Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El viaje a Sevilla que cambió todo entre nosotros

Conocí a Camila en la oficina hacía casi un año, pero la cosa entre nosotros había empezado tres meses atrás. Una apuesta absurda al cierre de un trimestre, una noche de copas en el bar de abajo y, sin que ninguno de los dos supiera muy bien cómo, ella subiendo conmigo al departamento que la empresa me daba en Valencia.

Lo que pasó esa noche cambió todo. Camila tenía veintidós años, una figura delgada y una sonrisa que no parecía corresponder a lo que estaba a punto de proponerme. Después de un par de vinos más, me confesó que conservaba su virginidad y que no pensaba entregarla por capricho. Pero, mirándome con una mezcla de timidez y descaro, me ofreció otra cosa. Su otro agujero. Aquella primera noche le compré literalmente el culo, y desde entonces me hice adicto a él.

No había día que no pensara en ella, en la forma en que se mordía el labio cuando le pedía cosas, en la manera en que se arqueaba contra mí cuando entraba por detrás. Ya no necesitaba esperar a que terminara su turno a las ocho para tenerla. Nos veíamos fuera del trabajo, en mi piso o en hoteles que pagábamos con tarjetas que no aparecerían en ningún historial visible.

Sin embargo, por más semanas que pasaban y por más posiciones que probáramos, Camila seguía firme con su decisión. Su coño permanecía intocado, esa parte de ella que conservaba con un ahínco que a veces me resultaba ternura y a veces frustración pura.

—No sé si es miedo o si simplemente todavía no estoy lista —me dijo una tarde, abrazada a mi pecho—. Pero cuando lo esté, vas a ser tú. Te lo prometo.

Le creía. Y por eso esperaba.

Vino la oportunidad cuando mi jefe me pidió que viajara a Sevilla por una negociación de cinco días con un cliente importante. Se lo conté a Camila esa misma noche, sentado en el borde de su cama mientras ella terminaba de pintarse las uñas.

—Cinco días enteros sin verte —murmuró sin mirarme—. Mi pobre culito va a llorar.

—El mío también —respondí, y los dos nos reímos.

Pero después se quedó callada, como pensando algo. Soltó el pincelito, apoyó las manos en mis hombros y se acomodó sobre mis piernas. Llevaba una camiseta vieja mía, sin nada debajo.

—¿Y si me llevas contigo?

—¿A Sevilla?

—A Sevilla. Cinco días los dos solos, sin mi compañera de piso, sin tu trabajo después de las seis, sin pensar en quién nos puede ver. —Se inclinó hacia adelante y me besó despacio—. Como si fuéramos una pareja de verdad.

Lo dejé colgar en el aire un segundo. Después le tiré el dado.

—Te llevo si me das tu virginidad.

Camila se separó un poco. No respondió. Se bajó de mis piernas, fue hasta la ventana y se quedó mirando la calle. Yo no dije nada. Sabía que cualquier presión iba a romper el momento.

Cuando se giró, tenía los ojos brillantes.

—Andrés —dijo—, llevo semanas pensándolo. Estoy lista. Confío en ti y sé que vas a cuidarme.

La abracé. La besé en la frente. No le dije nada porque cualquier palabra habría sobrado.

Era mía. Iba a ser mía entera.

***

Les voy a ahorrar los días que vinieron antes del viaje. Sigue habiendo encuentros, sigue habiendo noches en mi cama y mañanas con ella a cuatro patas sobre las sábanas. Pero todo se sentía distinto, como si los dos estuviéramos guardando algo grande para Sevilla.

Llegamos un martes por la noche. El hotel quedaba enfrente del río, una construcción vieja de paredes blancas y patios interiores con limoneros. Subimos las maletas, ella se duchó, yo bajé a tomar algo al bar mientras le daba espacio. Cuando volví, la habitación olía a su perfume y ella estaba sentada en la cama con un vestido corto y los pies descalzos, leyendo el menú del room service como si fuera una novela.

—Tengo hambre —dijo.

Cenamos en un restaurante a tres cuadras, un sitio pequeño con manteles azules y velas. Pedimos vino, comimos despacio, hablamos de cosas que no tenían nada que ver con lo que iba a pasar después. Pero en sus ojos, en la forma en que jugaba con la pajita, en la manera en que apoyaba la punta del pie sobre mi tobillo bajo la mesa, había una intención que no había estado nunca antes.

—¿Estás lista? —le pregunté al pagar la cuenta.

Asintió sin decir nada.

Subimos al ascensor del hotel y se apoyó contra mí. Me besó el cuello, me agarró la mano y se la llevó debajo del vestido, donde no había ropa interior. Estaba mojada antes de que pasáramos la puerta de la habitación.

—Llevo todo el día pensando en esto —susurró—. Me masturbé dos veces antes de cenar.

—¿Pensando en qué?

—En que vas a romperme. En que voy a sentir tu polla por primera vez ahí dentro. Cada vez que lo imaginaba acababa más fuerte.

***

La acosté con cuidado, como si fuera la primera vez que la tocaba, y de algún modo lo era. La desnudé despacio, levantándole el vestido por encima de la cabeza, soltándole el broche del sujetador, deslizándole las medias hasta los tobillos. Ella me devolvió el gesto. Cuando estuvimos los dos sin nada encima, me pasó los dedos por el pecho.

—Estás temblando un poco —dije.

—Es de ganas.

La besé largo, bajé con la lengua por el cuello, por el pecho, por el ombligo. Se reía bajito cada vez que rozaba un lugar nuevo. Cuando llegué a su coño, abrí sus piernas y me quedé un momento mirando. Esa parte de ella que había imaginado durante meses estaba ahora delante de mí, mojada, brillante, esperando.

Le pasé la lengua despacio, una sola vez de abajo hacia arriba. Pegó un gemido que parecía sorpresa.

—Eso nunca lo habías hecho así —murmuró.

—Esta noche es distinta.

Volvimos a un sesenta y nueve, una posición que ya nos conocíamos de memoria. Pero esta vez no fue igual. Esta vez mi lengua se metió un par de centímetros dentro de ella, despacio, abriéndola sin forzarla. Mientras le chupaba el clítoris hinchado, le metí un dedo en el otro agujero, ese que llevaba meses conociendo. Camila tenía la boca alrededor de mi polla y se ahogaba cada vez que yo apretaba la lengua contra un punto justo.

Diez minutos así y la sentí venirse encima de mi cara, con un grito que retumbó en mi pecho. Le lamí cada gota hasta que se rió y me empujó la cabeza, ya demasiado sensible.

Era el momento.

La acosté de espaldas, le abrí las piernas casi en cruz, busqué un preservativo en la mesita y le puse encima una cantidad generosa de lubricante. Camila se cubrió los ojos con el brazo, no por miedo sino porque le daba vergüenza estar tan abierta.

—Mírame —le pedí.

Bajó el brazo.

Apoyé la punta en su entrada. La sentí caliente, palpitante, distinta a todo lo que conocía de ella.

—¿Estás lista?

—¡Sí!

Empujé un poco. La cabeza entró con dificultad, abriendo paso en ese pasaje cerrado que nunca había recibido a nadie. Camila aguantó la respiración, frunció la cara. Yo me quedé quieto.

—¿Sigo o paro?

—Sigue. Despacio.

Empecé a avanzar centímetro a centímetro, controlándome como nunca en mi vida. Y entonces, en un movimiento brusco que ella no pudo controlar, levantó la cadera de golpe y mi polla se hundió hasta el fondo. Pegó un grito corto. Una lágrima le cayó hacia el oído. Una pequeñísima mancha de sangre apareció en la sábana, apenas unas gotas, mucho menos de lo que yo había imaginado.

La besé sin moverme. Le besé los párpados, los pómulos, la boca. Esperé a que se relajara, a que la respiración volviera a su sitio.

—¿Estás bien?

—Estoy más que bien. Sigue.

Empecé a moverme. Lento al principio, sintiendo cada milímetro de esa cavidad apretada y caliente que tantas veces había imaginado. Camila pasó del gesto de dolor a otro distinto, uno que ya conocía: la boca entreabierta, los ojos a medio cerrar, las manos buscándose el pecho. Se retorcía debajo de mí, mitad placer y mitad incomodidad, pero gozaba cada segundo.

Aguanté lo que pude. Cuando sentí que estaba a punto, me salí, me arranqué el preservativo y acabé sobre su vientre. Un chorro largo, caliente, que se le esparció hasta el ombligo. Camila pasó los dedos por encima, se llevó algo a la boca, sonrió. Yo le esparcí el resto sobre los pezones y se los chupé hasta que se mordió el labio entre grititos.

***

No tardé en estar duro otra vez. La frotaba contra ella en automático, recorriéndole los labios y el otro agujero, y la sentía empapada por todos lados. La puse a cuatro patas, me puse otro preservativo y entré de nuevo en su coño, esta vez ya conocido. La cogí en esa postura que tanto me gusta, hundiéndome hasta que mi cuerpo chocaba con sus nalgas.

—Más fuerte —pidió ella, sin reconocer su propia voz.

Le obedecí. Le puse un dedo en el culito mientras seguía dentro y ese fue su límite. Pegó un grito sordo contra la almohada, se le doblaron las piernas y cayó boca abajo, con mi polla saliéndose por el movimiento.

Yo todavía no había acabado. Y ella, así, boca abajo, ofreciéndome aquello, era una imagen que no pude resistir.

—Una vez más —le dije al oído—. Esta vez por detrás.

—Sí.

Le abrí el culito con la mano, me saqué el preservativo, me apliqué más lubricante y entré despacio en el lugar que ya conocía de memoria. Camila gimió largo, con esa familiaridad que teníamos ahí. Cuando estuve hasta el fondo, le pedí que apretara y aflojara, algo que había leído en un foro hacía meses y que nunca le había pedido. Lo hizo. La sensación fue indescriptible: ese anillo apretándome y soltándome la polla en un ritmo propio, sin que yo tuviera que moverme.

Acabé adentro de ella, una segunda vez esa noche, agarrándola por las caderas y dejando salir hasta la última gota.

Cuando me retiré, se giró bajo de mí, se acostó boca arriba y me jaló hacia su cara con una sonrisa cansada. Me arrodillé sobre su pecho. Me lamió los huevos, me chupó la polla hasta dejarme limpio. Yo cerré los ojos pensando que ya nada más podía pasar esa noche.

Y entonces, sin previo aviso, me metió un dedo donde nunca antes había estado nada.

Abrí los ojos de golpe.

—¿Mira vos? —susurró ella, imitando una expresión que yo siempre usaba—. La virgen también aprende rápido.

Me reí. La besé. Le di las gracias sin saber muy bien por qué se las estaba dando. Pero la verdad, mientras nos quedábamos dormidos abrazados en una habitación de hotel en Sevilla, con el aire acondicionado zumbando y el cielo empezando a aclarar, sentí que algo había cambiado entre nosotros para siempre.

Y que quedaban cuatro noches más por delante.

Valora este relato

Comentarios (1)

Ramiro27

Tremendo relato!!! Me dejó sin palabras, en serio.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.