Crónicas de Barcelona: mis inicios en la noche
Cursaba por aquel entonces segundo de Ingeniería Informática en la Politécnica de Cataluña, año académico 2016/2017, recién cumplidos los veinte. Quienes me conocen ya saben cómo soy, pero los que no, deben entender que mi aspecto era una trampa cuidadosamente afinada por la genética.
Tenía un rostro de ángel enmarcado por un cabello castaño claro que me caía hasta los hombros, con unos labios carnosos y una piel sin un solo defecto. Aunque rondaba los veinte, parecía un chaval de instituto al que todavía no le habían pedido el DNI en ningún sitio. Las dependientas del supermercado me llamaban «cariño» y los conductores de autobús me dejaban pasar sin billete porque pensaban que era menor.
Bajo esa fachada, sin embargo, mi cuerpo escondía otra historia. Cintura estrecha, caderas anchas para ser un chico, un trasero firme de tanto andar en bicicleta y unos pectorales apenas insinuados que terminaban de redondear esa ambigüedad andrógina que volvía locos a los hombres mayores.
Sentía una atracción incontrolable por los hombres maduros. Una hambre real, casi animal, que arrastraba desde que perdí la virginidad a los dieciséis con un amigo del padre de un compañero, un señor que tenía la edad de mi propio padre. Desde aquella tarde de verano en su despacho, buscar sexo con desconocidos se convirtió en mi droga personal. No era el dinero, era la adrenalina. Era esa sensación de cebar a un depredador y dejar que pensara que él era quien me cazaba a mí.
Barcelona, durante aquellos años de carrera, fue el escenario perfecto para explotar esa doble cara. Después usaría las mismas tácticas en Italia, cuando me fui de Erasmus, pero los inicios fueron aquí, en las calles que rodeaban mi facultad.
Me aprovechaba de todo lo que la ciudad me ofrecía. Desde los rincones más sórdidos hasta la atmósfera de peligro que tanto me alimentaba. Para mí el sexo siempre fue eso: una droga, una necesidad de entregarme bajo esta máscara de ingenuidad que tan bien sabía interpretar.
Me encantaba perderme como una pieza anónima en las calles, a cualquier hora, en cualquier barrio. Disfrutaba especialmente cuando me abordaban en zonas donde la prostitución y la delincuencia se rozaban. Allí, mi lado más sumiso florecía sin culpa, porque allí nadie pedía explicaciones.
Mi aire de estudiante con mochila no encajaba del todo en esos paisajes, y precisamente por eso era el objetivo más apetitoso. La fragilidad fingida me convertía en presa fácil, y en mi cabeza el cuerpo solo cobraba sentido cuando alguien más se lo apropiaba.
En el camino de regreso desde la politécnica hasta mi piso compartido en Sant Andreu, elegía rutas estratégicas. Me gustaba bajar por la calle Ausiàs March, perderme por las callejuelas que rodeaban la antigua estación de Sants y subir luego hacia los confines del Poblenou cuando ya había caído la noche.
Aquellos eran mercados libres de carne. Cada esquina servía de mostrador de lujuria prohibida, cada portal mal iluminado era una posibilidad. Al bordear las zonas industriales en obras, me sentía un objeto deseado en un escaparate, sabiendo que mi fragilidad me convertía en el blanco más fácil de abordar.
Me deleitaba al saber que había hombres maduros devorándome con la mirada mientras pensaban con la entrepierna. Yo fingía miedo, vulnerabilidad, esa vergüenza adolescente que tanto los excitaba. En realidad, era yo quien controlaba las reglas del juego. O al menos eso me decía a mí mismo.
***
Aquella noche concreta, cerca del cruce de Ausiàs March con Marina, había un coche oscuro estacionado en un recodo mal iluminado, claramente buscando el anonimato. Era un sedán alemán, de los que pasan desapercibidos hasta que te das cuenta de que llevan media hora sin moverse del mismo sitio.
Caminé con la cabeza baja, abrazando mi mochila contra el pecho, fingiendo esa timidez que me hacía parecer aún más vulnerable. El conductor bajó la ventanilla cuando estuve a pocos metros. Me hizo un gesto leve con la mano, sin levantar la voz.
Me acerqué despacio. Apoyé el hombro contra el marco de la ventanilla y dejé que mi mochila se deslizara hasta colgar de una sola correa. El hombre tendría unos cincuenta y cinco. Hombros anchos, una barba canosa muy recortada, ojos serenos que ya habían visto demasiado.
—Dime, chaval. ¿Cuánto quieres por chupármela un rato? —soltó, con una voz grave que no necesitaba subir el volumen para imponerse.
Me quedé paralizado. Apreté las correas de la mochila mientras dejaba que el rubor me subiera a las mejillas. Esa parte me salía sola, era casi un reflejo.
—Perdone, señor. Yo no soy de esos. Yo no hago estas cosas —balbuceé con voz temblorosa.
Él soltó una risa baja y cálida, sin burla. Sacó un billete de ciento cincuenta euros del interior de una cartera de cuero gastado y me lo enseñó sin prisa.
—Para todo hay una primera vez. Se te nota que eres nuevo en esto. Primerizo. Y eso a mí me gusta mucho —dijo con calma.
Se humedeció los labios sin apartarme la mirada, sosteniendo el billete a la altura de mi cara y moviéndolo apenas para que la luz de la farola se reflejara en él. Se inclinó un poco hacia el marco de la ventanilla y bajó la voz hasta convertirla en un murmullo pausado, profundamente masculino.
—Mira, no tienes de qué preocuparte. Eres muy joven, se nota. Y lo entiendo —hizo una pausa deliberada—. Yo no muerdo.
Sus ojos brillaban con la inteligencia de quien sabe exactamente lo que busca y cuánto tarda en conseguirlo.
—Es que nunca he hecho eso. No sé qué hacer. Soy un chico, jamás he tocado una polla que no fuera la mía —confesé, dejando que la voz se me quebrara en el sitio justo—. Tengo miedo de hacerlo mal, o de hacerle daño con los dientes. Soy muy torpe.
El hombre sonrió con una mezcla de ternura y deseo. Ese brillo en los ojos lo delataba.
—En serio, chaval, eso no es un problema. Eso me gusta. Mucho.
Fingí dudar, mordiéndome el labio inferior con una timidez perfectamente calculada. Él insistió, ahora con una cadencia más lenta, más segura.
—Y es justo eso lo que me resulta fascinante. Me encanta esa inocencia que irradias. Me gustaría ser yo quien te acompañe en este camino, quien te enseñe paso a paso a disfrutar de cada sensación. Si te dejas guiar por mi experiencia, te aseguro que no te vas a arrepentir.
Apreté la cinta de la mochila hasta que se me marcaron los nudillos. Era una de mis señales preferidas. Funcionaba siempre.
—¿Qué me dices? ¿Me das el privilegio de ser yo quien te enseñe? —preguntó con una sonrisa sutil, esa que solo dan los años.
Mis manos temblaban contra la mochila. Él sonrió más abiertamente, una sonrisa casi paternal pero cargada de hambre. Se inclinó un poco más hacia la ventanilla, sin querer asustarme.
—Shhh. No te preocupes tanto —murmuró con una voz mucho más baja.
Al ver que seguía dudando, sacó otro billete idéntico al primero y los juntó. Trescientos euros sobre el asiento del copiloto, a la vista, como una invitación silenciosa.
Tragué saliva con dificultad. Mis ojos saltaban de los billetes al bulto que ya se le marcaba bajo el pantalón. No me dio tiempo a responder.
—Shhh. Tranquilo, cariño. Papi te enseña. Yo te guío despacito. Me encanta lo inocente que pareces, con ese pelo castaño tan largo. Dime, ¿cuántos tienes? ¿Diecisiete? ¿Dieciocho? —susurró mientras abría la puerta del copiloto desde dentro.
No contesté. Solo entré, en silencio, y dejé la mochila a mis pies.
***
Una vez dentro del coche, el espacio se volvió íntimo y asfixiante, cargado de una electricidad que me recorrió la columna. Olía a tabaco rubio, a cuero viejo y a colonia barata pero aplicada con generosidad.
El hombre colocó un tercer billete sobre mi muslo, rozándome la tela del pantalón con los nudillos. Ya no preguntó nada más. Alargó el brazo, me rodeó la nuca con una mano y me atrajo hacia su regazo con una firmeza que no admitía duda.
—Shhh. Yo te guío paso a paso. Iremos a tu ritmo, sin prisas, despacito. Eres nuevo y eso me excita mucho. Ver a un chico tan inocente, tan guapo, aprendiendo por primera vez. Solo prueba. ¿Vale, cariño?
Se bajó la cremallera con una calma teatral. Su miembro saltó hacia fuera, ya completamente erecto, grueso, oscuro en la base. Yo abrí la boca despacio, fingiendo asombro.
—Despacio, mi vida. No uses los dientes. Más lengua. Así, muy bien. Cielo —susurró con la voz rota mientras su mano se posaba en mi nuca y me guiaba con firmeza.
—Así, cariño. Saca más la lengua. Hazla ancha y plana. Ahora lame desde la base hasta la punta, lentamente, como si fuera un helado que no quieres que se derrita.
Seguí sus órdenes al pie de la letra. Cada movimiento medido, cada vacilación calculada para hacerle gemir. Mi torpeza era una actuación cuidadosa, pero el sabor a piel salada y caliente sí era real.
—Así, sí. Muy bien. Ahora haz círculos alrededor del glande con la punta de la lengua. Siente esa textura. Siente cómo se pone más duro con cada movimiento. Siente cómo late en tu boca.
Hice lo que me pedía, describiendo espirales mientras su miembro se tensaba entre mis labios. Notaba el latido en la lengua, ese pulso grueso que delataba todo el deseo contenido durante horas en aquella esquina.
—Perfecto, mi niño. Ahora un poco más adentro, sin forzar. Usa los labios para hacer succión mientras sigues moviendo la lengua. Sube y baja a un ritmo constante.
Mi cabeza subía y bajaba mientras mis labios lo envolvían por completo. El aroma masculino me inundaba los sentidos y me hacía olvidar que existía algo fuera de ese habitáculo.
—Sí, así. Ahora acelera un poco. Usa la mano para sostener lo que no quepa en la boca y muévela al mismo ritmo. Aprieta suavemente con los dedos. Y de vez en cuando, juega con los testículos con la otra mano.
Mi torpeza fingida se desvanecía bajo su mando. Cada gemido suyo era la adrenalina que yo buscaba. Cada palabra de aprobación reforzaba mi papel.
—Aprendes rápido. Demasiado. Chupas muy bien. Así vas a hacer que acabe pronto —murmuró con un gruñido ronco.
Echó la cabeza hacia atrás contra el respaldo. Sus dedos se hundieron en mi nuca, sus caderas empezaron a elevarse buscando el clímax. Pero se detuvo en seco. Apretó los dientes, conteniendo el impulso, y me obligó a separarme de él con una firmeza que me dejó jadeando, con los labios húmedos y la mirada perdida.
—No. Todavía no, cielo. No quiero que esto acabe tan rápido. Tienes demasiado que ofrecer para desperdiciarlo aquí delante —dijo con la respiración entrecortada.
Sus ojos recorrieron mi figura desordenada sobre su regazo, evaluando mis curvas andróginas bajo la luz tenue del habitáculo.
—Escucha. En este asiento estamos muy apretados. Pasemos atrás. Allí estaremos más cómodos y podré enseñarte otras formas de complacerme, con calma, como te mereces.
***
Antes de que yo pudiera reaccionar, él tomó la iniciativa. Se bajó del coche, abrió la puerta trasera y entró sin esperar respuesta. Con la naturalidad de quien ha hecho aquello muchas veces, empezó a bajarse los pantalones y el bóxer hasta los tobillos.
Yo me quedé un segundo paralizado en el asiento del copiloto, observando la escena con el corazón desbocado. Ver su cuerpo maduro exponiéndose así, con esa seguridad de hombre que ya no tiene nada que demostrar, multiplicó la adrenalina que me consumía.
—¿A qué esperas, cielo? Ven aquí. Con papi —me llamó desde la oscuridad del asiento trasero, con una voz que ya no era solo amable.
Su silueta se recortaba contra la tapicería oscura, esperándome con las piernas abiertas y esa madurez que me hacía sentir tan pequeño y, a la vez, tan deseado.
Salí del coche un momento para rodearlo. El aire fresco de la noche me golpeó la piel encendida y me devolvió por un instante a la realidad. Sabía que las dos chicas que ejercían en la esquina seguían allí, observando. Pero en ese momento, bajo el mando de aquel hombre, casi habían dejado de existir para mí.
—¿A qué esperas? Vale, tómate tu tiempo. Quítate la ropa de cintura para abajo. Despacio. Quiero recrearme viéndote —ordenó con una impaciencia mal disimulada.
Lo miré de reojo, fingiendo ese rastro de vergüenza que tanto le excitaba, y clavé la vista en un punto más allá del coche.
—Es que… me da un poco de apuro, aquí fuera. Y siguen ahí las dos chicas, en la esquina, mirando —susurré con voz temblorosa, señalando discretamente hacia donde dos trabajadoras, bajo una farola, observaban la escena con indiferencia profesional.
Mi ingenuidad fingida temía su juicio. En el fondo, un deseo oscuro me recorría. Quería que ellas supieran lo que estaba haciendo. Quería que vieran cómo me entregaba.
—No te preocupes por ellas, cariño. Están acostumbradas. Tú, a lo tuyo. Despacio, como te he dicho.
Me agaché para descalzarme. Saqué primero un zapato y luego el otro y los dejé alineados sobre la alfombrilla delantera. Mis dedos se dirigieron al botón del pantalón. Lo desabroché despacio y dejé que la tela se deslizara por mis piernas largas, sintiendo dos miradas clavadas en mí.
—No te detengas. Sigue. Quiero ver ese culito —presionó él, la voz más ronca.
Metí los pulgares bajo el elástico del bóxer y lo bajé con lentitud deliciosa, dejando al descubierto la curva de mis nalgas y mi miembro, pequeño y blando entre tanto frío. Cuando hice el amago de entrar, él me detuvo con un gesto.
—Espera. Los calcetines también. No quiero ni una prenda de cintura para abajo.
Me apoyé en el marco de la puerta para quitarme los calcetines y los puse junto a los zapatos. Me quedé un segundo allí fuera, desnudo de cintura para abajo pero con la camiseta puesta, sintiendo el aire fresco sobre la piel.
La luz anaranjada de la farola me bañaba las curvas andróginas, resaltando la cintura y la redondez de las caderas para la mirada hambrienta que me acechaba desde la penumbra del coche.
—Así. Estás precioso. Ahora entra, ven con papi.
Obedecí de inmediato. La adrenalina me recorría el cuerpo mientras rodeaba el vehículo. Entré al asiento trasero con movimientos delicados y sentí el tacto frío de la tapicería contra las nalgas desnudas antes de gatear hacia él, que me esperaba con las piernas abiertas.
Me acomodé sobre su regazo. Volví a sentir su calor abrasador y la aspereza de su piel chocando contra la mía. Su mano izquierda, firme y experta, me guiaba de nuevo hacia su miembro mientras sus ojos devoraban mi figura en la penumbra.
—Mira qué curvas tienes. Pareces una muñeca. ¿Sabes la suerte que tienes de que yo te enseñe?
Sus manos grandes y ásperas empezaron a recorrer mis nalgas, apretando la carne con una fuerza que me hizo arquear la espalda.
—Lo sé, señor. Quiero aprenderlo todo con usted —respondí con un hilo de voz, entregándome al papel.
Lo quiero todo, papi. Pero no lo sabes.
Hundí el rostro en su pelvis y, abriendo la boca todo lo que pude, volví a tragarme su miembro entero. Esta vez no hubo vacilación. Bajé la cabeza con decisión, sintiendo cómo su glande golpeaba el fondo de mi garganta en una succión profunda y húmeda que me hizo lagrimear. Aspiraba su aroma, saboreando esa mezcla de miedo fingido y deseo real que me consumía por dentro.
Mientras mis labios envolvían su base y me esforzaba por mantener ese ritmo asfixiante, sus dedos no tardaron en hundirse entre mis glúteos, explorando los límites de mi sumisión. Noté cómo buscaba mi entrada, la misma que yo le había jurado que jamás había sido tocada.
—¿Vas a ser un buen chico y vas a hacer todo lo que papi te diga sin rechistar? —inquirió con voz ronca, mientras subía una mano por mi espalda, bajo la camiseta, hasta presionarme los omóplatos para pegarme más a su pecho.
Saqué su miembro de mi boca. Un hilillo de saliva plateada nos unió por un segundo en la oscuridad.
—Sí, señor. Seré lo que usted quiera que sea. Solo dígame qué tengo que hacer —contesté, dejando que la mano izquierda agarrara su base para estabilizarlo, mientras con la derecha me apoyaba en el respaldo para no caerme.
Le entregué por completo el control de la situación y del cuerpo. O eso fingí. Porque lo que él no sabía, lo que jamás sabría, era que el verdadero juego acababa de empezar. Y que el chico inocente del que pensaba estar abusando esa noche llevaba ya cuatro años cazando depredadores como él en cada rincón mal iluminado de la ciudad.
Pero esa parte de la historia, queridos lectores, la dejo para otro relato. Porque lo que pasó después, lo que aprendí en aquel asiento trasero con un señor que se creía profesor, merece su propia noche.