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Relatos Ardientes

Mi primera vez con otro hombre fue a los sesenta

Para entender lo que pasó esa tarde de marzo hay que retroceder un poco. Hasta los cincuenta y ocho años, mi vida sexual cabía en una sola línea: cuarenta y un años de matrimonio con Marisa, sexo cada vez más espaciado, y unos cuantos videos a escondidas cuando ella se acostaba temprano. Nunca había pensado en hombres. Nunca. Hasta que una madrugada, buscando otra cosa, terminé en un video de dos jubilados en un cuarto de pensión y no pude dejar de mirarlo.

A partir de ahí todo fue cuesta abajo, o cuesta arriba, según se mire. Empecé a buscar más videos. Solo de hombres mayores, nunca jóvenes. Hombres con panza, con canas, con manos gruesas. Me imaginaba arrodillado frente a uno de ellos, y cada vez que pensaba eso, terminaba en menos de un minuto.

Esa fantasía vivía dentro de mi cabeza. Yo nunca le había puesto el cuerpo. No había chateado con nadie, no me había bajado ninguna aplicación, no había mirado a ningún hombre del barrio con segundas intenciones. Tenía sesenta y dos años cumplidos y, hasta esa tarde, era un señor casado sin antecedentes.

Marisa se fue a Rosario a visitar a su madre el jueves a la mañana. Me dejó comida hecha para tres días y un beso seco en la mejilla. Volvía el domingo. Yo me serví un café, miré el plano de la cocina y me acordé de que el tablero eléctrico hacía meses que hacía un ruido raro cada vez que arrancaba el horno.

Hernán llegó al mediodía. Lo había sacado de una recomendación del kiosco de la esquina, un nombre escrito en un papel arrancado de un cuaderno. Cuando abrí la puerta y lo vi, algo se me removió en algún lugar viejo del cuerpo. Era un hombre de mi edad, quizá un poco mayor, con el pelo blanco al ras y las manos enormes. Tenía la panza apretada contra una remera azul desteñida y olía a colonia barata y a metal. No era buen mozo en el sentido convencional. Era otra cosa.

—Buen día, vengo por lo del tablero.

—Sí, pase.

Lo guié hasta la cocina. Caminaba detrás de él y le miraba los hombros anchos, las manos manchadas de grasa vieja, el cinturón de cuero gastado, la caja de herramientas. Tuve la idea repentina de que esa caja también la usaba para entrar a las casas de otros señores como yo. Sacudí la cabeza para sacarme la idea. Yo no era así. Yo solo miraba videos.

Hernán abrió el tablero, lo revisó con una linterna que sacó del cinto, y se quedó mirando los cables un rato largo en silencio. Yo me quedé parado a tres metros, con las manos en los bolsillos del pantalón corto, sin saber qué hacer con el cuerpo.

—Hay que cambiar dos llaves térmicas y el diferencial. Está todo flojo y sulfatado. ¿Le parece bien si me pongo ahora?

—Dale, sí.

Trabajó alrededor de una hora. Yo le ofrecí agua, le ofrecí café, le pregunté si necesitaba algo de la ferretería. Estaba inventando excusas para no irme de la cocina. Cada vez que Hernán se subía a la silla para alcanzar la parte de arriba, la remera se le levantaba y se le veía la espalda baja, una franja de piel blanca con vello cano. Yo desviaba la mirada y al instante volvía a mirar.

—Listo, jefe. Vení que te muestro cómo quedó.

Me acerqué al tablero. Él estaba parado justo enfrente, apoyado contra la pared. Yo me ubiqué delante para mirar los térmicos nuevos.

Y entonces lo hizo.

Hernán dio un paso, se puso detrás de mí, y apoyó la pelvis contra mi cola. No fue un roce de pasillo angosto, no fue un accidente. Fue un contacto directo, firme, sostenido. Sentí su ingle apretada contra la tela de mi bermuda y un escalofrío me subió desde los talones hasta la nuca.

No me moví. No dije nada. Tenía el corazón en la garganta y los dedos dormidos.

—Mirá acá, ¿ves?, este es el diferencial nuevo —dijo él, y mientras señalaba con una mano, con la otra me agarró suavemente la cadera, como ajustándome para que mirara mejor.

Yo asentí. No miraba nada. Estaba registrando con todo el cuerpo el peso de un hombre contra mi espalda, el calor a través de la ropa, la respiración pausada en la base de mi cuello. Hernán esperó unos segundos. Después empujó un poco más, con intención. Probaba. Quería ver si yo me movía hacia adelante o hacia atrás.

Yo arqueé la espalda y empujé la cola contra él.

—Mmmm —dijo, en voz muy baja, casi adentro de mi oreja—. Ya me parecía.

Me quedé inmóvil, con las manos apoyadas contra la pared, como si me estuvieran por revisar. Él me pasó una mano por debajo de la remera y me la subió hasta las tetillas. Me las apretó con los pulgares y me besó el cuello, justo donde nace el hombro. Yo cerré los ojos. Sentí que se me ablandaban las piernas.

—¿Cuánto hace que tenés ganas? —preguntó.

—No sé… mucho.

—¿Y nunca probaste?

—Nunca.

Hernán sonrió contra mi piel. Lo sentí en la curvatura de los labios.

—Hoy probás.

Me dio vuelta despacio, con las manos en mis hombros. Me sostuvo la mirada un segundo, sin ternura, sin apuro, calculando. Después me acercó la boca a la oreja:

—Desde la mañana ando con ganas de que me la chupen. ¿Te animás?

No me salió la voz. Asentí con la cabeza, como un nene.

—Vamos al living.

Lo seguí. Caminé detrás de él como si me llevara una correa invisible. Hernán se sentó en el sillón de tres cuerpos, con las piernas abiertas, se desabrochó el cinto y se bajó el pantalón hasta las rodillas. Cuando se sacó el bóxer, vi por primera vez en mi vida la pija de otro hombre en directo. Era gruesa, recta, con los testículos colgando pesados. La mía, en cambio, seguía blanda dentro del pantalón.

—Sacate la ropa.

Lo hice. Me saqué la remera tirando del cuello, me bajé la bermuda con la torpeza de quien no sabe dónde apoyar las manos, me saqué el calzón. Quedé parado frente a él, desnudo, con los brazos colgando. La luz de la tarde entraba por la ventana del living y me iluminaba media cara.

Hernán me miró largo. No dijo nada al principio. Después soltó una sonrisa apenas.

—Mirá vos, tenés buen cuerpo para la edad. Y la pija blanda es buena señal, eh. Quiere decir que sos del lado bueno.

Me dio la vuelta con un gesto de la mano. Yo me giré. Me quedé de espaldas a él, mostrándole la cola.

—Tenés linda cola. ¿Nadie te la dio nunca?

—No.

—Algún día.

Esa palabra, dicha así, sin promesa pero sin descarte, me hizo temblar.

—Vení. Arrodillate.

Me arrodillé entre sus rodillas. La alfombra del living me lastimaba los huesos viejos pero no me importó nada. Tenía la cara a centímetros de la pija de Hernán, y por primera vez sentí el olor de otro hombre así de cerca: jabón blanco, sudor de cinturón, algo metálico de los cables.

Le agarré la pija con la mano derecha. La piel era caliente, suave, más caliente que el resto del cuerpo. Le di un beso en la punta, despacio, como saludando. Hernán suspiró por la nariz.

—Tomate tu tiempo. Conocela.

Le saqué la lengua. Lamí la punta, después el tronco entero, lento, de abajo hacia arriba. Le besé los testículos uno por uno, los lamí, los sentí pesados contra la lengua. Hernán echó la cabeza para atrás contra el sillón y se quedó así, con los ojos cerrados, dejándome hacer.

Cuando me la metí en la boca por primera vez, sentí un estallido dentro del pecho. La cabeza me cabía entera, redonda, salada. Le envolví la base con la mano y empecé a chupar como había visto miles de veces en la pantalla, pero sin pantalla, con el peso real adentro, con la dureza real golpeándome el paladar. Le saqué baba, me la cargué entera con saliva, la chupé como si llevara toda la vida esperándolo.

—Así, así… —murmuraba Hernán—. Bien de putita, así, dale.

La palabra me debería haber ofendido. No me ofendió. Me prendió. Me agarré la pija con la mano izquierda, me la trabajé despacio, me di cuenta de que ya estaba durísima, no sé cuándo se me había puesto así. Chupé más fuerte. Me animé a meterla más adentro, hasta sentir un reflejo en la garganta, y me eché atrás justo a tiempo.

—Eh, eh, tranqui. Aprendé de a poco.

Volví a la cabeza, a la punta, a los huevos, al tronco. Perdí la noción del tiempo. Pudieron haber sido cinco minutos o veinte. Solo había una boca, una pija, y un hombre arriba mío respirando cada vez más fuerte.

—Ahhh… ya está. Ya viene. La tomás toda, ¿no?

No le dije nada. Lo miré desde abajo, con la pija de él entrando y saliendo de mi boca, y asentí con los ojos.

Hernán me agarró la nuca con una mano, no para empujarme, solo para apoyarse. Después sentí cómo se le contraía todo el cuerpo. Salió un chorro caliente, espeso, salado, contra el paladar. Después otro. Después una cantidad de gotas más finas. Yo aguanté la respiración y me lo tragué como pude. Una parte se me escapó por la comisura y bajó por el mentón hasta el cuello.

Cuando le solté la pija, ya en reposo contra su muslo, me quedé arrodillado entre sus piernas, con el mentón húmedo y la cara colorada.

***

Hernán tardó un rato en abrir los ojos. Cuando lo hizo, me miró con una especie de cariño que no esperaba.

—¿Te gustó?

—Mucho. Gracias.

Se rió.

—¿Me agradecés? Sos un caso, vos.

Se vistió sin apuro. Yo me quedé desnudo todavía un rato más, sentado en el piso, sin saber qué hacer con esa cosa nueva que tenía dentro del pecho. No era culpa. No era arrepentimiento. Era una calma rara, como cuando uno se saca un zapato apretado después de un día entero.

—Te dejo el ticket en la mesa. Vení, te lo apunto.

Le pagué el trabajo. Le pagué bien. Le di propina, también, sin saber muy bien por qué. Antes de irse, Hernán sacó una tarjeta del bolsillo de la camisa y la dejó sobre la mesada de la cocina.

—Si algún día te animás a dar la cola, llamame. Vivo solo.

Se fue. Cerré la puerta con llave. Apoyé la espalda contra la puerta y me quedé un rato largo así, mirando el techo.

Marisa volvió el domingo a la noche. La saludé como siempre, le pregunté por su madre, le serví un té. Esa noche dormí pegado a ella, con la tarjeta del electricista guardada en el cajón del fondo de la mesita de luz, donde guardo las cosas que no quiero perder.

Hace tres semanas de eso. Todavía no llamé. Pero la tarjeta sigue ahí, y cada vez que abro el cajón, la veo, y se me afloja algo en algún lugar de adentro.

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Comentarios (2)

NocheSuave

Que historia tan linda, me tuvo pegado hasta el final. Muy bien escrito

Tomi_BA

increible!!! por favor segui

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