Las caricias que ninguna mujer madura olvidaba
Mientras escuchaba aquel programa nocturno de radio, Mauricio pensaba en su exmujer y en las parejas que había tenido antes que ella. La voz pausada de la terapeuta le llegaba a través del auricular, y le resultaba imposible de creer que, a estas alturas, todavía hubiera mujeres que jamás habían tenido un orgasmo, o que fingían en la cama solo para complacer a sus maridos.
Tumbado a oscuras, recordó a Carolina, su exmujer. También se acordó de Pilar, de Lorena, de Bárbara, antiguas novias que siempre le decían lo mismo, sorprendidas: que con sus manos las hacía llegar a orgasmos intensos con una facilidad que ningún otro hombre había tenido.
Desde muy joven le había fascinado acariciar el cuerpo de una mujer. Podía pasarse horas recorriendo cada curva con las yemas de los dedos, atento a la cara que ella ponía en cada momento. Así, poco a poco, había aprendido un arte difícil de explicar: saber cómo, cuándo y dónde tocar.
Al terminar el programa apagó el teléfono. Al día siguiente tenía que madrugar y seguir buscando trabajo.
En el último año, su vida se había roto en pedazos. A los cuarenta y dos años, su matrimonio con Carolina se había ido a pique y, por si fuera poco, la empresa en la que llevaba trabajando desde los dieciocho había cerrado. Sin mujer, sin empleo y sin hijos, se sentía perdido.
***
Después de toda la mañana recorriendo oficinas para dejar currículums en mano, comió algo deprisa y por la tarde se acercó a la cafetería de siempre. Gonzalo y Damián ya estaban en la mesa habitual.
—¿Qué tal? —los saludó con una palmada en la espalda mientras se sentaba—. ¿Lleváis mucho aquí?
—Acabo de llegar —contestó Gonzalo—. En la oficina se me complicó la cosa.
—Yo, diez minutos —dijo Damián—. Tuve que ir de compras con Marta. Tú de eso ya te libraste, cabrón.
—Pues a mí me gustaba ir de compras con Carolina —respondió, algo molesto por el recordatorio del divorcio.
Damián era el típico hombre al que le gustaba demasiado presumir, tanto de sus cosas como de su novia, y por eso nunca le había caído del todo bien.
—¿Te enteraste de que Esteban también se separó? —preguntó Gonzalo.
—¿Qué dices? ¿En serio? —Se quedó de piedra—. Joder, qué putada.
—Por él lo siento, pero por Valeria, ninguna pena —soltó Damián—. Menuda creída.
—No te pases —le cortó Gonzalo—. Es buena tía. Con la cantidad de tíos que están detrás de ella como buitres, normal que se lo crea un poco. La culpa es nuestra.
—Anda que no se te notaba en la playa cómo la mirabas —le dijo Mauricio a Damián.
—Hay que reconocer que tiene un cuerpazo —se rio él—. Siempre me pregunté qué hacía un pibón como Valeria con alguien como Esteban.
—¿Y la creída es ella? —Mauricio negó con la cabeza y miró hacia la puerta—. Calla, que acaba de entrar Esteban.
Estuvieron un rato hablando de fútbol y de tonterías para distender el ambiente, porque Esteban llegaba serio. Al cabo de un rato, Damián volvió a la carga.
—Y tú, ¿qué? —le dijo a Mauricio—. ¿Sigues sin encontrar trabajo? Menuda vida te pegas, ¿eh?
—No aparece nada —contestó—. Está jodida la cosa. Igual me dedico a acariciar mujeres.
—¿A acariciar mujeres? —Los tres soltaron una carcajada—. ¿Te vas a hacer gigoló a los cuarenta? Me da que vas a pasar hambre.
—Déjate de gigoló. Anoche oí en la radio a una terapeuta que decía que muchísimas mujeres nunca tuvieron un orgasmo, y otras tantas los fingen. —Miró a Damián—. A ver si Marta te tiene engañado.
—Si una mujer finge, se nota —respondió este, poniéndose serio.
—Depende —dijo Mauricio, dando un trago al refresco—. Si una terapeuta lo dice, por algo será.
—¿Y cómo te vas a anunciar? ¿«Acaricio mujeres por dinero»? —se rio Gonzalo, con una sonrisa franca—. Eres la hostia, tío. Pues hazlo y nos cuentas cómo va el negocio.
—Aún no pensé cómo anunciarme —murmuró, pensativo.
—Total, hoy en día la gente se gana la vida de las formas más raras. No pierdo nada, ¿no?
***
Durante las semanas siguientes, las burlas de Damián fueron la tónica habitual cada vez que les contaba que había puesto el anuncio y que no había llamado ni una sola mujer. Habían pasado casi tres semanas y Mauricio prácticamente se había olvidado del asunto cuando, una mañana, sonó el teléfono con un número desconocido.
—¿Diga? —contestó ilusionado, pensando que sería alguna empresa.
—Hola… —Era una voz femenina, dubitativa—. He visto un anuncio y llamaba para preguntar.
—¿Anuncio? Ah, sí —contestó, sorprendido—. Soy yo, el del anuncio.
—¿Me puede explicar en qué consiste?
Le habló del programa de radio y de lo que se le había ocurrido al recordar a sus antiguas parejas. Ella lo escuchó en silencio.
—Es un poco vergonzoso para mí, pero me gustaría pedir cita —dijo al fin, con la voz tensa.
Quedaron en que pasaría esa misma tarde por su casa.
Mauricio colocó la camilla plegable que había comprado junto a la cama. Su idea era ofrecer las dos opciones, la camilla o la cama, según prefiriera cada una. A las seis en punto sonó el timbre del portal y, sin poder evitarlo, se puso nervioso.
Se tranquilizó al ver que entraba una mujer sencilla y serena. Calculó que rondaría los sesenta años. La invitó a pasar.
—Perdona que venga muerta de nervios —se disculpó—. Es algo que nunca hice y me da apuro.
—Tranquila. —Prefirió no decirle que era la primera mujer que pedía sus servicios—. ¿Tomamos algo y charlamos un rato para que te relajes?
—¿Tienes café?
Los dos agradecieron ese rato de conversación. Amparo, que así se llamaba, le contó que era viuda desde hacía seis años y que, desde que faltó su marido, no había tenido ningún acercamiento con otro hombre. El anuncio le había llamado la atención, pero hasta ese día la vergüenza la había frenado.
Mientras hablaba, él la observó. Era una mujer elegante, con clase, y se notaba que de joven había sido muy guapa.
—Como ves, soy un hombre normal y corriente —le dijo—. Espero hacerte sentir cómoda.
—Por ahora lo estás consiguiendo. —Le sonrió, agradecida.
—Tengo una camilla. Piensa que será como recibir un masaje. También está la cama, pero por ser la primera vez quizá sea mejor la camilla. Tú decides.
—Sí, mejor la camilla.
***
Al llegar a la habitación, ella lo miró sin saber qué hacer.
—Puedes dejar la ropa sobre la cama —le indicó con suavidad.
Amparo empezó a desabrocharse la blusa, tímida.
—¿Quieres que salga mientras te desnudas?
—No importa. De todas formas me verás después.
Mientras la oía, él cubrió la camilla con un rollo de papel limpio. Cuando se acostó, no pudo evitar pensar que tenía un cuerpo bonito para su edad. Le pidió que pusiera la mente en blanco y puso una música tranquila de fondo.
—Eres el segundo hombre que me ve así en toda mi vida —murmuró ella, llevándose las manos a las mejillas encendidas.
De pie, junto a su cabeza, Mauricio empezó por acariciarle el rostro despacio. Cuando notó que se acostumbraba al contacto, fue bajando las manos hacia los hombros, sin prisa, leyendo cada gesto de su cara.
La respiración de Amparo se alteró en cuanto él rozó la parte alta del pecho. Primero apenas la tocaba; después, con la presión justa. Al sentir aquel suspiro contenido, supo que le estaba gustando.
Con los ojos cerrados, ella se mordió el labio. No recordaba que su difunto marido se hubiera entretenido nunca tanto rato en ese gesto sencillo.
Verla tan agitada le recordó a Lorena, una de sus antiguas parejas, capaz de correrse solo con que le acariciaran los pechos. Decidió probar lo mismo, con caricias lentas y un cuidado casi reverente.
Un gemido tímido se escapó de la garganta de Amparo.
—¡Dios! —exclamó, avergonzada.
—¿Te gusta?
—Sí… —Tragó saliva—. Creo… creo que me voy a correr.
Estaba temblando.
—Córrete —le pidió él, en voz baja—. No lo reprimas.
Los temblores aumentaron. La espalda se le arqueó y las piernas se le tensaron, sacudidas por una fuerza que no podía controlar. Cuando por fin se relajó, se llevó las dos manos a la cara.
—¡Madre mía! Qué vergüenza.
—Nada de vergüenza, tranquila.
—En mi vida me había pasado esto —dijo, abriendo los ojos para buscar los suyos—. Ha sido increíble.
La dejó vestirse con calma para que asimilara lo ocurrido. Cuando apareció en el salón, tenía un brillo distinto en la cara.
—¿Cuánto te debo? —preguntó.
—Por ser la primera vez, nada.
—De eso nada. —Le metió un billete en el bolsillo—. Si no me lo aceptas, no vuelvo.
—¿Eso significa que volverás?
—Claro. Tienes unas manos fabulosas. —Se sonrojó—. Llama cuando quieras.
Al cerrar la puerta, él sacó el billete del bolsillo. Eran cincuenta euros. Joder, por media hora y haciendo algo que me gusta. Esto es la hostia, pensó, contento.
***
A pesar de las pullas de Damián, no les contó nada de aquella primera clienta. Tal vez no volviera, y prefería no hacerse ilusiones. Pero Amparo no solo volvió, sino que una tarde lo llamó otra mujer que le dijo que una amiga le había hablado de él.
Le gustaba ofrecer un café o un refresco antes de pasar a la habitación, y Rosa aceptó. Le contó que estaba divorciada desde hacía tres años y que, a sus cincuenta y tres, no se veía con fuerzas para empezar otra relación.
—Sí que he quedado con hombres desde el divorcio —le contaba—, pero terminaba sintiéndome como un trozo de carne. Si por lo menos se preocuparan un poco de nuestro placer…
—Te entiendo —asintió él—. Es el problema de muchos hombres. No piensan en darle placer a la mujer.
—Exacto. Amparo me dijo que contigo encontraría justo eso: sentirme acariciada.
Rosa comprobó en la camilla que su amiga tenía razón. Se retorció de placer bajo aquellas manos pacientes hasta encadenar más de un orgasmo, incrédula de que su propio cuerpo respondiera así. Al marcharse, en lugar de cincuenta, le dejó ochenta euros y le aseguró que volvería.
***
En dos meses, sin terminar de creérselo, vio crecer el número de mujeres que lo llamaban. A su casa acudían sobre todo viudas y divorciadas. Algunas evitaban hablar de sus vidas, y él suponía que serían casadas insatisfechas, como las que describía la terapeuta de la radio.
Con Amparo cada vez había más confianza. Aquella tarde era la quinta visita en dos meses. Hasta entonces siempre le había pedido la camilla, pero esa vez lo sorprendió mientras tomaban el café.
—Mauricio, hoy me gustaría que fuera en la cama.
—Claro. Tú decides siempre dónde ponerte.
A él le fascinaba el cuerpo de aquella mujer. Le resultaba muy excitante verla retorcerse de placer, gimiendo con los ojos cerrados, a su edad. Desnuda sobre la cama, temblaba bajo el masaje atento.
—Es increíble cómo me tocas —decía, encendida—. ¿Tanto te gusta?
—Me fascina, Amparo.
—Mauricio…
—Dime.
—Si te pago un poco más… ¿me besarías el cuello y los hombros? —preguntó, tímida—. Llevo días con esa idea en la cabeza.
Si con las caricias se deshacía, cuando sintió los labios de él recorriéndole la piel perdió por completo el control. La besó despacio, con paciencia, hasta hacerla gemir como nunca. Fuera de sí, lo apretó contra ella mientras un nuevo orgasmo la sacudía.
—Eres maravilloso… ¡Dios mío!
Mientras se vestía, lo miraba de reojo.
—Gracias —le dijo—. En mi vida había sentido tanto placer.
—Al principio la timidez te bloqueaba —respondió él, mientras ella se subía la cremallera del vestido negro—. Ahora la confianza te deja disfrutar.
A pesar de su insistencia, no quiso cobrarle ni un euro más. Si no fuera por las deudas, no le habría cobrado nada. Acariciar a esa mujer era un regalo.
***
Una tarde, Gonzalo lo observaba mientras él hablaba por teléfono cerrando una cita.
—Mañana imposible. El jueves tengo hueco a primera hora de la tarde, o a las siete… ¿A las siete? Perfecto. Hasta el jueves, entonces.
—¡Joder, tío! —le dijo Gonzalo al colgar—. ¿En serio te va tan bien? Anda que no aguantaste las burlas de Damián al principio.
Habían pasado siete meses desde aquel anuncio puesto por desesperación. Ahora atendía a una media de cuatro o cinco mujeres al día y volvía a vivir tranquilo.
—La verdad es que estoy sorprendido —reconoció, agradecido—. Pide otra ronda, que invito yo.
En ese momento llegaron Damián y Marta, cargados de bolsas.
—¡Hola, chicos! —saludó ella—. ¿Qué tal?
—Aquí, celebrando el éxito de Mauricio —dijo Gonzalo.
—¿Éxito? ¿Qué éxito? —preguntó, mirándolos extrañada.
—Es un exagerado —cortó Mauricio, incómodo. No le gustaba hablar de su trabajo.
—Acaba de coger una cita para dentro de dos días. No seas modesto —insistió Gonzalo.
—Pues qué bien que te vaya tan bien —dijo Marta—. Me alegro por ti. Oye, te queda genial ese recogido.
—¿Ah, sí? Con este calor preferí recogérmelo. Gracias. Como espere a que me lo diga este, puedo sentarme a esperar. —Miró a su novio.
Marta siempre había llevado el pelo largo y ondulado, que le daba un aire algo salvaje frente a sus rasgos suaves. Recogido, le destacaba el rostro. Era muy guapa, y Damián miraba el teléfono sin querer participar; tragarse todas las veces que se había burlado de su amigo no era plato de gusto.
Al cabo de un rato, Mauricio pagó la cuenta y se despidió.
—Está todo pago, ¿vale? Marcho, que si no llego tarde.
—¿Y este va ahora de millonario? —masculló Damián, envidioso, al verlo salir.
—Déjalo. Cuando se quedó sin nada, lo invitaba yo —le replicó Gonzalo—. Me alegro de que le vaya bien. Parece que te jode.
—Pero ¿qué hace exactamente? —preguntó Marta, curiosa.
—Pues eso, acariciar mujeres —contestó Gonzalo—. Por un programa de radio donde una psicóloga decía que hay muchísimas mujeres que nunca tuvieron un orgasmo o que sus maridos no saben hacérselo.
Marta lo escuchaba con una atención que no se le escapó a nadie.
***
Esa misma tarde, Mauricio tardó en encontrar aparcamiento y llegó cinco minutos tarde a una cita pactada por mensaje. Decidió llamar. Al oír la voz le sorprendió que sonara tan joven.
—Tardo dos minutos, ¿vale? No encontraba sitio.
—No se preocupe. Estoy en el portal.
Cuando la vio en el portal, pensó que se había equivocado de persona.
—¿Eres Daniela?
—Sí. ¿Usted es Mauricio?
—Sí. —La miró, sorprendido—. ¿Sabes qué servicio doy? Igual te confundiste.
—Lo leí en el anuncio. —Bajó la vista, avergonzada—. ¿Lo dice por mi edad?
—La verdad es que suelen llamar mujeres mayores. Ninguna tan joven.
—Ya.
—¿Subimos y hablamos un poco?
Arriba, mientras ella bebía un refresco, le contó que tenía veinticuatro años y que llevaba un tiempo largo con su novio.
—A veces me pregunto si es cosa mía o es por él —siguió—. Por eso, cuando vi el anuncio, me decidí a escribir.
—¿Dices que nunca llegaste al orgasmo?
—No —respondió, colorada.
—Tranquila. —Le tomó las manos entre las suyas—. Me gusta charlar un rato antes para que te sientas cómoda. Nada de lo que me cuentes saldrá de aquí.
Era una mujer realmente guapa, de piel bronceada y media melena morena que le caía en ondas sobre los hombros.
—En la habitación hay una camilla y una cama. Tú eliges dónde prefieres ponerte.
—No sé… ¿La camilla?
—Como tú quieras. —Le acarició la cara al verla nerviosa—. Aquí mandas tú. ¿Prefieres desnudarte sin que esté delante?
—¿Puedo?
—Claro. Si te da apuro, déjate la ropa interior puesta. Como estés a gusto.
El rostro de Daniela se iluminó, aliviado.
***
Cuando entró en la habitación, ella ya esperaba sobre la camilla, con los ojos cerrados. Mauricio fue masajeándole el cuerpo poco a poco, leyendo cada reacción. A pesar del temblor cuando las manos subieron, supo por su cara que le estaba gustando.
Un gemido tímido se le escapó. Él notó cómo apretaba las piernas, nerviosa, una contra otra. Cambió de posición, hacia los pies, y al masajearle las pantorrillas comprendió, por su respiración entrecortada, hasta qué punto se había abandonado al contacto.
El mundo se detuvo cuando, con paciencia infinita, las caricias la llevaron al límite. Daniela empezó a temblar y no pudo reprimir los gemidos. Encadenó dos orgasmos más bajo aquellas manos expertas, algo que con su novio nunca había logrado.
Cuando se relajó y abrió los ojos, su cara de felicidad y de asombro le hizo sentirse afortunado de haberle regalado un momento así.
—No era culpa mía —dijo, contenta.
—Claro que no. Tu novio debe aprender a tocarte con calma.
—Él siempre va a lo suyo y me da rabia.
—Es el problema de muchos hombres.
Ya vestida, lo encontró esperándola en el salón.
—Gracias. ¿Cuánto le debo?
—La próxima vez que vengas. Hoy no es nada.
—¿Tengo que volver?
—Solo si quieres. —Le sonrió—. No es obligatorio.
—Me gustaría. Me ha gustado mucho cómo me has tratado.
—A mí también me gustaría que volvieras —reconoció, algo avergonzado.
Cuando se quedó solo, Mauricio se quedó un rato sentado, pensando en lo lejos que había llegado desde aquella noche de radio y desesperación. Algo le decía que aquella tarde no sería la última con Daniela, ni mucho menos el final de su extraña y afortunada nueva vida.
(Continuará)





