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Relatos Ardientes

Andrés cocinaba desnudo y su amigo no esperó a cenar

La tarde se nos había ido entera entre risas, manos y sábanas revueltas, y cuando empezó a caer la noche Andrés se levantó de la cama diciendo que tenía hambre. Se ató un delantal a la cintura sin molestarse en ponerse nada debajo, y así, con el trasero peludo al aire y todo lo demás colgando bajo la tela, anunció que iba a prepararnos unos revueltos de gambas y un par de fritos para reponer fuerzas.

—No me salpica el aceite si me cubro al menos por delante —dijo riéndose, dándonos la espalda mientras encendía el fuego.

Me quedé mirándolo desde el taburete de la cocina. A sus años, con esa barriga firme y esa espalda ancha, tenía una seguridad que ningún chico joven había logrado ofrecerme nunca. Estaba absurdamente sexi así, medio vestido y medio no, removiendo una sartén como si fuera lo más natural del mundo. Y debía de notárseme en la cara, porque sentí a Tomás levantarse del sillón y acercarse por detrás.

No me tocó enseguida. Primero apoyó su cuerpo contra el mío, despacio, y noté el calor de su pecho en mi espalda desnuda. Después, su miembro, todavía a medias pero ya pesado, se acomodó contra mis nalgas con una lentitud calculada.

—¿A que está guapo el viejo con esa pinta? —me susurró al oído, y al decirlo dejó que una de sus manos bajara por mi vientre.

—Carmen —siguió, más bajo todavía—, llevo toda la tarde mirándote y no aguanto más. Mientras él hace la cena, te voy a dar un repaso que no vas a olvidar. Así le amenizamos el trabajo y le damos un poco de envidia.

Como si yo necesitara que me convenciera.

Andrés lo oyó perfectamente, pero fingió que no.

—Yo no he escuchado nada —dijo sin volverse—. Pero si vais a empezar sin mí, empezad. Me uno en cuanto cuaje el revuelto. No me lo pienso perder.

Los dedos de Tomás encontraron mi sexo y comprobaron lo evidente: ya estaba mojada, había estado mojada media tarde. Mientras me besaba la nuca y el cuello con una dulzura que no encajaba con sus intenciones, su erección se endureció del todo contra mí. Yo me agarré al borde de la encimera fría y cerré los ojos.

—Andrés, ¿tienes mantequilla? —preguntó él de pronto, con un tono que no dejaba dudas sobre para qué la quería.

—Claro, ahí en la puerta del frigorífico, el paquete empezado —respondió Andrés.

Lo miré medio asustada por encima del hombro.

—¿Para qué quieres tú la mantequilla? —pregunté, aunque me lo imaginaba.

—Tranquila —dijo Tomás, y se le escapó la sonrisa—. Ahora lo ves.

***

Mojó dos dedos en la mantequilla blanda y los llevó despacio a mi trasero. Mi agujero se tensó por instinto, anticipando lo que venía, pero él no tenía prisa. Empezó con un dedo, dibujando círculos hasta que cedí, y luego añadió el segundo. Sentí la presión, ese ardor familiar a medias entre la incomodidad y otra cosa más oscura, pero sus besos en mi espalda y la otra mano jugando entre mis piernas iban borrando cualquier reparo. Yo ya había tenido sexo así muchas veces. Sabía hacia dónde iba esto y dejé que él marcara el ritmo.

Andrés nos observaba desde el fogón, removiendo la sartén con una mano y sin disimular la mirada. Tomás untó la gruesa cabeza de su miembro en la mantequilla, me inclinó sobre el taburete y me hizo arquear la espalda. Justo entonces Andrés apagó el fuego, dejó la sartén a un lado y se sentó frente a mí en otro taburete, abriendo las piernas y ofreciéndome lo que escondía el delantal. Lo levantó con una mano, despacio, como quien descubre un regalo.

Detrás de mí, Tomás me dio un par de azotes cariñosos con su erección antes de colocar la punta en su sitio. Empezó a empujar, milímetro a milímetro.

—Mmm... —gimió—. Aquí ya han trabajado antes. Entra de maravilla.

Entró mejor de lo que yo misma esperaba, con algo de esfuerzo pero sin dolor, solo esa plenitud que me cortó la respiración. Cuando estuvo dentro del todo, sentí sus testículos golpeando suavemente mi sexo a cada vaivén. Andrés, mientras tanto, me acercó su erección a la boca, y yo la recibí con ganas, lamiendo despacio mientras Tomás encontraba su compás detrás de mí.

Era un placer que no tenía nombre. No esperaba estar tan abierta para algo tan grande. Tomás no era un hombre modesto, y cada embestida me recordaba exactamente cuánto cabía dentro de mí. Su mano libre se coló entre mis muslos y sus dedos jugaron con mi clítoris, y entre eso, la sensación del trasero lleno y la polla de Andrés en mi boca, sentí cómo se me doblaban las rodillas.

El primer orgasmo me pilló de golpe. Habría caído al suelo si Tomás no me hubiera sujetado por la cintura con un brazo firme mientras seguía embistiendo, sin perder el ritmo, alargando aquella ola hasta que pensé que no terminaría nunca.

***

Apenas podía tragar un tercio de lo que Andrés me ofrecía. Tenía los ojos entornados, medio ahogada, y aun así no quería parar. Tomás gemía detrás de mí como un animal, acelerando a veces y frenando otras con una sabiduría que delataba sus años. De vez en cuando la sacaba del todo para frotarla contra mi sexo empapado y volver a hundirla, y cada regreso me arrancaba un quejido.

—Carmen, ponme bien dura la de Andrés —dijo entre jadeos—. Que en cuanto te llene, él ocupa mi sitio. Pero primero te lo dejo todo bien lubricado.

—No... —protesté sin fuerzas, soltando un momento la boca—. La suya es muy gruesa, me va a partir...

—Tranquila, cielo —murmuró Andrés acariciándome el pelo—. Te lo tiene bien preparado.

Tomás empujó con más fuerza, más rápido, y las embestidas casi me hacían atragantarme con Andrés. De pronto lo oí gemir como un toro, un sonido ronco que le salió del fondo del pecho, y sentí cómo se vaciaba dentro de mí en oleadas calientes. Se quedó quieto unos segundos, respirando hondo, y luego salió despacio.

—Ven —le dijo a Andrés—. Está en su punto para ti.

Cambiaron de lugar sin prisa. Andrés se colocó detrás de mí mientras Tomás, todavía duro, me ofrecía su miembro para que lo limpiara con la lengua y le sacara las últimas gotas. Lo hice despacio, mirándolo a los ojos.

Las rodillas casi no me sostenían. Estaba ardiendo, encendida de una manera que rara vez me permito reconocer, y cuando sentí la cabeza de Andrés abrirse paso en mi trasero —también untada en mantequilla— pensé que esta vez sí me partía en dos.

Me vino a la cabeza, fugaz, algo que me habían contado: que una amiga suya había acabado en urgencias por culpa de él. La idea me cruzó la mente justo cuando el placer arrasó con cualquier temor. Era una sensación tan brutal, tan al límite, que el miedo se convirtió en lo contrario. Mis piernas se aflojaron y otro orgasmo enorme me sacudió entera, y aquello solo lo animó a hundirse hasta el fondo.

Creo que se me fueron los ojos en blanco. El orgasmo era tan largo y tan profundo que estuve a punto de perder el conocimiento. Tomás me sostuvo otra vez, atento, y me acercó de nuevo su miembro, ya más relajado, para que siguiera chupando y tuviera algo a lo que aferrarme.

—Afloja un poco, que la partes —le dijo a Andrés, medio en broma.

Andrés ralentizó. Paraba sin sacarla, dejándome sentir todo su grosor inmóvil, y mientras tanto deslizó una mano hasta mi sexo y la otra hasta uno de mis pechos. Me pellizcó el pezón con suavidad mientras sus dedos buscaban mi punto exacto, y yo me deshacía sobre el taburete, empapándolo todo.

Estuvo así varios minutos, jugando conmigo, hasta que lo oí gruñir como un oso. Tras unos cuantos golpes secos se derramó también dentro de mí, y mi cuerpo guardó la marca de los dos. Cuando se apartó, estuve a punto de caerme al suelo. Tomás llegó rápido, me cogió en brazos como si no pesara nada y me llevó al sofá entre risas.

—Descansa un momento, reina —me dijo besándome con una ternura que no me esperaba—. Eres la diosa de esta casa.

***

Me quedé un rato tendida, recuperando el aliento, hasta que pude levantarme y arrastrarme al baño. Me di una ducha larga, con el agua bien caliente, porque el cuerpo apenas me respondía. Cuando salí, encontré la mesa puesta y a los dos esperándome con una sonrisa pícara.

—Ven, que tienes que reponer energías —dijo Andrés.

Los miré a ambos y negué con la cabeza.

—No soy yo la única que necesita reponer —dije, señalando con un gesto sus dos miembros, ahora colgantes y dormidos, descansando sobre el vello con las cabezas rosadas y rendidas.

Se miraron y se echaron a reír.

—La verdad es que nos has dejado para el arrastre —admitió Tomás—. No creo que estos dos se vuelvan a levantar hasta mañana.

Sonreí con malicia y me senté a la mesa.

—Pues igual, con unos cuantos lametones de postre, consigo animarlos otra vez —dije, alcanzando el tenedor—. Ya veré, después de comer, si me pongo a la tarea y los enderezo.

Los dos resoplaron casi al unísono, mitad cansancio, mitad esperanza, mientras el olor del revuelto de gambas y ajos por fin llenaba la cocina.

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Comentarios (5)

gonzalo_77

jajaja el titulo ya lo dice todo... tremendo relato, no pude dejar de leer!

Luciana_ok

Que situacion mas inesperada. Me encanto como lo describis, se siente muy real. Espero que sigas publicando mas asi!

SofiaM_lect

Me hizo reir con el titulo y despues ya no pude soltar el celular. Muy bien escrito, sabes crear tension desde el primer parrafo.

camilo_norte

Buenisimo!!! Me quede con ganas de mas

RobertoNocturno

Por favor una segunda parte, no puede terminar ahi jajaja. De lo mejor que lei en mucho tiempo.

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