Lo que el señor de la limpieza vio en mi pantalla
Conseguí mi primer trabajo gracias a la universidad, una pasantía como asistente en una pequeña agencia del centro. La idea era ir formándome mientras estudiaba, así que solo iba por las tardes, después de clase. No sabía demasiado del puesto, pero mis padres estaban contentos y a mí me servía para empezar a moverme en un ambiente de oficina de verdad.
Mi jefa casi nunca estaba, lo cual significaba que tenía su despacho prácticamente para mí sola todas las tardes. Me prestaban ropa formal en lo que reunía para comprarme la mía: faldas largas, blusas, unos tacones que me hacían ver más alta de lo que soy. Me gustaba cómo me sentía vestida así, como si fuera otra persona.
Todo era tranquilo hasta que la agencia contrató personal nuevo de limpieza. Se llamaba Esteban. Tendría unos cincuenta y tantos, estatura media, un poco pasado de peso sin llegar a ser grueso, con casi todo el pelo pintado de canas. Amable hasta el cansancio, siempre con la actitud de echar una mano. Nos traía café por la mañana, hacía mandados, se ofrecía para cualquier cosa. En cuestión de días se ganó el cariño de toda la oficina.
Sus piropos nunca faltaban, pero los soltaba con tanta educación que nadie se sentía incómoda. Lo que sí notamos varias de mis compañeras fue cómo nos miraba cuando creía que estábamos distraídas. Cuando caminábamos hacia la impresora, cuando nos agachábamos a recoger algo. Una mirada que se quedaba un segundo de más.
Esa tarde, al firmar la bitácora de entrada, sentí sus ojos clavados en mi escote. No era nada pronunciado, pero a él parecía bastarle. Yo llevaba una falda larga color café y los dichosos tacones. Que mire, pensé, y me sorprendió que la idea no me molestara.
Me dirigí a mi cubículo y Esteban entró detrás de mí para avisarme que iba a comprar café para todos, por si se me ofrecía algo. Saqué unas monedas del bolso y se las di. Después abrí mi laptop. Antes de ponerme a trabajar quise revisar mi correo personal, ese donde recibo mensajes de gente que me escribe por las cosas que publico en cierta página.
Estaba leyendo un par de mensajes cuando mi jefa me llamó a la extensión para que pasara a la sala de juntas. La reunión fue corta, diez minutos a lo sumo. Cuando volví a mi escritorio, el café ya estaba ahí, con el ticket y el cambio ordenaditos al lado.
Y entonces caí en cuenta.
La laptop seguía encendida. En la pantalla, abierto de par en par, había un mensaje de un lector. Y con él, una foto mía en ropa interior.
Se me heló la sangre. Esteban había estado ahí. Había visto la foto, había entendido de qué iban mis conversaciones con esa gente. Le di un sorbo al café sin saborearlo, pensando si iría a contarlo, si intentaría chantajearme. No lograba ordenar las ideas, así que salí al estacionamiento a tomar aire.
Lo primero era hablar con él. Explicarle, que no pensara que soy una cualquiera. Pasé por recepción y no estaba. Volví a mi puesto y traté de concentrarme en mis pendientes, pero no podía.
De la nada me vinieron a la cabeza viejos recuerdos. Cosas de hacía años, la primera vez que un hombre mucho mayor me hizo sentir sucia y deseada al mismo tiempo. Por más que intentaba apartar la imagen, no podía. Y de ahí mi mente saltó sola a Esteban. ¿Sería amable o sería bruto? ¿De qué tamaño la tendría? ¿Cómo sería hacerlo con él en ese cuartito donde guarda sus cosas? Sentí el calor subirme por dentro y me asusté de mí misma.
Me levanté al baño. Al pasar por recepción, ahí estaba él, limpiando los vidrios. Notó mi presencia y me sonrió. No pude sostenerle la mirada y prácticamente corrí. Me encerré, respiré hondo, me retoqué el maquillaje y junté valor para decirle que lo de la foto había sido un malentendido. Cuando salí, ya no estaba.
Pasé por la cocina a tomar agua. Al regresar a mi oficina lo encontré sacando la basura, terminando justo. Alcancé a hablarle antes de que se fuera.
—Esteban, necesito explicarle lo que vio en mi computadora. No quiero que piense mal, es una tontería que tengo con unos amigos.
—Señorita, no tiene por qué darme explicaciones. Yo estaba limpiando su escritorio cuando la máquina se prendió sola y vi la imagen. No fue mi intención, se lo juro. Por favor no le diga nada al jefe, necesito mucho este trabajo. Es lo único que tengo.
—No se preocupe. Entiendo que fue un accidente. No diré nada si usted tampoco.
—Claro que no. Pero, si me permite, estos son tiempos peligrosos y una mujer tan bonita como usted no debería arriesgarse así. —Hizo una pausa y me miró distinto—. Aunque ya tiene a media oficina a sus pies. A mí incluido.
Me quedé sin palabras. No tanto por lo que dijo, sino por cómo me miraba al decirlo.
—La verdad es que tiene un cuerpo precioso, señorita. Podría tener al hombre que quisiera.
Lo escuchaba tan atenta que no me di cuenta de que tiré el café. Se derramó sobre el escritorio, los papeles, el piso, mi blusa blanca. Me levanté de un salto y él corrió a ayudarme, sacó un trapo del bolsillo y me lo tendió. Intenté secarme, pero la tela ya estaba transparente y se me marcaba el sostén. Esteban no podía despegar los ojos. Yo trataba de cubrirme. Él limpió el escritorio en silencio y salió diciendo que iba por el trapeador.
No volví a verlo el resto de la tarde. Algunos nos quedamos un rato más después de hora para adelantar trabajo. Estaba recogiendo mis cosas cuando una compañera asomó la cabeza para avisarme que ya nos íbamos. Le dije que iba enseguida y ella se fue.
Fue entonces cuando hice una locura que todavía no sé explicar. Sentada en mi silla, me quité la ropa interior y la dejé caer justo en el borde del bote de basura. Sabía que nadie más entraría ahí esa noche, solo él. Tomé mis cosas y salí como si nada.
***
A la mañana siguiente desperté caliente, con la idea metida entre las piernas desde antes de abrir los ojos. Elegí un pantalón de vestir, tacones altos y una blusa azul claro. Por la tarde, cuando llegué a la oficina, Esteban me recibió con una sonrisa y se mordió el labio al decirme lo hermosa que me veía. Sentí su mirada seguirme hasta el despacho.
Lo primero que hice fue buscar mi prenda en el bote. No estaba. Pensé que la habría tirado sin darse cuenta, hasta que vi una nota pegada en el monitor: «Revisa el último cajón». Lo abrí. Ahí estaba mi ropa interior. La tomé y se sentía húmeda. La acerqué a mi cara y todavía olía a él. Saber que el viejo se había dado placer con mi regalo me prendió de una forma que no esperaba. La guardé en el bolso.
El día transcurría normal. Me levanté a la cocina por agua. Me estiré para bajar un vaso de la alacena y sentí un cuerpo pegado a mi espalda.
—Hola, señorita Daniela. Me encantó su regalo. La dejé llena. Hoy se lo voy a compensar, mi reina.
Se separó pasándome la mano por el trasero, con una nalgada suave. Quedé peor de lo que estaba. Fui al baño a intentar calmarme. Al volver, una compañera me avisó que la junta se había cancelado y que saldríamos temprano.
Volví a mis pendientes. Entre correos y llamadas se me hicieron las ocho y media de la noche. Cuando levanté la vista, la oficina estaba casi vacía. Empecé a guardar la laptop. Sonó el teléfono: mi padre, preguntando a qué hora llegaba. Le dije que ya casi salía, que pediría un taxi.
Estaba apurada cuando tocaron a la puerta. Era Esteban, avisando que ya se iba y preguntando si necesitaba algo más, sin despegar la vista de mi cuerpo. Me giré hacia él justo cuando escuché a los últimos compañeros salir de la agencia. Quedamos solos. Sin dejar de mirarme a los ojos, se acercó.
—Entonces le gustan los hombres mayores, señorita. Yo puedo ayudarla con eso.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo sería eso?
—Tengo experiencia de sobra. Le aseguro que después de hoy va a ser usted la que me busque. Que va a estar todos los días esperándome a la salida.
Me recosté contra el escritorio. Él puso la mano en mi muslo y me besó. Le respondí rodeándole el cuello con los brazos.
—Tan decente que parece —murmuró contra mi boca—. Quién diría que por dentro se muere por una verga. Yo se la voy a dar.
Llevó mi mano a su entrepierna. Estaba dura y, para mi suerte, se sentía grande. Nuestras lenguas seguían peleando mientras me desabotonaba la blusa hasta dejarme en sostén.
—Me moría por ver estos pechos. Tan blancos, tan firmes.
—Son suyos, Esteban.
Me desabrochó el sostén y los liberó. Los miró un segundo, como apreciándolos, antes de lanzarse a morderlos y chuparlos, alternando entre uno y otro. Yo le acariciaba el pelo, perdida. Me tomó de la mano y me llevó a la silla. Se sentó. Yo me arrodillé frente a él.
—Ahora demuéstreme cuánto le gusta.
Le desabroché el pantalón y se lo bajé junto con el calzoncillo. Su verga saltó frente a mí. Larga, no demasiado gruesa, pero larga de verdad. La acaricié, la admiré un momento.
—No la mire tanto, Daniela. Va a tener tiempo de sobra.
Me la llevé a la boca y empecé a chuparla. La sacaba para besarla a lo largo del tronco, la recorría con la lengua hasta los testículos, escupía en la punta para masturbarla. Me encantaba sentirla tan dura. Él me daba golpecitos en los labios y en las mejillas con ella, marcando el ritmo, hasta que el sonido húmedo de la mamada llenó la oficina. Estaba tan mojada que no me importaba si alguien entraba.
—Qué bien lo hace, mi reina. Pero espere, que la quiero coger. Quiero ver ese trasero saltar.
Me puse de pie y me quité el pantalón, quedando en tacones y nada más. Me hizo a un lado y hundió la lengua entre mis piernas. Me dejé caer sobre el escritorio y abrí las piernas para él. Con una mano me apretaba los pezones mientras me daba sexo oral, y se le notaba la experiencia en cada movimiento. Estaba a punto de venirme por primera vez cuando se incorporó, se frotó contra mí y entró de un solo empujón hasta la mitad. Grité. Me abracé a él.
—Cógeme, por favor. Necesito tenerte dentro.
—Tranquila, reina. Te voy a dejar llena hoy y todos los días que pueda. Vas a rogarme para que te coja.
Yo gemía recibiendo sus embestidas. La idea de estar ahí, en mi propia oficina, con el señor de la limpieza, me tenía al límite. Sonó el teléfono otra vez, mi padre de nuevo. Lo ignoré. Otro orgasmo me sacudió y él lo sintió.
—Voltéate. Quiero ver ese culo.
Obedecí al instante, recargada en el escritorio, levantando el trasero a su disposición. Me la metió despacio hasta el fondo y empezó a penetrarme rápido y fuerte. Entraba y salía con facilidad de lo mojada que estaba, mientras me soltaba nalgadas que retumbaban.
—Siga, por favor —jadeaba yo—. Me encanta.
—Así me gusta. Dígame qué es.
—Soy suya, Esteban. Solo suya. Pero no pare.
Lo escuché gruñir, la respiración cada vez más agitada. Sacó la verga y se vino sobre mi espalda y mi trasero, en chorros calientes.
—No puedo más. Estoy muerto.
Se dejó caer en la silla. Yo me arrodillé a limpiarle la verga con la boca mientras él me acariciaba la cara.
—De ahora en adelante me la va a mamar cuando yo quiera. La voy a coger en su oficina, en la sala de juntas, en la cocina. ¿Va a pasar por mi cuartito todos los días?
—Sí —dije—. Voy a hacer lo que me pida.
Nos pusimos de pie y me ayudó a limpiarme la espalda. Fui al baño mientras él ordenaba el desastre. Cuando volví, todo estaba impecable, como si nada hubiera pasado. Tomé el bolso y caminé hacia la salida. Él estaba sentado en su banco, esperándome.
Me tomó de la cintura y me dio un beso largo, intenso, que respondí con las mismas ganas. Me amasaba el trasero con las dos manos mientras me decía cuánto le gustaba. Bajé la mano a su entrepierna y lo noté duro otra vez. La entrada daba a la calle, pero me arrodillé entre él y la mesa alta de la bitácora, en el hueco justo. Le desabroché el pantalón y me lo llevé de nuevo a la boca.
Empecé despacio, lamiéndolo entero mientras le apretaba los testículos hasta hacerlo gemir. Un beso en la punta y me la metí, todo lo que podía, dejándola llena de saliva para volver a chuparla. Él me agarraba del pelo. Sonó el teléfono: mi padre.
—Ya voy, papá, salgo en cinco minutos —contesté rápido, y volví a lo mío.
Lo sentí ponerse más grueso. Me sujetó la cabeza con una mano y se masturbó con la otra.
—Abra la boca, princesa. Le voy a dar lo que quería.
—Démelo, por favor. Quiero todo.
Salieron los primeros chorros sobre mi cara, la barbilla, la nariz, la frente. Después apuntó a mi boca y soltó el resto, que tragué entero sin dejar caer una gota. Le chupé la verga hasta dejarla limpia, recogí los restos de mi cara y volví a pasarle la lengua, de los testículos a la punta, despidiéndome con un beso.
Me acarició el rostro una vez más mientras se acomodaba la ropa y me repetía cuánto le había gustado. Me puse de pie, me despedí y salí rumbo al estacionamiento, más caliente que cuando había llegado.