El viudo de arriba no se conformó con una sola vez
La luz anaranjada del atardecer entraba por la ventana entreabierta y caía justo sobre el cuerpo de Adrián, dibujando con sombras cada músculo de su pecho cubierto de vello canoso. Dormía boca arriba, relajado, y entre el desorden de las sábanas su sexo descansaba de lado, pesado y todavía imponente incluso en reposo. Me había quedado dormida sobre él después de la tarde que habíamos compartido, agotada de una manera dulce que hacía años no sentía.
Lo observé un rato sin moverme, escuchando su respiración lenta. Tenía cincuenta y tantos, las sienes plateadas y unas manos grandes que sabían exactamente lo que hacían. Era el vecino del piso de arriba, el viudo callado que siempre me sostenía la puerta del portal y al que yo había mirado más de una vez de reojo en el ascensor. Esa tarde, un café había bastado para que las miradas se convirtieran en otra cosa.
Había bajado a pedirle prestado un destornillador, una excusa de manual, y él me había invitado a pasar con esa naturalidad de quien lleva años viviendo solo. Hablamos de tonterías en la cocina, del ruido de las tuberías, del verano que no terminaba de llegar. Y en algún momento, entre frase y frase, dejé de escuchar lo que decía para fijarme en su boca, en cómo se le marcaban los antebrazos al apoyarse en la encimera. Él se dio cuenta. Los hombres como Adrián siempre se dan cuenta.
Me incorporé despacio y apoyé la mejilla en su vientre cálido. El olor de su piel, mezcla de sudor seco y de algo profundamente masculino, me despertó por completo. Sin pensarlo demasiado, deslicé la mano hasta su miembro y lo acerqué a mis labios. Bajé la piel con suavidad, descubriendo la cabeza, y pasé la lengua despacio, trazando círculos.
Sentí cómo se removía. Sus dedos buscaron mi pelo y lo acariciaron con una ternura que contrastaba con el grosor de lo que tenía en la boca.
—Veo que te quedaste con ganas —murmuró con la voz ronca, todavía espesa de sueño—. Voy a tener que ponerme las pilas y darte otra como Dios manda.
No le contesté. Tenía la boca ocupada y no quería parar. Lo succionaba con calma, dejando que creciera entre mis labios, notando cómo el grosor empezaba a impedirme abarcarlo entero. Con la otra mano acariciaba la base, sopesándola, sintiendo el pulso acelerarse bajo la piel.
—Eres una experta —jadeó—. Lo haces tan bien que me vas a volver loco.
Su mano libre bajó por mi espalda y se abrió camino entre mis piernas. Estaba húmeda desde hacía rato, todavía guardando el recuerdo de la primera vez. Sus dedos encontraron el punto exacto con una precisión que me arrancó un gemido contra su carne. Eran dedos de hombre que ha aprendido a tomarse su tiempo, que no tienen prisa por llegar a ningún sitio.
Cómo es posible que un desconocido sepa leerme así.
Lo devoraba con más ganas cuanto más me tocaba él, las dos respiraciones cada vez más rápidas. Entonces giró el cuerpo con una agilidad sorprendente y se colocó debajo, dejándome a horcajadas sobre su cara. Cuando su lengua se cerró sobre mi sexo, todo lo demás dejó de existir.
—Sigue, Elena —dijo entre lametones—. No te aguantes.
No me aguanté. El placer subió en cuestión de segundos, brusco e imparable, y exploté con un orgasmo que me dejó temblando sobre él. Mientras tanto, una de sus manos pellizcaba mis pezones y la otra me sostenía las caderas para que no me escapara, y él seguía devorándome sin tregua, alargando la sacudida hasta que creí que no podría soportar más.
Me dejé caer a un lado, jadeando, con el pecho subiendo y bajando. Cuando recuperé un poco el aliento, miré hacia abajo. Su sexo se alzaba duro y brillante por mi saliva, marcadas todas las venas que lo recorrían, más rígido y grande que un momento antes.
***
—Creo que necesitas algo más serio —dijo, y la sonrisa que cruzó su cara fue la de un hombre que sabe perfectamente lo que provoca.
Me puso a cuatro patas con un movimiento firme y se colocó detrás. Frente a nosotros, el espejo del armario nos devolvía la imagen completa: yo arqueada, él de rodillas, enorme. Restregó la cabeza húmeda contra mí, arriba y abajo, sin entrar, mientras yo empujaba las caderas hacia atrás buscándolo. Quería que terminara con el juego de una vez.
Entró de una sola estocada, hasta el fondo. El golpe me arrancó un quejido agudo, mitad dolor mitad sorpresa, que se deshizo enseguida con las primeras embestidas. Se inclinó sobre mi espalda y me besó la nuca, los lóbulos de las orejas, susurrándome al oído lo mucho que me había echado de menos sin conocerme, lo bien que encajábamos. Sentía sus testículos golpear contra mí en cada acometida y su respiración ardiente quemarme la piel.
—Llevabas tiempo sin esto, ¿verdad? —preguntó, sin frenar el ritmo.
—Demasiado —conseguí decir.
Lo veía todo en el espejo: su torso ancho cerniéndose sobre mí, las gotas de sudor resbalando por su frente concentrada, mi propia cara transformada en algo que no reconocía. Había algo profundamente excitante en mirarnos, en ser a la vez la mujer que recibía y la espectadora que observaba cómo aquel hombre la deshacía sin prisa.
Aguantó así varios minutos, hasta que las rodillas me fallaron, fundidas por el placer. Entonces, sin salir de mí, deslizó una almohada bajo mi vientre para levantarme un poco las caderas y continuó, ahora tumbado sobre mi espalda, con las manos cubriéndome los pechos. El peso de su cuerpo me aplastaba contra el colchón, pero cada embestida llegaba a un sitio nuevo, más hondo, y el placer era difícil de describir.
Aquel hombre tenía un aguante increíble. Me llegó el segundo orgasmo de la tarde, todavía más fuerte que los anteriores, y me dejó medio inerte sobre la cama, con la mejilla pegada a la sábana y un hilo de saliva escapándoseme de la boca. No era capaz de articular una palabra ni de mover un solo músculo, mientras él seguía entrando y saliendo sin descanso.
Paró un instante. Me giró de lado con cuidado, me sujetó una pierna y la levantó, y volvió a colocarse en la entrada. Reanudó el vaivén en aquella postura medio acrobática que él mantenía con la fuerza de sus brazos, hundiéndose una y otra vez. Gemía como un animal y su rostro reflejaba toda la pasión que estaba poniendo en cada movimiento.
Cambió otra vez. Me tumbó boca arriba y se subió encima, clavándose con fuerza mientras me besaba en la boca, en el cuello, en los hombros. Yo era una muñeca de trapo entre sus brazos, una mujer que solo sabía gemir y dejarse hacer. Mi mirada se perdía en el techo, los ojos bailando como ausentes ante la enormidad de lo que estaba recibiendo.
Que no pare, que no pare nunca.
Me besó el cuello con avidez y, de pronto, unos golpes secos y profundos anunciaron el final. Sentí el calor de su descarga dentro de mí mientras seguía moviéndose, su cuerpo entero convulsionándose, gimiendo con un sonido grave que retumbó en el dormitorio. Por un segundo temí que los vecinos llamaran a la puerta alarmados, pero la idea se disolvió enseguida cuando él se quedó quieto, la respiración agitada, todavía dentro de mí, derramando las últimas gotas.
***
Estuvo así un buen rato, sin salir, recuperando el aliento sobre mi cuerpo derrotado. Luego me besó con una dulzura inesperada, sonriendo de medio lado, mirándome la cara descompuesta de placer y los ojos que apenas podía mantener abiertos.
—Espero haber estado a la altura de tus expectativas —dijo, sabiendo de sobra que las había superado con creces.
Resoplé con esfuerzo, todavía deshecha, y le sostuve la mirada.
—¿Tú qué crees? —le dije entre risas—. Pero vas a tener un problema.
—¿Ah, sí? —Arqueó una ceja.
—Has puesto el listón muy alto esta tarde. Y yo soy una mujer que va a querer que lo superes.
Se rió por lo bajo y acercó los labios a mi oído.
—Te voy a hacer el amor tantas veces y tan bien que serás tú la que me supliques que pare —susurró—. Soy un hombre apasionado, ya lo ves, y de momento estoy en plena forma. Más todavía teniendo delante a una mujer como tú.
El escalofrío que me recorrió la espalda no tuvo nada que ver con el frío. Llevaba años convencida de que esa parte de mi vida había quedado atrás, de que a cierta edad una se conforma con el recuerdo de lo que fue. Aquel viudo del piso de arriba acababa de demostrarme lo equivocada que estaba.
Nos levantamos despacio, yo con su ayuda, porque las rodillas casi me fallaron al apoyar los pies en el suelo. Me llevó de la mano hasta el baño y me metió con él bajo la ducha. El agua tibia me devolvió poco a poco al mundo mientras él me enjabonaba entera, deteniéndose con descaro en mis pechos y entre mis piernas, como si no se cansara nunca de tocarme.
Le correspondí enjabonándole a conciencia, dejándolo limpio y reluciente, demorándome más de lo necesario en cierta zona que prometía nuevos encuentros. Porque habría un tercero, eso estaba claro. Pero no esa tarde. Esa tarde yo ya no podía ni con mi alma.
—Mañana —le dije apoyando la frente en su pecho mojado—. Mañana subo a por el café que me debes.
—Te estaré esperando —respondió, y por cómo lo dijo, supe que cada palabra iba en serio.