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Relatos Ardientes

El casero maduro y el alquiler que no pude pagar

Todavía no sé si lo que me pasó fue mala suerte o la cosa más excitante que me ha ocurrido en la vida. Cada mes, cuando se acerca la fecha de corte, una mezcla de ansiedad y morbo me recorre el cuerpo entero solo de pensar en la llegada de don Heriberto. Para que se entienda: tengo veintitrés años, estudio Arquitectura y, por más que hago números, las finanzas nunca han sido mi punto fuerte.

Vivo sola en un departamento minúsculo de un solo ambiente, con la cama pegada al escritorio y el escritorio pegado a la cocina. Lo alquilo desde que empecé la carrera, y desde el primer mes supe que mi casero no era un hombre cualquiera.

Aquella tarde, el día exacto en que vencía mi alquiler, escuché tres golpes secos contra la puerta. No necesité mirar por la mirilla. Sabía perfectamente que era él.

Al abrir, me encontré con su figura robusta tapando casi todo el pasillo. Un hombre de baja estatura, ancho de hombros, casi calvo salvo por unos pocos pelos que se aferraban a la coronilla. Pero siempre impecable: camisa planchada, zapatos lustrados y un perfume denso que llenaba el ambiente apenas entraba. No traía ningún recibo en la mano. Solo esa sonrisa ladeada que me erizaba la piel de una forma confusa, mitad incomodidad, mitad otra cosa que prefería no nombrar.

—Renata —dijo, entrando sin que yo lo invitara—. Otro mes más y ni rastro de la transferencia.

Su voz era un susurro ronco que parecía vibrar contra las paredes del pequeño ambiente. Retrocedí por instinto hasta que mis muslos chocaron contra el borde del escritorio.

—Don Heriberto, por favor —balbuceé—. Los exámenes, los materiales, las maquetas… El próximo mes se lo juro. Le pago todo junto.

Él no se detuvo. Avanzó hasta quedar tan cerca que sentí el calor que despedía su cuerpo. Sus ojos bajaron por mis piernas, recorrieron mis jeans ajustados y se detuvieron en el escote de mi blusa, húmeda por el sudor de los nervios.

—Soy un hombre de negocios, nena —dijo, sin apuro—. Pero también soy un hombre con necesidades. Y tú eres demasiado linda para andar angustiándote por unos cuantos billetes.

Se me hizo un nudo en la garganta. La idea me golpeó de frente, cruda y sin disimulo: este hombre, que tranquilamente podría ser mi padre, me estaba ofreciendo una salida que no pasaba por el dinero. Sus dedos, gruesos y ásperos, me rozaron la mejilla. Bajaron despacio por el cuello hasta engancharse en el borde de mi sostén, por debajo de la tela.

Tendría que estar empujándolo hacia la puerta. ¿Por qué no lo hago?

—Pagá el alquiler ahora mismo, Renata —ordenó, con una autoridad serena que, para mi propia vergüenza, hizo que un calor repentino se instalara entre mis piernas—. Mostrame qué tan agradecida sabés ser.

No hubo más palabras. Con una mano firme sobre mi hombro me hizo darme la vuelta y apoyar las palmas sobre el escritorio, justo encima de mis apuntes y mis planos a medio terminar. El contraste entre la frialdad de la madera bajo mis dedos y el calor de sus manos buscándome por la cintura fue el detonante. Escuché detrás de mí el sonido metálico de su cinturón al desabrocharse, ese chasquido seco que marcaba el comienzo de mi nueva forma de pago.

***

Me presionó la espalda para que me inclinara más, hasta casi hundir la cara entre los cuadernos que minutos antes eran mi única preocupación del día. Sentí el aire frío en la piel cuando me bajó los jeans y la ropa interior de un solo tirón, sin delicadeza, dejándome expuesta a su mirada.

—Mirá nada más —gruñó cerca de mi oído, con el aliento caliente rozándome el lóbulo—. Qué desperdicio sería echarte a la calle teniendo este cuerpo.

Cerré los ojos. Una parte de mí quería desaparecer entre las hojas de papel; otra, la que no me animaba a confesar ni a mí misma, estaba completamente despierta, atenta a cada uno de sus movimientos. Sentía el corazón golpeándome contra las costillas, y entre las piernas una humedad que me delataba mucho antes de que él la descubriera.

Sus manos me recorrieron las nalgas, las apretaron sin pedir permiso, y después lo sentí acomodarse detrás de mí. Su miembro, grueso y firme, se apoyó contra mi entrada. Antes de que el miedo terminara de formarse, empujó con un movimiento seco y decidido.

Un gemido agudo se me escapó de los labios cuando me penetró por completo. La sensación fue abrumadora: la rudeza de su empuje chocaba con la humedad que mi propio cuerpo, traicionero y excitado por el morbo de toda la situación, había empezado a generar sin mi permiso.

—Tan apretada —murmuró, satisfecho—. Sabía que valdrías cada peso que me debés.

No perdió el tiempo. Comenzó a embestirme con un ritmo rudo, constante, que hacía crujir el escritorio contra el piso de cerámica. Cada golpe me empujaba hacia adelante, contra mis propios apuntes; mis dedos se enterraban en las hojas, arrugándolas, mientras intentaba mantener el equilibrio y no caer de bruces sobre la madera.

El eco de nuestros cuerpos chocando llenaba el departamento entero. Un sonido sucio, rítmico, húmedo, que me recordaba a cada segundo cuál era exactamente el precio de mi techo. Y lo peor de todo era que, en lugar de darme asco, ese sonido me encendía más.

Sus manos abandonaron mis caderas y subieron por mi espalda hasta enredarse en mi pelo. Tiró con fuerza, obligándome a arquear el cuello y levantar la cabeza. Por el reflejo del vidrio de la ventana alcancé a ver su rostro congestionado por el deseo, los ojos clavados en mí, disfrutando de la imagen de una universitaria rindiéndose ante él por pura necesidad.

—Decime que soy tu dueño —exigió, sin aflojar el ritmo—. Decime que vas a pagar así cada mes.

—Sí… don Heriberto… —jadeé, perdida entre el placer prohibido y la humillación que, contra toda lógica, me empujaba todavía más cerca del límite—. Por favor…

—Por favor, ¿qué? —se rió, ronco—. Pedímelo bien.

—Por favor… no pare.

La confesión me quemó en la boca, pero ya no había vuelta atrás. Él lo notó. Sus dedos buscaron entre mis piernas, encontraron el punto exacto y empezaron a frotar en círculos mientras seguía embistiéndome. Fue demasiado. Mi cuerpo dejó de obedecerme: las rodillas me temblaron, la respiración se me cortó, y un espasmo largo me recorrió de la nuca a los talones.

***

Me corrí con la cara contra los libros, mordiéndome el labio para no gritar, apretándolo dentro de mí de una forma que lo hizo soltar un gruñido grave. Don Heriberto sintió cada contracción y aceleró, brutal, como si quisiera marcar el final del trato a su manera.

—Eso es —dijo entre dientes—. Así me gusta. Bien agradecida.

Sentí cómo su cuerpo entero se tensaba hasta el límite. Con un último empuje profundo, que me arqueó la espalda y me arrancó otro gemido, se vació dentro de mí. Se quedó así unos segundos, pesado y jadeante sobre mi espalda, su respiración golpeándome la nuca, mientras yo seguía aferrada al borde del escritorio sin saber muy bien si quería que se apartara o que se quedara.

Cuando finalmente se retiró, me dejó temblando, deshecha sobre la madera, con las hojas de mis apuntes arrugadas y pegadas a la piel. Él, en cambio, con una tranquilidad que me resultó casi insultante, se acomodó la camisa y se subió los pantalones. Volvió a abrocharse el cinturón con el mismo chasquido seco de antes.

—Quedamos a mano por este mes —dijo, ajustándose el cuello de la camisa frente al espejo, como si nada hubiera pasado—. Vos tranquila con tus estudios, nena.

Me incorporé despacio, subiéndome la ropa con dedos torpes, sin animarme a mirarlo del todo a la cara. Tenía las mejillas ardiendo y un torbellino en la cabeza: vergüenza, alivio, y algo más profundo y oscuro que no me atrevía a examinar.

—¿Y… el mes que viene? —pregunté, y apenas la frase salió de mi boca me odié un poco por el tono, porque no había sonado a miedo. Había sonado a otra cosa.

Él se detuvo en la puerta. Me miró de arriba abajo, despacio, y esa sonrisa ladeada volvió a aparecer.

—El mes que viene —respondió— vengo a cobrar igual. Salvo que de pronto te sobre la plata. Pero algo me dice que no.

Cerró la puerta tras de sí y yo me quedé sola en medio del departamento, con el perfume de él todavía flotando en el aire y el corazón latiéndome demasiado rápido. Me senté en el borde de la cama, con la mirada perdida en los planos arrugados sobre el escritorio.

Tendría que haber estado furiosa. Tendría que haber buscado otro lugar para vivir esa misma noche, juntar mis cosas y desaparecer. En cambio, me descubrí mirando el calendario clavado en la pared, contando los días que faltaban para la próxima fecha de corte.

Y por más que me cuesta admitirlo, no los contaba con miedo. Los contaba con ese mismo morbo que me había recorrido el cuerpo entero cuando escuché los tres golpes secos en la puerta. Sabía que iba a volver. Y, en el fondo, una parte de mí ya estaba esperando que lo hiciera.

Este es mi primer relato. Espero que les guste tanto como a mí me cuesta confesarlo.

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Comentarios (5)

RaulMza

Muy bueno, me tuvo enganchado hasta el final. Sigan subiendo relatos asi!

MarisolCba

que situacion tan tensa y emocionante a la vez jajaja, me encanto como lo contaste

LectorAnónimo7

Excelente!!!

FernandezLect

Por favor hacé una segunda parte, quede con muchas ganas de saber que paso despues. Muy bien escrito.

PabloCaseros

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace años... digamos que el casero de mi primer departamento tambien era "comprensivo" jaja. Tremendo relato.

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