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Relatos Ardientes

Dos hombres maduros y yo, una tarde sin reglas

Llevaba ya varios días instalada en casa de Ernesto y no tenía ninguna intención de volver a la mía más que para recoger ropa limpia. Él era de esa clase de hombres que una cree extinta: maduro, paciente y, sobre todo, incansable. A mi edad ya había aprendido a no desperdiciar a un amante así, de modo que pasé un momento por mi piso, metí cuatro prendas en una bolsa y regresé dispuesta a estirar la visita unos días más.

Aquella tarde, después de comer, lo noté insinuante. Me lanzaba miradas por encima de la taza de café, esas que no necesitan palabras. Subí al dormitorio, me puse un camisón casi transparente que guardaba para las ocasiones y bajé descalza con la intención de repetir la fiesta de la noche anterior. Dejé una música baja y sugerente sonando en el salón y caminé hacia la cocina para avisarle, con esa sonrisa que ambos sabíamos descifrar.

Entonces sonó el timbre.

Ernesto abrió y desde el pasillo escuché una voz grave y cargada de guasa que entraba antes que su dueño.

—¿Se puede saber dónde te has metido toda la semana? Ni por el bar apareces ni vienes a echar la partida. ¿No habrás estado malo?

Yo, con aquel camisón que no tapaba nada, me refugié de puntillas en el baño más cercano y dejé la puerta entornada. No era cuestión de recibir visitas en aquellas condiciones.

—Estos días he estado liado —dijo Ernesto, y noté el apuro en su voz.

—Ya, y yo me lo creo. —El otro se reía solo—. Seguro que has pescado a alguna y le estás dando guerra, que te conozco. No sabes estarte quieto con ese sable que llevas encima, y mira que ya te ha traído disgustos.

—No empieces, Andrés.

—¿Que no empiece? Si fui yo quien llevó a la última al centro médico, con aquella irritación y aquel desgarro que por poco le dan puntos. Esa no quiso saber más de ti, ni te coge el teléfono. —Soltó una carcajada—. Tu mujer fue mala suerte, pero las demás te las cargas tú solito.

Escuché a Ernesto resoplar entre risas incómodas mientras yo, en la penumbra del baño, sentía un cosquilleo nada inocente subiéndome por el vientre.

—Anda, ponme un café, que vengo de comer y me he tomado un par de cervezas. Necesito pasar al baño a aliviar la vejiga —dijo Andrés.

—Espera, espera. —Ernesto casi tartamudeaba—. Usa el del fondo, el de mi cuarto. Ese de la entrada lo tengo… lo tengo a medio limpiar.

—Ahí va, pillín. —La voz se volvió pura sorna—. O sea que tienes compañía y no me dices nada. Ya me pareció a mí que olía a mujer al entrar. Preséntamela, hombre, que no te la voy a quitar.

***

Viendo que el asunto no tenía escapatoria, decidí no esconderme más. Salí al pasillo casi sin acordarme de cómo iba vestida y me presenté con toda la naturalidad que pude reunir.

Andrés era, ciertamente, un hombre muy bien llevado. Mayor, como Ernesto, pero con un aire varonil que no se aprende: barba blanca de varios días a juego con el pelo cano, hombros anchos y un cuerpo cuidado que se adivinaba bajo la camisa. Me miró de abajo arriba sin disimulo, deteniéndose un instante en la tela traslúcida del camisón.

—Madre mía, Ernesto —dijo sin apartar los ojos de mí—. Esta supera a todas las demás. Acabo de estropearte una tarde caliente, ¿verdad? —Se acercó, me dio un beso suave en la mejilla y se disculpó por el atrevimiento—. Es que somos viejos amigos, y eso da confianzas.

—Carla —le dije, tendiéndole la mano.

—Carla. —Saboreó el nombre como si lo probara—. No esperaba menos. Te queda bien. —Bajó la voz, todavía con la sonrisa torcida—. Mira, si algún día te cansas de este, aquí tienes a alguien que puede cubrir su ausencia. No dispongo del mismo arsenal que él, eso lo reconozco, pero tampoco me quedo corto, aunque me esté mal decirlo.

No iba a quedarme atrás. Le sostuve la mirada y dejé que la mía resbalara hasta su entrepierna.

—Te creo —contesté—. Eres un hombre muy atractivo, y por el bulto que se te marca ahí no dudo que tengas buen material.

Ernesto soltó una carcajada limpia.

—Así me gusta, que le den con la misma horma de su zapato. —Y luego, divertido—: A ver si entre los dos la entretenemos.

—Un momento. —Me planté delante de Ernesto con las manos en la cintura—. Tú me tienes que explicar eso de la última a la que Andrés tuvo que llevar al médico. Esa parte no me la habías contado.

***

—Te lo cuento yo —saltó Andrés, encantado de tener público—. Verás, este animal, con esa tranca gruesa que se gasta, quiso darle una tarde memorable a una amiga que yo le presenté. Y resulta que las dimensiones no eran las adecuadas. La pobre tenía poco sitio, y este, en lugar de tomárselo con calma, casi la parte en dos. Estuvo días sin poder ni sentarse.

—La mía es más comedida —añadió, guiñándome un ojo—. Si alguna vez te cansas de su artillería, ya sabes dónde buscarme.

—Oye, oye —protestó Ernesto, dirigiéndose a mí—. Tampoco la suya es pequeña, que se la he visto bien. Más fina que la mía, pero larga y con buena cabeza. No es tan marcada ni tan ancha, pero pistola la tiene.

—Por lo que veo, ambos os conocéis demasiado bien el arsenal —dije, y noté cómo me ardían las mejillas, aunque no de vergüenza—. Eso es que alguna afortunada os compartió a los dos. Quién fuera ella.

Lo solté así, a propósito, para meterme de lleno en aquella conversación caliente y dejarles claro que no era una estrecha ni me asustaban sus palabras. Vi cómo cambiaba el aire de la habitación.

—La verdad es que sí —reconoció Andrés—. Una amiga que compartimos hace tiempo. Pero se cansó de nosotros.

—Este quería fiesta a diario —se rio Ernesto—. La asustó de tanto pedir.

—Qué boba —dije, y me sorprendí a mí misma al decirlo—. Mira que dejar escapar a dos hombres así.

Andrés dio un paso hacia mí. Ya no se reía.

—Con tu permiso, Ernesto, yo estaría dispuesto a repetir esa fiesta, si se diera la ocasión.

Le sostuve la mirada un segundo de más.

—Me parece bien —contesté—. Pero primero tengo que ver y calibrar esa supuesta herramienta de la que tanto presumes.

Ernesto se desternilló.

—Joder, Andrés, esta te ha pillado. Como vengas en baja forma, vas a hacer el ridículo.

***

—No me lo esperaba yo hoy, la verdad —murmuró Andrés, y empezó a desabrocharse el cinturón.

Se bajó la cremallera sin ninguna prisa, mirándome a los ojos. No llevaba nada debajo. Sacó un miembro largo y de buena cabeza, todavía a medio despertar, que efectivamente daba la talla. Tal como habían dicho, era de piel lisa y fina, muy distinto al de Ernesto.

—Vaya —dije, acercándome—. Sí que cumples.

Se la agarré con descaro, sopesándola, mientras con la otra mano tiraba de la tela del pantalón hasta dejárselo en los tobillos. Le sostuve los testículos un instante, firmes y bien proporcionados, cubiertos de un vello blanco que me hizo humedecerme de golpe.

—Qué mujer tienes, Ernesto —jadeó Andrés—. Estas no se encuentran todos los días.

Sentí entonces las manos de Ernesto detrás de mí, deslizándome el camisón por los hombros, soltándome el sujetador con la práctica de quien ya conocía mi cuerpo. Me incliné hacia delante mientras Andrés terminaba de quitarse la camiseta y sacaba los pies del pantalón, y volví a tomar aquel miembro, esta vez con la boca.

Lo noté estremecerse. Me miraba como si no se creyera la rapidez con la que me lo había metido entre los labios, mientras yo le acariciaba esas pelotas tibias rodeadas de pelo cano. Tenía el pecho ancho y poblado, un torso de hombre hecho que me tenía empapada antes de empezar.

Ernesto deslizó la mano entre mis piernas por detrás, comprobando lo lista que estaba.

—Está mojadísima —dijo en voz baja, casi para sí.

***

Entre los dos me llevaron a la cama y durante unos minutos quedé a merced de ambos. Andrés se hundió entre mis muslos y empezó a lamerme con una paciencia que no esperaba de un primer encuentro, mientras Ernesto jugaba con mis pezones y me acercaba a la boca su miembro grueso, del que apenas podía abarcar la cabeza.

La lengua de Andrés trabajaba con una sabiduría que me arrancó el primer orgasmo casi sin avisar. Lo celebró aumentando el ritmo, hundiéndose más, y yo me retorcí en la cama mordiéndome el dorso de la mano para no gritar.

Después se incorporó de rodillas entre mis piernas. Tomó su miembro, ya completamente duro pero todavía suave al tacto, y empezó a frotar la punta contra mí, abriéndome despacio, metiendo apenas la cabeza para volver a sacarla. Yo levantaba las caderas buscándolo, pidiéndole sin palabras que dejara de jugar.

—Dime, Carla —murmuró, con una media sonrisa de macho seguro de sí mismo—. ¿Quieres que te folle yo primero, o prefieres seguir con la boca un rato más?

—Fóllame —le pedí—. Pero la leche me la das en la boca, que quiero saborearla.

Ernesto me hizo callar metiéndome media polla hasta el fondo de la garganta, tan ancha que por un momento me quedé sin aire.

De una sola embestida, Andrés entró entero. Empezó a moverse con una cadencia sensual, sin prisa, y yo gemía cada vez que Ernesto retiraba su miembro de mi boca para dejarme respirar. Me ofreció los testículos y se los recorrí con la lengua mientras Andrés me embestía con una maestría que me iba acercando, ola tras ola, a un segundo orgasmo todavía más intenso que el primero.

Lo celebró acelerando, golpeándome con todo el cuerpo, su respiración cada vez más entrecortada. Sentía sus caderas chocar contra mí, los muslos firmes, el peso entero de aquel hombre maduro empujándome contra el colchón. Estuvo así varios minutos, hasta que comprendió que yo estaba al límite, ahogada entre su miembro y el de Ernesto.

—Tu turno —le dijo a su amigo, saliendo de mí—. Déjame a mí, que a Carla le voy a dar de tragar.

***

Se intercambiaron. Ernesto colocó una almohada bajo mi cadera para levantarla un poco y entró despacio, como sabía hacerlo, hasta que sentí su grosor rugoso llenándome por completo. Mientras tanto, Andrés se arrodilló junto a mi cabeza, me giró el rostro con suavidad y deslizó la mitad de su miembro entre mis labios, follándome la boca con calma, sujetándome la nuca.

Estaba gozando como hacía tiempo que no me ocurría. Ernesto pronto provocó otro orgasmo colosal, y al notarlo apretó las embestidas hasta vaciarse dentro de mí con un gruñido largo. Casi al mismo tiempo, Andrés aceleró sobre mi boca, gimiendo como un poseso, hundiéndose hasta el fondo. Sentí de golpe los chorros espesos descargando en mi garganta mientras me sujetaba la cabeza para que no me apartara, soltando tanto que apenas me dio tiempo a tragarlo todo.

Cuando ambos se retiraron, quedé deshecha sobre la cama, con la respiración agitada y los ojos cerrados, incapaz siquiera de mirar el techo. Los oía a los dos jadear a mi lado.

Andrés me besó en la sien y habló con una voz mucho más dulce que la de antes.

—Eres una diosa, Carla. Espero que podamos repetir esto. Con tu permiso, claro, y el de Ernesto, que yo soy el último en llegar y ya estoy pidiendo.

No sé de dónde saqué las fuerzas, pero le respondí:

—Si tú te crees que te vas a ir hoy de esta casa sin hacérmelo otra vez, lo llevas claro. De aquí no sales todavía.

Andrés resopló como un toro, y Ernesto se rio sin disimulo.

—Menos mal que tengo refuerzos —dijo—, que esta mujer me funde solo.

***

Cuando logré recomponerme un poco, me aseé y les preparé un café bien cargado. Pasamos el resto de la tarde así, los tres desnudos por la casa, bromeando, ellos regalándome de vez en cuando un beso o una caricia en los pechos y en el trasero, yo jugando con sus miembros entre risas. Había algo cómodo, casi doméstico, en aquella desvergüenza compartida.

Volvieron a darse cuenta de mí ya entrada la noche, después de una larga recuperación y de un par de cafés más. Pero esa parte de la historia prefiero guardármela para otra ocasión.

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Comentarios (6)

MiriamVegas

que relato tan bueno!! me dejo sin palabras de verdad.

Carlitos_BA

Por favor una segunda parte! con ese final quede con ganas de mas, no puede terminar ahi.

LauraCaroSF

Me encanto el ambiente que creaste desde el principio, esa tension se siente desde la primera linea. Muy bien escrito, sigue subiendo mas relatos asi!

Rolando_M

Increible. Me recordo a una situacion parecida que vivi hace años y que nunca olvide jaja. Gracias por compartirlo

DiegoPaz

Que tarde esa eh... tremendo jaja

Dante_lector

Muy bien llevado el ritmo, nada forzado ni apurado. De los mejores que lei en este sitio en los ultimos meses.

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