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Relatos Ardientes

La camioneta del invitado en la fiesta de mi padre

Había pasado mucho tiempo desde lo de Damián, primero en aquel partido de fútbol y después en su casa, así que no esperaba volver a verlo tan pronto. El reencuentro fue en el cumpleaños de mi padre. Esa vez habían rentado un salón que quedaba a pocas cuadras de mi casa, dentro de una propiedad a la que se entraba por un pasillo angosto, de esos donde apenas caben tres o cuatro autos en fila, junto a un jardín con luces colgando de los árboles.

Como era de esperarse, ahí estaban todos los amigos de mi padre y buena parte de la familia. Al cruzar la entrada los reconocí de inmediato, y entre ellos distinguí a Damián y a Marcos. El corazón me dio un salto que disimulé con una sonrisa cortés.

Me acerqué a saludar a Damián y su cara se iluminó igual que la mía. Los dos sabíamos lo bien que la habíamos pasado aquella vez. Pero algo había cambiado: venía acompañado. Cuando me tuvo enfrente no dudó en presentarme a su pareja, jurando que no tenía idea de que yo asistiría a la fiesta. Ella se llamaba Liliana y aparentaba la misma edad que él.

Me desanimé un poco, lo confieso. Me habría gustado repetir con Damián, sentir otra vez esa polla gruesa abriéndome el coño como aquella tarde, recuperar la complicidad torpe y urgente de aquella tarde. Una lástima. Le sonreí a Liliana, le dije lo bien que se veía esa noche y seguí mi camino antes de que se me notara el desencanto. Por suerte para mí, todavía me quedaba mi segunda opción de aquella noche, y esa segunda opción acababa de levantar la vista de su plato y me seguía con la mirada por todo el salón.

Seguí saludando a los demás hasta llegar a la mesa de Marcos. Apenas me vio, se levantó emocionado, y aprovechando el abrazo me dijo al oído, en voz muy baja:

—Esta vez me toca a mí, ¿verdad?

Le respondí solo con una sonrisa traviesa y seguí de largo a saludar a su familia, que estaba sentada con él. Que viniera acompañado de los suyos no me quitó la idea de la cabeza. Estaba segura de que Damián le había contado lo nuestro, con lujo de detalles, cómo se la había mamado hasta la última gota y cómo me había follado boca abajo contra el sillón, y eso me allanaba bastante el camino.

***

Cuando terminé la ronda de saludos, me senté un rato con mi padre mientras acabábamos de comer. Le pregunté por sus planes, lo dejé presumir de sus años y brindé con él. Por dentro, sin embargo, no podía dejar de notar a Marcos al otro lado del salón, cómo se reía con los suyos sin perderme de vista del todo.

Eran alrededor de las siete cuando empezó la música. Bailé un buen rato: primero con mi padre, que se movía con esa torpeza tierna de los hombres mayores, después con tíos y amigos de la familia, y finalmente con Marcos, que se ofreció con una naturalidad ensayada, como si fuera lo más inocente del mundo.

Mientras dábamos vueltas, yo me limitaba a sonreírle. No sabía cuánto le habría contado Damián, así que decidí esperar a que él despejara la duda. Marcos, por su parte, ni se molestaba en disimular: tenía la mirada clavada en mi escote. De pronto se inclinó y me habló al oído.

—Sabes, Vera, me muero de ganas de tenerte como te tuvo Damián aquella vez.

Decidí seguirle el juego y me hice la desentendida.

—¿A qué te refieres? Si nosotros solo estuvimos platicando…

Se lo dije con una sonrisa burlona, sin dejar de bailar.

—Pues a mí también me gustaría platicar contigo de la misma forma.

—No sé de qué me hablas —insistí.

—Lo que yo vi es que estabas bastante ocupada con él aquella noche, y no precisamente hablando. Sobre todo cuando se la chupabas como toda una experta, con la verga hasta la garganta y sin soltarla ni para respirar.

Me reí por lo bajo y le contesté pegada a su oído, dejando que sintiera cómo se me endurecía el pezón contra su pecho.

—Ya ves. Si hubieras venido solo, tal vez habrías tenido la misma suerte que él, y ahora mismo te la estaría mamando en algún rincón de esta fiesta.

Marcos se quedó pensando unos segundos, como midiendo lo que yo acababa de decir. Sentí de golpe cómo se le paraba la polla contra mi cadera, dura como una piedra a través del pantalón. Después se acercó de nuevo y me susurró:

—Eso se puede arreglar, preciosa. ¿Te parece si en media hora nos vemos en mi camioneta? Es la que está al fondo, sobre el pasillo. Solo ten cuidado de que nadie te vea.

Le respondí con la misma sonrisa burlona y seguimos bailando, apretándome contra su bulto cada vez que la música lo permitía. Cuando la canción estaba por terminar y él hacía ademán de irse, le solté:

—No vayas a tardar. Tengo el coño mojado de solo pensarlo.

Cruzamos una mirada cargada de deseo. Regresé a mi mesa y lo observé volver a la suya. Le dijo algo a su mujer, se levantó y salió del salón buscándome con los ojos. Yo estaba emocionada, como tantas otras veces, porque sabía exactamente lo que estaba a punto de pasar. El corazón se me empezó a acelerar y sentía la humedad calándome la tanga.

***

Dejé pasar unos minutos antes de levantarme. Conté las canciones, fingí interés en la conversación de mis tíos y vigilé el reloj de reojo. Cuando salí del salón, había gente caminando por el pasillo, fumando y riéndose, así que decidí meterme un momento al baño a retocarme. Esa noche llevaba un vestido de noche negro, ajustado, y encima un pequeño abrigo de tela fina con el que ocultaba el escote. Me retoqué el labial, me solté un mechón de pelo y me miré un segundo de más en el espejo. Me subí el vestido apenas y comprobé lo que ya sabía: la tanga estaba empapada, una mancha oscura marcando el pliegue del coño. Sé exactamente lo que vas a hacer, me dije, y la idea me apretó el estómago de pura anticipación. Esperé un poco, y al asomarme de nuevo comprobé que el pasillo ya estaba despejado. Entonces caminé hacia la salida.

No tardé en distinguir la camioneta, aunque la poca luz no me dejaba ver si había alguien adentro. Me detuve un instante para asegurarme de que nadie me observaba, crucé con cuidado al otro lado del pasillo y rodeé el vehículo por detrás. La puerta se abrió de inmediato.

—Sube rápido, preciosa.

Ahí estaba Marcos, esperándome tal como había dicho.

—Pensé que no vendrías, hermosa. Déjame verte…

Se acercó hasta quedar junto a mí y, sin perder un segundo, empezó a besarme. Su lengua entró en mi boca directa, sin preámbulos, buscando la mía con hambre. Mientras me besaba, sus manos me retiraron el abrigo y se posaron sobre mis pechos, todavía por encima del vestido, apretándomelos como si quisiera comprobar que eran de verdad.

—No sabes cuánto deseaba tocarte así, cuánto me la he pajeado pensando en estas tetas —murmuró.

—¿En serio?

Al oírlo, lo empujé apenas para tomar distancia y, sin darle tiempo a reaccionar, me bajé el vestido por la parte de arriba y le mostré los pechos por completo. No llevaba sostén: los pezones se me habían puesto duros como piedras solo con el roce del aire frío de la camioneta. Me senté a horcajadas sobre sus piernas, le pegué el pecho contra la cara y empecé a moverme despacio, restregándole el coño contra el bulto tenso del pantalón.

Él respondió enseguida, atrapando un pezón entre los labios y chupándolo con una ansiedad que me calentaba todavía más. Pasaba de una teta a la otra, lamiendo, mordiendo apenas, dejándomelas brillantes de saliva.

—Mmm, qué rica estás, Vera —dijo entre jadeos, hundiendo la cara entre mis pechos—. Me encantas, me tienes loco con estas tetas.

Yo no podía contener los gemidos. Sentía su erección presionando entre mis piernas, exactamente en el lugar donde más la necesitaba, y la manera en que me devoraba los pezones me tenía al borde. El vestido se me había bajado hasta la cintura por el vaivén, y la tanga, ya empapada, se me metía entre los labios del coño con cada movimiento. Me movía cada vez con más intensidad, frotándome el clítoris contra la tela dura de su pantalón, porque él no se separaba de mí y yo me moría por sentirlo dentro, por tener esa polla clavada hasta el fondo.

Al ver que no aflojaba, tuve que tomar el control. Lo empujé de nuevo, me bajé de encima y me arrodillé frente a él en el poco espacio que quedaba, entre sus piernas abiertas, para desabrocharle el pantalón. Le bajé el cierre despacio, disfrutando de la cara de urgencia con la que me miraba, y le tiré de la ropa interior hasta liberarle la verga. Se la había imaginado grande, pero era todavía más de lo que esperaba: gorda, larga, con la cabeza morada e hinchada, palpitándole en la mano cuando la agarré por la base.

—Sí, preciosa, justo así —decía, apartándome el cabello con una mano y sosteniéndome la mejilla.

Cuando logré liberarlo, no perdí el tiempo. Le pasé la lengua desde los huevos hasta la punta, lento, dejándole un rastro húmedo por toda la extensión de la polla. Le besé el glande, me lo froté por los labios y por las mejillas, y cuando lo tuve al borde de la desesperación abrí la boca y me la metí entera, hasta sentir que la punta me tocaba la garganta. Marcos gruñó y echó la cabeza hacia atrás contra el reposacabezas.

—Ay, hija de puta, qué rica boca…

Empecé a mamársela con ganas, subiendo y bajando la cabeza, apretándole el tronco con los labios y ayudándome con la mano para lo que no me entraba. Le lamía la punta en cada subida, le hundía la polla hasta la garganta en cada bajada, hasta que se me llenaban los ojos de lágrimas. La saliva me chorreaba por el mentón y le mojaba los huevos, y yo aprovechaba para acariciárselos con la otra mano, jugando con ellos mientras seguía chupando.

Marcos me tomó del pelo y marcó el ritmo él mismo, con las dos manos, follándome la boca a su antojo, hasta el punto de cortarme la respiración. Yo me dejaba, con las tetas al aire meciéndose con cada empujón, dejando que me usara la garganta como si fuera un coño más.

—Qué boca tan rica tienes, mamacita —repetía, temblando—. Me la chupas mejor que nadie, ¿lo sabías? Trágamela toda, así, así…

No tardó en llegar al límite. Sentí cómo la verga se le hinchaba todavía más entre los labios, cómo los huevos se le contraían en mi mano. Como no quería mancharme el vestido, me la clavé hasta el fondo y dejé que se corriera directo en mi garganta. El semen bajó espeso, caliente, chorro tras chorro, y yo lo tragué todo sin dejar caer una gota. Cuando por fin lo saqué de mi boca, le lamí la punta para limpiarle los últimos restos.

—Eso estuvo riquísimo —jadeó, recuperando el aliento—. Ven, que esta noche eres mía.

***

Volví a sentarme sobre él. Para mi sorpresa, la tenía todavía dura, o casi, y me bastaron unos segundos de tocársela para devolverle el hierro por completo. Hice mi ropa interior a un lado —la tanga estaba tan mojada que apenas hizo falta apartarla— y, despacio, guié la punta contra la entrada de mi coño. La froté arriba y abajo por los labios empapados, empapándole el glande con mis flujos, y cuando ya no podía más me dejé caer de golpe, empalándome hasta la base de un solo movimiento.

—¡Ah, joder! —grité, con la voz ahogada contra su hombro.

Me abrió por dentro como si fuera la primera vez. Sentí cada centímetro de esa polla estirándome, llenándome, tocándome el fondo del vientre. Y cuando lo tuve por entero, quieto, palpitando dentro de mí, empecé a besarlo mientras saltaba encima de él, subiendo y bajando las caderas con todas mis ganas.

—Te ves increíble así —me decía con la voz entrecortada, con las manos aferradas a mi culo—. Me encanta lo apretada que estás… qué coño tan estrecho tienes, nada que ver con mi mujer, joder, nada que ver.

Yo solo podía gemir, cabalgándolo cada vez más rápido. La camioneta empezó a moverse con el ritmo, los muelles quejándose bajo nosotros. Estaba a punto de terminar. Él me sujetaba las caderas con las dos manos y las empujaba contra las suyas de abajo hacia arriba, aumentando la intensidad, follándome desde abajo con embestidas secas que me hacían chocar las tetas contra su cara. Le rodeé la cabeza con los brazos, le pegué los pechos a la cara y me dejé arrastrar por un orgasmo que me hizo temblar de pies a cabeza. El coño se me apretó alrededor de su verga en espasmos, chorreando sobre sus muslos, empapándole el pantalón que aún tenía enredado en los tobillos.

—Sí… sí… me corro, me corro… —repetía yo, sin aire, mordiéndole el cuello para no gritar.

Él me tomó con más fuerza por la cintura, sin frenar el ritmo, aprovechando mis contracciones para clavármela todavía más hondo.

—Qué delicioso, preciosa, cómo me aprietas la verga. Pero no me voy sin verte de espaldas. Date la vuelta, quiero verte ese culo mientras me montas.

Obedecí. Me di vuelta sin bajarme, con la polla todavía dentro, en un giro incómodo que me hizo gemir cuando se me movió por dentro. Le quedé de espaldas, con las piernas abiertas a los lados de las suyas, y empecé a mover las caderas mientras él me sostenía por la cintura y observaba cómo se le hundía y se le salía la verga entre mis nalgas. Llevé una mano hacia abajo para guiarme, sintiendo cómo entraba y salía, y empecé a girar en círculos, cada vez con más ganas, restregándole el culo contra el vientre.

—Así, muévete más, mueve ese culo rico —insistía, dándome una nalgada que me hizo saltar sobre él—. Más… así, puta, así te quería ver.

Yo me apoyé en el tablero para tener más impulso y empecé a subir y bajar de verdad, sacándomela hasta la punta y volviéndomela a clavar hasta el fondo. La polla me entraba con un ruido húmedo, obsceno, que llenaba el interior de la camioneta. Me pellizqué los pezones yo misma, mordiéndome el labio para no gritar. Él me metió una mano por delante y me buscó el clítoris, frotándomelo en círculos mientras yo lo cabalgaba de espaldas.

—Vamos, córrete otra vez para mí —me susurró al oído, mientras me pasaba la lengua por el cuello—. Córrete en mi verga, preciosa, quiero sentirlo.

No pasó mucho hasta que volvió a tomarme de los pechos con las dos manos, apretándolos con fuerza, y sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo debajo de mí. Se enterró de un último empujón y terminó dentro de mí, llenándome el coño de semen caliente mientras yo seguía moviéndome sin parar, exprimiéndoselo con las contracciones de un segundo orgasmo que me pilló casi de sorpresa. Sentí los chorros rebotarme por dentro, calientes, uno tras otro, hasta que la verga empezó a aflojarse.

—Eso estuvo delicioso —dijo, todavía admirándome, con las manos recorriéndome el vientre y las tetas—. A ver si otro día me dejas repetir. Con más tiempo, para follarte en todas las posturas.

***

Se quedó mirando cómo me acomodaba mientras él recuperaba el aliento. Sentí el semen escurriéndoseme por el muslo cuando por fin me bajé de encima; alcancé unos pañuelos de la guantera y me limpié como pude, entre risas contenidas, mientras él me miraba divertido con la polla todavía brillante entre las piernas. Después de un rato, los dos empezamos a arreglarnos y a vigilar por la ventanilla.

—Estuviste increíble, Vera. Fue justo como me lo imaginaba, o mejor.

—A mí también me gustó. Lástima que no tengamos más tiempo.

—Sí, ¿verdad? A ver si podemos vernos otro día, con calma. Un hotel, o mi casa si quieres. Te quiero coger en una cama de verdad, boca abajo, mordiéndote el cuello.

Cuando terminamos de vestirnos, esperamos un poco antes de bajar, porque afuera había gente. Él aprovechó para meter la mano por debajo de mi vestido y acariciarme una vez más, deslizando dos dedos entre mis labios todavía empapados y llevándoselos después a la boca para chuparlos.

—Me quedaría contigo toda la noche, preciosa. Comiéndote este coño hasta que no te quedaran fuerzas.

—Mejor volvamos —le dije, apartándole la mano a regañadientes—. Mi padre debe estar buscándome, y tu esposa también.

Me acomodé el vestido por última vez, apreté los muslos para retener lo que llevaba dentro y me puse el abrigo por encima. Comprobé que no hubiera nadie y bajé primero. Caminé un poco hacia la calle para fingir que venía de afuera y darle a Marcos tiempo de bajar y entrar al salón. Unos minutos después entré yo, con las piernas todavía flojas y el coño chorreando de semen ajeno bajo el vestido, y cuando mi padre me preguntó dónde había estado, le dije que había ido a casa por algo que había olvidado.

Volví a mi lugar y me serví otra copa para disimular el calor que todavía me subía por el cuello. Desde ahí veía a Marcos con su familia: su mujer le acomodaba el cuello de la camisa, ajena a todo, ajena a que le acababan de vaciar la polla dentro de mí, y él asentía con cara de hombre tranquilo. Durante el resto de la noche seguimos cruzando miradas y bailando de a ratos, siempre con un metro de distancia prudente delante de los demás. En uno de esos bailes me dejó un número anotado en una servilleta dentro del bolsillo del abrigo. Bastó para empezar a planear, en voz muy baja y entre risas contenidas, nuestro próximo encuentro lejos de cualquier fiesta.

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Comentarios(4)

SantiagoBA07

Excelente relato!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

Lety_ok

Me quede con ganas de mas... por favor que haya una segunda parte. Tremendo

oficinista23

jajaja lo de la camioneta al final del pasillo me mato, que tension la de ese momento

MarianaNocturna

Me recordo a algo que me paso en una reunion familiar hace años jaja. Muy real y bien contado

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