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Relatos Ardientes

La primera vez fue con la chica que más odié

Ha pasado más de veinte años desde aquella noche en la sierra, y todavía me resulta difícil encontrarle la lógica. Mi esposa, Valentina, está en la cocina silbando mientras prepara el desayuno, y a veces me quedo mirando el perfil de su cara y pienso en la primera vez que la vi: cinco años, pelo largo suelto, ojos color avellana. Y la primera cosa que hizo al cruzarse conmigo en el aula del preescolar fue sacarme la lengua.

Yo le tiré el sándwich. Ella me devolvió el gorro. Yo le arranqué una trenza. Ella me mordió el brazo. Así empezó todo.

Era la menor de cuatro hermanos varones y se notaba en cada movimiento. Valentina no cedía ante nada ni nadie. Si yo la agarraba del pelo, ella metía la rodilla sin dudar. Si yo le tiraba algo, lo devolvía con mejores reflejos y sin el menor rastro de llanto. En el patio del preescolar éramos una atracción permanente: las maestras terminaron por resignarse y simplemente nos ubicaban en extremos opuestos del salón, esperando que el día terminara sin heridos graves.

No siempre lo lograron.

Seguimos así durante años. Siempre en el mismo salón, por esas crueldades del orden alfabético o de alguna maestra con sentido del humor que nadie apreciaba. Con el tiempo, la violencia física fue cediendo a otra cosa. En los últimos años de primaria ya no nos golpeábamos, pero nos lastimábamos igual. Yo llegaba al aula y hacía un comentario en voz alta sobre un olor repentino. Ella llegaba y decía que alguien había dejado entrar corriente de aire podrido. Los compañeros nos miraban con esa mezcla de hastío y diversión con que se mira a un matrimonio que no sabe que lo es.

La señorita Carmen, que nos dio Lengua en séptimo grado, fue la primera en ponerlo en palabras. Un martes de mayo nos hizo sentar frente a frente, nos miró uno a uno, y dijo con mucha calma:

—Guárdense esto: dos personas que se dedican tanto tiempo y tanta energía a hacerse la vida imposible, por lo general, se importan más de lo que están dispuestas a admitir. Ya verán.

Valentina le respondió que antes se casaba con un sapo. Yo dije que no me pararía ni en la vereda de enfrente si la veía caer. La señorita Carmen se rió sola, sin apuro, y no agregó nada más.

***

Teníamos dieciocho años cuando ocurrió lo que ocurrió. Último año del secundario, excursión de invierno a la sierra con el profesor de educación física, un hombre nuevo que había llegado en marzo y que todavía no sabía nada sobre nosotros. Al armar los grupos para las actividades del segundo día, nos tocó juntos. El grupo entero se rió a carcajadas. El profesor no cambió nada.

Salimos con el sol de la mañana: yo con la mochila completa, campera térmica, brújula; ella con una mochila pequeña y las manos en los bolsillos. La colina asignada quedaba detrás de un bosquecillo a unos cuarenta minutos de la base. Caminamos sin decir una sola palabra, con un metro y medio de distancia entre nosotros, como si fuera un territorio acordado en silencio.

No sé en qué momento exacto llegó la niebla. En esa zona del sur, el clima cambia sin avisar. La visibilidad cayó a diez metros en cuestión de minutos y con ella la temperatura. Yo me abroché la campera. Valentina se cruzó los brazos sobre el pecho.

—Si no fueras tan antipático, me darías el abrigo —dijo.

—Si no fueras tan caprichosa, habrías traído el tuyo.

Ella resopló y empezó a bajar en la dirección que le dictaba su intuición. Yo lo vi en la brújula de inmediato.

—Es para el otro lado.

—Sé perfectamente a dónde voy.

No sabía. Pero la seguí de todos modos. No me lo pidió. Y yo no supe explicarme por qué lo hacía mientras lo hacía. Simplemente no podía dar la espalda.

Caminamos más de una hora. Cuando la niebla se puso tan espesa que no veíamos el suelo bajo los pies, Valentina se sentó en una roca y admitió, sin mirarme:

—Puede que estemos perdidos.

—Puede —dije.

Tenía los labios levemente amoratados. Sus manos, que nunca habían temblado delante de mí, temblaban.

***

Encontramos dos rocas grandes con una hendidura entre ellas, lo suficientemente profunda para los dos, apenas. Corté arbustos de hojas anchas con el cuchillo de la mochila y los extendí en el suelo como base. Improvisé un techo con ramas y una manta térmica de emergencia, que aseguré con piedras en los bordes para que la brisa no la moviera. Valentina recogió leña sin que yo se lo pidiera, en silencio, con la misma eficiencia práctica con que hacía todo. Había algo diferente en ese silencio: no era hostil, era concentrado. Los dos entendíamos que estábamos en la misma situación y que pelearnos no nos iba a sacar de ella.

Encendí el fuego con el yesquero de la mochila. Valentina se arrimó y puso las manos extendidas hacia las llamas.

Preparé café con un sobre y el termo. Se lo alcancé sin decir nada.

—Gracias —dijo.

Era la primera vez en trece años que me lo decía.

La lluvia llegó alrededor de las nueve. Primero fina, después persistente y fría. El techo aguantó, pero el frío se metía por todos lados y la temperatura seguía bajando. Noté que los labios de Valentina pasaban del rosado al violeta y entendí que el fuego solo no alcanzaba: era hipotermia incipiente, y el problema estaba adentro.

—Necesitás calor de verdad —le dije—. El fuego no es suficiente.

Me miró con desconfianza.

—¿Qué estás proponiendo?

—Lo que dice cualquier manual de supervivencia. Meterse en la bolsa de emergencia y juntar el calor corporal. Nada más.

Silencio. La lluvia golpeando afuera.

—Está bien —dijo.

Nos metimos en la bolsa de dos plazas, cubiertos por las mantas térmicas. Yo le froté la espalda despacio, en círculos, para activar la circulación. Ella fue dejando de temblar de a poco. El fuego crepitaba. La lluvia caía sin parar afuera. Y en algún punto entre las diez y las once de la noche, algo cambió en el aire del pequeño refugio.

Me giré para verla y la encontré mirándome. De cerca, en esa luz anaranjada, Valentina era otra persona. No la rival del patio. Era una chica con los ojos muy abiertos y algo que no había visto nunca en ellos antes: incertidumbre genuina.

—¿Qué estás mirando? —susurró.

—A vos —dije.

No respondió. Pero tampoco se alejó.

***

Nos besamos. No recuerdo con exactitud quién se movió primero. Lo que sí recuerdo es que fue demasiado intenso al principio, casi con rabia, como si hubiéramos querido meter trece años de energía mal gastada en una sola cosa.

Ella me puso la mano en el pecho y me detuvo.

—Así no —dijo.

La miré.

—Si va a pasar algo —dijo más despacio—, quiero que sea de verdad. No con rabia. Tengo frío, estoy asustada, y no quiero que sea solo por eso.

Entendí lo que me estaba pidiendo. Algo en mí se relajó de verdad por primera vez en la noche.

—Bien —dije.

Volvimos a empezar, pero diferente. Le pasé la mano por el pelo y ella cerró los ojos. Nos besamos sin apuro. Sus manos dejaron de estar tensas. Las mías también.

Era su primera vez. Y la mía. Nos lo dijimos casi al mismo tiempo y nos reímos, los dos, juntos, por primera vez en trece años.

Me tendí de espaldas y sentí el peso de su cuerpo acomodarse sobre el mío. Sus manos eran cálidas y precisas. Su piel olía a humo y a algo más, algo propio de ella que no supe identificar pero que desde esa noche asocié con ella para siempre. Cuando entré en ella fue despacio, con cuidado, prestando atención a cada señal. Sus caderas respondieron con una presión suave, guiándome. Sentí cómo su cuerpo se adaptaba al mío, cómo su respiración cambiaba de ritmo, cómo sus dedos encontraban mi espalda y se quedaban ahí.

Valentina era todo lo que debería haber notado desde hacía años: la precisión de sus movimientos, la calidez de su voz cuando no la usaba para hacerme daño, la manera en que apretaba los ojos cuando algo la superaba. Me escuché decir su nombre. La escuché decir el mío —Lucas, solo eso, sin ironía— y fue suficiente para que todo lo anterior desapareciera.

Hicimos el amor dos veces esa noche. La segunda fue diferente a la primera: más segura, más nuestra. Aprendimos los dos al mismo tiempo, sin que ninguno tuviera que fingir que sabía más de lo que sabía.

Cuando terminamos, nos quedamos quietos escuchando la lluvia. Yo miraba el techo improvisado de ramas. Ella tenía la cabeza apoyada en mi pecho y la mano abierta sobre mi costado.

***

—¿Sabés que no me perdí? —dijo ella, mucho después.

La miré.

—Sabía perfectamente que caminábamos en paralelo al campamento. Te lo hice creer para ver qué hacías.

—Para ver si te dejaba sola.

—Sí.

Un silencio largo. Afuera, la lluvia empezaba a ceder.

—No lo hiciste —dijo.

—No —respondí.

Apretó un poco la mano sobre mi costado.

—Desde que la señorita Carmen nos dijo eso, en séptimo, empecé a verte diferente. Te vi de verdad. Y decidí que si alguna vez pasaba algo entre nosotros, sería con vos. Que eras el único con quien quería que pasara. Por eso nunca me acerqué a nadie más.

No supe qué decir. No creo que hiciera falta.

Nos encontraron al amanecer. El grupo entero se quedó en silencio cuando salimos de entre las rocas. El profesor de educación física fue el único que sonrió. Valentina y yo caminamos juntos de vuelta al campamento, hombro con hombro, sin decir nada.

***

Cuatro años después nos casamos. Teníamos veintitrés. La familia entera dijo que era demasiado rápido. Los que nos conocían desde el preescolar dijeron que era un milagro, aunque la señorita Carmen, a quien invitamos a la boda, dijo que era lo más predecible que había visto en su vida.

Hoy tenemos tres hijos. El mayor tiene quince años y la menor, que tiene seis, es idéntica a su madre: pelo largo, ojos avellana, esa manera de plantarse frente al mundo que no acepta rendirse. Hay un nene en su clase con quien pelea todos los días. Cuando nos lo cuentan, Valentina y yo nos miramos y no decimos nada.

Solo sonreímos. Hay cosas que no necesitan explicación.

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Comentarios (5)

Rafa33

que buenisimo!!! me engancho desde el principio, no pude parar de leer

Felix_Mendo

Por favor seguí con esto, me quedé con ganas de saber como siguio todo. Excelente relato.

Javier_rdz

increible la tension que se crea antes de que pase todo, muy bien logrado

ValeBaires

me recordo a alguien que tampoco me caia bien en el colegio jaja. La vida tiene su forma de sorprenderte. Gracias por compartirlo!

RomeoLector

Lo que le da valor a este relato es el contexto previo entre ellos. Eso lo diferencia de muchos otros que se leen por ahi. Muy buena narrativa, felicitaciones.

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