Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Aquella tarde con mi primo que lo cambió todo

Hay cosas que no se olvidan aunque el tiempo pase, aunque cambies, aunque seas una persona completamente distinta de la que eras entonces. Mi primera vez fue con Rodrigo, mi primo por parte de madre. No fue planeada, no fue romántica, y no puedo decir honestamente que fue un error, porque todavía hoy, años después, pienso en ese día con una mezcla de vergüenza y de algo que no encuentro cómo llamar de otra forma que placer.

Rodrigo me sacaba cinco años. En ese entonces yo tenía dieciséis y él veintiuno. Era el tipo de primo que siempre aparecía en las reuniones familiares, el que hacía reír a todo el mundo sin esfuerzo aparente, el que se sentaba a ver series contigo si no había nadie más disponible. Lo conocía desde pequeña. Lo conocía demasiado bien, quizás, y quizás por eso nunca esperé lo que pasó.

Ese día habíamos quedado solos en casa de mis padres. Ellos habían salido a hacer unas diligencias y no iban a volver hasta bien entrada la tarde. Rodrigo había pasado a buscar unas herramientas que mi padre le guardaba en el garaje, pero terminó quedándose. Pusimos algo en la tele, nos sentamos en el sofá con una bolsa de papas fritas entre los dos, y así estuvimos un buen rato, casi sin hablar, como hacíamos siempre.

Cuando terminó el programa que estábamos viendo, me levanté para buscar algo que hacer. Mi teléfono no tenía batería y no tenía ganas de seguir frente a la pantalla. Rodrigo no me dejó ir.

Me tomó del brazo primero, despacio, sin brusquedad. Después me rodeó por detrás con los dos brazos, apoyando el mentón en mi hombro con una familiaridad que podría haber sido completamente normal entre primos. Pero no lo fue.

—Quédate un rato más —dijo en voz baja—. Podemos hacer otra cosa.

No sé si entendí en ese momento lo que significaba «otra cosa». O quizás sí lo entendí y preferí fingir que no.

***

Me llevó al cuarto del fondo, el que mis padres usaban como trastero y cuarto de visitas. Era un espacio pequeño, con una cama que solo se sacaba para las ocasiones, y una única ventana pequeña tapada por una persiana bajada hasta abajo. La oscuridad era casi total. La única luz que entraba venía por la ranura de debajo de la puerta: un filo delgado que iluminaba apenas el suelo.

Rodrigo se sentó en el borde de la cama y me hizo sentar sobre sus piernas, de espaldas a él, exactamente como habíamos estado en el sofá. Había algo casi calculado en ese gesto, aunque entonces no lo vi así. Me preguntó si estaba nerviosa.

—Un poco —admití.

—No tienes que estarlo —respondió—. Es algo que todos hacemos en algún momento. Solo hay que saber cómo.

Mientras hablaba, su mano empezó a moverse por mi pierna. Primero por encima del tejido de mis pantalones, subiendo desde la rodilla hacia el muslo, despacio, sin prisa. Me quedé quieta. No porque no pudiera moverme, sino porque no quería que parara. Esa distinción me importó mucho, después.

Metió los dedos por la cinturilla del pantalón. Primero rozó mi abdomen, trazando pequeños círculos que me producían una especie de cosquilleo en el estómago. Fui bajando la respiración sin darme cuenta. Su mano descendió más y alcanzó el borde de mi ropa interior, y yo dejé escapar un sonido muy pequeño que no intenté disimular.

Lo que siguió fue completamente nuevo para mí. Sus dedos se movieron entre mis piernas con una lentitud que me resultó insoportable en el mejor sentido posible. Abrió con suavidad y exploró, buscando algún ritmo que yo desconocía pero que mi cuerpo parecía reconocer. Cuando llegó al clítoris lo presionó con un dedo en círculos lentos, y sentí algo que no supe nombrar: una tensión que empezaba ahí y se expandía hacia arriba, hacia el pecho, hacia la garganta.

Con la otra mano guió la mía hacia atrás, hacia él. Toqué la tela de su pantalón primero, luego noté lo que había debajo: duro, firme, más grande de lo que me habría imaginado. Lo envolví con los dedos sin saber muy bien qué hacer. Rodrigo fue guiándome, arriba y abajo, con su mano sobre la mía, marcando el ritmo. Esto también se aprende, pensé con una claridad que me sorprendió.

El nerviosismo seguía ahí, pero ya no era lo único que sentía. Había algo más instalándose entre los muslos y subiéndome en oleadas hasta el pecho. Era difícil separar una cosa de la otra.

***

Me recostó boca abajo en el borde de la cama, con las rodillas apoyadas en el suelo y la cadera ligeramente elevada. Me bajó el pantalón y la ropa interior juntos, despacio, y los dejó a un lado con cuidado. Escuché el crujido de un envoltorio en la oscuridad y entendí lo que significaba.

Sentí el roce de él contra mí antes de que entrara. Sus dedos me abrieron otra vez, con la misma calma de antes, y entonces empezó a penetrarme, muy poco a poco, tomándome de la cadera con las dos manos. Estaba tensa al principio. Esperaba dolor, porque eso era lo que todas decían que sentirían. Pero no hubo dolor, o si lo hubo fue tan breve que no alcancé a registrarlo.

Lo que sí recuerdo es la presión. El movimiento. La sensación extraña y completamente nueva de que mi cuerpo se estaba adaptando a algo que no conocía pero que, de alguna manera que no soy capaz de explicar del todo, no le era ajeno. Rodrigo fue despacio al principio y después aumentó el ritmo sin avisarme, sin dejar de sujetarme de la cadera.

Quería más. No sé cómo explicarlo de otra forma: simplemente quería seguir.

Me volteé y me puse boca arriba. Él levantó mis piernas y las apoyó sobre sus hombros. Desde esa posición podía verle la cara en la penumbra: concentrada, seria, con una expresión que nunca le había visto antes. Luego bajó la cabeza.

Su lengua me recorrió de arriba abajo, lenta, precisa, sin ninguna prisa. Con los pulgares separó lo que había que separar y metió la lengua adentro. Mi espalda se arqueó sola. Mis manos buscaron la sábana y la apretaron con fuerza. Alternaba entre eso y succionar el clítoris, muy despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Metió dos dedos al mismo tiempo que lo hacía con la boca y sentí cómo me temblaban las piernas sin que yo pudiera controlarlo.

No quiero que pare. Lo pensé con una claridad absoluta. No como un deseo difuso sino como algo urgente y concreto.

Luego volvió a penetrarme con mis piernas todavía apoyadas sobre sus hombros. Esta vez fue diferente: más profundo, más directo, y yo ya no intentaba controlar nada. Cuando terminó, se quedó quieto unos segundos apoyado sobre los codos, mirándome en la oscuridad. Ninguno de los dos dijo nada.

***

Nos arreglamos la ropa y salimos del cuarto. Rodrigo fue a buscar algo de tomar a la cocina. Yo me lavé la cara en el baño y me miré un momento en el espejo: esperaba ver algo distinto, alguna señal visible de lo que acababa de pasar. No había nada. Era la misma cara de siempre.

Cuando volví al salón, él ya estaba frente a la computadora con dos vasos de agua sobre la mesa. Me senté sobre sus piernas, como antes, como si fuera lo más natural del mundo. En la pantalla había imágenes que reconocí aunque nunca las hubiera visto en un contexto así. Rodrigo pasaba de una a otra despacio.

—¿Ves esto? —preguntó, señalando una—. Podríamos hacer eso la próxima vez.

Sentía su mano moviéndose entre mis piernas de nuevo, por encima del pantalón esta vez, con la misma paciencia de antes. No le pedí que parara.

***

Esa tarde fue la primera. Después hubo otras dos ocasiones, siempre aprovechando algún momento en que estábamos solos, siempre en ese mismo cuarto del fondo. Rodrigo buscaba los momentos con una paciencia que ahora, mirándolo en perspectiva, me parece casi meticulosa.

Cada vez era parecido: sus dedos primero, su lengua después, la misma lentitud al entrar. Siempre con ese mismo cuidado que me resultaba difícil de asociar con algo que sabía que no debía estar pasando. Yo nunca me atreví a hacerle con la boca lo que él me hacía a mí. Lo pensé en más de una ocasión pero no lo hice. Si hubiera habido otra oportunidad, creo que sí lo habría hecho.

La tercera vez nos encontró mi tío Bernardo. Entró sin llamar, encendió la luz, vio lo suficiente y salió sin decir una sola palabra. Nunca habló del tema, al menos no conmigo. Supongo que habló con alguien, porque a partir de entonces las cosas en las reuniones familiares fueron diferentes: más formales, más vigiladas, con una tensión de fondo que nadie nombraba.

Con Rodrigo no volví a estar sola después de eso. Las reuniones siguieron, los saludos siguieron, las conversaciones corteses sobre nada importante siguieron. Pero lo que había habido entre nosotros en ese cuarto oscuro quedó ahí, sin nombre, sin resolución, sin nada que hacer con ello.

No me arrepiento. No sé si es lo que debería sentir, pero es lo que siento. Fue mi primera vez y fue con alguien que sabía lo que hacía, que tuvo paciencia, que prestó atención a lo que yo necesitaba aunque yo misma no lo supiera todavía. Guardo ese recuerdo como se guardan las cosas que no puedes contar pero que tampoco puedes olvidar: en algún lugar donde nadie más tiene acceso, pero al que tú vuelves de vez en cuando, casi sin querer.

Valora este relato

Comentarios (5)

Mariela_curiosa

Dios mio que buenisimo!!! lo leí dos veces y la segunda fue mejor

slipper

Tremendo relato. Sigue escribiendo por favor!!

Clarita_BO

Me encantó como lo narraste, se siente tan real sin ser burdo. Eso es muy dificil de lograr

TomTom_AR

jaja el arranque me mató, muy bien armado

LectorNocturno7

Y despues como quedaron los dos?? se nota que hay mas historia ahi. Espero la segunda parte!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.