíamos no entender, esa manera de acercarse a pedir agua que en realidad era una excusa para acercarse a nosotras.

Karina, que es dos años mayor que yo, estaba obsesionada con unos tenis de marca que veía en el aparador del centro comercial. Pero el dinero apenas alcanzaba para comer. Las dos le dijimos a mamá que íbamos a buscar empleo, y empezamos a salir por las tardes a tocar puertas. Nadie nos contrataba. Sin estudios y sin experiencia, ni en las lavanderías ni en los puestos del mercado nos daban una oportunidad.

Pasaron las semanas y una mañana, al regresar del mandado, encontré a Karina platicando con uno de los choferes en la puerta. Vi clarito cómo el hombre le ponía unos billetes en la mano. Ella los guardó deprisa y se metió a la casa. El tipo me miró de arriba abajo, despacio, y antes de subir a su combi me dijo que si yo también quería ganar dinero fácil, solo tenía que avisarle.

***

Entré a la casa con el corazón golpeándome. Karina se estaba enjuagando la boca en el lavadero del patio.

—¿Qué fue eso? —le pregunté—. ¿Qué te dio?

—Ya tengo para mis tenis —contestó, y sonrió de una forma que no le conocía.

Me quedé helada. Le hice mil preguntas a la vez. Cómo había sido, qué había sentido, si no le había dado miedo. Ella me contó, sin rodeos, que el chofer llevaba semanas insinuándoselo, y que cuando le enseñó el fajo de billetes simplemente dejó de resistirse.

—Me dio asco —admitió, secándose la cara con el dorso de la mano—. Pero ya tengo el dinero.

—¿Y si mamá se entera? —insistí.

Karina me miró fijo.

—Hace tiempo la descubrí haciendo lo mismo con uno de ellos. Si ella cobra por estar con esos viejos, yo también puedo. Estoy harta de quedarme con las ganas de todo.

Sus palabras me hicieron un ruido extraño en la cabeza, y al mismo tiempo me parecieron lo más lógico del mundo. Pensé en la casa que se caía a pedazos, en la comida contada, en los zapatos rotos. Pensé en los hombres que ya nos miraban como si fuéramos suyas.

Si Karina puede, yo también.

—Lo voy a hacer —le dije—. Mamá se va temprano y vuelve de noche. La casa es nuestra toda la tarde.

***

Al día siguiente nos levantamos temprano. Nos bañamos con calma, nos arreglamos el cabello, nos pusimos los shorts más cortos que teníamos y unas blusas ombligueras sin sostén. Karina y yo somos delgadas, de piel clara y pelo castaño claro; más de uno nos decía que parecíamos extranjeras. Abrimos el zaguán como cualquier otra mañana y nos quedamos en la puerta, listas.

Los choferes empezaron a chulearnos en cuanto nos vieron. Frases de doble sentido, silbidos, miradas. Nosotras nos hacíamos las distraídas, riéndonos por lo bajo. Yo estaba nerviosa, me temblaban un poco las rodillas. Karina, en cambio, estaba tranquilísima. Tomó una cubeta, se echó un chorro de agua encima y la blusa se le pegó al cuerpo. Yo hice lo mismo. Empapadas, brillando bajo el sol, juntamos a media docena de hombres en cuestión de minutos.

Uno de los choferes se acercó. Era de los veteranos, de los que más nos habían molestado siempre.

—Ya andan calientes ustedes dos, ¿verdad? Mira que ponerse así frente a todos.

Nos reímos sin contestar. Él llamó a otro hombre, más joven, y le preguntó qué opinaba.

—Que ya están en edad de que alguien las atienda como se debe —dijo el otro, sin quitarme los ojos de encima.

Karina dio un paso al frente, segura como nunca la había visto.

—Si quieren, se puede. Pero les va a costar.

—Por esta de aquí pago lo que sea —dijo el veterano, señalándome, y estiró la mano hacia mi cintura.

Karina le detuvo el brazo en el aire.

—Primero se paga. Después se toca.

El hombre sonrió, sacó unos billetes y me los metió él mismo en el elástico del short. Ni siquiera alcancé a ver cuánto era. Me tomó de la mano y entramos a la casa.

***

Adentro, el corazón se me quería salir. Era mi primera vez, y la estaba teniendo con un desconocido al que apenas le sabía el apodo. Él me llevó hasta el sillón de la sala, me inclinó sobre el respaldo y me bajó el short de un tirón. No dijo nada bonito, ni falta que hacía. Sentí su mano abierta contra mi espalda, manteniéndome quieta, y después sentí cómo me abría con los dedos, apretándome las nalgas mientras buscaba acomodarse detrás de mí. Yo estaba tensa, con la respiración cortada, y él me habló al oído con una voz ronca que me hizo arder la cara.

—Relájate, morra. Si te aprietas más, te voy a partir en dos.

Me humedeció con saliva los dedos y volvió a tocarme abajo, separándome despacio, sin delicadeza pero con una seguridad que me dejó temblando. Cuando por fin empujó la punta de su verga contra mí, sentí un pinchazo brutal, como si me estuvieran abriendo a la fuerza. Apreté los dientes y se me escaparon unas lágrimas, mitad por el dolor, mitad por el vértigo de lo que estaba pasando. Él soltó una maldición baja, me sostuvo las caderas con las dos manos y fue entrando de a poco, centímetro a centímetro, hasta hundirse del todo en mi coño apretado.

—Eso, carajo —gruñó—. Así aguanto más.

Cuando empezó a moverse, el sillón crujió debajo de nosotros. Me daba embestidas cortas al principio, ásperas, y cada golpe me sacudía la pelvis hacia adelante. Yo agarraba la tela del respaldo con fuerza, sintiendo cómo me rellenaba y me raspaba por dentro, mientras su respiración se hacía más pesada. El sonido de sus caderas chocando contra mis nalgas llenó toda la sala. Me pegó una nalgada seca, luego otra, y después me abrió más las piernas para entrar mejor, metiendo la mano entre mis muslos para frotarme el clítoris con los dedos sudados. La vergüenza se me fue mezclando con una especie de calor sucio que me subía desde la entrepierna.

Karina entró en ese momento con otro hombre, uno más joven y flaco, y lo sentó en el otro extremo del sillón. Se quitó el short sin apuro, se abrió de piernas encima de él y se hundió sobre su polla como si supiera exactamente qué hacer. El tipo le apretó las tetas por encima de la blusa, le levantó la prenda hasta dejarle los pezones duros al aire y se los chupó con hambre. Karina arqueó la espalda, echó la cabeza hacia atrás y empezó a mover la cintura con una soltura que me dejó mirándola de reojo, todavía clavada sobre el sillón y ya empalada por completo.

El veterano detrás de mí no me dejaba descansar. Sacó la verga y la volvió a meter con una brusquedad que me arrancó un gemido. Me agarró del pelo, me obligó a levantar la cara y me habló entre dientes.

—No te hagas la santa. Si estás aquí es porque quieres que te dé duro.

No le contesté. Estaba demasiado ocupada sintiendo cómo me abría a golpes, cómo la piel de mis nalgas se calentaba con cada palmada, cómo sus bolas chocaban contra mí mientras me follaba de pie contra el sofá. Me humillaba y me excitaba al mismo tiempo. El dolor de la primera entrada ya se había vuelto otra cosa: un ardor profundo que me hacía morder la tela del respaldo y esperar el siguiente embiste con una ansiedad que no entendía.

Karina, a mi lado, ya estaba jadeando. El chico flaco la estaba cogiendo sentado, con ella encima, y le chupaba los pechos como si tuviera hambre de verdad. Ella le sostenía la nuca, le apretaba la cara contra sus tetas y le repetía que no parara. El ruido de las respiraciones, las nalgadas, el rechinar del sillón y los quejidos de los dos hombres se mezclaba con el calor de la casa cerrada. Yo veía cómo Karina se mojaba más y más, cómo sus muslos le temblaban cada vez que él le daba un golpe de cadera más hondo.

El veterano cambió el ritmo y empezó a meterla más fuerte, ya sin cuidado. Cada empujón me arrancaba un gemido más alto, y cuando metió la mano por delante para tocarme el coño con dos dedos, resbalando en mi humedad, sentí que me estaba llevando al borde. Me dijo que tenía el culo precioso, que estaba hecha para que la partieran, y luego me dio otra nalgada, más sonora que las anteriores. Yo me moví hacia atrás por puro instinto, buscándolo, pidiéndole más sin querer admitirlo. Él se rió por lo bajo y me la hundió hasta el fondo.

Entonces Karina soltó un gemido más agudo que todos los demás y se vino encima del otro hombre. Lo sentí en su voz, en cómo se le quebró el cuerpo. El chico la abrazó por la cintura y siguió moviéndose, hasta que también empezó a temblar. A mí me faltaba poco. Las piernas me flaqueaban, el coño me palpitaba alrededor de la verga que me rellenaba sin piedad, y cada vez que el hombre me chocaba las caderas contra el sofá, sentía una presión caliente creciendo en la barriga. Él lo notó y aceleró todavía más, agarrándome con fuerza por la cintura para no perder el ritmo.

—Eso, putita, apriétame —me dijo—. Me vas a hacer acabar.

Y acabó. Lo sentí retumbar dentro de mí, su cuerpo entero tensándose de golpe mientras soltaba una corrida caliente que me llenó por dentro en pulsos espesos. Me quedé inmóvil, tragándome el jadeo, sintiendo cómo me seguía bombeando un segundo, dos, tres, hasta que se vació por completo. El hombre salió despacio, me dio una última nalgada y se apartó con una sonrisa satisfecha.

En el otro extremo del sillón, el chico de Karina también terminó casi al mismo tiempo, apretándola contra sí mientras le regaba el vientre con semen. Las dos nos quedamos respirando fuerte, con la piel sudada, las piernas flojas y el cuerpo todavía vibrando por dentro. Ellos se fueron riéndose, dejando billetes sobre la mesa como si fuera lo más natural del mundo.

No teníamos idea de cómo se hacían las cosas, ni de qué les gustaba a los hombres. Pero éramos jóvenes, bonitas y dispuestas, y eso a ellos les bastaba. Esa misma tarde corrió la voz por el paradero y entraron uno tras otro. Cuando cayó la noche, Karina había juntado cuatro mil pesos y yo, por ser la nueva y la más chica de las dos, cinco mil.

***

Estábamos en el cuarto contando el dinero, muertas de risa y de cansancio, cuando mamá llegó. Escuchó el alboroto y abrió la puerta. Se quedó mirando los billetes desparramados sobre la cama.

—¿De dónde sacaron eso? —preguntó, muy seria.

Karina ni se inmutó.

—Nos lo ganamos. Con lo que tú ya sabes hacer.

Yo cerré los ojos esperando el grito, la cachetada, lo que fuera. Pero mamá soltó el aire despacio, se sentó en la orilla de la cama y, para mi sorpresa, sonrió.

—Me da gusto que aprovechen lo que tienen —dijo—. Pero lo van a hacer bien. Conmigo.

Resultó que ella lo había hecho durante años, a escondidas, las veces que el dinero no alcanzaba. Esa noche nos habló como nunca antes: de cuidarnos, de no dejarnos engañar, de no confiar en cualquiera. Al día siguiente no fue a trabajar. Se quedó en la casa con nosotras.

***

Mi madre se convirtió en algo así como la encargada. Nos enseñó a vestirnos, a hablarles a los clientes, a poner reglas y precios, a leer quién era de fiar y quién no. Ella cobraba en la puerta y nosotras nos ocupábamos del resto. En cuestión de meses dejamos de ser las dos hermanas del paradero y nos volvimos un secreto que se contaba en voz baja por toda la colonia. Hasta algunos vecinos, hombres que me habían visto crecer, terminaron tocando nuestra puerta.

Cada quien pedía lo suyo. A veces era rápido, contra el sillón, en cinco minutos. A veces eran tríos, porque a más de uno le gustaba la idea de estar con las dos hermanas a la vez, una de cada lado, riéndonos de lo poco que aguantaban. Casi nunca duraban mucho; nos dábamos maña para que terminaran pronto y pasara el siguiente.

Con lo que entraba, mamá nos compraba ropa, zapatos, nos llevaba al médico a hacernos chequeos, nos pagaba el salón. Empezamos con choferes y mecánicos, pero el nivel fue subiendo. De pronto llegaban hombres de traje, de coche bueno, que pagaban el triple por discreción. Atendíamos a todos. Había semanas de cuarenta o cincuenta clientes entre las dos, aunque, la verdad, la mayoría eran encuentros de unos minutos.

Karina y yo competíamos por todo. A ver quién juntaba más en una noche, a ver quién hacía terminar a más hombres antes de que saliera el sol. Mi récord quedó en quince; el de ella, en doce, cosa que jamás me dejó olvidar. Le tomé un cariño raro a esa vida. Pensé que duraría años, que envejecería contando billetes en aquel cuarto. Pero apenas alcanzamos a cumplir un año siendo las mujeres más solicitadas del barrio.

***

Una tarde, mamá llegó con cara de prisa y nos dijo que íbamos a visitar a unos parientes a otro estado, lejos. Apenas nos dio tiempo de armar un par de maletas. En el camino, Karina y yo veníamos comentando que ya nos hacía falta un descanso, unas vacaciones de verdad. Aunque algo no nos cuadraba: con lo que habíamos ganado, mamá seguía siendo tacaña hasta para lo más básico, y nunca quiso amueblar la casa ni darnos un gusto grande. Empezamos a sospechar lo peor.

El viaje fue largo, casi seis horas de carretera, y nosotras imaginando de todo. ¿Y si se había gastado el dinero a nuestras espaldas? ¿Y si nos llevaba a trabajar a otro lado? Por fin llegamos a un pueblo pequeño y el hombre que nos llevó nos dejó frente a una casa grande, bonita, en las orillas, con un patio lleno de árboles. Mamá sacó unas llaves del bolso y abrió la puerta.

Apenas entramos, se volteó hacia nosotras con los ojos brillando.

—Es nuestra —dijo—. La compré y la amueblé con lo que ganamos. Aquí vamos a vivir. Y se acabó lo de antes: nos quedamos con un puesto de comida en el mercado, y lo atendemos las tres.

Karina y yo nos quedamos mudas. Todas nuestras sospechas se vinieron abajo de golpe. La tacañería, los viajes negados, los gustos que nunca nos dio: todo había sido para esto, para sacarnos de aquel paradero y darnos un lugar de verdad.

***

Han pasado casi dos años desde que llegamos a este pueblo. No voy a mentir: a veces extraño aquellas noches locas, la adrenalina, los billetes, hasta la competencia tonta con mi hermana. Pero esta vida tranquila tiene su propia belleza. El lugar es callado, la gente es amable, y por las mañanas el aire huele a tierra mojada.

El puesto siempre se llena. Karina y yo atendemos con ropa ligera y una sonrisa, con el debido cuidado de no hacer enojar a las señoras del mercado, que nos vigilan de reojo. Mamá cocina como nadie. Y al final del día, las tres contamos lo del puesto en la misma mesa donde antes contábamos lo otro, y nos reímos de lo lejos que llegamos.

Gracias a todo lo que vivimos, hoy no nos falta nada. A veces, cuando paso frente al paradero de combis del pueblo y veo a los choferes, sonrío para mis adentros y sigo de largo. Esa Marisol quedó atrás, en otra colonia, en otra vida. Y la verdad, no me arrepiento de ninguna de las dos.

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Comentarios(7)

CarlitosBaires

buenisimo!!! me enganche desde el primer parrafo, no pude parar de leer

FelipeRA

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como sigue todo. Muy bien escrito.

Luisa_pampa

tremendo como lo planteaste, se siente muy real. Sigue publicando!

MatiasVz

me hizo acordar a algo que vivi de chico, esa sensacion de que todo cambia de golpe sin avisarte. muy bueno

Javier_mdq

Se hizo corto jajaja, quero mas!!

dulce_mirada

Ufff que buen planteo desde el inicio, la tensión te atrapa enseguida. Me gustó mucho como lo describiste sin exagerar.

BorgesFA

Lo lei de una sin parar. Muy buen ritmo, no decae en ningun momento y el final te deja pensando.

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