La primera vez que fui más lejos con una chica
Nunca fui de los que se acercan fácilmente. En la secundaria me sentaba al fondo del salón, escuchaba música con los auriculares puestos y observaba cómo los demás hacían lo que yo no sabía hacer: hablar, reír, coquetear sin que se les notara el esfuerzo. A los dieciséis años todavía no había besado a nadie. A los diecisiete, tampoco.
Lo que sí hacía, y mucho, era pasar horas frente a la computadora. No era orgullo, solo honestidad. Sabía cómo funcionaba el cuerpo de una mujer mejor que el mío propio. Conocía técnicas, ángulos, tiempos. Pero todo eso era teoría, y la teoría no te prepara para la primera vez que tu mano roza un pecho de verdad.
Conocí a Camila cuando tenía dieciocho años. Era mayor que yo, vivía en otro barrio y se tomaba dos colectivos para venir a visitarme los fines de semana. No era la chica más delgada del mundo, pero tenía una manera de mirarte que hacía que el resto de la habitación desapareciera. Me gustaba sin que yo entendiera bien por qué. Supongo que eso es suficiente razón.
La primera vez que la besé, en el pasillo de su casa mientras sus padres veían televisión en el cuarto del fondo, me temblaron los dedos. No supe qué hacer con las manos. Las dejé colgando a los costados como si no me pertenecieran.
Con el tiempo aprendí a usarlas.
Empecé despacio. Primero posé una mano sobre su hombro mientras nos besábamos en el sofá de mi cuarto. Después, en otra visita, la deslicé unos centímetros. No decíamos nada. Los dos fingíamos que no estaba pasando nada. Pero sí pasaba. Se notaba en cómo respirábamos.
Una tarde de otoño, mientras afuera llovía y el ruido del tráfico llegaba amortiguado por la ventana cerrada, la estaba besando cuando acerqué mi mano a su pecho por encima de la ropa. Solo apoyé la palma. No presioné, no moví los dedos. Solo la dejé ahí. El corazón me latía tan fuerte que estaba seguro de que ella lo sentía.
No la retiró.
Seguimos besándonos. Yo seguí con la mano en el mismo lugar. Después de un rato empecé a moverla suavemente, como si explorara sin destino preciso. Ella respiraba más despacio. En un momento me detuve, inseguro, y retiré la mano sin querer hacerlo. Miedo, supongo. O falta de práctica.
Fue ella quien la volvió a poner donde estaba.
Sin decir nada. Solo tomó mi mano y la acomodó sobre su pecho, y siguió besándome como si nada hubiera cambiado. Para ella quizás no había cambiado. Para mí había sido todo.
***
La relación con Camila duró varios meses más, pero nunca pasamos de eso. Nos besábamos, nos tocábamos por encima de la ropa, y ahí se detenía todo. No sé si era culpa mía o de ella o de la distancia o de que ninguno de los dos supo cómo dar el siguiente paso. Cuando cortamos, guardé ese recuerdo —su mano guiando la mía— como si fuera algo valioso. Porque lo era.
Pasó casi un año antes de que conociera a Marisol. Fue en una reunión de trabajo, de esas donde nadie quiere estar pero termina tomando más cerveza de la que debería. Ella era ruidosa y directa y no tenía ningún problema en decir lo que pensaba. Todo lo contrario a mí. Me llamó la atención desde el momento en que la vi discutir con el gerente de ventas sobre el presupuesto del trimestre con la misma tranquilidad con que alguien pide la sal.
Marisol era morena, de contextura robusta, con el pelo negro hasta los hombros y una sonrisa que no pedía permiso. A las dos semanas de conocernos me propuso ser pareja. No de manera sutil, no con insinuaciones. Me lo preguntó directamente mientras comíamos sándwiches en un banco de plaza. Dije que sí antes de terminar de masticar.
Con ella las cosas fueron distintas desde el principio. Los primeros besos fueron directos, sin la timidez que había marcado todo lo que yo había hecho antes. Ella no esperaba que yo tomara la iniciativa: simplemente la tomaba, y eso me obligó a ponerme al nivel. Con Camila había aprendido a leer señales, a avanzar despacio. Con Marisol las señales venían antes de que yo las buscara.
Cuando nos besábamos, mis manos ya no se quedaban quietas. Había aprendido algo: que el movimiento importa, que la pausa también, que a veces no pasar de un límite durante semanas hace que cruzarlo sea más intenso cuando finalmente ocurre.
Una noche, mientras sus padres dormían al fondo del departamento y la televisión del living hacía ruido solo para cubrir los nuestros, metí la mano por debajo de su blusa. Fui despacio, buscando señales. No hubo ninguna señal de que debería parar, así que seguí. Encontré el borde de su sostén y me detuve ahí un instante, con los dedos sobre el encaje, sintiendo el calor que salía de su piel.
Ella metió sus manos debajo de mi remera.
Así estuvimos un rato, avanzando y retrocediendo por centímetros, moviéndonos en ese espacio donde todavía no había nada decidido pero ya todo estaba en movimiento. Yo avancé un poco más. Un dedo por debajo del borde del corpiño. Su piel era suave, cálida, y yo estaba demasiado nervioso como para articular ningún pensamiento coherente.
Cuando finalmente toqué su pezón, ella contuvo el aliento.
Yo entendí que eso era la respuesta que estaba buscando.
***
La semana siguiente fue larga. Me distraía en el trabajo pensando en esa noche, en la textura de su piel, en el sonido de su respiración cambiando apenas. Me masturbé recordándolo más de una vez y no me avergüenza decirlo. Era lo único que tenía hasta que volviera.
Cuando regresó, yo ya sabía lo que quería intentar. No exactamente el plan, pero sí la dirección.
Empezamos en el mismo sillón de siempre. Nos besamos. Mis manos volvieron adonde habían estado la semana anterior, pero esta vez fui más directo. Levanté su blusa. Ella levantó los brazos para dejarme y ahí estaban, su sostén color azul oscuro y esas tetas grandes que yo llevaba días imaginando de cerca.
La miré. Ella me miró.
Le bajé el sostén.
No sé cómo describir lo que sentí en ese momento. No fue lo que uno esperaría después de años viendo pornografía. No fue una escena de película con música de fondo y luz perfecta. Fue real, y la realidad tiene una textura completamente distinta a todo lo demás. Más áspera, más directa, más intensa.
Pasé un rato largo ahí. La besé en el cuello mientras le pasaba las manos por los pechos. Ella inclinó la cabeza hacia atrás. Bajé a besarla ahí, primero despacio, después con más presión, después rozando con los dientes, y ella apretó mi nuca con la mano.
—Así —dijo en voz muy baja.
Solo eso. Pero fue suficiente para que yo supiera que no estaba equivocado.
Mientras la besaba, su mano encontró el camino hasta mi pantalón. Sentí sus dedos a través de la tela primero, después directamente. Casi no podía pensar. Le desabroché el pantalón. Ella hizo lo mismo con el mío. Nos movimos hacia la cama sin hablar, como si hablar fuera a interrumpir algo que estaba pasando solo.
La ayudé a desvestirse. Me desvestí. Quedamos los dos sobre el colchón y yo me quedé mirándola por un segundo, sin saber muy bien qué hacer primero. Ella esperó. No me apresuró. Ese detalle fue importante: el que no me apurara me permitió pensar.
Empecé a besarla en el cuello, en los hombros, en los pechos. Bajé despacio por su abdomen, con las manos apoyadas a los costados de su cintura. Cuando llegué entre sus piernas, me detuve un momento. No por duda, sino para procesar que esto era real y estaba pasando de verdad.
Estaba mojada.
La besé ahí. Ella llevó mi cabeza hacia ella con ambas manos, sin fuerza pero con claridad. Yo continué, ajustando el ritmo según lo que ella indicaba con el cuerpo. Cuando apretaba más fuerte, mantenía el mismo movimiento. Cuando soltaba un sonido, buscaba la variación que lo provocaba. Era como aprender un idioma que no tenía palabras.
Después de un rato me jaló hacia arriba.
—Ven —dijo.
Me coloqué sobre ella. Me temblaban los brazos. Acerqué mi cadera a la suya y busqué el ángulo, que no es tan obvio como parece cuando uno nunca lo ha hecho.
—¿Quieres? —le pregunté.
—¿Tú no? —respondió con una sonrisa torcida.
—Sí —dije.
—Entonces sí.
Entré despacio. Costó al principio: la presión, el nerviosismo, el ángulo que no terminaba de encontrar. Pero después ya estaba adentro, y eso era lo único que existía en ese momento. El calor. La presión. Su respiración pegada a mi oído.
Empecé a moverme. Ella también. Encontramos un ritmo que no era perfecto pero era nuestro. La besé mientras nos movíamos. Ella tenía los ojos cerrados y la boca ligeramente abierta y yo me pregunté si mi cara también mostraba lo que estaba sintiendo.
Esto es lo que es.
Llevábamos varios minutos cuando sonó el teléfono.
No el mío. El de ella.
Lo ignoramos. Siguió sonando. Ella abrió los ojos.
—Es mi mamá —dijo—. Tengo que contestar.
Se separó de mí. Contestó. Por la conversación entendí que la estaban esperando, que había olvidado avisar que llegaría tarde. Se disculpó, colgó y me miró con una expresión entre lo culpable y lo divertido.
—Tengo que irme —dijo.
—Lo sé —dije.
Nos vestimos en silencio. La acompañé hasta la esquina y la vi subir al colectivo. Volví a casa caminando. No eyaculé. No terminamos como cualquiera de los dos hubiera querido. Pero mientras las luces de la calle me iluminaban la cara, no sentí frustración ni enojo.
Sentí que algo había cambiado. Que yo había cambiado.
El resto vino después, con más tiempo y sin interrupciones. Pero esa parte de la historia ya es otra.