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Relatos Ardientes

Descubrí a mi madre con el amigo de mi hermano

Durante años, mi hermano mayor trajo casi todos los fines de semana a su «mejor amigo» Darío a nuestra casa. Después salían de fiesta, al gimnasio o a cualquier otro lado. Nuestras familias se conocían desde hacía tanto que a nadie le extrañaba que Darío se quedara a dormir; ellos repetían que eran hermanos de distinta madre, y con eso bastaba.

Darío era el típico galán del barrio, el mujeriego que se acostaba con cualquier vecina y, al mismo tiempo, el machito que se burlaba de los gays como yo. Me encantaba verlo cuando aparecía, porque además de guapo estaba enorme de tanto entrenar. Pero también me incomodaba, porque siempre me preguntaba en tono de burla si «ya tenía novia» y, cuando mi hermano se alejaba, me soltaba un «o será novio». Era mi acosador particular, y esa no era ni de lejos la única forma en que me humillaba.

Lo peor era que en aquel entonces el chico que me gustaba era justamente Darío. Me daba vergüenza reconocerlo incluso ante mí mismo. El tiempo pasó y, a principios de 2021, mi padre y mi hermano emigraron al extranjero buscando trabajo. Me quedé solo con mi madre y mi hermanita. Todo siguió igual hasta que, a mitad de aquel año, mi vida dio un giro de ciento ochenta grados.

Una tarde de sol me salté la última clase de la universidad y volví a casa convencido de que estaría vacía, porque mi madre tenía a esa hora una reunión en la escuela de mi hermana. Lo que encontré jamás me lo habría imaginado si no lo hubiera visto con mis propios ojos. Encontré a mi madre y a Darío cogiendo en su cuarto.

Antes de contarles aquello, conviene que sepan algo. Darío era un año mayor que mi hermano: cuando esto ocurrió, él tenía veinticuatro y mi madre estaba por cumplir los cincuenta. Desde antes de que se fueran los hombres de la casa, yo ya había notado que la mirada de Darío hacia mi madre cambiaba mes a mes, volviéndose más morbosa, más fija en su cuerpo. Y él, a su vez, se mostraba cada vez más exhibicionista: llegaba con camisetas sin mangas, se quitaba la playera en la sala al menor pretexto y usaba pantalonetas ajustadas que no dejaban nada a la imaginación.

No voy a negar que me gustaba verlo así por la casa, porque después fantaseaba con él. Pero también me ponía celoso, porque varias veces sorprendí a mi madre comiéndoselo con los ojos mientras él andaba sin camiseta. Y otras tantas vi cómo Darío le devolvía esa misma mirada hambrienta. Para su edad, mi madre tenía un cuerpo precioso: cintura estrecha, las caderas anchas y un trasero que le robaba la atención a más de uno en la calle.

Volviendo a aquel día: entré directo a la cocina a tomar agua. La casa estaba en completo silencio y, creyendo que no había nadie, ya planeaba ducharme y encerrarme en mi cuarto. Pero entonces empecé a oír ruidos y gemidos apagados que venían del fondo del pasillo. Al principio me asusté. Después, casi sin pensarlo, me fui acercando.

La puerta del cuarto de mis padres estaba abierta de par en par. Lo primero que vi fue a Darío completamente desnudo, cogiéndose a mi madre, que estaba en cuatro patas. La impresión fue tan brutal que, en vez de gritar o reclamar, me quedé congelado en el umbral. Estaba aturdido, confundido, sin saber qué hacer ni qué decir para que pararan. Me sentí celoso, traicionado y triste a la vez. Pero lo peor vino con la reacción de Darío al descubrir que yo los había descubierto.

Con la cara hundida en el colchón, mi madre no me vio. Darío sí. La sujetaba de la cintura y la embestía con fuerza. En lugar de soltarla, como haría cualquiera al ser sorprendido, me sonrió y siguió. No se detuvo hasta que, en una de esas, volvió a girar la cabeza y me encontró todavía clavado en la puerta. Entonces frunció el ceño, salió de ella y le murmuró:

—Quédate así.

Por primera vez lo vi del todo desnudo. Su cuerpo musculoso se balanceó al caminar hacia mí, igual que su verga dura cubierta por un condón. Solo sentí cómo me agarraba del cuello de la camiseta y me arrastraba al cuarto de enfrente. Me empujó contra la pared y, mirándome con desprecio, dijo:

—¿Qué pasó, maricón? ¿Te gusta lo que ves o por qué no te has ido?

No sabía dónde mirar. Nunca había tenido a Darío tan cerca, y menos así. Él siguió, sosteniéndome la barbilla con dos dedos.

—Tú deberías estar en clase. ¿Te escapaste a ver a algún noviecito? —y bajando la voz—: Entonces esto va a ser nuestro secreto, ¿okey, Tomasito?

Yo lo miraba a los ojos esperando entender qué quería de mí. Desde el cuarto se oyó la voz de mi madre.

—Cariño, ¿dónde estás?

—Ya voy, busco algo —respondió él sin dejar de observarme. Después me dio unos golpecitos suaves en la mejilla—. Si quieres puedes seguir mirándonos, enfermo. Por cómo tienes la verga, parece que te encanta ver cómo me cojo a tu mami.

Y salió, con la verga todavía durísima, de vuelta al cuarto.

No me había dado cuenta de que estaba completamente empalmado.

El bulto marcaba mi pantalón sin disimulo. Pero tenía al hombre que me gustaba desnudo a un metro de mí; era lógico que me pasara. Salí del cuarto y, como hipnotizado, me quedé en el filo de la puerta, espiándolos.

Esta vez no me asomé entero: solo saqué la cara. Darío estaba arrodillado sobre la cama mientras mi madre se la chupaba. Veía el subir y bajar de su cabeza, la mano de él guiándola por la nuca. Y, cada vez que él me descubría mirando, me sonreía y la hundía más en su verga, le daba una palmada en el trasero que apenas cubría un hilo de tela.

Parecía que el saberse observado lo encendía todavía más. En un momento se enredó el pelo de mi madre en el puño, se puso de pie sobre la cama y la obligó a seguir de rodillas, mamándosela desde abajo. Le costaba tragarla entera, y a él eso le encantaba. Mi madre lo chupaba con una desesperación que yo no le conocía.

Después de un rato volvió a acostarse y ella se le subió encima a cabalgarlo. El trasero de mi madre parecía el doble de las piernas de Darío, pero eso no le impidió montarlo con fuerza, soltando gemidos que retumbaban por toda la casa. A veces la verga se le salía y él mismo se la volvía a acomodar, sin dejar de manotearle las nalgas mientras ella se movía.

Desde el pasillo lo veía todo, y no entendía cómo ver a mi amor imposible revolcándose con la madre a la que creía intocable podía excitarme de esa manera. Cuando Darío me dedicó otra de sus sonrisas victoriosas, sin dejar de embestirla, no aguanté más y salí de casa rumbo a un parque cercano.

Ahí me puse a llorar. No sabía qué hacer. ¿Llamaba a mi padre y a mi hermano y los hacía separarse? ¿Qué pasaría con mi hermanita? ¿Me callaba y vivía sabiendo que mi madre le era infiel a mi padre mientras él se mataba trabajando lejos? Le di vueltas hasta que, a la hora en que se suponía que debía volver, regresé.

Al abrir la puerta supliqué que todo hubiera sido un mal sueño y que Darío ya no estuviera. Se me cumplió a medias: el cuarto de mi madre estaba vacío y por un instante me tranquilicé. Hasta que lo vi salir del baño en toalla, con el torso desnudo y el pelo mojado.

—¿Adónde te fuiste? —me preguntó con esa cara dura.

Su descaro me irritó tanto que por fin le contesté.

—¿A ti qué te importa?

No lo esperaba. Me arrinconó otra vez, ahora apretándome la garganta con una mano. Intenté empujarlo, pero era demasiado fuerte.

—Cuidado, maricón —me dijo, mirándome fijo—. Llegas a contarle a alguien lo que viste y no la cuentas. ¿Oíste?

Me faltaba el aire, pero él insistía, subiendo la voz, hasta que afirmé con la cabeza. Entonces aflojó un poco.

—Voy a seguir cogiéndome a tu vieja, te guste o no. Así que mejor piensa qué quieres hacer.

No dije nada. Pero lo que vino después me dejó sin aire de otra manera.

—¿Te gustó ver cómo la hacía gemir… o me gustó ver a ti, Tomasito? —se acercó hasta rozarme—. Otra vez se te puso dura, ¿no? Te gusta la verga de otros hombres.

Intenté zafarme, pero me apretó más contra la pared.

—Ya, ya, jotita. Ya sé lo que quieres. Te dejo que me la mames, pero lo de hoy no se lo cuentas a nadie. ¿Estamos?

El corazón me iba a mil. Sin que yo respondiera, se quitó la toalla y se quedó en bóxer frente a mí, con el bulto cayendo hacia un lado. Me quedé atónito.

—¿Aceptas o no?

***

No recuerdo bien cómo llegué a estar arrodillado en mitad del pasillo, con su verga dura asomando por encima del elástico del bóxer, a la altura de mi cara. Él me bajó la prenda. Tenía delante eso que tantas veces había imaginado, lo mismo que minutos antes había estado dentro de mi madre. No sabía adónde mirar, pero Darío me sujetó la cabeza.

—¿Vas a chupar o no? Habla —y me acercó.

Intenté negarme, pero con el glande a un centímetro de mis labios no pude más y le pasé la lengua. Él no dijo nada; solo me empujó hasta que se la chupé entera.

—Chúpala bien, maricón. ¿O no sabes? —se burló.

Miré hacia arriba y fue lo peor que pude hacer: lo vi sonreír, satisfecho, con todos esos músculos tensos sobre mí. Me agarró tan fuerte de la nuca que me la hundió hasta el fondo. Arqueé las arcadas y él se apartó, fastidiado.

—Pinche maricón, ni mamar sabes —dijo subiéndose el bóxer—. Si no dices nada y haces lo que te pida cada vez que quiera cogerme a tu vieja, te dejo que me la mames. Si no, voy a tener que enseñarte a quedarte callado de otra forma.

Lo vi entrar al cuarto de mi madre, vestirse y marcharse con un último «mañana vuelvo, tú decides». Apenas cerró la puerta corrí al baño a echarme agua en la cara, porque sentía que ardía de fiebre. No creía lo que acababa de hacer. Al abrir el cesto para tirar el papel, vi el condón que él había usado, dejado ahí a propósito. No lo toqué. Esa noche no dormí: sabía que debía hablar con mi hermano, pero las ganas de volver a tener a Darío en mi boca pesaban igual o más.

***

Al día siguiente, lo primero que vi al despertar fue a Darío en mi casa, con la excusa de que mi padre lo había contratado para pintar las paredes. Yo sabía que ese no era su único objetivo. Ni bien empezó, se quitó la camisa y, con el pantalón a media cadera, no paraba de conversar con mi madre ni de mirarla. No los dejé solos ni un minuto. Cuando terminó una pared, pidió ducharse y salió en toalla, coqueteándole hasta que ella no podía despegarle los ojos de encima.

Volvió al otro día diciendo que terminaría el trabajo, pero entre risas y miradas no avanzó nada. Esta vez sí noté que, a cada rato, me hacía señas para que me fuera. No le hice caso, hasta que entró a mi cuarto en toalla, se acercó agarrándose por encima de la tela y me dijo al oído:

—Lárgate un rato. La tengo dura. Después tú me la mamas.

Tragué saliva y solo asentí. Salí diciendo que iba a pasear al perro al parque. Pero no aguanté ni veinte minutos: volví arrepentido, y ya estaban cogiendo.

Mi madre lo cabalgaba deprisa, gimiendo «así, así, qué rico». En uno de esos movimientos, Darío la giró sin salirse y quedó encima de ella. Le abrió las piernas, la embistió, y poco a poco ella las fue cerrando hasta entrelazarlas en su espalda mientras gritaba cuánto le gustaba. Estuvieron así un buen rato, entre «más rápido, más rápido», hasta que él, apoyándose para clavarla mejor, le dio con todo. No sé cuántos minutos los espié. Cuando vi que se sacaba el condón para terminar sobre el vientre de ella, salí corriendo de casa.

En la calle sentí asco de mí mismo: no solo lo había permitido, ahora prácticamente los ayudaba. Pero cuando regresé, Darío seguía ahí. Mi madre estaba sentada en la sala como si nada, y me dijo, tan tranquila, que él me esperaba en mi cuarto. Entré con miedo. Lo encontré sentado en mi cama. Al verme se puso de pie, se bajó el pantalón y el bóxer y dijo:

—Soy de palabra. Si quieres, chúpala.

Al principio me negué. Pero él me tomó la mano y me la llevó a su verga, y caí. Me arrodillé y se la mamé mirando hacia arriba, hacia sus músculos, sin dejar de hacerlo. Me gustaba demasiado. Cuando estuvo a punto, me apartó del pelo y terminó sobre mi cara, con unos chorros tibios y débiles.

—Tu mami casi te deja sin comida, maricón —se rió.

Después de aquel día dejé de pensar en contarle nada a mi padre ni a mi hermano. Más bien me dejé llevar. Esa misma noche Darío me escribió; nunca supe cómo consiguió mi número. Me dijo que, de ahí en adelante, cada vez que quisiera ver a mi madre me avisaría para que yo saliera con mi hermana y los dejara solos.

Acepté, sabiendo que eso significaba volver a chupársela. Días después me llegaron dos fotos de mi madre desnuda frente al espejo de su cuarto, en ropa interior. «Tu mami me está calentando. Pasado mañana, lárgate», escribió. No podía creer que ella se las hubiera mandado. Por primera vez la veía así y entendí la obsesión de Darío. Tenía un cuerpo de escándalo y, al parecer, le encantaba mostrárselo.

Aquel día salí con mi hermanita y la dejé sola. Al volver, mi madre actuaba como siempre y Darío ya no estaba; nunca me avisó. Lo mismo pasó la vez siguiente. Cuando se me agotó la paciencia y dejé de obedecerle, lo bloqueé. No esperaba que al día siguiente me estuviera aguardando a la salida de la facultad. Me subió a su moto y me llevó a su casa.

Ahí me acorraló y me advirtió que yo no iba a impedir lo suyo con mi madre. Se bajó el pantalón y el bóxer hasta quedar desnudo frente a mí.

—Si tanto quieres mamarla, hazlo aquí.

No perdí tiempo ni pudor. Lo senté, me arrodillé y se la mamé. La tenía floja, pero, mientras él miraba porno en el teléfono y yo trabajaba, se le fue endureciendo hasta hacérmela tragar completa. Me daban arcadas y a él no le importaba. Me sujetó la cabeza hasta que terminó en mi boca, en gran cantidad, y me lo tragué todo.

—Pagada la deuda, maricón —dijo agarrándome del pelo, todavía arrodillado—. Ahora avísale a tu mamá que vas a llegar tarde, que voy a cogérmela.

Muchos dirán por qué dejaba que me tratara así. La verdad es que esa actitud suya me encantaba. Aquel día Darío se cogió a mi madre con mi ayuda hasta casi la noche, sin que nadie los interrumpiera, y yo tuve después mi recompensa. Si seguimos con esa rutina o si algo cambió entre nosotros tres, eso se lo dejo a su imaginación.

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Comentarios(4)

MarcosDelRio

Tremendo!!! No me lo esperaba para nada. Que giro.

NocheDeViernes_99

Por favor que haya segunda parte, no puede quedar asi. Quede con demasiadas preguntas.

LecturaNoche

Se hizo muy corto, quede con ganas de mas. La forma en que lo narraste hace que uno se meta en la historia sin darse cuenta.

PabloSL88

buenisimo!!!

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