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Relatos Ardientes

La vecina de setenta años que me invitó a subir

La vi por primera vez una tarde de julio, peleándose con un carrito de la compra que parecía pesar más que ella. Era una mujer mayor, de setenta y pico, a la que ya me había cruzado otras veces por el barrio. Me llamaba la atención porque siempre iba impecable: bien vestida, maquillada con cuidado y el pelo arreglado, como si todavía tuviera a alguien a quien gustarle.

Aquel día llevaba un pantalón ancho y vaporoso de color negro, una blusa holgada de un azul muy claro y el pelo corto, peinado con volumen y teñido de un tono lavanda que, lejos de hacerla parecer ridícula, le daba un aire coqueto.

El carrito se le había trabado en el bordillo y ella tiraba sin éxito, con la respiración entrecortada por el calor. Me acerqué casi sin pensarlo.

—Permítame, que de eso me ocupo yo.

—No, hijo, no hace falta, que ya me apaño —respondió, aunque la voz le sonaba a derrota.

Insistí un par de veces más hasta que cedió con una sonrisa, y me hice cargo del carro. Caminé a su lado las tres manzanas que la separaban de su casa, mientras ella me contaba cosas del barrio.

—Me llamo Remedios —dijo—. Y te lo agradezco de verdad. Ya no queda gente así. Antes la juventud respetaba a los mayores, ayudaba sin que se lo pidieran. Ahora todos van a lo suyo.

Asentí por cortesía. Cuando llegamos a su portal me dispuse a despedirme, pero ella me cortó.

—Sube y te tomas una cerveza, que con este calor te la has ganado. No me digas que no, que me ofendes.

No tenía nada mejor que hacer aquella tarde de domingo, así que acepté. En el ascensor, un espacio estrecho que olía a su perfume, me miró de reojo y sonrió. Fue una sonrisa rápida, pero había algo en ella, un brillo de picardía que no encajaba con la imagen de la abuelita necesitada de ayuda. Me lo estoy imaginando, pensé. Hace demasiado calor y mi cabeza inventa cosas. Y, sin embargo, no podía negar que aquella mujer, con sus setenta años bien llevados, me producía un morbo extraño.

El piso era pequeño y estaba ordenado hasta el último detalle. Me guio hasta la cocina, me indicó dónde dejar el carro y sacó una cerveza de la nevera. Me la sirvió en un vaso alto, con el cuidado de quien tiene tiempo de sobra.

—Me gustaría recompensarte de alguna manera —dijo, apoyada en la encimera—. Pero soy una jubilada y no ando sobrada de dinero.

—Por favor, ni lo mencione. Lo he hecho porque me apetecía. Con la cerveza vamos más que sobrados.

Ella ladeó la cabeza, midiéndome con la mirada.

—Hay otra forma de darte las gracias —dijo despacio—. Aunque seguramente tú no quieras.

Esta vez no había duda. El brillo de sus ojos claros era inequívoco. Dejé el vaso sobre el mármol.

—Dígame qué está pensando.

Remedios sostuvo mi mirada un segundo largo antes de hablar.

—De joven yo era muy fogosa. Disfrutaba como una cría haciendo de todo, dentro de la cama y fuera de ella. Era de las viciosas, ¿sabes? —Y soltó una risa cargada de malicia—. Y lo sigo siendo. Lo que pasa es que a mi edad ya no tengo con quién. A ti seguro que no te apetece estar con una vieja estropeada como yo, ¿verdad?

Me acerqué un paso. La cocina, de pronto, parecía más pequeña.

—¿Sabes una cosa, Remedios? Me gustan mucho las mujeres mayores. Más todavía cuando se arreglan y se cuidan como tú. Así que te equivocas: me pones, y mucho.

***

No le di tiempo a responder. Puse la mano sobre su trasero y lo acaricié por encima de la tela suelta del pantalón. Ella se pegó a mí, sin apartar los ojos de los míos, entreabrió los labios —llenos de arrugas, pero perfectamente pintados— y asomó la punta de la lengua, que movió con una lentitud provocadora.

Eso terminó de encenderme. La sujeté por la nuca y apreté mi boca contra la suya. Me devolvió el beso con un hambre que no esperaba; las lenguas se buscaban, se enredaban, recorrían cada rincón con una intensidad de adolescentes a escondidas.

Mi mano seguía amasando sus nalgas, cada vez con más fuerza, hasta apretar aquella carne blanda y tibia. Remedios gemía contra mi boca, dejándome claro cuánto le gustaba. Aparté la cinturilla elástica del pantalón y metí la mano por dentro de la ropa interior para sentir su piel desnuda.

Ella se separó un instante, me bajó la cabeza con suavidad y empezó a chuparme el lóbulo de la oreja, moviendo la lengua con una destreza que me puso a mil. Sumé la otra mano al trabajo, abarcando todo lo que podía de aquel culo generoso.

—Espera —jadeó—. Que aquí de pie se me cansan las piernas.

La giré contra la encimera y aproveché para subir las manos hasta sus pechos. Los noté pesados y blandos bajo la blusa, y eso me excitó todavía más. Le desabroché un par de botones, liberé sus tetas del sujetador y disfruté del tacto cálido de su piel antes de empezar a pellizcarle los pezones.

—¿Te hago daño? —pregunté.

—No… me gusta así. O más fuerte —respondió entrecortada.

Apreté con más ganas y ella ronroneó de gusto. Llevé entonces una mano a su entrepierna, deslizándola bajo el pantalón y las bragas hasta su sexo. Para mi sorpresa, lo encontré húmedo.

—Vaya —le susurré al oído—. Y yo que creía que las mujeres mayores ya no se mojaban.

—Ya te he dicho que soy una guarra —contestó entre suspiros—. Y tú me estás poniendo cachondísima.

Volvió a besarme con pasión mientras yo la acariciaba con los dedos. Al cabo de un rato retiré la mano y se la acerqué a la boca; ella la abrió y se chupó los dedos uno a uno, mirándome con un descaro que no había visto en mujeres de la mitad de su edad.

—Ahora quiero algo más grande en la boca —dijo, y posó la palma sobre el bulto de mi pantalón—. Quiero chupártela hasta que te corras.

—¿Y dónde quieres que me corra? —pregunté, jugando.

Se relamió los labios.

—Dentro de la boca, cariño. Quiero que me la llenes hasta el fondo.

***

Me bajé el pantalón y la ropa interior hasta las rodillas. Con cierto esfuerzo, apoyándose en mi muslo, Remedios se arrodilló frente a mí. Tomó mi miembro con una mano y empezó dándole pequeños besos en la punta, sin prisa, como si saborease cada segundo.

Luego lo lamió de arriba abajo y, por fin, se lo fue metiendo en la boca poco a poco, hasta tenerlo entero. Lo que vino después fue una de las mejores felaciones de mi vida: había en ella una mezcla de técnica y de ganas que no se aprende, que solo da una vida entera de disfrutar sin complejos.

Cuando notó que estaba cerca, se detuvo y levantó la vista.

—Ahora sigue tú —dijo—. Córrete mientras me la metes. Me encanta sentirme así de guarra.

Abrió la boca todo lo que pudo. Le sujeté la cabeza con cuidado y empecé un vaivén suave. Bajé la mirada y vi que se había metido la otra mano entre las piernas y se masturbaba mientras me la chupaba. Verla así, entregada por completo, con el pelo lavanda alborotado y los ojos cerrados de placer, me empujó al límite.

—¿Te vas a correr? —pregunté.

Asintió sin sacarme de la boca, con los dedos cada vez más frenéticos sobre su clítoris. Aceleré el ritmo y al poco nos corrimos casi a la vez. Ella gemía con la boca llena mientras yo me vaciaba, y su cuerpo se estremecía con las sacudidas de su propio orgasmo.

Cuando terminamos, me retiré despacio. Remedios abrió la boca para enseñarme que lo había guardado todo, la cerró, tragó y volvió a abrirla, vacía, con una sonrisa traviesa.

—Eres una viciosa de verdad —dije, ayudándola a levantarse.

—Ya te lo advertí —respondió, limpiándose la comisura con el dedo—. ¿Seguimos?

—Por supuesto.

La atraje hacia mí y volví a besarla, sin importarme nada.

***

Me pidió que la esperase un momento, que iba a arreglarse un poco. Terminé la cerveza en la cocina y, unos veinte minutos después, oí su voz llamándome desde el fondo del pasillo.

La encontré tendida en la cama, con un camisón corto de color rosa y bastante más maquillada que antes: sombra en los párpados, las pestañas largas de rímel, la raya del ojo muy marcada y los labios pintados de un rojo intenso. Se había transformado.

—Estás guapísima —dije, y lo pensaba—. Muy sexy.

Sonrió con malicia y empezó a acariciarse el cuerpo entero, despacio, sin dejar de mirarme. Mi erección volvió como accionada por un resorte. Me tumbé a su lado, la abracé y atrapé sus pechos con la mano. Después de jugar un rato con ellos, me incliné a chupárselos, deteniéndome en los pezones, que succioné y mordisqueé hasta que empezó a retorcerse.

—Con ese maquillaje me tienes loco —le dije, llevando la mano a su trasero.

Ella puso morros y aleteó las pestañas con una exageración teatral que me hizo reír y, a la vez, me encendió más.

—Pues no sé a qué esperas —me desafió.

Nos besamos otra vez, todavía con más ganas. Me mordió el labio inferior y yo le devolví el mordisco. Cuando nos separamos, se dio cuenta de que me había dejado la boca manchada de carmín.

—Espera, que cojo un pañuelo y te limpio.

—Tranquila —respondí, con una sonrisa—. Seguro que encuentro una forma mejor de limpiarme.

Me deslicé hacia abajo hasta colocar la cabeza entre sus piernas. Empecé besando la cara interna de los muslos, suave, tomándome mi tiempo, hasta que acerqué la boca a su sexo y comencé a recorrerlo con la punta de la lengua. Luego me concentré en el clítoris, trazando círculos lentos.

Remedios se estremecía con cada lametón y soltaba todo tipo de obscenidades en voz baja, palabras que sonaban casi tiernas dichas con su voz cascada. Como ya estaba muy excitada por lo de la cocina, no tardó nada en llegar. Profirió un gemido largo, contrajo el cuerpo y me atrapó la cabeza entre los muslos mientras el orgasmo la recorría entera.

Le di un par de besos más, que la hicieron temblar, y después se quedó muy quieta, relajada, con una respiración honda y satisfecha.

Al cabo de unos instantes abrió los ojos y me miró con una dulzura que no esperaba. Pasó los dedos por mis labios, limpiándolos, y susurró:

—Si me dejas descansar un poco, podemos seguir.

La miré sorprendido.

—¿Estás segura?

—Claro, cariño. Yo soy de las que se corren muchas veces seguidas.

—Multiorgásmica —dije.

—Pues eso.

—Desde luego, contigo todo son ventajas —respondí.

Y los dos nos echamos a reír, abrazados sobre la cama, mientras la tarde se apagaba despacio al otro lado de la ventana.

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Comentarios(5)

RubenB_71

Tremendo relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!

GabrielCordoba

Por favor que haya segunda parte, quede con muuuchas ganas de saber como siguio todo. Muy bien escrito

MarceloRdgz

Me recordo a una vecina que tuve hace años, esas miradas que te dicen todo sin decir nada. Muy real el ambiente que lograste crear

Marisol_BA

¿Es una historia real? Porque se siente muy autentica, los detalles son increibles

LeoNocturno

jaja lo del carro de la compra, clasico inicio inesperado. Muy bueno!!

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