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Relatos Ardientes

La noche que descubrí el placer de mirar

Hay recuerdos que el cuerpo no olvida. Este es uno de ellos: la primera vez que me descubrí mirando, quieta, incapaz de apartar los ojos aunque hubiera querido. No sabía entonces que eso tenía nombre, ni que iba a cambiarme algo por dentro.

Diego y yo llevábamos poco más de dos años juntos cuando Lucía y Marcos pasaron por la ciudad. Éramos viejos amigos de la facultad, de esos que desaparecen durante temporadas largas y reaparecen como si el tiempo no hubiera pasado. Les propusimos cenar en casa y aceptaron de inmediato.

Me pasé la tarde cocinando: crema de puerros de entrada, pollo asado con hierbas, ensalada tibia de lentejas. Tenía también una tabla de quesos en la nevera, aceitunas, jamón, y una tarta de chocolate que pedí a la pastelería sin decirle nada a Diego.

Él entró a la cocina a media tarde y me rodeó por la cintura desde atrás, hundiendo la nariz en mi cuello.

—Huele increíble —dijo.

—El pollo o yo.

—Las dos cosas, pero a ti te prefiero de postre.

Le di un golpe en el brazo y me aparté riendo. Pero su mano tardó un momento en soltarse de mi cadera, y eso lo noté.

Me arreglé rápido: un vestido de terciopelo verde oscuro, tacones bajos, el pelo suelto. Nada extravagante. Pero me sentía bien en ese vestido, que era lo importante. Había noches en que una se siente exactamente como quiere sentirse, y aquella era una de ellas.

Llegaron a las ocho en punto. Lucía entró al apartamento primero, con uno de esos vestidos rojos cortos y ajustados que solo ella sabe llevar sin parecer que lo intenta. Marcos venía detrás, con camisa blanca arremangada y una botella de vino tinto que le entregó a Diego con un apretón de manos.

—Valeria, qué guapa —dijo Lucía abrazándome fuerte.

—Igual que siempre —añadió Marcos besándome en la mejilla.

—Para comerte, diría yo —dijo Lucía, mirándome de arriba abajo con ese descaro suyo que me hizo reír más de lo que pretendía.

—Ustedes dos siguen igual de locos —dije apartándome hacia la cocina.

La cena fue larga y cálida. Terminamos dos botellas antes del postre, con muchas risas y con historias de la facultad que cada vez sonaban más exageradas con la distancia de los años. Lucía nos contó que se había metido a fotografiar eventos y que odiaba cada segundo de ello, pero pagaba bien. Marcos diseñaba muebles por encargo y estaba montando su propio taller. Llevaban tres años viviendo juntos. Estaban bien, se les notaba: ese bienestar tranquilo de las parejas que se han elegido de verdad y no se arrepienten.

—¿Y ustedes? —preguntó Lucía mirando a Diego y a mí.

—Nosotros sobrevivimos —dijo Diego, apretándome la mano bajo la mesa.

—Eso es todo lo que hace falta —respondió ella con una sonrisa que no era del todo inocente.

Me alegró saber que a esa pareja le iba bien. Nos habíamos perdido la pista durante casi dos años, concentrados cada uno en nuestra propia vida. Esa noche me recordó cuánto echaba de menos este tipo de veladas: buena mesa, buenas personas, conversación que no requiere esfuerzo.

Cuando terminamos el postre pasamos al salón. Diego me rodeó por los hombros al sentarnos en el sofá y yo me recosté contra él sin pensarlo. Había algo en el ambiente que no supe nombrar en ese momento. Una corriente. De esas que todos sienten pero nadie menciona.

—¿Recuerdan la fiesta del último año de carrera? —dijo Lucía de pronto, con la sonrisa de quien saca algo a relucir a propósito.

—Vagamente —respondí.

—Vagamente. Los vi besarse durante cinco minutos en la terraza. Todo el mundo los miraba.

—Exageras —protesté.

—No exagero ni un poco. Marcos, díselo tú.

—Fue bastante memorable —confirmó Marcos con calma.

Diego se rió. Yo noté que el calor me subía al cuello.

—A ver si sigue siendo así —dijo Lucía.

Diego me tomó la barbilla con dos dedos, despacio, y cuando nuestros labios se encontraron el beso fue largo, pausado, completamente olvidadizo de que había dos personas mirándonos. Su lengua entró en mi boca sin prisa, buscando la mía, y yo se la chupé un instante antes de dejar que él me chupara la mía. Su mano bajó de mi hombro al pecho y me apretó una teta por encima del terciopelo, sin disimulo, sabiendo que nos veían. Me olvidé por un momento dónde estaba. Cuando nos separamos, Lucía y Marcos nos observaban con una expresión que no era exactamente de sorpresa.

—Bien —dijo ella—. Efectivamente.

—Ahora ustedes —dijo Diego.

Marcos tomó a Lucía por la nuca y la besó. No fue un beso de exhibición. Fue un beso real, de los que no se fabrican para una audiencia, con lengua y con las manos de él bajando por la espalda de ella hasta agarrarle el culo por encima del vestido rojo y apretarlo con las dos manos, sin ninguna vergüenza. Yo tuve que apartar la vista porque algo en ello me resultaba demasiado íntimo de presenciar. O demasiado perturbador. No estaba del todo segura de la diferencia.

—Voy por la última botella —anuncié levantándome.

En la cocina me apoyé en la encimera y esperé a que el corazón volviera a un ritmo razonable. El vino, me dije. Es el vino. Pero sabía que no era solo eso. Tenía las bragas empapadas y el coño latiéndome como un segundo pulso, y no era ningún vino el culpable.

Diego apareció al poco.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Perfectamente. Buscaba el vino.

—El vino está aquí. —Señaló la botella sobre el mesón.

—Ya lo veo.

Se acercó y me rodeó por detrás, pegándose a mi espalda. Sentí su peso, la calidez de su cuerpo, y noté su polla dura empujando contra la tela del pantalón, marcada entera contra mi culo. Sus labios rozaron mi cuello, justo debajo de la oreja, y su mano subió a apretarme una teta por encima del vestido.

—¿Qué quieres hacer? —preguntó en voz muy baja.

—Llevar el vino al salón.

—¿Solo eso?

No respondí. Empujé el culo hacia atrás sin pensarlo, y él me contestó apretándose todavía más, restregándome la polla dura por la raja del culo por encima de la ropa.

Fue entonces cuando miré hacia el salón y vi lo que estaba pasando.

Lucía estaba arrodillada frente al sofá. Marcos tenía los ojos cerrados y la nuca apoyada en el respaldo, con una mano en el pelo de ella. Se había bajado el pantalón hasta las rodillas y tenía una polla gruesa, larga, brillante de saliva, saliendo y entrando de la boca de Lucía. Ella se la chupaba con concentración tranquila, agarrándola por la base con una mano mientras se la mamaba con la lengua bien plana, hundiéndosela hasta el fondo de la garganta en cada bajada y sacándola despacio en cada subida. Se le oía tragar. Se le veía la saliva colgando de la comisura y cayéndole a hilos sobre las tetas desnudas que se le habían salido del escote. Lo atendía como quien sabe exactamente lo que hace y lo disfruta tanto como la otra persona.

Me quedé paralizada.

No era vergüenza. No era exactamente eso. Era algo mucho más físico: un calor que me subió desde el vientre hasta la garganta, y una presión baja, muy precisa, que me hizo aferrarme al borde de la encimera con las dos manos. Sentía el coño palpitar solo, sin que nadie lo tocara, como si me lo estuvieran chupando a mí en lugar de a Marcos.

Diego, sin decir nada, siguió donde estaba. Sus labios en mi cuello, su mano moviéndose despacio por mi costado, bajándome ya al vientre, y luego más abajo, aplastando la tela del vestido contra mi coño. Como si supiera perfectamente lo que yo estaba viendo.

Marcos abrió los ojos.

Me miró. Y no desvió la vista. Con Lucía comiéndosela hasta la garganta, él me miró a mí, y esa mirada fue como si me estuviera follando con los ojos mientras otra mujer se lo mamaba.

Mi pecho subió y bajó de golpe. Quise moverme y no pude. Quise apartar la mirada y tampoco pude. Había algo en ese circuito —ser vista mientras miraba— que me dejó completamente sin recursos.

Lucía se la sacó de la boca despacio, se la escupió limpia y volvió a lamerla desde los huevos hasta la punta, con la lengua bien saliente para que la viéramos. Después se levantó con la fluidez de alguien que tenía todo calculado. Se quitó el vestido en un solo movimiento y lo dejó caer al suelo. No llevaba nada debajo. Tenía las tetas altas, los pezones tiesos, y el coño depilado y brillante de lo mojada que estaba. Marcos se puso de pie y fue quitándose la ropa sin apresurarse. Tenía un cuerpo amplio y sólido, y una polla erguida y gorda que no intentó disimular; se la agarró con la mano y se la sacudió despacio un par de veces, sin dejar de mirarme.

Se sentó en el sofá con las piernas estiradas y la verga tiesa apuntando al techo. Lucía subió sobre él de cara a nosotros, apoyando las manos en sus hombros. Se agarró la polla de Marcos con una mano, se la restregó por la raja del coño mojado dos o tres veces, y después se la fue metiendo despacio, bajando centímetro a centímetro hasta sentarse del todo. Cuando lo recibió entero dentro, el sonido que hizo fue pequeño y honesto, casi una exhalación de alivio, y eso fue lo más erótico que yo había escuchado en mucho tiempo.

Diego deslizó las manos hasta el dobladillo de mi vestido.

—¿Sigo? —preguntó.

—Sí —dije, y apenas reconocí mi propia voz.

Subió el vestido despacio, con las manos bien abiertas sobre mis muslos. Me arrancó las bragas empapadas de un tirón, sin pedir permiso, y las dejó caer al suelo de la cocina. Me abrió los labios del coño con dos dedos y pasó el corazón por el medio, arriba y abajo, empapándose. Me tocó el clítoris con la yema, en círculos pequeños y precisos, y yo me mordí el labio para no hacer ruido.

—Estás chorreando —dijo en voz baja, casi para él mismo—. Se te está cayendo por el muslo.

No respondí porque no tenía nada inteligente que decir. Solo abrí un poco más las piernas y apoyé la frente contra el borde del armario.

Lucía se movía sobre Marcos con un ritmo pausado, sin afán, mirándome fijamente mientras subía y bajaba sobre esa polla. No con provocación, sino con algo más difícil de nombrar: una especie de complicidad, como si estuviera ofreciéndome algo que yo no sabía todavía que necesitaba. Sus caderas marcaban el tempo, se le veía la verga de Marcos brillante y llena de sus flujos cada vez que subía, y yo sentía cada movimiento suyo resonar en algún punto de mi propio cuerpo.

Diego introdujo un dedo, después dos, hasta los nudillos. Los curvaba dentro de mí, buscando el punto que sabía que me hacía temblar, mientras con el pulgar seguía trabajándome el clítoris. Sus labios siguieron en mi cuello y en mi hombro. Yo respiraba en fragmentos cortos y me esforzaba por mantenerme de pie, lo que cada vez resultaba menos posible. Se le oían los dedos entrando y saliendo, un sonido húmedo, obsceno, que competía con el chapoteo del coño de Lucía sobre la polla de Marcos.

—No dejes de mirar —me susurró al oído—. Mira cómo se la follan.

No tenía ninguna intención de dejar de mirar.

Marcos aceleró el ritmo. Le agarró las tetas a Lucía con las dos manos, se las apretó y se metió un pezón en la boca mientras la embestía desde abajo. Lucía echó la cabeza hacia atrás y apretó los ojos. Él le puso las manos en las caderas y la guió con firmeza, clavándosela desde abajo con golpes secos que le hacían saltar las tetas, y ella respondió con el cuerpo entero, la espalda arqueada, un sonido ahogado que se escapó entre sus dientes.

—Así —jadeó ella—. Así, hijo de puta, dame fuerte.

Yo me vine sin aviso.

Un orgasmo limpio y arrollador que me apretó los dedos de Diego dentro y me dobló hacia adelante sobre la encimera, con el nombre de Diego saliéndome de la boca en un hilo de voz que no planeé. Sentí la corrida bajarme por los muslos, mojándome hasta las rodillas. Él me rodeó con los brazos desde atrás y me sostuvo mientras mi cuerpo terminaba de decidir qué hacer, sin sacarme los dedos, dejándolos quietos dentro mientras yo se los apretaba en espasmos.

—Quiero follarte —dijo, con la boca contra mi oreja—. Aquí. Ahora. Que nos vean.

—Sí. Ven.

Se bajó el pantalón hasta los tobillos. Le oí el cinturón caer al suelo. Me levantó el vestido hasta la cintura, me dobló contra la encimera con una mano en la espalda, y con la otra se guió la polla dentro de mí desde atrás. Entró de una sola vez, hasta el fondo, y yo tuve que morderme el antebrazo para no gritar. Lo sentí llenarme entera, ancho y caliente, y me quedé quieta un segundo asimilando que me la había metido toda de golpe.

Después empezó a follarme. En serio. Con las manos en mis caderas y golpes que hacían que la encimera me golpeara el vientre en cada embestida. El sonido de sus muslos chocando contra mi culo se mezcló con los quejidos cada vez menos disimulados de Lucía desde el salón.

Nos reposicionamos un momento después, porque yo quería verlo. Diego me giró sin salirse del todo, me sentó en el borde de la encimera y me abrió las piernas. Me miró a los ojos y me la volvió a meter, ahora de frente, con calma, para que yo la viera entrar y salir. Yo lo rodeé con las piernas y me aferré a sus hombros. Le clavé las uñas. En el salón, Lucía y Marcos habían cambiado de postura: ella recostada sobre él, de espaldas al pecho de Marcos, con las piernas abiertas hacia nosotros. Marcos le había separado los muslos con las manos y le entraba y salía a la vista, en una cadencia lenta que nos permitía verlo todo: la polla brillante, el coño abierto tragándosela entera, los dedos de él bajando a jugarle el clítoris a Lucía mientras ella nos miraba jadear.

Nadie miraba solo en una dirección.

—Chúpame las tetas —le pedí a Diego, y me bajé el escote del vestido para sacármelas.

Él bajó la cabeza y me atrapó un pezón con la boca, mordiéndolo suave, tirando de él con los dientes mientras me embestía cada vez más fuerte. Me pasó al otro, y luego los mamó los dos a la vez, apretándomelos con las manos, sin dejar de follarme.

—Voy a correrme otra vez —le dije al oído—. No pares.

—Córrete. Que te vean corriéndote.

Y me corrí. Con Marcos mirándome desde el sofá, con Lucía sonriéndome con la boca abierta mientras él la embestía. Me corrí apretándole la polla a Diego con el coño entero, sintiendo cómo cada espasmo mío le sacaba a él un jadeo más gutural. Diego recogió el ritmo poco a poco después, y cuando acabó lo noté tensarse y temblar, y escuché mi nombre en su boca como si costara decirlo. Me llenó entera. Sentí los tirones de su polla dentro, chorro tras chorro, y después el calor pesado del semen escurriéndoseme por dentro cuando se salió despacio. Un hilo blanco me bajó por el muslo hasta la corva. Diego se agachó, pasó dos dedos recogiéndolo, y me lo llevó a la boca. Se lo chupé sin apartar los ojos de los suyos.

Silencio.

El tipo de silencio que no es vacío sino lleno de algo sin nombre exacto. Solo se oían las respiraciones de los cuatro y, del salón, el chapoteo húmedo y lento de Marcos todavía dentro de Lucía, terminando de correrse él también con un gruñido bajo mientras ella se arqueaba y le pedía en voz ronca que se lo dejara todo dentro.

Lucía fue la primera en hablar, desde el salón, con voz ronca y un punto divertida:

—¿Queda vino?

Me reí. Una risa real, de las que salen solas cuando el cuerpo está completamente relajado. Diego también se rió contra mi pelo. Abrí la botella, llenamos las copas y volvimos al salón los cuatro, todavía desnudos a medias, con el semen todavía escurriéndonos, y durante otra hora hablamos como si nada hubiera ocurrido y como si todo hubiera ocurrido al mismo tiempo. Porque eso era exactamente lo que había pasado.

Ese recuerdo todavía tiene el poder de afectarme.

La primera vez que descubrí el placer de mirar.

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Comentarios(9)

DaniMza88

Que relato tan bueno!! me dejaste sin palabras

Julia_BA

Ay me encanto, es de esos que se te quedan dando vueltas en la cabeza un rato. Sigue escribiendo por favor!

PabloNocturno

Lo de quedar paralizado sin poder reaccionar es muy real. Me paso algo parecido una vez y todavia no lo proceso del todo jaja

LectorDeSemana

buenisimo!!!

CristinaLM

Me gusto mucho como lo planteas, la tension que se genera es increible. Hay alguna segunda parte?

FernandoK81

Muy bien escrito. De los mejores que lei en mucho tiempo, en serio.

MorenaK_BA

jajaja lo de "como si fuera lo mas natural del mundo" me mato. Tremendo relato

MarcosR89

Me gustan mucho los relatos de primera vez cuando estan bien logrados como este. Esperando mas!

SolanoK

que situacion... yo tambien me hubiera quedado clavado sin saber que hacer jeje

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