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Relatos Ardientes

Me vestí de travesti y el guardia me encontró

Había guardado cada cosa con tiempo. Primero el vestido, azul marino oscuro con vuelo en la falda. Luego la peluca, castaña y larga hasta los hombros. Después el maquillaje, poco, lo suficiente para darme color. Y al final el labial, rojo intenso, guardado para el momento exacto. El conjunto de lencería estaba en el fondo de la mochila, doblado con cuidado, negro y de encaje fino.

Ese jueves salí de casa con el corazón acelerado y una excusa que nadie me había pedido. Tomé el autobús hasta la reserva natural de la costa, a una hora de la ciudad. Era temporada baja. En la entrada, una garita pequeña con un guardia uniformado que me cobró la entrada sin apenas mirarme. Le di el dinero con una sonrisa y seguí caminando.

El sendero bordeaba los acantilados durante casi tres kilómetros. Caminé despacio, mirando el mar a la izquierda y los pinos bajos a la derecha. Al fondo, pasado el último mirador habilitado, estaban las ruinas de un mirador que nunca se terminó: losa de cemento, paredes a medio levantar, maleza crecida entre las grietas. Lo había visto en fotos en internet. Era exactamente lo que buscaba.

Me senté en el borde de una pared con vistas al agua y abrí la primera cerveza.

El viento venía fresco del mar. A lo lejos, el ruido de unas gaviotas. Nada más. Nadie.

Me tomé tres cervezas despacio, dejando que los nervios se fueran diluyendo en el alcohol y en la brisa. Para la cuarta ya no me temblaban las manos.

Me desnudé deprisa, antes de que los nervios volvieran. Primero la lencería: la textura del encaje sobre la piel me sorprendió, algo suave y extrañamente calmante. Luego el vestido, ajustado arriba y con vuelo en la falda. La peluca tardó un poco más en quedar bien colocada. El maquillaje fue torpe, nunca había practicado lo suficiente. El labial lo apliqué al final, mirándome en el espejo de bolsillo que había traído.

La persona que me miraba desde ese espejo sonreía.

Caminé por la losa de cemento con el vestido moviéndose alrededor de mis muslos y el viento colándose por debajo de la tela, rozándome la polla apretada contra el encaje de la tanga. Había una sola palabra para describir lo que sentía: libre. Libre y, por primera vez en mucho tiempo, reconocible. Como si el cuerpo y lo que había dentro de él hubieran llegado, por fin, a un acuerdo.

Entonces escuché pasos.

Me giré.

El guardia de la entrada estaba ahí, a unos quince metros, con la linterna apagada en la mano aunque era pleno día. Me miraba con una expresión que no era hostilidad, ni asco, ni alarma. Era la expresión de alguien que acaba de ver algo inesperado y está procesando lo que tiene delante.

El pánico me subió del estómago a la garganta. Calculé distancias, salidas, excusas. Nada de lo que se me ocurrió tenía sentido.

Pero él no hizo nada de lo que yo esperaba.

—Disculpe —dijo con voz tranquila, casi informal—. Estoy haciendo la ronda. En esta zona no se puede acampar ni hacer fuego.

—No iba a hacer ninguna de las dos cosas —respondí. Me sorprendió lo firme que me salió la voz.

Él asintió lentamente. Sus ojos recorrieron el vestido, la peluca, las piernas. Sin desprecio. Con algo que no supe nombrar bien en ese momento.

—Está bien —dijo—. Que siga disfrutando.

Dio media vuelta y empezó a alejarse.

—Espere —dije, sin haberlo planeado.

Él se detuvo.

No sé qué me llevó a decirlo. Quizás fue el alcohol. Quizás fue que llevaba meses esperando ese día y no quería que terminara con miedo.

—Es la primera vez que hago esto —le dije—. Quería que alguien lo supiera.

Él me miró durante un momento. Luego caminó de regreso despacio y se apoyó contra la pared, a unos metros de mí.

—¿Y cómo va? —preguntó.

—Bien —respondí—. Hasta que llegó usted.

Sonrió. Una sonrisa pequeña, sin burla.

—Sigo aquí y no ha pasado nada malo —señaló.

Tenía razón. Seguía ahí, con el vestido y la peluca y el labial rojo, y el mundo no se había caído. Solo había un guardia apoyado en una pared mirándome con una curiosidad que, cuanto más la observaba, menos parecía simple curiosidad. Los ojos se le iban a los muslos, a la tela levantada apenas por la brisa, y volvían a mi cara.

—¿Puedo quedarme un momento? —preguntó—. Si no le molesta.

No debería haberle dicho que sí. Lo dije igual.

***

Nos sentamos en el borde de la losa con vistas al mar, separados por medio metro. Él tendría cuarenta y tantos, cara curtida de alguien que lleva años trabajando al aire libre. Habló un poco de la reserva, de los turistas raros que encontraba de vez en cuando. Yo escuché, terminando la última cerveza, sintiendo el vestido moverse con el viento y el encaje raspándome ahí abajo con cada respiración.

En algún momento la conversación se apagó sola.

—¿Le gusta que la vean así? —preguntó en voz baja, sin mirarme.

La pregunta me cayó directo al pecho, y también más abajo. Sentí cómo la polla se me despertaba contra el encaje de la tanga.

—Sí —respondí, después de un momento—. Me gusta que alguien me vea. Que alguien quiera lo que ve.

Silencio.

—La veo —dijo—. Y me gusta lo que veo.

No fue una frase pretenciosa. La dijo como quien constata un hecho, simple y sin adornos. Y esa sencillez me hizo sentir algo que no esperaba: no excitación, no todavía, sino algo más parecido al alivio. La excitación vino después, un segundo más tarde, subiéndome por las piernas.

Me giré hacia él. Él también se giró hacia mí. De cerca, sus ojos eran más claros de lo que parecían desde lejos, y bajaban sin disimulo por mi escote falso, por mis muslos apretados, por el bulto que ya empezaba a marcarse en la falda.

—Tiene arena en la falda —dijo.

—Lo sé.

—¿Quiere que se la sacuda?

Asentí.

Se levantó, y yo también. Con una mano sujetó la tela por el dobladillo y con la otra empezó a sacudir, primero por la parte de atrás. Cuando llegó a la parte baja del vestido la palmada fue más deliberada, sobre la tela, sobre lo que había debajo. La mano se detuvo sobre el culo, presionando, midiendo la forma bajo el encaje. Me quedé quieta. Un dedo se metió por el borde de la falda y subió despacio por la parte de atrás del muslo hasta engancharse en la tanga. Sus manos se posaron en mis caderas desde atrás y me atrajo contra él. Sentí su verga dura contra el culo, gruesa a través del pantalón del uniforme.

—¿Bien? —preguntó, con la boca pegada a mi cuello.

—Sí —dije, y empujé el culo hacia atrás para sentirlo mejor.

Se rio bajito contra mi oreja. Una mano subió por el vestido y me apretó una teta falsa acolchada, riéndose de nuevo cuando entendió el truco. La otra bajó por delante hasta encontrar mi polla dura apretada contra el encaje de la tanga.

—Mira lo que hay aquí —murmuró, apretándomela por encima de la tela.

Se me escapó un gemido. Él me la trabajó despacio sobre el encaje, midiéndomela con la palma, mientras seguía frotándose contra mi culo por atrás.

—Vamos adentro —dijo—. Aquí cualquiera puede pasar.

***

La garita era pequeña: una silla, una mesa con un termo, una ventana sin vidrio por la que entraba la brisa del mar. Encendió una vela de emergencia que había en el cajón —«para los cortes de luz», explicó— y esa luz amarilla lo cambió todo. El espacio parecía más reducido, más íntimo, más separado del resto del mundo.

Yo estaba de pie frente a él, con el vestido y la peluca y el labial ya corrido de haberme mordido los labios nerviosamente, y él me miraba sentado en la silla como quien estudia algo que no acaba de creer. Con la mano derecha se apretaba la polla por encima del pantalón, sin disimular.

—Gira —dijo.

Giré.

Escuché que se levantaba. Sus manos se posaron en mis hombros por detrás y me hicieron dar media vuelta hasta quedar frente a él. Sus ojos estaban muy cerca de los míos.

—¿Primera vez de verdad? —preguntó.

—De verdad.

Me dio un beso despacio, con cuidado, como si tuviera miedo de que algo se rompiera. Yo no me rompí. Le devolví el beso y sentí cómo sus manos me sujetaban por la cintura con una firmeza tranquila. Después el beso se hizo más hondo, la lengua entrando y buscando la mía, mientras una mano bajaba por atrás y me agarraba entero el culo por encima del vestido, apretando, midiéndomelo.

Nos quedamos así un rato, de pie en esa garita que olía a protector solar y café frío, con la vela chisporroteando y el mar sonando lejos. Su verga dura empujaba contra mi vientre a través del pantalón, marcando toda su forma.

—¿Qué quieres? —preguntó, cuando se separó.

La pregunta era sencilla y era enorme al mismo tiempo. Nadie me la había hecho antes, no así, no mirándome a los ojos, no con la mano metida por debajo del vestido apretándome el culo por encima del encaje.

—Quiero que me veas —respondí—. Quiero sentirme deseada. Quiero que me la metas.

Lo dije sin pensarlo. Me sorprendió a mí más que a él. Él sonrió despacio.

—Todo eso te voy a dar —dijo—. Pero de a poco. Mostrate primero.

Dio un paso atrás y se sentó en la silla de nuevo, y yo entendí ese gesto: me estaba pidiendo que me mostrara.

Caminé por el espacio reducido de la garita. El vestido se movía. Él miraba, con la mano apretándose el bulto del pantalón por encima de la tela. Sentí cómo algo en mí se soltaba, alguna tensión que había estado cargando tanto tiempo que ya no notaba su peso.

Me detuve frente a él.

—¿Puedo? —pregunté, con la mano en el dobladillo del vestido.

—Sí —dijo, sin dudar—. Todo. Sacate todo.

Levanté el vestido despacio. El encaje de la lencería quedó expuesto bajo la luz de la vela, y con él el bulto duro de mi polla marcada contra la tela negra. Vi cómo cambiaba su expresión.

—Dios —dijo en voz baja. No era exclamación. Era confirmar algo—. Qué duro estás.

Se abrió la bragueta del pantalón sin dejar de mirarme y sacó la verga. Era gruesa, más gruesa de lo que yo esperaba, con la punta ya brillante de líquido pre. Se la agarró con una mano y empezó a trabajársela despacio, mirándome.

—Seguí —dijo—. Sacate el vestido.

Me pasé el vestido por la cabeza y lo dejé caer al suelo. Quedé de pie frente a él en tanga negra de encaje, sostén con relleno también negro, la peluca castaña, el labial corrido. Mi polla asomaba por el borde de la tanga, hinchada, mojando el encaje.

Se levantó y se arrodilló frente a mí con una naturalidad que no esperaba. Sus manos recorrieron mis piernas desde las rodillas hacia arriba, con una lentitud deliberada. Cuando llegó a la cintura de la lencería se detuvo y me miró.

—¿Bien?

—Sí.

Me bajó la tanga con cuidado, hasta la mitad de los muslos, y mi polla saltó libre delante de su cara. Se la quedó mirando un segundo con una media sonrisa, como midiéndola. Después la agarró con la mano y me la lamió de abajo hacia arriba, desde los huevos hasta la punta, en una sola pasada larga y húmeda.

Se me doblaron las rodillas. Me apoyé con las palmas contra la pared de atrás.

Volvió a lamerme, esta vez con más ganas, chupándome los huevos primero, cada uno por separado, metiéndoselos enteros en la boca. Después subió por el tronco con la lengua plana, empapándome, y cuando llegó a la punta me la metió entera en la boca de golpe hasta la garganta.

—Puta madre —gemí, echando la cabeza para atrás contra la pared.

Empezó a chupármela con hambre, como si llevara mucho tiempo esperando esa polla. Sus manos me agarraban el culo, apretando, guiándome para que empujara la cadera contra su cara. Yo le fui perdiendo el respeto rápido: le agarré la peluca —no, la cabeza, el pelo corto y crespo— y empecé a follarle la boca despacio, mirándolo desde arriba.

Él me miraba sin dejar de chupar, con los ojos aguados y la baba corriéndole por la barbilla. Cada vez que yo empujaba más hondo hacía un sonido gutural que me subía por la polla como una descarga.

—Me voy a correr si seguís así —le advertí.

Se sacó la polla de la boca con un ruido húmedo y me la agarró con la mano, apretándomela en la base.

—Todavía no —dijo, con la voz ronca—. Todavía te falta lo mejor.

Se puso de pie. Me giró sin soltarme la polla y me hizo apoyarme contra la mesa. El vestido quedó en el suelo. La tanga colgando a la altura de las rodillas. Él detrás, respirando fuerte, con la verga dura clavada entre mis nalgas por encima del pantalón abierto.

—Bajate más eso —dijo.

Me bajé la tanga hasta los tobillos y la pateé a un costado. Quedé completamente desnudo de la cintura para abajo, con las piernas separadas, las palmas sobre la mesa, el culo levantado y ofrecido. Sentí cómo me lo separaba con las dos manos y se me quedaba mirando ahí, callado.

—Qué culo tenés —dijo, casi para sí mismo.

Se arrodilló otra vez, esta vez detrás de mí, y me abrió las nalgas con los pulgares. La lengua me llegó al agujero sin aviso, plana, empapándome. Me arqueé sobre la mesa y gemí más fuerte de lo que quería.

Me comió el culo despacio, primero con la lengua plana lamiendo todo, después con la punta empujando adentro, entrando de a poco, abriéndome. Una mano me pasó a la polla por delante y empezó a trabajármela al mismo ritmo que la lengua adentro. Yo apretaba las manos contra la mesa hasta que se me pusieron blancos los nudillos.

—Nunca me habían hecho esto —le dije, con la voz quebrada.

—Ya sé —respondió, y volvió a meter la lengua.

Me la trabajó con la boca hasta que sentí que me iba a correr solo de eso. Después metió un dedo, lubricado con su propia saliva, y me abrió despacio, buscando adentro. Cuando encontró lo que buscaba —un punto que me sacudió entero— me lo empezó a masajear con la yema del dedo mientras me la seguía chupando por delante.

Nos quedamos así hasta que me tembló todo el cuerpo.

—Voy a acabar —le avisé.

Sacó el dedo y se apartó.

—No —dijo—. Todavía no.

***

Cuando me repuse lo suficiente, fui yo quien se arrodilló frente a él.

Era la primera vez que lo hacía. Le bajé el pantalón hasta las rodillas y me quedé un segundo mirando la polla de cerca: gruesa, dura, con las venas marcadas, la punta hinchada y roja. Me daba miedo y me daba hambre a la vez. Le pasé la lengua por debajo, por los huevos primero, tanteando cómo reaccionaba, y después subí despacio por todo el tronco.

—Metétela toda —murmuró—. Sin apuro.

Abrí la boca y me la metí. Al principio se me atragantó un poco. Retrocedí, respiré, volví a intentar. La segunda vez llegué más hondo. Empecé a chupársela despacio, guiándome por su respiración y sus reacciones, aprendiendo sobre la marcha el ritmo y la presión que le gustaban. Salivé mucho, me dejé llenar la boca, y cuando levanté la vista para mirarlo, él me miraba con una intensidad que me hizo cerrar los ojos.

En algún momento posó las manos sobre mi cabeza, no para presionar, solo para estar ahí. Después empezó a empujar despacio la cadera, follándome la boca con cuidado. Me hacía sonidos de gusto, «así, así, así», y yo iba cogiéndole el ritmo, dejándolo entrar más hondo cada vez, apretándole los huevos con una mano y la base de la polla con la otra.

El labial rojo se me terminó de correr por completo. Se le manchó todo el tronco de la verga con marcas rojas. La vela hacía brillar la saliva que me chorreaba por la barbilla y le caía sobre los huevos.

Cuando sentí que estaba cerca me miró desde arriba y dijo:

—Para si quieres.

No paré. Aceleré. Le apreté los huevos más fuerte, se los masajeé con la mano, y le clavé una mirada desde abajo que era una respuesta clara: quería todo.

Se vino con un sonido bajo y contenido, agarrándome la cabeza con las dos manos. Sentí el primer chorro golpearme el fondo de la garganta, después otro más, y otro. Caliente, espeso, salado. Yo acepté todo, tragando lo que pude, sintiendo algo parecido a la satisfacción de hacer bien algo difícil por primera vez. Un poco se me escapó por la comisura y me chorreó por el mentón.

Se agachó, me levantó del suelo y me dio un beso largo en la boca. No le importó nada de lo que había pasado un momento antes. Se chupó su propia corrida de mis labios y de mi barbilla, riéndose bajito. Eso me dijo más que cualquier palabra.

***

Fui yo quien lo pidió.

No con palabras: me giré, puse las palmas sobre la mesa, levanté el vestido —que ya no llevaba puesto, pero el gesto salió igual— y arqueé la espalda para levantar el culo. Lo miré por encima del hombro.

Él me entendió.

Tardó un momento en sacar un condón de la billetera —«siempre llevo», dijo con un gesto que me hizo reír a pesar de los nervios— y yo saqué de la mochila el pequeño envase de lubricante que había metido casi por instinto, como si una parte de mí supiera desde el principio cómo terminaría el día.

Se lo pasé.

Él se puso el condón despacio, mirándome, y después se echó lubricante en la mano y me lo untó primero a mí, embadurnándome bien el agujero con dos dedos, metiéndolos hasta el fondo para abrirme por dentro. Los movió en círculos, sacaba, volvía a meter, ahora con tres. Yo apoyé la frente contra la mesa y gemí.

—Estás listo —murmuró.

Después se untó él, cubriéndose bien toda la polla enfundada de lubricante brillante bajo la luz de la vela.

Cuando la punta me tocó el agujero, se me cortó la respiración. Me pasó una mano por la cintura, sujetándome, y con la otra se guio.

—Respirá —dijo.

Cuando entró lo hizo despacio, deteniéndose cada vez que yo le decía que esperara, avanzando cuando asentía. Sentí primero la cabeza abriéndome, un ardor puntual, y me tensé.

—Aflojá —susurró, con los labios pegados a mi hombro—. Empujá contra mí.

Empujé. La polla entró un poco más. Me la iba metiendo de a un centímetro, esperando entre uno y otro. El dolor fue breve. Cuando le sentí los huevos golpearme contra los míos supe que la tenía toda dentro.

Lo que quedó después fue otra cosa: una plenitud extraña, la sensación de estar completamente presente en mi cuerpo por primera vez en mucho tiempo. Aquí. Esto. Ahora. Sentía cada vena de la verga adentro, latiendo.

—Movete —le pedí—. Por favor.

Empezó a moverse.

Primero despacio, sacándola casi entera y volviéndola a meter con paciencia. Cada empuje me hacía gemir sin quererlo. Me agarró de las caderas con las dos manos y empezó a acelerar, midiéndolo por mi respiración.

—¿Así? —preguntaba.

—Más —le pedí—. Más fuerte.

Me la empezó a coger en serio. La mesa se sacudía debajo de mí, chirriando contra el suelo. La vela parpadeaba con cada empuje. Yo apretaba las palmas contra la madera, arqueado, con el culo en el aire, dejándome follar en una garita de tres metros cuadrados por un hombre al que había conocido hacía dos horas.

Cerré los ojos y me dejé llevar por el ritmo. Las palabras salieron solas, en voz baja, sin filtro, cosas que nunca me había escuchado decir.

—Cógeme —le dije, con la voz rota—. Rómpeme. Metémela hasta el fondo.

—Puta —respondió él, sin insulto, casi con cariño, apretándome más las caderas—. Qué puta salió esta primera vez tuya. Se te ve que llevabas años queriendo esto.

—Sí —gemí—. Años.

Él respondía con la misma honestidad, sin actuarlo, y eso era lo que hacía que todo fuera real: no era una fantasía, no era una escena ensayada, eran dos personas dándose algo verdadero en una garita de tres metros cuadrados con una vela encendida y el mar sonando afuera.

Me tiró del pelo de la peluca hacia atrás, arqueándome más. Con la otra mano me buscó la polla por delante y me la empezó a trabajar al ritmo de sus embestidas. Cada empuje me clavaba más contra la mesa; cada retirada me dejaba vacío un segundo antes de volverme a llenar.

—¿Te gusta? —preguntó en voz baja, inclinándose hacia mi oído.

—Sí —respondí, con la voz entre cortada—. No pares. No pares nunca.

Cambiamos de posición sin dejar de hacerlo. Me sacó la polla un segundo, se sentó en la silla, y me hizo montarlo de espaldas a él. Bajé despacio, empalándome yo misma, sintiéndolo abrirme desde otro ángulo, más hondo. Me agarró las caderas con las dos manos y me empezó a subir y bajar sobre él como si yo no pesara nada.

Cada empuje era una revelación. Yo me arqueaba un poco más, pidiéndole sin palabras que fuera más hondo, y él entendía. Sus manos en mis caderas eran firmes y cálidas. Me buscaba adentro un punto exacto, y cuando lo encontraba yo se lo hacía saber gimiendo más fuerte.

—Ahí —le rogué—. Justo ahí. No te salgas de ahí.

Se quedó ahí. Empujó desde abajo, cortito, martilleándome el mismo punto una y otra vez. Me llevó la mano a mi propia polla y me obligó a jalármela mientras él me la metía.

Me corrí así, empalado en su verga, con su mano guiando la mía sobre mi polla, sin previo aviso. Le chorreé encima de los dedos, del vientre, del pantalón bajado hasta la mitad. El culo se me apretó en espasmos alrededor de su polla, y sentí cómo él soltaba un gruñido gutural detrás de mí.

—Puta madre —dijo—. Ahora sí.

Me levantó de un tirón, me apoyó otra vez contra la mesa boca abajo, y me la volvió a meter de una sola estocada. Ahora sin cuidado. La cogida se volvió brutal: golpes secos, sus caderas chocando contra mi culo, el sonido de la carne contra la carne llenando toda la garita.

Cuando llegó al borde esta vez no lo contuvo. Se hundió hasta el fondo, se quedó ahí, y lo sentí completamente descargarse dentro del condón, latiendo dentro de mí. Yo gemí, arqueado, dejándolo terminar, sintiendo cada palpitación como una firma.

Nos quedamos quietos un momento, respirando. Él encima, yo abajo, con su polla todavía adentro, ablandándose despacio.

Salió con cuidado. Se sacó el condón, lo ató, lo dejó en un rincón. Después me abrazó por atrás, todavía desnudo de cintura para abajo, y me besó el hombro.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Estoy más que bien —respondí.

***

Nos vestimos sin torpeza, compartiendo el silencio sin que pesara. Me ayudó a recolocar la peluca, que se había desplazado. Me miré en el espejo de bolsillo, vi el labial completamente corrido, el rímel bajado, la marca de una mordida en el cuello que no recordaba cuándo me había hecho, y nos reímos los dos.

Me acompañó hasta el inicio del sendero principal.

—¿Va a estar bien para volver sola? —preguntó.

—Sí.

—¿Va a volver por aquí algún día?

Lo miré. Tenía la linterna apagada en la mano, los ojos claros, el mismo gesto tranquilo de toda la tarde.

—No lo sé —respondí, con honestidad.

Asintió, sin presionar.

—Si vuelve, aquí estaré —dijo.

Empecé a caminar por el sendero. El sol estaba bajo, tiñendo los acantilados de naranja. El vestido se movía con el viento del atardecer y la peluca me rozaba los hombros. Detrás de mí, la garita quedó pequeña entre los pinos. Sentía todavía el ardor entre las nalgas, la humedad del lubricante, el peso agradable de haber sido follada por primera vez.

Caminé durante un buen rato sin pensar en nada concreto. Solo atendiendo a eso: el cuerpo en movimiento, la ropa, la tarde que se volvía azul poco a poco. En algún punto me di cuenta de que el peso que había cargado toda la mañana ya no estaba. No el peso del miedo, no el peso de la anticipación. Nada.

No sabía bien cómo nombrarlo todavía. Pero lo sentía en la respiración, en los pies que seguían avanzando, en la extraña ligereza de ser exactamente quien eres en un cuerpo que, por una tarde, había dejado de resistirse.

Lo que era no cabía ya en los límites de antes.

Y eso, descubrí, no era un problema.

Era el principio.

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Comentarios(8)

NachoBsAs

tremendo!!! no me lo esperaba para nada jaja

Cata_mdp

Que historia tan intensa, me dejo con los ojos bien abiertos. Espero que haya mas entregas!

RicardoBA

me recordo a una situacion que vivi en un viaje hace años... uno nunca sabe con quien se puede cruzar en esos lugares

DiegoMorales_77

y despues como termino todo? quiero saber si hubo consecuencias o si volvio a pasar jajaj

LucasBaires89

Que valentia la del personaje. Me gusto mucho como esta narrado, se siente real sin caer en lo burdo. Mas relatos asi por favor!

Sidilla59

lo del mirador me mato jajaja, tremendo final

ValentinaRD

increible como te metes en la piel del personaje. sigan subiendo cosas asi, muy bueno

Noche_Pura

Se hizo corto quiero mas!!!

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