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Relatos Ardientes

Lo que pasó en el baño del 8M con una desconocida

Yo no quería ir a la marcha. Llevaba semanas postergándolo, pero esa mañana me desperté con una rabia que no sabía dónde meter y me puse la camiseta lila sin pensarlo demasiado. Treinta y dos años, casada hacía cinco, una sensación callada de que algo dentro mío estaba pidiendo aire desde hacía mucho.

Valencia hervía. La avenida del Marqués del Turia era un mar de pancartas, percusiones y voces roncas que rebotaban contra los balcones. «¡Ni una menos!», «¡Vivas nos queremos!». El sol pegaba fuerte para ser marzo. El aire olía a azahar, a sudor limpio y al humo dulce de los inciensos que pasaban de mano en mano.

Iba sola. No llevaba pancarta. Solo el puño cerrado dentro del bolsillo y la necesidad de gritar algo que en casa no podía decir.

La vi cerca del Mercado Central. Pelo corto teñido de violeta brillante, camiseta blanca ajustada con letras negras que se le pegaban a las tetas por el calor, pantalones cargo y un piercing pequeño en el labio inferior. Tendría veinticinco, no más. Se movía entre la gente como si conociera cada hueco, gritando con una voz ronca que sobresalía del coro.

Nos rozamos por primera vez en la plaza del Ayuntamiento. Un brazo que me pasó por los hombros sin pedir permiso, una boca que se acercó a mi oreja para hacerse oír sobre el bullicio.

—¡Qué locura esto, ¿verdad?! —gritó.

Me reí, nerviosa. El contacto era cálido y natural, como si lleváramos toda la tarde juntas. Caderas que chocaban al caminar, pechos que se rozaban al corear, dedos que se entrelazaron «para no perdernos en el apretujón». Ninguna dijo su nombre. No hacía falta.

—¿Vienes mucho a estas cosas? —me preguntó con el aliento caliente contra el cuello.

—No… es la primera vez en años. Me apetecía gritar un rato.

—Pues grita más fuerte. Hoy todo vale.

Seguimos pegadas, dejándonos llevar por el río morado que avanzaba despacio hacia el Parterre. Cada roce parecía cargar un poco más de electricidad. Una mano que se quedaba un segundo de más en mi cintura. Unos dedos que bajaban por mi espalda como si fueran un descuido. Yo notaba el pulso en sitios donde no quería notarlo.

Esto no me pasa. Esto no me está pasando.

Cuando la marcha se atascó frente al Corte Inglés, las dos sentimos la presión en la vejiga casi al mismo tiempo.

—Voy al baño un segundo —dije en voz baja.

—Te acompaño. Yo también estoy a punto.

Entramos al baño de mujeres de la planta baja. Luces blancas frías, olor a jabón cítrico y desinfectante, los cubículos amplios y limpios. La cola era corta y las pocas mujeres que esperaban iban con la cabeza en otra parte, riéndose entre ellas. Ella eligió el más grande, el accesible. Yo la seguí sin pensar. Cerré la puerta con pestillo.

Me bajé los vaqueros y las bragas de encaje negro, me senté y dejé salir un chorro largo y caliente. El sonido llenó el espacio. Me limpié con calma, me subí la ropa a medias y me levanté.

Ella me miró fijamente mientras se bajaba los pantalones. Cuando se sentó, alcancé a ver un pubis con vello negro recortado en un triángulo pequeño, y una línea fina teñida del mismo violeta intenso que llevaba en el pelo, bajando desde el monte de Venus hasta rozar el clítoris. Me quedé quieta un segundo. Nunca había visto algo así. Me gustó. Me gustó el detalle, el toque juguetón en medio de tanta seriedad.

Soltó su chorro con fuerza, sin apartar la vista de mí. El ruido era íntimo, casi obsceno en el silencio del cubículo.

—Me gusta que estemos aquí así… sin postureo —murmuró mientras terminaba.

Tragué saliva.

—Solo he venido a mear.

Se limpió despacio, se levantó sin subirse la ropa y dio un paso hacia mí.

—¿Segura?

—Sí… soy hetero. Tengo marido. No busco… esto.

Se acercó más. Nuestros cuerpos quedaron a un dedo de tocarse. Notaba su calor a través de la tela.

—Yo también soy hetero —dijo con media sonrisa—. Pero mira dónde estamos. Llevamos toda la tarde gritando contra el patriarcado, rozándonos sin parar, sudando juntas. Esto no es follar con un tío que te usa y se va. Esto es sororidad. Es darnos lo que nos merecemos sin pedirle permiso a nadie. Nadie va a saberlo. Es nuestro secreto del 8M.

Su olor me envolvió. Perfume suave, excitación cálida, el rastro limpio del pis, y ese vello violeta que no me dejaba pensar con claridad. Fuera, en la calle, los ecos lejanos seguían: «¡Mi cuerpo es mío!», «¡Mi placer es mío!».

—Solo déjame tocarte un poco —susurró bajando aún más la voz—. No tienes que hacer nada. Solo sentir. Si no te gusta, dices que pare y paro. Pero creo que sí te va a gustar.

Cerré los ojos un segundo. El pulso me latía entre las piernas como si tuviera vida propia.

—Solo… un poco —dije con un hilo de voz—. Pero yo no… no voy a tocarte.

Sonrió apenas.

—Trato hecho.

***

Empezó con un beso lento. Labios suaves rozando labios, lengua explorando con calma al principio. Después me mordió el labio inferior con delicadeza y me chupó la lengua hasta arrancarme un gemido bajito que ni sabía que tenía dentro.

Me subió la camiseta lila, me liberó las tetas y se inclinó despacio. Lengua plana alrededor del pezón, succiones suaves que se volvieron más intensas, mordiscos controlados que me hicieron arquear la espalda contra la pared fría del cubículo.

—Estás temblando… —murmuró contra mi piel.

—Es… es mucho.

—Es poco todavía.

Metió la mano bajo las bragas. Dedos que rozaron el vello recortado, encontraron el clítoris hinchado y empezaron círculos lentos, precisos, como si supiera exactamente dónde y cómo. Jadeé. Me agarré a sus hombros sin medir la fuerza.

—Estás empapada… ¿lo notas?

—Sí…

Metió dos dedos despacio, los curvó dentro de mí, me folló con un ritmo pausado pero profundo mientras el pulgar seguía dibujando círculos.

—Dime que pare cuando quieras.

—No… no pares.

Me giró con suavidad pero con firmeza. Me puso de cara a la pared, me bajó los vaqueros y las bragas hasta medio muslo. Se arrodilló detrás. Me abrió las nalgas con las manos y empezó a lamer. Primero el culo, lengua caliente recorriendo el agujero en círculos lentos. Luego bajó al coño, chupó los labios con un hambre contenida, metió la lengua dentro mientras tres dedos volvían a entrar y salir con un ritmo creciente.

—Joder… qué rico sabes…

Empujaba hacia atrás sin querer. Me llevé el brazo a la boca para ahogar los gemidos. No me reconocía. No reconocía a la mujer que estaba dejándose hacer todo eso en el baño de un centro comercial, con la puerta separándola del resto del mundo por dos centímetros de melamina.

Se levantó. Se pegó a mi espalda. Sentí su coño con esa línea violeta rozándome el culo. Metió cuatro dedos de golpe y me folló con una fuerza medida pero implacable.

—Córrete cuando quieras… pero córrete fuerte.

El orgasmo llegó como una ola lenta que de pronto se volvió violenta. Sentí un calor húmedo bajándome por los muslos, contracciones que me doblaron las rodillas, un gemido largo que intenté ahogar contra el antebrazo y que igual escapó por algún lado.

No paró. Me giró otra vez, me sentó en el borde del lavabo, me abrió las piernas al máximo y se lanzó al coño con la boca. Lengua plana. Succiones largas en el clítoris. Dedos que entraban y salían sin descanso. El segundo orgasmo llegó casi sin aviso, una ola tras otra, fluidos goteándole por las muñecas y cayendo a la baldosa.

Yo jadeaba. Tenía el cuerpo entero temblando, el coño rojo e hinchado, la mirada perdida en el techo de luces blancas.

Se incorporó. Tenía la cara brillante. Se limpió la boca con el dorso de la mano y me miró con una sonrisa que no era inocente.

—Ahora, como compensación por todo lo que te he dado… vas a lamerme. No es una petición. Es lo justo.

—Yo… nunca…

—No importa. Abre la boca y sigue el instinto.

Se sentó en el lavabo, abrió las piernas. Me agarró el pelo con suavidad pero con firmeza y tiró hacia abajo. Caí de rodillas sobre la baldosa fría. Tenía su coño a un palmo de la cara. Vello negro natural enmarcando unos labios hinchados, y esa línea fina teñida de violeta que bajaba como una flecha hacia el centro. Me gustó tanto que se me escapó un suspiro.

Acerqué la boca. Lamí primero la línea violeta de arriba abajo, saboreando el contraste extraño del vello teñido y el calor húmedo debajo. Después succioné el clítoris despacio, sin saber muy bien si lo estaba haciendo bien.

—Más fuerte… chupa…

Obedecí. Succioné con más intensidad, metí la lengua entre los labios y el vello, bebí los jugos calientes que me llenaron la boca. Ella gemía bajito y movía las caderas contra mi cara.

—Así… métela dentro… lame el agujero…

Metí la lengua todo lo profundo que pude. La follé con ella mientras seguía lamiendo el clítoris sin parar, fascinada por esa línea violeta que me rozaba la nariz cada vez que respiraba.

Se corrió con un gemido ronco y un tirón de pelo que me obligó a quedarme donde estaba. Un chorro caliente me inundó la boca y la cara, me bajó por la barbilla y el cuello. Tragué lo que pude. Seguí lamiendo hasta que me soltó.

***

Se levantó. Se subió la ropa con la misma calma con la que se la había bajado. Se peinó el flequillo violeta con los dedos frente al espejo y me miró por encima del hombro.

—Feliz 8M.

No hubo beso de despedida. No hubo nombres. Solo una mirada larga y media sonrisa.

Salimos sin decir nada más. En la puerta del baño nos separamos sin mirarnos. Ella se zambulló en la marea violeta del pasillo del centro comercial y desapareció entre las camisetas lilas en pocos segundos. Yo me quedé un instante quieta, el coño todavía palpitándome, la boca llena del sabor ajeno, la cara pegajosa, el recuerdo de esa línea violeta grabado a fuego en alguna parte de mí que antes no existía.

Me lavé la cara, me sequé con papel, me pasé los dedos por el pelo. Miré a la mujer del espejo. Era yo, pero también era otra. Esa otra me sostenía la mirada sin pestañear.

Salí. Me uní de nuevo al coro de consignas. «¡Solas, borrachas, queremos llegar a casa!», «¡Mi cuerpo es mío!». Caminé con la marcha hasta el final, gritando más fuerte que antes, riéndome con desconocidas, dejando que el sol de la tarde me secara lo que aún tenía húmedo por dentro.

Esa noche cené con mi marido. Le conté lo de las pancartas, lo de la batucada, lo de la abuela que iba en silla de ruedas con un cartel que ponía «llevo cincuenta años en esto». Le conté todo menos lo del baño. Me reí cuando tocaba reírme, asentí cuando tocaba asentir, y a media cena me disculpé para ir al lavabo, me bajé las bragas y vi que todavía tenía marcas violetas en el vello del pubis. Las miré un rato largo.

Nadie notó nada. Nadie supo nada. Solo yo sé lo que aprendí esa tarde entre las luces blancas de la planta baja. Y a veces, cuando paso por la puerta de ese centro comercial con la lista de la compra en el bolsillo, miro hacia el cartel de los lavabos y sonrío sola.

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Comentarios (1)

Luna_de_verano

increible, me dejo sin palabras!!

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