Lo que una travesti no olvida de su primera vez
Era sábado y el sol todavía no terminaba de caerse cuando me puse a arreglarme. No era un arreglo complicado: zapatillas, jogger gris, chomba oscura. La ropa de cualquier chico del barrio, sin nada que llamara la atención. Lo de afuera era lo de siempre, lo que el mundo esperaba ver cuando me cruzaban en la calle. Lo de adentro era otra historia.
Antes de vestirme, saqué del cajón el colaless negro. Lo sostuve un momento entre los dedos, sintiéndolo tan ligero como siempre. Era una prenda pequeña, casi nada, apenas unas tiras de encaje. Me lo puse con cuidado, ajustándolo bien sobre las caderas, y algo en mí se acomodó también. Llevaba ese colaless desde hacía meses cada vez que iba a estar con él. Era mi secreto, el único que me pertenecía del todo, el único que no necesitaba explicarle a nadie. Con eso puesto me sentía yo misma: completa, real, en el cuerpo que debería haber tenido siempre, aunque tuviera que cubrirlo todo con tela de jogger antes de salir a la calle.
Esperé sentada en el sillón. Miré el reloj dos veces sin necesidad. Afuera, el barrio hacía sus ruidos de sábado: música de algún vecino, voces de chicos en la vereda, el rumor lejano de la avenida. Todo igual que siempre. Yo, sin embargo, estaba más inquieta de lo habitual, aunque no sabía exactamente por qué.
Ramiro llegó puntual. Siempre llegaba puntual.
Lo recibí en la puerta con un beso rápido en la boca, mirando hacia los costados primero para asegurarme de que el pasillo estuviera vacío. Él aceptó el beso sin decir nada, con esa calma suya que a veces me desesperaba y otras me parecía el lugar más seguro del mundo. Salimos a la calle caminando separados, como hacen los amigos, con las manos en los bolsillos y una distancia prudente entre nuestros cuerpos.
Así éramos afuera. Dos amigos del barrio yendo a tomar algo un sábado a la noche. Nada más que eso.
***
La cervecería estaba llena esa noche. Conseguimos una mesa al fondo, uno frente al otro, con el ruido de la música y las conversaciones de los demás formando una burbuja a nuestro alrededor. Nadie nos miraba. Nadie nunca nos miraba, y eso era exactamente lo que necesitábamos para poder estar juntos de esa manera extraña y secreta que habíamos construido con el tiempo.
Tomamos la primera cerveza casi en silencio, mirándonos por encima del vaso. Con Ramiro no hacía falta llenar el tiempo con palabras. Tenía esa manera de escuchar con los ojos, de hacer que una se sintiera lo único importante en la sala aunque hubiera cincuenta personas alrededor. Me gustaba eso de él. Entre las muchas cosas que me gustaban, era una de las que más me había enganchado desde el principio.
La música subió un poco. Me incliné sobre la mesa y acerqué mi boca a su oreja.
—Llevo algo puesto debajo —le dije.
Él no preguntó qué. No necesitaba preguntar. Sonrió apenas, con esa sonrisa lenta que me desarmaba, y se mordió el labio inferior. Solo ese gesto. Solo eso, y yo ya sentía calor en el pecho.
Juntó sus pies debajo de la mesa y aprisionó los míos entre los suyos. No se tomó de mis manos. No hizo ningún ademán que alguien pudiera interpretar mal. Pero ese contacto mínimo, esa presión silenciosa debajo de la mesa, me encendió de una manera que no esperaba. Era como si todo el deseo que no podíamos mostrar afuera se concentrara en ese único punto de contacto, invisible para todos menos para nosotros dos.
Sonreí. Él también sonrió, mirándome.
Pasé la siguiente hora y media pensando en el camino de regreso a casa.
***
El regreso fue corto en distancia y largo en todo lo demás. Caminamos como habíamos venido: separados, hablando de cualquier cosa que no fuera lo que los dos teníamos en la cabeza. Del partido del fin de semana, de un amigo en común, de nada en particular. Pero yo sentía cada paso como si me acercara a algo que ya no podía detener, algo que llevaba semanas construyéndose entre nosotros sin que lo nombráramos todavía.
Cuando cerramos la puerta de mi departamento, él me dio una palmada en la cola.
Me di vuelta. Lo miré. Él también me miraba, pero sin el cuidado de afuera, sin la distancia calculada que usábamos en la calle. Fui yo quien dio el paso, como siempre. Lo abracé por el cuello y junté mi boca con la suya, y él respondió apretándome contra su pecho sin ninguna cautela. Sentí su erección presionando contra mi vientre, cálida incluso a través de la tela.
Nos separamos lo suficiente para mirarnos.
—Sos lo único que quiero —le dije. No era una frase que hubiera ensayado. Me salió sola, sin pensarla.
—Te deseo mucho —respondió él, y no dijo más porque no hacía falta.
Me levantó la chomba por sobre la cabeza y la dejó caer al piso.
***
Me quité el jogger yo misma, sin apuro, sin apartar los ojos de él. Quedé únicamente con el colaless negro, de pie en el pasillo de mi departamento, y sentí su mirada recorrerme de arriba abajo antes de que dijera una sola palabra. Ramiro no hablaba mucho en esos momentos. Miraba, y eso era suficiente.
Fui yo quien bajó el cierre de su pantalón. Fui yo quien empujó la tela hacia abajo, junto con el bóxer. Y fui yo quien se arrodilló frente a él en el piso frío del pasillo, porque quería estar ahí. Porque llevaba tiempo queriendo estar ahí y esa noche había decidido que nada iba a frenarlo.
Su pene estaba erecto frente a mí, grueso, oscuro, ligeramente palpitante. Lo conocía con la vista y con las manos desde hacía meses, pero nunca así, nunca tan cerca, nunca con la intención que tenía ahora. Lo tomé entre los dedos primero, con suavidad. Luego acerqué la lengua a la punta y lo recorrí despacio, de abajo hacia arriba, aprendiendo.
Él exhaló lento. Sus manos se posaron sobre mi cabeza, sin presionar, solo dejándolas reposar ahí.
Fui entrando más. Aprendiendo el peso, el ritmo, las señales de su cuerpo. Cuando hice movimientos de deglución para que la base de la lengua presionara contra él, lo sentí estremecerse. Sus piernas se pusieron rígidas. Sus dedos se cerraron un poco sobre mi cabeza, todavía sin empujar, pero ya sin la calma de antes.
Cuando lo llevé demasiado adentro tuve una arcada y me aparté. Respiré. Volví.
—Me voy a venir —dijo con la voz apagada. Intentó apartarse, darme espacio para decidir.
No lo dejé. Me aferré a sus caderas con las dos manos y apreté los labios alrededor de él. Lo necesitaba. Llevaba tiempo queriendo saber qué era eso: su sabor, su olor, esa entrega que nadie más iba a recibir.
Acaricié con los dedos el espacio entre sus muslos, suave, sin apuro. Él dijo mi nombre una vez, en voz baja, casi sin aliento. Y entonces se vino.
El semen llenó mi boca de golpe: cálido, espeso, con un sabor que no se parecía a nada que hubiera conocido antes. Me quedé quieta, sosteniéndolo todo. Luego lo solté despacio, abrí la boca y le mostré lo que tenía sobre la lengua. Él me miró desde arriba con algo en los ojos que no supe nombrar del todo. Cerré los labios y tragué.
Me levanté con las rodillas entumecidas y una extraña sensación de haber cruzado algo que no se podía descruzar. No de haber hecho algo malo. Todo lo contrario: de haber llegado finalmente a un lugar al que llevaba tiempo queriendo llegar.
***
Me tomó de la mano y me llevó al baño.
Nos duchamos juntos bajo el agua caliente. Yo de espaldas a su pecho, rodeada por sus brazos, con la cabeza inclinada hacia atrás para llegar a su boca. El agua caía sobre los dos, primero muy caliente y luego tibia, y yo cerraba los ojos y no pensaba en nada que no fuera esa presión, esa calidez, esa manera en que él me sostenía sin que yo se lo pidiera.
Me besaba el cuello. La oreja. El hombro. Sus manos recorrían mi cintura, mis caderas, sin apuro, como si tuviéramos toda la noche por delante. Y la teníamos.
Sentí cómo empezaba a recuperarse su erección contra mi espalda.
—Vamos a la cama —me propuso al oído.
Nos secamos con las dos toallas que había dejado colgadas. Él me cargó en brazos desde la puerta del baño hasta el dormitorio, y yo me dejé cargar, riendo un poco, sin saber muy bien por qué. Me dejó sobre el colchón y se dejó caer encima de mí, aplastándome con su peso, inmovilizándome de una manera que no me molestaba en lo más mínimo.
No podía hacer nada más que acariciarle la espalda.
Él se rió.
—¿Qué pensás hacer si no me muevo? —preguntó.
—Esperarte —respondí. Y lo decía en serio.
Se rió otra vez, pero se movió. Me volteó boca abajo con facilidad, con esas manos que sabían exactamente dónde ir. Separó mis caderas y bajó la cabeza.
Cuando sentí su lengua en mi ano me tensé primero, un reflejo involuntario, y luego me fui soltando. Empezó despacio: movimientos lentos, arriba y abajo, sin apuro. El esfínter fue cediendo poco a poco bajo esa atención paciente. Cuando introdujo el primer dedo lo sentí como un alivio más que como una intrusión. Luego el segundo. Los dobló hacia adentro, con cuidado, y yo hundí la cara en la almohada para ahogar lo que salía de mi garganta.
—Ponete de rodillas —me pidió.
Lo hice.
Se colocó detrás y apoyó la punta de su pene en la entrada que ya estaba lista para recibirlo. Lo recibí sin resistencia, despacio primero, luego de golpe hasta el fondo, y el grito que no pude controlar se quedó apagado contra la almohada.
Empezó a moverse. Ritmo fuerte, constante. Yo me aferraba a las sábanas sin saber qué parte del cuerpo atender primero: la cabeza que giraba, las rodillas que temblaban, el pecho que no terminaba de respirar del todo. Mi propio pene, olvidado entre mis piernas, expulsó un hilo de líquido sin que yo lo buscara, sin que yo pudiera hacer nada, como un cuerpo que hace lo que puede cuando la mente ya no lo gobierna.
Después lloré.
No sé por qué. No fue tristeza ni arrepentimiento. Fue algo que no tenía nombre todavía, algo que llevaba tiempo acumulado en un lugar que yo no sabía que existía y que esa noche encontró por fin la manera de salir.
Ramiro me apretó las caderas con las manos, con fuerza, hundiendo los dedos, y se vació adentro de mí con un sonido que solo yo llegué a escuchar desde dentro.
***
Nos quedamos quietos un momento, él todavía dentro de mí, su peso aplastándome contra el colchón. Luego se apartó despacio y se acostó a mi lado.
No me preguntó por qué había llorado. Solo puso una mano en mi espalda y la dejó ahí, quieta y caliente, mientras yo recuperaba la respiración y el mundo volvía a tener sus bordes de siempre.
Afuera el barrio seguía igual. La música del vecino, el ruido lejano de la avenida, algún auto que pasaba. El mundo que no sabía nada de lo nuestro.
Adentro, con él a mi lado y su mano en mi espalda, yo era exactamente lo que siempre había sabido que era.
Valentina