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Relatos Ardientes

El viudo del parque me enseñó a no temerle al placer

Llevaba unos días desconectada de todo, tomándome un respiro lejos del ruido y de la gente que me conocía. Aquella tarde, después de comer sola en un pequeño restaurante del centro, decidí dar un paseo por una zona ajardinada. Caminaba sin prisa, dejando que el sol de la tarde me calentara los hombros, cuando me fijé en un hombre ya mayor sentado en un banco.

No era un viejo cualquiera. Tenía un aspecto atractivo, de esos que el tiempo no estropea sino que afina. Le echaba migas de pan a las palomas con una paciencia tierna, y me di cuenta de que me miraba de reojo, con discreción. Al verse descubierto, en lugar de apartar la vista, me saludó con una leve inclinación de cabeza.

—Buenas tardes —le devolví el saludo, y como quien busca cualquier excusa para no seguir de largo, añadí—: Tenga cuidado, que la ordenanza del ayuntamiento prohíbe darle de comer a las palomas en la vía pública.

Él sonrió sin asomo de culpa.

—A mí me gusta cuidar a las pobres aves hambrientas. No me importan esas medidas tan drásticas. Soy un hombre al que le gusta atender a los animales… y por supuesto también a las personas.

Lo dijo con una sonrisa apenas insinuada, pero lo bastante pícara como para que yo entendiera que la frase tenía doble fondo. Me detuve. Lo miré con más calma de la que la cortesía permite.

Tenía el pelo muy canoso y un porte fuerte, masculino, con vello abundante en los brazos y en las piernas. Llevaba un pantalón corto que, sin proponérselo él ni proponérmelo yo, dejaba adivinar un bulto considerable apoyado contra el muslo. Madre mía, Amalia, ese hombre carga una herramienta que, si se pone en forma, asusta.

—Yo también cometo a veces esos pequeños delitos —dije, rompiendo el hielo—. Si es que se les puede llamar así.

Él se rio, complacido de que yo aceptara el juego, y me tendió la mano.

—Ricardo.

—Amalia —respondí—. Y perdone mi indiscreción y mis comentarios.

—No tiene nada que disculparse. Y menos una mujer tan elegante y tan amable. —Hizo una pausa, miró a su alrededor—. Se me acabaron las migas y las palomas empiezan a marcharse. ¿Me permitiría invitarla a un café? La veo pasear sola y me imagino que ahora nadie la espera.

—Desgraciadamente, no —admití—. Soy viuda. Estoy tomándome unos días de respiro. La vida a veces es más ajetreada de lo que una quisiera, incluso estando sola.

—Entonces somos almas parecidas, Amalia. Yo soy doblemente viudo. Dos mujeres me dejaron por causas distintas, y también ando en una época de meditación y calma.

—¿Doblemente viudo? —pregunté, sin poder disimular la curiosidad.

—Una falleció de un cáncer, hace ya años. La otra, de un infarto. Esa última me dejó algo tocado durante un tiempo. —Bajó la voz, esbozó una sonrisa avergonzada—. Me da un poco de apuro contar la causa, pero se lo diré: fue durante el acto. Ella tenía orgasmos muy intensos, y en uno de ellos perdió el conocimiento y ya no despertó. El médico me dijo que había sufrido un «infarto dulce». Creo que lo dijo para que no me sintiera culpable.

—Vaya —murmuré.

—Es usted de las pocas personas a las que se lo cuento. Suena casi surrealista.

Decidí aligerar la conversación, llevarla hacia donde la temperatura ya empezaba a subir.

—Pues yo le diré una cosa: ahora no, pero dentro de unos años, no me importaría irme de este mundo de esa manera.

Él soltó una carcajada baja y su mirada cambió. Se volvió descarada.

—Da la casualidad de que yo soy maestro y experto en esa materia.

—Me apunto desde ya —dije, y esta vez fui yo quien dejó caer la mirada, sin disimulo, hacia su entrepierna.

Él notó adónde miraba.

—Además, creo que tengo las herramientas adecuadas para ese momento. Aunque últimamente están en desuso.

—Lo tendré muy en cuenta —respondí, y volví a mirar el mismo punto, ahora sin ninguna vergüenza—. Se nota que tiene experiencia y el armamento apropiado.

—Podríamos hacer unas prácticas previas a ese día fatídico —propuso—. Así, cuando llegue, espero que muy lejano, no nos pillará en falta. Iremos bien preparados.

—Por mi parte, ningún problema en empezar cuanto antes. Tengo curiosidad por descubrir esa herramienta que, según usted, me mandará al otro mundo dentro de unos años.

Reímos los dos, y sin más rodeos él dijo:

—Vivo aquí cerca. La invito a ese café en mi casa, comprueba el armamento, y si es el adecuado, empezamos las prácticas.

***

Diez minutos después entrábamos en su casa. No habíamos terminado de cruzar el umbral cuando me abrazó y me besó con un deseo que yo le devolví con creces. Le clavé las uñas en el trasero para atraerlo hacia mí, sintiendo contra la cadera aquel bulto que ya no era una promesa sino una amenaza deliciosa.

Me subió la blusa con torpeza ansiosa y me soltó el sujetador mientras yo le desabrochaba el cinturón. Con prisa y algo aturdida por las prisas, le bajé el pantalón corto junto con la ropa interior.

Madre mía. Aquello era descomunal. Grueso, recorrido por venas marcadas, coronado por una cabeza ancha cubierta de una piel fina que la hacía parecer aún más apetecible. Y todavía no estaba del todo erecto. Ya así asustaba.

—¿Espero que sea de su agrado? —preguntó, divertido por mi cara.

—No tengo palabras para describir esta hermosura —confesé, agarrándola con la mano.

Quedé prendada del peso de aquel miembro, y no menos de las dos pesadas bolsas que colgaban debajo, entre una maraña de vello canoso. Él me bajó el tanga con la misma pasión, casi arrancándomelo, y elogió mi sexo afeitado antes de acariciarlo. Metió un dedo y comprobó lo que yo ya sabía: estaba empapada, ardiendo.

—Dime dónde está la cama —le dije, sin soltar su miembro, que empezaba a endurecerse en mi mano—. Quiero empezar ya con esas prácticas pendientes.

Sonrió y me señaló el camino. Avancé tirando suavemente de él, viendo cómo crecía a cada paso, marcándose más aquellas venas que me hacían mojarme solo de imaginar lo que me esperaba.

***

Me tumbó en la cama y bajó directo a devorarme. Su lengua trabajaba mi sexo abierto por el deseo mientras yo buscaba a tientas su erección, ya rígida del todo, y la acariciaba despacio, descubriendo aquella cabeza suave que era una delicia tocar.

—Veo que tienes ganas de probarla —dijo, incorporándose para ofrecérmela.

La guie con la mano hasta mi boca y me metí como pude aquel cabezón en los labios. Una de mis manos le acariciaba las pelotas pesadas y peludas; la otra, el trasero firme, marcándole un ritmo lento para poder ir tomando más. Él gemía, sujetándome la cabeza con suavidad, consciente de que aquello era demasiado grueso y demasiado largo para mi boca.

Alargó una mano hasta mi sexo y volvió a jugar con él, llevándome al borde de un orgasmo que detuvo justo a tiempo. Entonces me empujó hacia atrás, agarró su miembro y empezó a frotar la cabeza entre mis labios mojados, haciendo que la cadera me vibrara, que el cuerpo entero se me tensara hasta que estallé en un orgasmo que llevaba demasiado tiempo esperando.

Todavía me convulsionaba cuando me penetró. Lo hizo tan profundo que me dejó sin aire. Por un instante pensé en aquel «infarto dulce» que él había mencionado, porque el placer fue tan brutal que es posible que perdiera el conocimiento unos segundos. Entraba a buen ritmo mientras me besaba el cuello y la boca. Yo jadeaba sin control, y él me hacía el amor pausado, midiendo cada embestida como el maestro que decía ser.

Me giró de lado. Frente a nosotros, en un espejo apoyado contra la pared, veía cómo aquel miembro enorme entraba y salía de mí, mientras sus manos me amasaban los pechos y me pellizcaban los pezones con una delicadeza que contrastaba con la fuerza del resto.

Llegó otro orgasmo, más fuerte que el anterior. Me quedé medio inerte en sus brazos, blanda como un trapo, y él siguió sin detenerse, marcando el mismo compás firme.

***

Se giró sobre la espalda sin salir de mí, y quedé sentada sobre él, de cara al espejo, clavada en su miembro. Con las manos en mi cintura me ayudaba a subir y bajar, y yo me perdía en aquel ritmo que me estaba volviendo loca. Tenía un aguante increíble, pero noté que su respiración se aceleraba, que sus gemidos crecían. Me apretó la cintura para llevarme más rápido, hasta que su cuerpo se convulsionó debajo del mío y sentí los chorros calientes derramarse muy dentro.

Me dejé caer de espaldas sobre su pecho, todavía unida a él, mientras temblaba levemente por la descarga. Nos quedamos unos minutos en silencio, hasta que su miembro se aflojó y me desclavé con cuidado para tumbarme a su lado.

Nos miramos sonriendo.

—Veo que los dos estábamos necesitados de un momento así —dijo, apartándome un mechón de la frente—. Eres una diosa, Amalia. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto. —Hizo una pausa pícara—. Y, por cierto, no me dio ese infarto. Así que tendremos que seguir practicando.

—Soy mujer de muchas prácticas —respondí, riéndome—. Así que ponte las pilas y recupérate pronto, que te espera una tarea ardua estos días.

—¿Estos días? —Sonrió con malicia—. Nada de eso. Esta noche tenemos la segunda sesión, y mañana la tercera. Tengo mucho tiempo perdido que recuperar, y tú pareces la mujer indicada para ayudarme a hacerlo.

Me acurruqué contra su pecho, todavía agitada, pensando que aquel paseo para alejarme de todo me había acercado, sin buscarlo, a lo que más necesitaba. Las viudas también ardemos. Y aquel hombre canoso del banco de las palomas acababa de recordármelo de la mejor manera posible.

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Comentarios (5)

Marisol_B

Que hermoso!!! Me llegó directo al alma. De los mejores que leí en esta categoria.

VioletaNDF

Por favor que haya una segunda parte, quedé con ganas de mas

LecturaNocturna77

Me hizo acordar a algo que me conto una amiga, casi la misma situacion. Estas cosas pasan mas seguido de lo que uno imagina.

Ignacio_MDQ

Fue real? se lee tan autentico... si es ficcion le quedo muy bien logrado

Meli95

lo lei de un tiro, increible!!!

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