Lo que el viejo de la 32 me pidió a cambio del collar
Llegué a la residencia con la cinta métrica en el bolso y los nervios de punta. Lo único que quería era medir las ventanas del relevamiento, anotar mis datos para la tesis y evitar por completo el ala oeste. A mis veintiocho años ya debería saber controlarme, pero después de lo de la semana anterior no estaba tan segura.
Nada más cruzar la puerta, la recepcionista, la señora Mercedes, me hizo una seña con la mano.
—Ah, Carolina. Justo llegás —dijo, revisando un papel pegado en su escritorio—. Don Heriberto, el de la habitación 32, preguntó si ya andabas por acá. Quiere verte cuando puedas.
Me quedé helada. El nombre no me decía nada concreto, pero el número sí.
—¿Don… quién? —pregunté, sintiendo un hueco en el estómago.
—Heriberto. El señor de la 32 —repitió, encogiéndose de hombros—. No dijo para qué. Solo insistió en que quería hablar con vos. Parecía importante.
No dijo para qué. Esas tres palabras hicieron que mi imaginación se disparara. ¿Para reclamarme por haberlo visto la otra tarde? ¿O para otra cosa? El sueño de la noche anterior me cruzó por la mente como una ráfaga caliente: la mano de él entre mis piernas, mis dedos apretándome el clítoris bajo las sábanas, la almohada mordida para no gemir tan fuerte.
Asentí sin convicción y me metí por los pasillos. Don Heriberto. Ahora tenía un nombre. Y me estaba esperando.
No fui a la sala común. Mis pies, como si tuvieran voluntad propia, giraron hacia el corredor largo y silencioso del ala oeste. Cada paso hacia la habitación 32 sonaba más fuerte en mis oídos.
La puerta estaba cerrada. Me detuve frente a ella con el corazón martillándome el pecho. Levanté la mano y toqué, suave.
—Pasá —dijo la voz del otro lado, esa voz grave que ya no podía sacarme de la cabeza.
Abrí. Él estaba de pie junto a la cama, con una bata blanca y fina, la tela casi transparente contra la luz de la ventana que tenía a su espalda. Se adivinaba la silueta de su cuerpo debajo. En cuanto entré, sus ojos me recorrieron de arriba abajo, despacio. Esa mirada no era de anciano. Era pesada, directa.
Mientras me miraba, hizo un gesto con la mano, acomodándose el bulto que se marcaba contra la tela suelta. No intentó disimularlo del todo, y supo que yo lo había notado.
—Pensé que no ibas a venir —dijo.
—Me avisaron que preguntó por mí —respondí, tratando de que la voz no me temblara.
—Sí —asintió. Dio un paso hasta su mesita de noche, abrió el cajón y sacó unas hojas grandes, gruesas, dobladas muchas veces—. Son planos —aclaró, desdoblándolos con cuidado sobre la cama. El papel era amarillo y quebradizo, lleno de líneas a tinta—. Originales. De cuando construyeron este lugar. Pensé que a una arquitecta le interesarían.
Señaló los planos desplegados.
—Acercate. Tenés que verlo de cerca.
Dudé, pero al final di unos pasos hasta quedar al borde de la cama, inclinada sobre el papel antiguo. Él se colocó justo detrás de mí. No me tocaba, pero sentí su calor en la espalda, su presencia grande y cercana. La bata, tan delgada, apenas era una barrera. Y supe, sin necesidad de girarme, que sus ojos ya no miraban los planos. Estaban clavados en mí, en mi cintura, en la curva del culo apretado dentro de los jeans.
El aire de la habitación se volvió espeso y caliente. Yo fingía estudiar las líneas borrosas, pero ya no las veía. Solo sentía su mirada bajando por mi espalda, recorriéndome. Me puse colorada entera y un latido húmedo empezó entre mis piernas. Sentí las bragas mojarse de golpe, esa humedad tibia manchándome la tela hasta que tuve que apretar los muslos para disimular. El coño me palpitaba, hinchado, como si tuviera vida propia.
Él no dijo nada. Solo respiraba, tranquilo, a mis espaldas. Yo estaba quieta, paralizada, esperando, sin saber si quería que su mano cayera sobre mi hombro o si debía salir corriendo. Pero no me movía.
Entonces habló, muy cerca.
—Tu cuerpo… —dijo, y se detuvo un segundo—. Me recuerda al de alguien. A una mujer que quise hace mucho.
Sentí un golpe en el estómago. Me puse colorada hasta las orejas. No podía creer lo que decía. Para no tener que mirarlo, seguí fingiendo que leía los planos, pero de reojo, sin querer, miré hacia abajo, hacia él.
La bata blanca y delgada no escondía nada. Y ahí, entre sus piernas, se veía con claridad cómo se le iba poniendo dura. Se le notaba la forma, gruesa, larga, la cabeza marcándose contra la tela como si quisiera romperla. Una mancha oscura, apenas visible, empezaba a formarse en la punta.
Un calor instantáneo me subió por todo el cuerpo. Me mojé de golpe, tan rápido que me sorprendió a mí misma. Sentí un hilo tibio bajarme por el interior del muslo dentro de los jeans. Ahí estaba él, parado a mi espalda, con la verga dura por mí, y hablando de un viejo amor.
No me moví. No podía. Estaba congelada, pero por dentro ardía. Él tampoco se movió. Solo respiraba, y yo veía, sin querer verlo, cómo la polla se le hinchaba más y más bajo esa bata, larga, gruesa, cabeceando lentamente contra la tela con cada latido.
Respiró hondo, como si luchara por controlarse, y dio un paso atrás.
—Perdón —dijo, y la voz le salió más ronca que antes—. Sé que esto es incómodo de ver. No debería pasarme. No a mi edad, y menos con vos acá.
Hizo una pausa y, con un movimiento que pareció incapaz de evitar, la bata se abrió un poco más. Esta vez no hubo duda. La verga estaba completamente parada, apuntándome directo, la punta rosada asomando ya casi por fuera de la tela. Era gruesa, con una vena marcada que le corría por el costado, y tenía una gota espesa de líquido preseminal brillando en el glande. No la tocó, pero tampoco hizo nada por ocultarla.
—Pero es imposible —continuó, mirándome ahora directo a los ojos, sin avergonzarse—. Imposible no ponerse así cuando hay alguien como vos tan cerca. Con un culo así, con esas tetas apretadas dentro de la camisa. Me trae recuerdos, y me pone duro como hace años que no me ponía.
Mis pensamientos daban vueltas locas. Una parte de mí gritaba que esto estaba muy mal, que debía irme y reportarlo de inmediato. Él era un residente, yo la estudiante que hacía su relevamiento. Esto podía costarme la tesis y la carrera entera.
Pero otra parte, la misma que había tenido ese sueño, la que se había tocado pensando en él, solo quería mirar. Mirar la prueba de que yo lo excitaba hasta ese punto. Un hombre mayor, con la polla completamente dura por mí. Y que lo admitía.
No dije nada. Lo miraba a él, y después a esa forma clara bajo su bata. La humedad entre mis piernas era una traición, el recordatorio de que mi cuerpo también estaba respondiendo, a pesar de todo. Los pezones se me habían puesto duros dentro del corpiño y me rozaban la tela con un cosquilleo que iba directo al coño.
—¿Me vas a reportar? —preguntó, como si pudiera leerme la mente. Su tono no era desafiante, sino casi resignado, como si ya aceptara las consecuencias.
Lo miré y él me sostuvo la mirada. No había miedo en sus ojos, solo una calma rara, como si ya supiera que estar así, frente a mí, tenía un precio y estuviera dispuesto a pagarlo.
Yo no podía apartar la vista de la tela, de la forma imposible de ignorar que se marcaba allí. Sentí un nudo en la garganta. Mi cabeza profesional decía «sí, reportalo, esto está mal». Pero otra parte, más honda y confusa, se negaba. Esa parte recordaba el sueño, el calor en mi propio cuerpo, y el hecho de que, por primera vez en ese lugar, alguien me miraba no como a una estudiante o una chica de paso, sino como a una mujer. Una mujer capaz de ponerle la verga dura a un hombre hasta hacerlo temblar.
—No —dije, negando con la cabeza. La palabra me salió ronca—. No te voy a reportar.
Algo cambió en su expresión. La resignación se suavizó, pero no se transformó en triunfo. Solo en una atención más aguda, como si yo acabara de volverme mucho más interesante.
—Sos más comprensiva de lo que pensé —dijo.
Sin soltarme la mirada, fue hasta el armario y sacó una cajita. La abrió. Adentro había un collar de oro.
—Era de ella —dijo—. De mi viejo amor.
Lo miré sin entender.
—¿Y?
—Y ahora te lo doy a vos —dijo, acercándose—. Si te quedás. Si me tocás.
Señaló su entrepierna, donde la bata ya no escondía nada. La polla asomaba ahora casi entera, gruesa, con las venas marcadas y la punta brillante de humedad.
—Podés salir y reportarme —dijo, con un tono que sonaba a reto—. O podés quedarte, ganarte el collar y ver qué pasa.
Me quedé mirando el oro, después su cuerpo. La decisión era mía. Respiré hondo. Esto iba en contra de todo, pero algo dentro de mí ya estaba decidido.
—¿Solo tocarte? —pregunté, y la voz me sonó extraña.
Él sonrió, una sonrisa que me hizo temblar por dentro.
—Para empezar —dijo, y dejó la cajita con el collar sobre la mesita.
Me quedé parada, dudando. Tenía la cabeza hecha un lío.
Por un lado, todo esto estaba mal. Él era un residente del asilo, yo la estudiante. Si alguien se enteraba, se me iba la tesis y todo lo demás.
Pero por el otro, yo estaba demasiado caliente. Verlo ahí parado, con la polla dura por mí, me hacía mojar hasta empapar las bragas. Me acordé de cómo me había tocado la noche anterior pensando en él, dos dedos hundiéndose y saliendo de mi coño mientras me mordía el labio. La idea de tocarlo de verdad, de agarrarle esa verga con la mano, me volvía loca.
¿Y el collar? El oro brillaba y se veía caro. Pero no era por el collar. En realidad, no.
Era por él. Por saber qué se sentía.
Él no decía nada, solo me miraba. Parecía saber que yo ya me estaba convenciendo sola.
Al final, moviéndome casi sin querer, me acerqué a la mesita y tomé el collar. Estaba frío. Lo apreté en la mano un segundo, sin saber qué hacer con él. Después, torpemente, lo guardé en el bolsillo de mi sudadera, no como un gesto seguro, sino para tenerlo a mano y para que no lo viera nadie más.
Él lo observó todo en silencio. Cuando terminé, solo asintió, apenas.
—Bien —murmuró—. Ahora que estamos de acuerdo, vení.
Dio un par de pasos hacia atrás y se sentó en el borde de la cama, con las piernas abiertas. La bata se le abrió del todo. Ahí, a plena luz de la habitación, se veía todo: la verga parada apuntando al techo, gruesa, con la cabeza hinchada y brillante, y debajo los huevos pesados colgando entre los muslos. No hacía nada por cubrirse. Solo me miraba, esperando.
—Vení —dijo, la voz baja pero clara.
Caminé hasta quedar parada frente a él, a corta distancia. Las manos me sudaban. No sabía dónde ponerlas.
—Tocame —pidió. No era una súplica. Era una instrucción.
Miré hacia abajo, a esa polla que de cerca parecía aún más gruesa y dura. El corazón me latía en la garganta. Lentamente, me arrodillé en el suelo frente a él.
Desde abajo, la vista era todavía más intensa. Él me observaba desde arriba, la expresión seria. La verga le cabeceaba a la altura de mi cara, tan cerca que sentí el calor que despedía.
—Con la mano —indicó.
Extendí la mano derecha, temblando un poco, hasta que mis dedos rozaron su piel. Estaba caliente. Más caliente de lo que imaginaba. La textura era suave y firme al mismo tiempo, y palpitaba, latía contra mis dedos como si tuviera corazón propio. La toqué de lado, apenas, como si pudiera quemarme.
—Así no —dijo él, y puso su mano grande sobre la mía. No con fuerza, pero con firmeza. La cerró alrededor de la verga, guiándome para que se la agarrara bien.
Sentí su peso y su dureza llenarme el puño. Los dedos apenas me llegaban a rodearla del todo. Se me escapó un jadeo. Él soltó mi mano y dejó que yo siguiera.
—Ahora movete —ordenó—. Arriba y abajo. Despacio.
Empecé a mover la mano, torpe al principio, subiendo y bajando por su largo. La piel se deslizaba sobre la firmeza de abajo, corriéndose hacia atrás y descubriendo la cabeza rosada y mojada. La gota de líquido preseminal se estiró y se me pegó al pulgar, viscosa. Él cerró los ojos y soltó un suspiro ronco.
—Así —murmuró—. Así está bien. Más apretada la mano. Sí, así.
Cerré los dedos con más fuerza y aceleré un poco el ritmo. Cada vez que bajaba, la piel se le corría y la cabeza le quedaba desnuda, brillante de su propia humedad. Cada vez que subía, cubría el glande y sentía cómo palpitaba dentro de mi puño. Con el pulgar empecé a jugarle sobre la punta, esparciéndole el líquido preseminal, y él gimió más fuerte, echando la cabeza para atrás.
—Puta madre —jadeó—. Hace años que nadie me hace esto.
Yo seguía arrodillada, mirando fijo lo que hacía mi mano, sintiendo cada centímetro de él bajo los dedos. La otra mano se me aferró al propio muslo al principio, buscando algo de qué sostenerme, pero después, sin pensarlo, se me metió entre las piernas por encima del jean. Me apreté ahí, sobre la costura, y el roce me hizo gemir bajito. Estaba pasando. De verdad estaba pasando. Le estaba haciendo una paja a un anciano en su cuarto de la residencia y me estaba tocando yo también por debajo.
—Escupile —dijo él de pronto, la voz espesa—. Escupí en la mano, así resbala mejor.
Me quedé unos segundos sin moverme, procesando lo que me pedía. Después, sintiendo la cara ardiéndome, acerqué la boca a mi propia mano y dejé caer un hilo grueso de saliva sobre la verga. La saliva le corrió por el tronco y se mezcló con la humedad de la punta. Volví a agarrarla y ahora sí resbalaba, con un sonido húmedo, obsceno, cada vez que la puñeta subía y bajaba.
—Así, nena —gimió—. Igualito así.
Seguí moviendo la mano lo mejor que podía, cada vez más rápido, con la muñeca acalambrándoseme un poco. Él gemía bajito, roncamente, y las venas de la polla se le marcaban más. Yo creí que iba a terminar así, en mi puño. Pero de pronto su mano agarró mi muñeca y me hizo parar.
—Basta —dijo, respirando fuerte—. Todavía no.
Después, la otra mano se metió en mi pelo y me sujetó con firmeza, no para lastimarme, sino para que no me moviera. Me guió hacia abajo, hacia la verga, que estaba ahí, dura, larga, marcada de venas, brillante de saliva y de su propio líquido.
—Ahora con la boca —dijo, mirándome fijo. Su tono no dejaba opción—. Chupámela.
Desde donde estaba arrodillada, lo miré. Él no apartaba los ojos de mí. Me dio un poco de miedo, pero también muchísima excitación. Sentía el coño palpitando dentro de las bragas empapadas, la tela pegada a los labios hinchados. Su mano en mi nuca empujó suave pero seguro, y yo abrí la boca.
La punta tocó mis labios. Estaba caliente, salada, resbaladiza. Él empujó un poco más, haciéndome tomar la cabeza dentro. La lengua le sintió el sabor a piel y a semen adelantado. Me costó al principio, se me llenaron los ojos de lágrimas de lo gruesa que era, y tuve que abrir bien la mandíbula para acomodarla.
—Tranquila —murmuró, y con la otra mano me acarició la cara—. Ya vas a ver. Respirá por la nariz.
Empecé a mover la cabeza, dejando que él la guiara. Sentía la verga entrarme y salirme de la boca, la cabeza hinchada rozándome el paladar, el tronco resbalándome sobre la lengua. Cada vez que él empujaba, la punta se me acercaba a la garganta y me daban ganas de arcadear, pero me contenía. La saliva se me acumulaba y me chorreaba por las comisuras, cayéndome en gotas espesas sobre la mano con que le sostenía la base.
—Así, así —jadeaba él—. Chupála toda. Con lengua. Movele la lengua alrededor.
Obedecí. Empecé a girarle la lengua alrededor del glande cada vez que llegaba a la punta, chupando fuerte, con las mejillas hundidas. Cuando volvía a bajar, dejaba que la verga me llenara la boca entera. Él soltó un gemido largo, gutural, y me apretó más el pelo.
—Puta madre… qué boca tenés.
Sin dejar de chupar, subí una mano y le agarré los huevos. Los sentí pesados en la palma, calientes, arrugados. Los apreté suavecito y él se estremeció entero.
—Sí, así, tocámelos. Chupámelos también.
Le saqué la polla de la boca un momento, con un hilo de saliva colgándome del labio, y le bajé por el tronco lamiendo despacio hasta llegar a los huevos. Los envolví con la lengua uno por uno, chupándolos como me pedía, mientras con la mano le seguía masturbando la verga chorreada de saliva. Él dejó escapar un gemido que sonó casi doloroso.
—Basta, basta que me vengo así —jadeó, y me tironeó del pelo para que volviera a subir.
Me llevé la polla otra vez a la boca, esta vez con más ganas, más profundo. Él empezó a empujarme la cabeza al ritmo que quería, más rápido, más hondo. Yo me dejaba hacer, con las manos apoyadas en sus muslos, sintiendo la verga entrar y salir, la saliva y su líquido corriéndome por la barbilla y goteando en mi camisa. Cerraba los ojos y solo escuchaba los sonidos: los chapoteos húmedos de mi boca, sus gemidos roncos, mi propia respiración agitada por la nariz.
Debajo, sin poderlo evitar, me apreté una teta con la mano libre, pellizcándome el pezón por encima de la ropa. En ese momento ya no era la estudiante. Solo era esto: una polla llenándome la boca y el sonido del placer de él encima mío.
Los gemidos se volvían cada vez más seguidos. Yo ya no pensaba en nada, solo en el sabor y en la presión de su mano en mi nuca. La verga me palpitaba entre los labios, cada vez más caliente, más hinchada.
—No pares —gruñó, y la respiración se le agitó—. Ahora sí… ahora… ahora te lleno la boca…
Empujó mi cabeza más fuerte, más profundo, hasta que sentí la punta golpearme el fondo de la garganta. Me atraganté un segundo pero él me sostuvo ahí. La verga me palpitó violentamente contra la lengua. Un sonido gutural le salió de la garganta.
—Me corro —avisó, y no me soltó, al contrario, me apretó más.
Seguí, sabiendo lo que iba a pasar. Un instante después sentí el primer chorro estallar caliente en el fondo de la boca. Fue grueso, denso, con un sabor amargo y salado. Después vino otro, y otro más, llenándome la lengua, el paladar, los cachetes por dentro. Eran chorros largos, como si llevara años sin correrse. Él gemía largo, temblando, con la mano crispada en mi pelo mientras seguía saliendo semen entre mis labios.
El semen se me acumulaba tan rápido que empezó a escurrírseme por las comisuras. Tragué lo que pude, sintiendo el líquido caliente bajarme por la garganta, espeso, salado. El resto me chorreó por la barbilla y me cayó al cuello.
No me soltó hasta que la verga terminó de latir contra mi lengua. Entonces, despacio, se apartó. Un último hilo espeso le quedó colgando de la punta al labio. Jadeaba, con los ojos cerrados, la polla todavía dura y brillante frente a mi cara.
Yo me quedé arrodillada, tragando lo que pude, con el sabor pesado en la boca y el semen tibio manchándome el mentón. Él abrió los ojos y me miró. Le brillaron al ver la cara embarrada y el hilo blanco corriéndome por el cuello hasta el escote. Sin decir nada, buscó algo en la mesita y me alcanzó un pañuelo de papel.
—Gracias —dijo, la voz muy cansada.
Me limpié la boca, la barbilla, el cuello. El pañuelo quedó manchado de blanco. No sabía qué sentir. Había pasado. Lo había hecho. Le había mamado la verga a un anciano hasta que se corriera en mi boca. Y lo peor, o lo mejor, era que yo seguía mojada, con el coño hinchado latiendo dentro de las bragas empapadas.
El silencio se quedó un rato, pesado. Él se recostó en la cama, cubriéndose con la bata. Yo seguía en el piso, con las rodillas adoloridas y ese gusto raro en la boca.
—Perdón —dijo, sin mirarme—. Se me fue la mano. Estuvo mal.
No contesté. No sabía qué decir.
—Por favor, no le cuentes a nadie —pidió, y ahora sí me miró. La cara le parecía más vieja, preocupada—. Me harían irme, y no tengo otro lugar adonde ir.
—No voy a contar nada —dije. Y era verdad.
Asintió, aliviado. Después la mirada se le suavizó.
—¿Podrías ponerte el collar? —preguntó, con una voz más amable—. Me gustaría ver cómo te queda. Siempre me imaginé cómo se vería en un cuello así.
Su pedido ya no era una orden. Sonaba genuino, casi nostálgico.
Asentí. Me levanté y, con cuidado, saqué el collar de oro del bolsillo. El metal estaba frío. Me lo puse; el cierre se me resistió con los dedos torpes, todavía manchados. El colgante cayó sobre mi pecho, justo sobre la piel donde una gota de semen se había secado.
Él me miró desde la cama. Una sonrisa pequeña, triste, le cruzó la cara.
—Se ve precioso —murmuró—. Gracias.
Esas palabras me dieron un vuelco raro en el estómago. Junté mis cosas.
—El jueves, si querés pasar por el jardín, la puerta va a estar abierta —dijo suave, sin presionar.
No prometí nada. Salí de la habitación. El collar ya no se sentía tan frío, pero su peso, y sus palabras, me seguían.
***
Cerré la puerta de la 32 con los planos en la mano y el collar puesto bajo la camisa. Caminé rápido hacia la salida, sintiendo todavía las bragas empapadas pegándoseme al coño con cada paso.
La señora Mercedes me vio pasar.
—¿Ya te vas, Carolina?
—Sí, terminé por hoy —dije, sin frenar demasiado, rezando para que no me viera el mentón enrojecido o me oliera el aliento.
Salí a la calle y respiré hondo. No podía creer lo que acababa de hacer. Le había mamado la polla a un anciano de la residencia hasta tragarle el semen. Pero a la vez, recordaba la sensación, el peso de la verga en mi boca, el sabor espeso, y un calor raro me subía de nuevo entre las piernas. Tenía ganas de más, aunque sabía que estaba mal.
Me subí al colectivo rumbo a casa, apretando los muslos en el asiento. En el camino no podía dejar de pensar. Él había dicho «el jueves». Faltaba casi una semana para la próxima visita. Una parte de mí decía que no debía volver nunca, que había sido un error enorme. Pero la otra, la que se tocaba pensando en él y que acababa de probárselo, ya se preguntaba cómo sería la próxima vez. Si él me pediría que me sacara la ropa. Si me metería esa verga en el coño. Si me haría gritar.
Me bajé con la cabeza hecha un lío. El collar lo sentía frío y pesado contra el pecho. Para el jueves tenía que decidir: olvidar todo esto, o volver por más.





