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Relatos Ardientes

La noche que descubrí mi primera obsesión

Hay algo que me excita desde la primera vez que lo vi. No sé si tiene nombre, no sé si le ocurre a otras mujeres, y tampoco sé si importa. Lo que sé es que aquella noche, con diecinueve años y una curiosidad que nunca me habían permitido explorar, descubrí algo sobre mí misma que no ha cambiado desde entonces.

Crecí en una familia donde el cuerpo era un tema vedado. Mis padres eran de esos que cambiaban el canal cuando aparecía una escena de beso prolongado, que bajaban la voz al pronunciar ciertas palabras, que me enviaron durante toda mi escolarización a un colegio exclusivamente femenino. No es que fuera una niña reprimida; simplemente nunca había tenido la oportunidad de aprender de otra manera que no fuera la teoría abstracta de un libro de biología que nos daban en cuarto de secundaria. El sexo existía en algún lugar vago, entre lo prohibido y lo desconocido, y yo lo había dejado estar ahí sin hacerle demasiadas preguntas.

Mateo llegó a mi vida a través de una compañera de la universidad. Lo conocí en una merienda informal que ella organizó en su apartamento, uno de esos encuentros sin demasiado propósito donde la gente llega con vino barato y acaba quedándose más de lo previsto. Era alto, de esos que llenan la habitación sin proponérselo, con una forma de escuchar que hacía sentir que lo que uno decía tenía importancia real. Me pidió el número al final de la tarde con una naturalidad que me sorprendió. Esa noche no pude pensar en otra cosa.

Salimos tres veces antes de aquella noche. Cenas cortas, paseos, una tarde en que fuimos al cine y su mano rozó la mía en el reposabrazos sin que ninguno de los dos dijera nada ni la retirara. Era la primera relación que tenía con un chico que no fuera completamente platónica, y cada encuentro dejaba en mí una especie de electricidad acumulada que no sabía cómo gestionar. Cuando llegaba a casa después de verlo, me costaba dormir. Daba vueltas en la cama pensando en cosas para las que no tenía vocabulario, apretando los muslos bajo las sábanas sin entender por qué el coño me latía así, sin saber que ese calor entre las piernas se llamaba deseo y que tenía un nombre para lo que estaba pidiendo.

La cuarta vez fue diferente. Mateo me invitó a una reunión en casa de un amigo suyo. No una fiesta, me aclaró, sino una juntada tranquila: unas quince personas, música a volumen moderado, algo de comida. Mis padres preguntaron, como siempre, y yo expliqué, como siempre, que era algo informal y que llegaría antes de medianoche. Me dejaron ir.

La casa era grande, de esas con varios pisos y muchos rincones, y había más gente de lo que Mateo había anticipado. El ambiente era más ruidoso de lo que a mí me resultaba cómodo. Estuve los primeros cuarenta minutos pegada a él, acostumbrándome al ruido, tomando el vaso de vino que alguien puso en mi mano y que bebí más rápido de lo que debería. No fue suficiente para emborracharme, pero sí para soltar un poco esa tensión que siempre llevaba encima en lugares desconocidos.

Mateo me tomó de la mano en un momento dado y me llevó hacia la parte trasera de la casa, donde había una pequeña terraza cubierta con dos sillas y una maceta grande de bambú que funcionaba como separador natural del resto del jardín. Nadie más estaba allí. La música llegaba amortiguada desde adentro, y el aire era frío pero no molesto.

—Quería que pudiéramos hablar un poco sin gritar —dijo.

Me reí porque era exactamente lo que necesitaba escuchar.

Nos sentamos en el suelo, apoyados contra la pared, hombro con hombro. Hablamos de cosas que ya no recuerdo con claridad, esas conversaciones que en el momento parecen llenas de significado y que después se vuelven borrosas porque lo que importaba no eran las palabras sino el calor de estar cerca. En algún punto dejamos de hablar. En algún punto nos miramos. Y en algún punto sus labios encontraron los míos.

Era la tercera o cuarta vez que nos besábamos, pero esta vez fue distinto. No había prisa por terminar, no había nadie mirando, no había excusa para detenerse pronto. Su lengua se abrió paso entre mis labios y yo la recibí, torpe al principio, dejando que él marcara el ritmo. Sus manos empezaron en mis mejillas y fueron bajando despacio: por el cuello, por los hombros, por los costados de mi cuerpo. Yo tenía puesta una blusa bastante gruesa y una chaqueta encima, lo cual hacía todo más lento, más torpe, más real. Cuando sus dedos rozaron el costado de un pecho por encima de la tela, se me escapó un gemido bajo dentro de la boca que él respondió apretando más fuerte, atrapando el pezón entre el pulgar y el índice a través del sujetador y pellizcándolo hasta hacerme arquear la espalda.

Sentí el calor antes de entender qué era. Una concentración de algo entre mis piernas, un pulso propio que no reconocí de inmediato porque nadie me había explicado que eso era lo que sucedía cuando el cuerpo quería. Me di cuenta de que estaba mojada, empapada, con las bragas pegadas al coño y un hilo caliente resbalándome por la cara interna del muslo, sin haberme tocado, sin que nadie me hubiera tocado allí, solo por estar cerca de él y sentir sus manos moviéndose sobre mi ropa.

Mis pezones estaban tensos debajo del sujetador, tan duros que dolían contra el encaje. Cada vez que él cambiaba la presión del beso, algo recorría mi cuerpo como una corriente pequeña que terminaba justo en el clítoris. No sabía qué hacer con eso. Me quedé quieta, recibiendo, intentando no demostrar cuánto me afectaba algo tan sencillo como su respiración en mi cuello. Él bajó la boca hasta ese punto entre la oreja y el hombro y chupó despacio, dejando una marca húmeda que el aire frío me hizo sentir con el doble de intensidad. Su mano subió por debajo de la blusa, encontró el borde del sujetador, se metió por dentro. Cuando el pulgar tocó el pezón desnudo, se me escapó un jadeo tan alto que él tuvo que taparme la boca con la otra mano, riéndose bajito contra mi cuello.

—Shhh, princesa —susurró—. Que nos van a oír.

Fue él quien tomó mi mano con cuidado y la llevó hacia él. Hacia la parte delantera de su pantalón. Noté el calor incluso antes del tacto, y luego sentí la forma que había allí, dura, insistente, moviéndose levemente cuando mi mano entró en contacto. Era más grande de lo que había imaginado, palpitaba bajo mis dedos como si tuviera vida propia.

—Si no quieres, no pasa nada —murmuró contra mi oído.

Pero sí quería. No sabía exactamente qué era lo que quería, pero sí sabía que no quería que parara.

Dejé que mi mano se quedara donde estaba. Aprendí la forma de esa polla a través de la tela, su temperatura, su rigidez, la vena que subía por el costado y que se marcaba clarísima aunque no la estuviera viendo. Él respiraba diferente ahora, más despacio y más hondo a la vez, como si controlarse le costara esfuerzo. Eso también me afectó de una manera que no esperaba: saber que lo que yo hacía lo alteraba así, que esa verga tiesa era por mí, que yo tenía el poder de ponerlo en ese estado.

Después de un rato —no sé cuánto, el tiempo funcionaba raro aquella noche— él se separó un poco y, con movimientos torpes pero deliberados, abrió su pantalón. Bajó el cierre despacio, se acomodó la ropa interior por debajo de los testículos, y en la poca luz que llegaba desde el interior de la casa vi cómo sacaba algo que yo solo conocía de ilustraciones en libros de ciencias.

Lo primero que noté fue el calor que irradiaba. Lo segundo, el tamaño: gruesa, larga, con la piel tirante y la cabeza hinchada, de un color más oscuro que el resto. Lo tercero, que en la punta había un líquido transparente, no una gota apenas sino un hilo que colgaba y se estiraba sin caerse, brillando con la luz escasa. Algo dentro de mí reaccionó a eso de una forma que no entendí en ese momento. No era repulsión. Era curiosidad mezclada con algo más intenso, algo que hacía que el pulso entre mis piernas se volviera más urgente y más difícil de ignorar. Se me hizo agua la boca. Literalmente. Sentí las glándulas debajo de la lengua activarse como si acabara de oler comida.

—Puedes tocarla —dijo, sin exigencia, solo como una posibilidad abierta.

Lo hice. Con los dedos primero, tentativa, como si pudiera romperla. Rodeé la base con el índice y el pulgar, sorprendida de no poder cerrar el círculo, y él dejó escapar un sonido suave, no exactamente un gemido, más una exhalación contenida que le salió sin querer. Recogí ese líquido transparente con la yema del pulgar y lo distribuí despacio por toda la superficie que tenía en la mano, dando vueltas alrededor de la cabeza, sintiendo cómo se resbalaba mejor a medida que la untaba. Era cálido, casi sin fricción, y algo en su textura me hizo querer seguir tocando en lugar de detenerme. Cerré el puño alrededor de ella, apretando apenas, y noté cómo la piel se movía sobre lo duro de adentro, subiendo y bajando como si fuera una funda.

—Así —murmuró—. Justo así. Un poco más fuerte.

Me guié por sus reacciones. Cuando apretaba un poco más, su respiración cambiaba. Cuando movía la mano con un ritmo constante, sus dedos se tensaban en mi hombro. Cuando bajaba hasta la base y rozaba con los nudillos los testículos que le colgaban tensos, se le escapaba un gruñido bajo desde el fondo de la garganta. No había ningún manual para eso, ninguna teoría previa que me sirviera; había solo sus señales y mi propia atención puesta en ellas. Escupí en la palma sin saber por qué, por puro instinto, y volví a cerrar el puño alrededor de la polla ahora mucho más resbalosa, y él soltó un “joder” tan bajo y tan cargado que sentí el coño contraerse solo, como si me hubiera tocado a mí en lugar de al revés.

A medida que pasaban los minutos, la sensación entre mis piernas se volvía casi imposible de ignorar. Noté que estaba apretando los muslos sin haberlo decidido, frotándolos uno contra el otro para conseguir algún tipo de alivio, que mi respiración también había cambiado, que una parte de mí quería meterse la mano dentro de las bragas y hundirse los dedos en el coño pero no me atrevía a hacerlo con él tan cerca y mirándome. Él debió notarlo, porque su mano libre bajó desde mi hombro hasta mi muslo y empezó a subir por debajo de la falda, despacio, dándome tiempo a decir que no.

No dije que no. Abrí las piernas un poco, apenas lo suficiente, y su mano encontró la humedad antes incluso de tocarme, porque el interior de mis muslos ya estaba resbaloso. Cuando los dedos llegaron por fin al centro, por encima de la tela empapada de las bragas, se me escapó un gemido tan largo que él tuvo que taparme la boca otra vez.

—Estás chorreando —susurró contra mi oído, con un tono que era mitad sorpresa mitad hambre—. Dios, estás chorreando y ni siquiera te he tocado.

Movió las bragas a un lado y pasó dos dedos por toda la raja, de abajo hacia arriba, recogiendo todo lo que salía de mí y llevándolo hasta el clítoris, donde empezó a dar vueltas lentas, casi de reconocimiento. Fue la primera vez en mi vida que alguien me tocaba ahí y creí que me iba a morir. Todo mi cuerpo se sacudió con la primera pasada, y con la segunda ya estaba mordiéndome el labio para no gritar. Yo seguía moviendo la mano sobre él, más rápido ahora, más torpe también, porque me costaba concentrarme en dos cosas a la vez.

Sus caderas se movieron hacia adelante, involuntariamente, empujando la polla dentro de mi puño, y su mano cubrió la mía para guiarla durante unos segundos, marcándome el ritmo exacto que necesitaba. Luego la soltó y volvió a lo que estaba haciendo entre mis piernas, metiéndome ahora la punta de un dedo dentro del coño, apenas la primera falange, y yo sentí cómo mi cuerpo se cerraba alrededor de él por reflejo, chupándolo hacia adentro.

—Estoy muy cerca —dijo con una voz que sonaba diferente a la de antes, más ronca, menos controlada—. Voy a correrme, joder.

No sé por qué hice lo que hice a continuación. No fue una decisión racional. Simplemente volteé a mirarlo directamente, en lugar de apartar los ojos como podría haber hecho, y bajé la vista a mi mano en el momento exacto en que él perdía el control. Y entonces ocurrió.

Lo vi. Vi el momento exacto en que su cuerpo perdió el control. Vi cómo se tensó desde los hombros hasta las piernas, cómo su boca se abrió sin emitir sonido, cómo la polla se hinchó todavía más dentro de mi puño y palpitó una, dos veces antes de disparar. Vi el primer chorro de semen salir, blanco y espeso, un latigazo largo que le cayó en el vientre y en mi muñeca, seguido de otro que salió con la misma fuerza, y de otro más que ya se le derramó por encima de mis dedos y bajó caliente hasta la base. Su mano apretó la mía con fuerza obligándome a seguir bombeando, exprimiéndolo, sacándole hasta la última gota, y su cuerpo entero tembló durante unos segundos que se me hicieron enormes. La polla latía dentro de mi puño con cada chorro, y yo sentí cada uno de esos latidos como si estuvieran dentro de mí.

No sé cómo describir lo que me pasó en ese momento. Algo se desató. La presión que llevaba acumulada toda la noche encontró de repente un punto de ruptura, y con sus dedos todavía dentro del coño y su semen caliente resbalándome por la mano, sentí cómo una ola de calor me recorrió desde la entrepierna hasta el pecho. Mis muslos se apretaron solos alrededor de su mano, atrapándola contra el clítoris, y me corrí ahí mismo, sin quererlo, sin haberlo buscado, con espasmos que me sacudieron desde adentro y que hicieron que apretara los dientes para no gritar. Duró más de lo que esperaba, ola tras ola, con el coño contrayéndose alrededor de su dedo una y otra vez, tan fuerte que él soltó un “dios mío” bajito al notarlo. Cerré los ojos. Cuando por fin paró, me quedé sin palabras, con las rodillas temblando y la cabeza completamente vacía de pensamientos, con la mano derecha todavía manchada de él y el coño todavía apretado alrededor de sus dedos.

Cuando los abrí, él me miraba.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí —dije, porque no tenía palabras para explicar lo que acababa de ocurrir.

Permanecimos en silencio un momento. Él sacó los dedos de mí despacio, con cuidado, y los subió hasta su boca para chuparlos limpios sin apartar los ojos de los míos. Ese gesto, la manera en que se lamió lo que había salido de mi coño como si fuera lo mejor que había probado, me hizo apretar los muslos otra vez, con un temblor de réplica que no esperaba. Después se ordenó la ropa. Yo me quedé mirando mis propias manos, consciente de que tenía en la piel algo que no me habían enseñado a nombrar, y que sin embargo me parecía de una familiaridad extraña, como si mi cuerpo lo reconociera aunque mi cabeza no supiera todavía qué hacer con ello.

***

Volvimos adentro al cabo de un rato. Estuvimos otra hora en la reunión, hablando con los demás, como si nada hubiera ocurrido en aquella terraza. Yo tenía las bragas empapadas de mi propia corrida y de la suya, pegadas al coño, recordándomelo cada vez que cambiaba de postura. Él me tomó de la mano cuando salimos hacia la calle. Me acompañó hasta la esquina de mi edificio.

—La próxima vez nos quedamos más tiempo —dijo antes de irse, con una sonrisa que no era inocente—. Y la próxima vez quiero probarte a ti.

Subí a mi apartamento pensando en eso, en la promesa implícita de una próxima vez, en la idea de su boca entre mis piernas haciéndome lo mismo que sus dedos me habían hecho pero mejor. Pero también pensaba en otra cosa. En el momento exacto. En lo que había visto. En la reacción que aquello había desencadenado en mí sin que yo lo buscara ni lo esperara.

En el baño, antes de ducharme, me quedé un momento quieta. Llevé los dedos a la nariz. El olor era nuevo, extraño, a semen y a mí mezclados, y sin embargo algo en mi cuerpo respondió a él exactamente de la misma manera que había respondido antes, con ese pulso sordo y urgente que ya conocía. Sin pensarlo demasiado saqué la lengua y probé lo que tenía en el pulgar. Salado, espeso, con un fondo raro que no supe describir. Y el coño me latió otra vez, tan fuerte que tuve que apoyarme en el lavabo. Bajé la mano libre por dentro de las bragas, encontré el clítoris hinchado y todavía sensible, y me hice correrme ahí de pie en menos de un minuto, mordiéndome el otro brazo para que mis padres no me oyeran desde el pasillo, con el sabor de él todavía en la boca.

Hice lo que hace la gente cuando descubre algo que la desconcierta y la atrae al mismo tiempo: me lo guardé. No se lo conté a nadie. No busqué explicaciones ni intenté ponerle nombre. Solo supe que aquella noche había descubierto algo sobre mí que no iba a olvidar fácilmente, y que tenía muchas, muchísimas ganas de que llegara la próxima vez.

Pero lo que ocurrió después es otra historia.

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Comentarios(8)

RocioBA

tremendo relato!!! me dejo sin palabras

LauritaM

Por favor seguí escribiendo, quedé con ganas de mas. Muy bueno!

GabiRdz_22

me recordo a mi primera vez, que tiempos aquellos jaja... muy bien contado la verdad

NandoVzla

buenisimo!!!

Jorvamo86

Lo que mas me gusta es como lo narraste, se siente cercano y real. La categoria primera vez siempre tiene algo especial y este relato lo captura perfecto. Seguí escribiendo!

patty_rdz

Me encanto como empieza la historia, engancha desde el principio. Saludos!

CarolinaSF

Muy bueno, pero se hizo corto! Espero la continuacion

LectoR_Salta

Que buen relato, superó mis expectativas. Gracias por compartirlo, saludos desde el norte

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