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Relatos Ardientes

El taxista maduro que me esperaba cada noche

Nunca terminamos de saber qué nos conviene. Siempre hay dudas, siempre hay miedo. Sopesamos lo que ganamos y lo que perdemos, y al final elegimos un camino rodeados de circunstancias que nublan lo que de verdad queríamos. Yo aprendí eso una noche, dentro de un coche aparcado frente a una playa oscura, y todavía me pregunto qué habría pasado si hubiese dicho que sí del todo.

Lo que voy a contar es real y ocurrió a lo largo de un año, cuando yo tenía veintitrés y creía que el mundo me debía algo solo por la cara que me había tocado.

Desde muy pequeño, la gente que rodeaba a mi familia se encargó de recordarme que yo tenía un «don». El don de gustar. Al principio pensaba que los piropos eran porque era gracioso o despierto, pero no podía ignorar que la palabra que más oía sobre mí era «guapo», y que muchas puertas se abrían a mi paso solo por mi aspecto. Crecí acostumbrado a eso, y también a usarlo, aunque entonces no lo reconociera.

Por aquella época me junté con un grupo de chicos y chicas que en mi barrio llamaban «raros». Eran rebeldes, modernos, vivían de noche y se reían de las normas que a mí me habían criado. Atraído por lo desconocido, me fui acoplando a ellos sin darme cuenta. Pronto entendí que casi todos los chicos eran homosexuales y que entre las chicas también había quien prefería a las mujeres. Yo nunca había puesto nombre a lo que sentía, pero allí, por primera vez, no tuve que esconderlo.

Uno de ellos, Tomás, me abrió un mundo del que yo solo había oído rumores: el cruising nocturno. Frecuentaba parques, descampados, polígonos a las afueras, y volvía con historias que me contaba mientras fumábamos en un banco. A medida que lo escuchaba, comprendí que su deseo por los hombres se parecía mucho al mío, ese que yo todavía guardaba bajo llave.

—Tienes que dejar de mirar y empezar a vivir —me dijo una noche—. Te vas a hacer viejo guardándotelo todo. Que te la chupen, que te follen, que te corras en la boca de un tío. Lo que sea. Pero deja de fingir que no te mueres por probarlo.

Una de esas madrugadas me habló de un taxista con el que había estado un par de veces. Me lo contó con detalle, sin ahorrarse nada: cómo el tipo lo había hecho arrodillarse entre sus piernas dentro del coche, cómo le había metido la polla hasta la garganta hasta hacerle llorar, cómo se había corrido en su cara y él se lo había tragado. Lo veía de tanto en tanto, siempre dentro de su coche, siempre de lejos. Aquella noche el hombre aparcó cerca de nosotros y Tomás se acercó a la ventanilla. Yo me quedé atrás, con las manos en los bolsillos, fingiendo que miraba el móvil. Pero noté algo raro: Tomás hablaba con él, sí, y sin embargo los dos giraban la cabeza hacia mí cada pocos segundos.

***

Tomás volvió caminando despacio, con una sonrisa de medio lado.

—Quiere conocerte —dijo—. Lo tuyo le interesa más que lo mío. Dice que se la pones dura solo de mirarte. Que si te sube al taxi, te va a follar hasta partirte.

Debí decir que no. Debí reírme y marcharme a casa. En cambio asentí, con el corazón golpeándome el pecho, y caminé hacia el taxi como quien se asoma a un balcón demasiado alto.

Estaba nervioso. Pero cuando lo vi allí, sentado al volante con las piernas bien abiertas y el brazo apoyado en la ventanilla, me pareció más atractivo de lo que había imaginado desde lejos. Era un hombre de unos cuarenta y nueve años, fuerte, ancho de espaldas, con un poco de barriga que le tensaba la camisa. Llevaba un bigote negro y fino, las sienes ya canosas, y unos modales algo rudos que me intimidaban y me atraían a partes iguales. Entre las piernas se le marcaba un bulto grueso, largo, que subía por el muslo y que él ni siquiera intentaba disimular.

—Sube, anda, que aquí dentro se habla mejor —dijo, señalando el asiento del copiloto.

Obedecí. La puerta se cerró con un golpe sordo y el ruido de la calle quedó fuera. Dentro olía a tabaco frío y a ambientador de pino. Él me miró de arriba abajo sin disimular, como quien valora una compra. Me repasó la boca, el cuello, el bulto de mi propio pantalón, y se relamió los labios bajo el bigote.

—Mira cómo me tienes —dijo de pronto, y se llevó la mano al pantalón, donde un bulto evidente tensaba la tela—. Mírala. Se me está saliendo. Tócamela, no seas tímido.

La curiosidad pudo más que la vergüenza. Sin pensarlo demasiado, alargué la mano y le acaricié por encima de la ropa. Era grande, mucho más de lo que esperaba, y se endurecía bajo mis dedos. Palpé el grosor a lo largo del muslo, desde los cojones hasta la punta, y sentí cómo palpitaba viva bajo la tela. Él soltó el aire despacio y sonrió. Me cogió la muñeca y me apretó la mano contra su polla, obligándome a estrujarla.

—¿Ves lo dura que la tengo? —susurró—. Y aún no has hecho nada. Espera a que te la meta en la boca. Espera a que la sientas dentro.

—Me llamo Ramón —dijo, con la voz más baja—. Hace tiempo que te tengo ganas. Desde que te vi con tu amigo. Cada vez que me la casqueo en casa, pienso en esa boca tuya.

No me dio tiempo a contestar. Arrancó el coche, y mientras conducía me pasó el brazo por los hombros y me acercó a él con una suavidad firme, de hombre que está acostumbrado a salirse con la suya. Yo apoyé la mejilla contra su muslo y sentí, muy cerca de la cara, el calor de su entrepierna y el latido apresurado de su respiración. La polla se le movía debajo del pantalón, a un palmo de mi boca, y el olor a hombre sudado se mezclaba con el ambientador barato del taxi. Sin darme cuenta, empecé a frotarle el bulto con la mejilla, deslizándome sobre la tela áspera del vaquero, y él soltó un gruñido bajo y me apretó la nuca con la mano libre.

—Eso es —murmuró—. Ya la estás oliendo, ¿verdad? Ya la quieres.

Yo asentí sin poder hablar, con la boca seca. Le desabroché el botón del pantalón sin pedir permiso, casi torpe, y bajé la cremallera despacio. La polla saltó hacia fuera, gorda, caliente, apuntando al techo, con el glande brillante y una gota de líquido colgando de la punta. Me quedé mirándola con la cara pegada a su muslo. Ramón me acercó la cabeza sin brusquedad, guiándome, y yo saqué la lengua y le lamí la punta, recogiendo esa gota salada. Él se estremeció al volante y el coche dio un pequeño bandazo.

—Tranquilo —murmuró, aunque el que tenía que estar tranquilo era él—. Solo vamos a un sitio donde nadie nos moleste. Ahí me lo haces bien.

Me la metí entera en la boca, todo lo que pude, y empecé a chupársela mientras él conducía. La sentí crecer todavía más entre mis labios, gruesa, pesada, chocándome contra el paladar. Ramón me apretaba la nuca cada vez que pasaba un semáforo, marcándome el ritmo, obligándome a tragar más. Se me llenaba la boca de saliva y de su sabor a hombre. Atravesamos calles vacías, semáforos que parpadeaban en ámbar, una avenida larga junto al mar, y yo no levanté la cabeza en ningún momento, mamándosela con hambre, con la mandíbula ya dolorida.

Cuando levanté la cabeza, ya estábamos en el aparcamiento de una playa a oscuras. No había nadie. Solo el rumor del agua y, a lo lejos, las farolas temblando sobre el asfalto. Tenía los labios hinchados y un hilo de baba en la barbilla. Él me miró y se rió por lo bajo.

—Joder, cómo mamas para ser la primera vez. Ya verás lo que te va a hacer esta polla.

***

Ramón apagó el motor y se giró hacia mí. La luz del salpicadero le dejaba media cara en sombra.

—Mira cómo me tienes —repitió, y esta vez se bajó del todo el pantalón y los calzoncillos hasta las rodillas.

Se sacó el sexo despacio, casi con orgullo. Era largo, de buen tamaño aunque no demasiado grueso, con las venas marcadas a lo largo del tronco y los cojones pesados colgándole entre los muslos. Empezó a acariciársela mientras me miraba fijamente, invitándome con los ojos a hacerlo por él. Se escupió en la palma y se la frotó de arriba abajo, haciendo brillar el glande morado. Yo me quedé quieto, dividido entre las ganas y un pudor que no terminaba de soltarme.

—No tengo prisa —dijo, malinterpretando mi silencio—. Pero no me dejes así. Ven, cómemela otra vez. Que la tengas caliente para cuando te la meta.

Le posé la mano en el muslo y luego se la agarré por la base, apretándosela. La sentí latir contra mi palma. Bajé la cabeza y volví a chupársela, esta vez sin el estorbo del volante, y pude tragármela más hondo. Ramón me metió los dedos entre el pelo y me empezó a follar la boca, empujando las caderas hacia arriba, haciéndome atragantar. Cada vez que sacaba la polla yo tomaba aire y él me la volvía a meter hasta el fondo. Sentí el escozor de las lágrimas en los ojos y un hilo de saliva cayéndome por la barbilla al pecho. El roce de mis dedos sobre su piel caliente lo encendió todavía más. Se abrió la camisa de un tirón, dejando al aire un pecho ancho cubierto de vello, y se recostó en el respaldo del asiento con la polla apuntando al techo, dura como un palo, brillante de mi saliva.

—Quítate la ropa —pidió—. Toda. Quiero verte el culo.

Lo hice, primero la camiseta, luego lo demás, con torpeza dentro del espacio estrecho del coche. Se me enganchaban los pantalones en los tobillos y él se reía viéndome pelear con los cordones. Cuando por fin me quedé desnudo, con la polla dura pegada al vientre y goteando, Ramón me repasó de arriba abajo con los ojos y se agarró la suya, meneándosela lento.

—Date la vuelta. Enséñame el culo, coño.

Me giré como pude en el asiento, arrodillado, apoyándome contra la puerta con el culo hacia él. Sentí sus manos grandes abrirme las nalgas, separármelas del todo, y luego un lengüetazo largo y caliente sobre el agujero. Me estremecí. Empezó a comerme el culo con ganas, hundiendo la cara entre mis nalgas, ensalivándome, metiéndome la punta de la lengua dentro. Yo mordí el respaldo del asiento para no gemir demasiado alto. Me metió un dedo, luego dos, ensalivados, abriéndome despacio mientras me susurraba obscenidades contra la piel.

—Vas a chuparme la polla con este culito de aquí. Ya lo verás. Te vas a correr con mi verga dentro.

Para entonces yo estaba tan excitado que me temblaban las manos. Me incorporé, pasé una pierna por encima de las suyas y me senté a horcajadas sobre él, de rodillas en el asiento, rodeándole la cintura con los muslos. Su polla me quedaba justo debajo, apretada entre mi culo y su vientre, dura y caliente. Lo busqué con la boca, queriendo besarlo en los labios.

Él apartó la cara.

—Besos no —dijo, tajante—. Eso no. Yo te follo. No te beso.

Aquel «no» me dolió más de lo que esperaba. Había algo en mí que buscaba ternura donde él solo buscaba desahogo, y entendí, demasiado tarde, que estábamos jugando a juegos distintos. Aun así no me bajé. Me quedé encima de él, sintiendo su respiración agitada contra mi cuello, su dureza apretada entre los dos. Ramón se escupió en los dedos y me los pasó por el agujero, embadurnándomelo, y luego se escupió en la polla y se la frotó apuntando hacia arriba, buscándome.

Ramón me sujetó por la cintura con sus manos grandes y me guió hacia atrás, buscando colocarse contra mí. Sentí la punta presionando, exigente, tanteando el agujero, y un pinchazo de dolor cuando el glande empezó a abrirse paso. Apreté los dientes y las manos en su pecho.

—Despacio —pedí—. Despacio o me bajo.

—Despacio, tranquilo —concedió, aflojando la presión—. Bájate tú, ve tú. Coge lo que puedas.

Me apoyé en sus hombros y empecé a descender milímetro a milímetro, mientras yo respiraba hondo intentando ceder sin romperme. La punta entró de golpe y solté un jadeo agudo. Al principio me eché atrás, incapaz de aguantar, con la sensación de que algo se me partía por dentro. Luego, con paciencia, mi cuerpo fue abriéndose a él. Bajaba un poco, subía, volvía a bajar, y cada vez conseguía tragar un centímetro más de aquella polla larga. Él me apretaba las caderas con las manazas, sin forzar, jadeando cada vez que se hundía un poco más en mí. No llegó a entrar más de un tercio, pero esa sola sensación de tenerlo dentro, de notarme lleno de aquel hombre maduro que me deseaba con tanta ansia, de sentir el glande empujándome contra algo profundo, me sobrepasó.

Empecé a moverme encima de él, subiendo y bajando despacio, cabalgándolo con las manos apoyadas en su pecho velludo. Ramón me miraba con la boca entreabierta, chupándose el labio bajo el bigote, y de vez en cuando me daba una palmada en la nalga que resonaba dentro del coche.

—Así, guapo. Así. Móntame la polla. Menéate encima. Puta, qué culo tienes.

Mi propia polla rebotaba entre los dos, dura, mojada de líquido preseminal, rozándose contra su vientre peludo con cada movimiento. Apoyado en su barriga, jadeando, con su verga clavada dentro de mí y su voz ronca soltándome guarradas al oído, me corrí casi sin tocarme, con un espasmo largo que me sacudió entero, manchándole el vientre y el pecho con chorros gruesos de semen que le cayeron hasta el vello del pubis, temblando sin poder controlarlo. El culo se me apretó contra su polla en cada oleada, ordeñándosela por dentro.

—Joder —murmuró él, sorprendido—. Si ni te he hecho nada. Te has corrido con la polla dentro, cabrón. Sin tocarte.

***

Me salí despacio, sintiendo cómo su glande abandonaba mi cuerpo con un pequeño tirón, todavía con un resto de molestia, y empecé a recoger mi ropa del suelo del coche. Notaba el culo abierto, húmedo, palpitando, y un hilillo de saliva y líquido resbalándome por el muslo. La cabeza se me había despejado de golpe, como pasa siempre después, y con la lucidez llegó algo parecido a la prudencia. O al miedo, no lo sé.

—Espera —dijo Ramón, incorporándose con la polla todavía tiesa apuntándole al techo, brillante, manchada de mí—. Móntate otra vez. Déjame acabar a mí también, aunque solo sea un poco. Aunque me la chupes. Aunque me la casques tú. No me dejes así, coño.

Negué con la cabeza. Estaba satisfecho, y esa satisfacción egoísta me hizo sentir, por primera vez en la noche, que era yo quien tenía el control. El que había sido un manojo de nervios al subir al taxi ahora se vestía con calma mientras un hombre de cuarenta y nueve años, desnudo de cintura para abajo, con la polla dura y goteando, le rogaba.

—Acábate tú —le dije—. Mírame mientras me visto. Y hazte una paja pensando en el culo que no te ha dejado terminar.

Lo dije sin pensarlo, casi por crueldad inocente, y funcionó. Él se quedó observándome, agarrándose la polla con la mano derecha y masturbándose despacio, con los dedos apretándose el glande en cada subida. Yo me ponía la camiseta sin mirarle, alargando cada gesto, doblando el cuello de la prenda con más cuidado del necesario. Me subí los calzoncillos despacio, luego los pantalones, abrochándome el botón muy lentamente. Ramón se meneaba la verga cada vez más rápido, con la respiración quebrada, escupiéndose en la palma para mojarla, y no despegaba los ojos de mí ni un segundo. Le costaba terminar. Pasó un buen rato así, con la frente perlada de sudor, el pecho manchado con mi semen ya seco, la mano subiendo y bajando por su polla brillante, y la mirada clavada en mí como un perro hambriento. Finalmente, cuando ya estaba a punto de vestirme del todo, se corrió con un gemido ronco, largo, disparando chorros espesos que salpicaron el salpicadero, el volante, el techo del coche, y le cayeron por los dedos hasta el vello del vientre.

Se quedó un momento quieto, recuperando el aliento, con la polla todavía en la mano y un hilo blanco colgándole del puño. Luego, sin decir nada, sacó de la guantera dos paquetes de servilletas y se limpió con una parsimonia que me pareció casi triste. Se limpió los dedos, el vientre, el vello, la punta de la polla, y por último el volante y el salpicadero.

—Llévame a casa —le pedí, y lo dije como una orden, no como un favor.

Él me miró raro, como fascinado por mi frialdad recién estrenada, y terminó de abrocharse la camisa sin protestar. Se subió los calzoncillos con la polla todavía a medio bajar, se cerró el pantalón, arrancó el coche y deshicimos el camino en silencio durante un rato.

***

Fue en el trayecto de vuelta cuando, paradójicamente, me sentí más cerca de él. Hablamos. De su trabajo, de las noches interminables al volante, de la doble vida que llevaba y de la mujer que lo esperaba en casa sin saber nada. Me contó que llevaba años buscando en chicos como yo algo que no sabía nombrar, y que casi nunca lo encontraba.

—No es solo el sexo —dijo, con los ojos fijos en la carretera—. Es que me miréis. Que alguien joven me mire como me has mirado tú al subir. Que se te ponga dura por mí, con la edad que tengo. Eso no lo compra uno.

No supe qué responder. Me dejó en la misma esquina donde me había recogido. Antes de bajar, se quedó mirándome un segundo más de lo necesario, como esperando que dijera algo. No lo dije. Cerré la puerta y el taxi se perdió calle abajo, con su luz verde encendida, listo para otra noche.

Esa madrugada, en mi cama, no pude evitar repasarlo todo una y otra vez. La sensación de su polla abriéndome por dentro, su voz rota pidiéndome que me quedara, la manera en que me había rogado. Me bajé los calzoncillos y me la empecé a menear recordando cómo me había comido el culo, cómo me había follado la boca en la carretera, cómo se había corrido para mí como un adolescente. Me metí dos dedos ensalivados en el agujero, todavía sensible, y me corrí sobre el vientre pensando en él, en el bigote fino, en las manos grandes. Descubrí que lo que más me excitaba no era lo que habíamos hecho, sino todo lo que no llegamos a hacer: la polla entera dentro hasta los cojones, su leche caliente disparándose en el fondo de mi culo, su boca al fin cediendo a la mía.

Volví a aquel aparcamiento muchas otras noches, durante meses, buscando un taxi con un bigote fino y unas canas en las sienes. Nunca lo encontré. Tomás me dijo que Ramón había dejado de aparecer por la zona, que a lo mejor lo habían pillado, que a lo mejor simplemente se había cansado. Nadie supo darme una respuesta.

Con el tiempo aprendí que las oportunidades, igual que aquel taxista, no avisan cuando se marchan. Una noche están ahí, esperándote con las piernas abiertas y la polla dura, y a la siguiente solo queda el sitio vacío donde estuvo el coche. Yo tuve la mía y la dejé pasar a medias, por orgullo, por miedo, por ese don que tantas veces me sirvió de escudo y aquella vez me dejó con las ganas de que me follaran hasta el fondo.

Todavía hoy, cuando subo a un taxi y el conductor es un hombre maduro de manos grandes y voz ronca, me sorprendo mirándolo por el retrovisor, preguntándome si será él, sabiendo que no, y reconociendo, muy en el fondo, que la polla que no me llegó a partir del todo sigue siendo la que más arde.

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Comentarios(5)

Cacho_Baires

Tremendo relato. De los mejores que lei en mucho tiempo, en serio!!!

MarisolGdl

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas. Muy bueno!!

TaxiNocturno_76

Me trajo recuerdos de noches en taxi por ahi... esas situaciones que parecen imposibles hasta que de repente te pasan. Muy bien escrito.

SergioP_bsas

Esto es real o es pura ficcion? Porque se siente demasiado veridico jaja. Buen relato!

MarcelaR_73

Esa frase del inicio me atrapó de una. Bien escrito, con tension desde el primer parrafo sin necesitar exagerar nada.

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