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Relatos Ardientes

Tres vecinas, un coche y un secreto entre nosotros

Me llamo Tomás, tengo treinta y seis años y trabajo online desde casa. Como con eso no me alcanza para vivir tranquilo, los fines de semana hago de chofer particular. Siempre llevé a gente del pueblo, vecinos de toda la vida, caras conocidas de este lugar pequeño donde crecí. Hasta que un día la empresa que cubría la línea hasta la ciudad levantó el recorrido sin previo aviso, y de golpe medio pueblo se quedó sin transporte.

La mayoría se las arregló como pudo. Excepto tres vecinas que se acercaron una tarde a hablar conmigo directamente. Dos veces por semana iban juntas a un club de bienestar en las afueras de la ciudad, una rutina sagrada que no pensaban perder. Querían saber si yo podía pasarlas a buscar y traerlas de vuelta. La verdad, llevar pasajeras fijas no me entusiasmaba demasiado; solo esperaba que la paga valiera la pena. Terminé aceptando casi por compromiso.

El lunes arranqué. La primera era Carla, vivía a media cuadra de mi casa. Una mujer rubia de poco más de cuarenta, hermosa de rostro, con ojos celestes, labios gruesos y una sonrisa que parecía guardar siempre una segunda intención. Tenía un cuerpo trabajado, de curvas firmes, y esa mañana llevaba una blusa de seda y un pantalón ajustado que no dejaba nada librado a la imaginación. Todo en ella respiraba una seguridad que solo dan los años.

Unos minutos después pasamos por Renata, también rubia, de gestos más serenos, con una risa fácil y un perfume que se quedaba flotando en el coche mucho después de que ella bajara. Y por último Mónica, una morena de cuerpo voluptuoso y mirada directa, que se sentó adelante, a mi lado, y me saludó como si nos conociéramos de toda la vida.

Durante el viaje me pareció que las tres me sonreían más de lo habitual. Sobre todo Carla. Yo les devolví la sonrisa sin pensarlo demasiado. Las dejé en el club, las saludé y arranqué de vuelta pensando que tal vez este trabajo no estaba para nada mal.

El resto del día me lo pasé recordándolas. Tres mujeres adultas, seguras, que sabían perfectamente lo que querían. ¿Acaso podría tener una oportunidad con alguna de ellas? Decidí no apurar nada. Si algo tenía que pasar, dejaría que ellas dieran el primer paso.

El segundo día, en el viaje de regreso, empezaron a hablar entre risas sobre el «hombre ideal». Carla, sin ninguna vergüenza, describió a alguien alto, de pelo oscuro, hombros anchos. Renata y Mónica se miraron y largaron una carcajada cómplice. No hacía falta ser muy listo para saber a quién estaba describiendo.

—¿Y a vos, Tomás, cómo te gustan las mujeres? —preguntó de pronto, clavándome los ojos por el espejo retrovisor.

La pregunta me hizo sonreír. Le seguí el juego y la describí de arriba abajo: una rubia de curvas, segura, con una boca imposible de ignorar. Hubo más risas. Carla se mordió el labio inferior y giró la cabeza hacia la ventanilla, satisfecha.

Cuando dejé a las otras dos y me quedé a solas con ella, frené frente a su casa. Antes de bajar, se inclinó apenas hacia mí.

—A ver si te gusta esto —dijo.

Y se desabrochó un botón más de la blusa, lo justo para que el escote ganara terreno, sin llegar a mostrar de más. Me sostuvo la mirada un segundo eterno, volvió a acomodarse la tela y se bajó sin esperar respuesta. Me quedé encendido, con la polla ya dura marcándose contra el pantalón, sabiendo que al día siguiente la vería de nuevo.

***

Esa noche decidí dejar la sutileza. Al día siguiente les pregunté, con toda la cara, si tenían pareja. Me dijeron que estaban solas, separadas, libres de dar cuentas a nadie, y lo dijeron entre risas que ya no escondían nada.

—¿Y vos, Carla? —tanteé—. ¿Siempre tan provocadora?

Ella, en lugar de contestar, se llevó la mano al cuello de la blusa y la abrió un poco más, mostrándome el borde de un encaje negro que apenas contenía dos tetas grandes, blancas, con los pezones marcándose bajo la tela. Renata suspiró por la sorpresa, y Carla, lejos de frenar, subió la apuesta.

—Anoche me acordé de vos —dijo, mirándome fijo—. Me metí dos dedos pensando en tu boca. Me corrí como una perra, sola en la cama.

—Entonces estuvimos pensando en lo mismo —contesté, tragando saliva—. Yo me hice una paja imaginando ese coño tuyo.

Las otras dos no daban crédito a la conversación. El silencio que se hizo en el coche tenía algo eléctrico, denso. Las dejé en el club sin que nadie dijera mucho más, pero el aire ya había cambiado.

En el viaje de vuelta, Mónica iba a mi lado. En una recta tranquila, sin pensarlo demasiado, apoyé la mano sobre su rodilla. Ella no la apartó. La fui subiendo despacio por el muslo, atento al camino, hasta que sentí su respiración cambiar. Mónica separó apenas las piernas, una invitación silenciosa, y mis dedos siguieron avanzando bajo la falda hasta encontrar la tela de la bombacha, ya empapada. La corrí a un costado y hundí dos dedos en su coño de un solo movimiento. Estaba tan mojada que se colaron sin resistencia, y solté un gemido contenido cuando comprobé lo dispuesta que estaba.

—Dios, qué mojada estás —murmuré—. Se te chorrea todo.

—Callate y seguí —jadeó ella, agarrándome la muñeca para que no parara.

Las otras dos, en el asiento de atrás, miraban todo en silencio. Cada vez que el tránsito me dejaba, volvía a hundirle los dedos, entrando y saliendo, buscándole el clítoris con el pulgar, sintiendo cómo se apretaba alrededor de mí. Mónica me tomó el brazo con las dos manos, apretándolo, mordiéndose los labios para no gritar. Yo sacaba los dedos brillantes de sus flujos y se los volvía a meter más profundo.

—¿Querés vernos? —preguntó Carla desde atrás, con la voz ronca.

Por el espejo vi cómo ella y Renata se iban soltando la ropa, sin prisa. Carla le abrió la blusa a Renata, le bajó el corpiño y le empezó a chupar los pezones rosados, sacándolos con la lengua mientras Renata echaba la cabeza atrás y le metía la mano bajo la pollera. Dos mujeres maduras devorándose la una a la otra mientras yo conducía lento, hipnotizado, con la polla apretada contra el cierre a punto de reventar el pantalón. Carla se agachó y le hundió la cabeza entre las piernas a Renata, y por el espejo vi cómo movía la lengua sobre el coño de la otra, chupando con hambre. Mónica, a mi lado, temblaba bajo mis dedos, y cuando le pellizqué el clítoris con la yema, se le tensó todo el cuerpo, apretó los muslos contra mi mano y se corrió con un estremecimiento largo, mordiéndose el dorso de la mano para no aullar. Sentí la corrida caliente empapándome hasta la palma.

Después de eso se recompusieron, riéndose por lo bajo, y yo manejé el último tramo intentando no estrellar el coche, con los dedos todavía pegajosos del coño de Mónica y el olor a sexo llenando el habitáculo. Las dejé en sus casas con la promesa flotando en el aire de que aquello no iba a quedar ahí.

***

Esa misma semana ya lo tenía decidido. Al día siguiente, cuando subieron al coche con esas sonrisas cómplices, las frené en seco.

—Hoy no hagan nada todavía —dije—. Les tengo una sorpresa.

Las tres abrieron grandes los ojos. Carla, como siempre, preguntaba sin parar, pero no solté prenda. Pasamos de largo el desvío al club y seguí camino. A unos veinte minutos, alejado de todo, había un viejo galpón de dos pisos. Antes había funcionado como taller mecánico, pero hacía años que estaba abandonado, sin puertas ni ventanas, apenas una estructura de cemento rodeada de campo. Metí el coche adentro y apagué el motor.

Las miré una por una. Carla me sostuvo la mirada y entendió todo sin que yo dijera una palabra. No solo no le molestaba; lo estaba deseando tanto como yo.

Bajé el respaldo de mi asiento. Mónica fue la primera en reaccionar; se acercó, me besó largo con la lengua metida hasta el fondo, y se agachó despacio hasta desabrocharme el pantalón. Me sacó la polla ya durísima, la miró un segundo con una sonrisa y se la metió entera en la boca. La sentí bajar por su garganta hasta que la nariz le tocó mi pubis. Empezó a mamármela con hambre, subiendo y bajando, chupando la punta y jugando con la lengua alrededor del glande, mientras yo reclinaba la cabeza y le agarraba el pelo, marcándole el ritmo. Me la sacaba llena de saliva, escupía sobre ella y me la volvía a tragar. Los ruidos de succión llenaban el coche.

—Así, chupámela toda —gruñí—, mamá esa verga.

Las otras dos no tardaron en sumarse. Carla y Renata se treparon sobre mí, con las blusas ya abiertas y las tetas al aire. Les mordí los pezones a las dos por turnos, tirando con los dientes, mientras ellas gemían y se restregaban contra mi pierna. Carla se sacó las bragas y me montó la cara sin pedir permiso; le clavé la lengua en el coño hasta que sentí sus flujos bajándome por el mentón. La chupé larga, hundiéndole la lengua hasta lo más profundo, sacándola para ir a por el clítoris, chupándoselo con los labios como si le estuviera mamando otra polla. Ella se movía sobre mi boca, apretaba las piernas contra mis orejas y me tiraba del pelo.

—Comeme ese coño, hijo de puta —jadeaba—, no pares, comémelo entero.

Renata, mientras tanto, se había desnudado del todo y se sentó al lado de Carla para besarla, dos rubias devorándose las bocas sobre mi cara. Yo alternaba: le comía el coño a Carla, después Renata me pasaba el suyo por la boca y hacía lo mismo con ella, chupándole los labios mojados y clavándole la lengua hasta la última profundidad. Abajo, Mónica seguía mamándomela con una entrega que me tenía a punto de reventar. Le tuve que pedir que parara para no correrme en su garganta antes de tiempo.

Carla se incorporó y, con esa autoridad que la caracterizaba, decidió cambiar de escenario. Salimos del coche. Yo me terminé de desvestir, y ella se quitó la ropa sin prisa, dejando que la mirara, consciente de cada centímetro de su cuerpo, del culo redondo, de las tetas grandes que le colgaban firmes, del coño rubio ya brillante de tan mojado. La recosté contra el capó, todavía tibio por el motor. Tenía los ojos llenos de deseo, las pupilas enormes, y se fue acomodando, abriendo las piernas de par en par en una imagen que parecía sacada de una película porno.

Le froté la punta de la polla contra los labios mojados del coño, empapándomela toda antes de metérsela. Y entonces empujé y se la clavé hasta el fondo de una sola estocada. Carla soltó un grito ahogado y se agarró del borde del capó.

—¡Ay, la puta madre, así, así, cogeme! —gimió.

La hice mía ahí mismo, despacio al principio, sosteniéndola de la cintura, sacando la polla casi entera y volviéndosela a hundir hasta las bolas, viendo cómo sus labios se estiraban alrededor de mi verga. Después le agarré las piernas, se las abrí más y le empecé a coger con un ritmo cada vez más firme. Ella echaba la cabeza hacia atrás y arqueaba la espalda contra el metal, con las tetas rebotando a cada embestida.

—¿Esto es lo que querías? —le pregunté al oído mientras se la seguía metiendo.

—Sí, esto, justo esto —jadeó—. Rompeme el coño, no pares, no pares.

Renata y Mónica no se quedaron mirando. Se acercaron desnudas, me besaban el cuello, los hombros, y Renata se puso a jugarles a las tetas a Carla, chupándoselas mientras yo la seguía cogiendo. Mónica se agachó detrás de mí y me lamía las bolas cada vez que salía y entraba de Carla. En un momento, Carla pidió darse vuelta. Le di el gusto: la puse en cuatro contra el capó, con el culo redondo levantado. Le escupí en el ojete y se lo froté con el pulgar, jugando, hasta que ella misma me pidió más. Le metí primero un dedo, después dos, abriéndoselo con paciencia.

—Metémela ahí, dale, cogeme el culo —me dijo mirándome por encima del hombro—. Hace años que nadie me lo coge.

Le apoyé la punta de la polla, todavía brillante de sus jugos, contra el ano, y fui empujando despacio, sintiendo cómo cedía milímetro a milímetro hasta que se la metí entera. Ella gritó, y por un segundo pensé en frenar, pero enseguida empezó a empujar el culo contra mí, pidiendo más. La cogí por el culo con cuidado al principio y después con ganas, agarrándola del pelo, tirándoselo hacia atrás mientras Mónica se le metía debajo y le chupaba el clítoris al mismo tiempo. Carla se corrió así, sacudiéndose entera, apretándome la polla con el culo con una fuerza que casi me hace acabar.

Estuve a punto de llegar cuando ella me frenó con una sonrisa pícara y me empujó suave hacia las sábanas que yo había sacado del baúl y tendido sobre el piso del galpón. Ahí nos acomodamos los cuatro. Renata se acomodó sobre mí, se agarró la polla con la mano, se la acomodó en el coño y se dejó caer, tragándomela entera. Empezó a cabalgarme marcando su propio ritmo, subiendo hasta la punta y dejándose caer hasta el fondo, con las tetas rebotándome en la cara. Yo se las agarré, se las apreté, le chupé los pezones mientras ella me montaba cada vez más rápido, con el coño chorreándome sobre las bolas.

—Qué polla más rica tenés, Tomás —gemía—, me llenás toda, no te salgas.

A mi lado, Carla y Mónica se ocupaban la una de la otra en un sesenta y nueve. Mónica arriba, con el culo moreno sobre la cara de Carla, y Carla comiéndole el coño con dos dedos metidos al mismo tiempo. Los gemidos de las cuatro se mezclaban en el galpón vacío, rebotando contra las paredes de cemento. Renata cambió de posición: se dio vuelta sin sacármela y me la cabalgó de espaldas, con vista al espectáculo de las otras dos, hasta que se corrió apretándome con el coño mientras se frotaba el clítoris a toda velocidad.

Pasamos un buen rato así, sin reloj, turnándonos: cogí a Mónica de perrito, con Carla debajo lamiéndole las tetas; hice que Renata me la chupara mientras yo le comía el coño a Carla; las puse a las tres en fila para pasar la polla de una boca a la otra. Cuando finalmente ya no aguanté, Carla me lo suplicó.

—Corréte en nuestras caras —dijo—, queremos verte acabar.

Las tres se arrodillaron delante de mí, con las bocas abiertas y las lenguas afuera. Me la agarré y me hice unas pajas rápidas hasta que se me disparó la primera chorrada larga que le cruzó la cara a Carla del mentón a la frente. La segunda cayó en la lengua de Mónica, que la tragó de golpe. Renata recibió la tercera entre las tetas. Seguí soltando corridas hasta la última gota, y ellas se pasaron los dedos por la cara para recogerlo todo, se besaron entre ellas compartiendo el semen, se lo pasaron de boca en boca. Fue la escena más obscena y hermosa que había visto en mi vida.

Cuando finalmente me dejé ir, exhausto, las tres me rodeaban, y por un instante todo se quedó en silencio, solo respiraciones agitadas y la luz de la tarde entrando por los huecos del techo.

Las llevé de vuelta un poco más tarde de lo habitual. En la puerta de sus casas, todavía con las mejillas encendidas, acomodándose la ropa, nos despedimos como si nada. A partir de ese día dejamos de disimular las sonrisas en el coche, pero fuimos más cuidadosos de cara al resto del pueblo. Una vez por semana teníamos nuestro desvío secreto al viejo galpón, ese rincón olvidado que se convirtió en el lugar donde tres vecinas y yo cumplíamos, sin culpa, todo lo que se nos ocurriera.

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Comentarios(4)

RamonNocturno

Buenisimo!! De los mejores que lei en mucho tiempo

MartaQuilmes

Por favor seguí con esto, quede con ganas de mas desde el primer parrafo

BrunodelNorte

jajaja ese titulo lo dice todo, ya supe que iba a quedarme pegado leyendo

Marisol_R

La tension que se arma desde el inicio es increible. Sigue asi, tenes un don para crear esa atmosfera

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