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Relatos Ardientes

Lo que pasó después de mi clase de guitarra

Me llamo Valeria. Tengo veintidós años, estudio en la universidad y estoy en mi último año. Mi pelo es negro y rizado, y la verdad es que no tengo mucho de qué presumir en cuanto a curvas. Pero sé tocar la guitarra, el violín y algo de bajo: las cuerdas siempre me llamaron más que cualquier otra cosa.

Conseguí entrar a un electivo de música que ofrecía el área cultural de la facultad. Éramos veinte estudiantes, la mayoría sin experiencia previa. El profesor se llamaba Adrián: moreno, cabello oscuro y algo revuelto, cerca de los cuarenta, una sonrisa torcida que usaba con demasiada frecuencia. No era lo que yo hubiera elegido mirando una foto, pero algo en su manera de tocar —esa concentración total, ese dominio absoluto sobre cualquier instrumento que tomara— me resultaba irresistible.

Llevábamos tres sesiones y seguíamos encallados en teoría. Acordes, escalas, pentagramas. El resto de la clase lo necesitaba, supongo. Yo no.

***

—¿Se está aburriendo, señorita? —me preguntó mientras los demás recogían sus cosas para irse.

—Me esperaba otra cosa —admití con una sonrisa—. Quería tocar de verdad.

—¿Tiene un momento? —dijo, y me miró de una manera que no era exactamente la de un profesor.

Me quedé. No sé bien por qué, o sí lo sé y prefiero no decirlo todavía.

Me senté con la guitarra y él se agachó frente a mí. Yo llevaba una falda y mis rodillas quedaron justo a la altura de su cara. Sus dedos giraban las clavijas con una precisión que me puso nerviosa. En algún momento, su mano se apoyó en mi rodilla. Me miró, buscando una reacción. No le di ninguna. Solo sostuve su mirada y sonreí levemente.

Su mano no se movió. Es más, subió unos centímetros por el interior de mi muslo, muy despacio, con la yema del pulgar rozándome la piel. Se detuvo antes de llegar al borde de la falda. Yo apreté las rodillas, no para cerrarlas sino para atrapar su mano ahí. Él sonrió de lado y no dijo nada.

Tocamos durante un rato. Él corregía mi postura acercándose más de lo estrictamente necesario, sus dedos guiando los míos en el mástil con una firmeza que no era pedagogía. Era otra cosa. No me molestó. Sentía su aliento en la nuca cada vez que se inclinaba a mostrarme un acorde, y noté que las bragas empezaban a mojárseme sin haber hecho nada para provocarlo.

Cuando empezó a oscurecer, le comenté que llevar la guitarra en el autobús era un problema. Él me miró con ese gesto calculado que ya empezaba a reconocer.

—Puedo llevarte a tu casa, si quieres.

Me sonrojé un poco. Acepté.

***

Caminamos juntos hacia el estacionamiento y una compañera nos vio. Le preguntó a Adrián adónde iba.

—Pedí un taxi, está en la entrada —mintió sin pestañear.

Cuando ella se alejó, le pregunté por qué lo había hecho.

—Mi coche es pequeño —dijo encogiéndose de hombros—. Y no llevo a todas mis alumnas a casa.

—¿A cuántas lleva, entonces?

No respondió. Solo sonrió y arrancó el motor.

Hablamos de música durante el trayecto. De grupos que le gustaban, de cuándo aprendió a tocar el piano, de por qué terminó dando clases en lugar de dedicarse a eso de manera profesional. Tenía una voz tranquila para hablar de cosas serias. Me gustaba escucharla.

Paramos en una gasolinera.

—Agáchate —dijo de repente, poniendo su mano en mi muslo.

—¿Qué?

—Hay un colega mío llenando el depósito ahí enfrente. Me conoce.

No estábamos haciendo nada malo. Pero me agaché de todas formas. Mientras él salía a pagar, me quedé inclinada sobre la consola y, sin pensarlo demasiado, abrí la guantera. Papeles varios, una púa de guitarra, un par de monedas y, en el fondo, un preservativo en su envoltorio plateado.

Me reí sola.

Cuando volvió, lo saqué y lo sostuve entre dos dedos.

—Los músicos tienen fama —le dije.

Se ruborizó de verdad. Me lo quitó de la mano.

—Esto tiene años. Mira la fecha de vencimiento.

Lo miré. Tenía razón. Expirado. Me sentí tonta y me sonrojé también. El silencio que siguió fue incómodo hasta que él preguntó:

—¿Tienes tatuajes?

Levanté una ceja.

—¿Por qué me lo preguntas?

—Vi algo en tu muñeca antes, en clase.

—Varios. En los brazos, la espalda, el pecho.

Me miró de reojo sin decir nada.

—¿Y usted? —pregunté, tuteándolo sin darme cuenta.

—Corrección aceptada —dijo—. Tengo algunos en el pecho y en la espalda. Cosas que acumulé con el tiempo.

Llegamos a mi edificio.

—¿Quieres verlos? —preguntó antes de apagar el motor.

***

Mi compañera de piso había viajado esa semana. El apartamento era completamente mío.

—¿Me ayudas a subir el amplificador? —dije sin mirarlo.

—¿Quieres que suba contigo, Valeria?

Me gustó mucho cómo sonó mi nombre en su boca.

—Por favor.

Subimos por el ascensor en silencio. Uno de esos silencios que pesan, que ocupan el espacio entre dos personas y no dejan margen para pensar en nada más. Cuando abrí la puerta, la luz reveló el estado caótico del salón: ropa en el sofá, libros apilados en el suelo, una taza olvidada en la encimera.

—Aquí vive una artista —dijo él, mirando alrededor con una sonrisa.

Recogí lo más evidente y salí un momento a mi habitación. Cuando volví, Adrián estaba de espaldas a mí, observando la ropa tendida en el balcón. Entre las prendas había un par de interiores.

—¿Buscas algo? —pregunté.

Se dio la vuelta rápido.

—Unos pantalones muy bonitos.

—¿Y las bragas también?

Se quedó sin palabras. Pálido. Luego rió, y esa risa me pareció la cosa más honesta que había visto en él en toda la noche.

Le ofrecí agua, té o zumo. No quiso nada. Me preguntó si podía fumar y le dije que sí si dejaba la ventana abierta. Me preparé un té y me senté en el sofá.

Fue entonces cuando algo entró por el balcón: un ratón pequeño y asustado que cruzó el suelo en dirección al sofá. Di un grito que no me esperaba de mí misma y me aferré al brazo de Adrián. Él lo sacó en cuestión de segundos, con una calma que contrastaba con mi pánico.

Cuando el ratón desapareció, noté que seguía apretando su brazo.

—Discúlpame —dije, soltándolo.

—No tienes que soltarme si no quieres —dijo, y puso su mano sobre la mía. Su voz había bajado un tono—. Aunque si sigues mirándome así, voy a tener que comerte la boca.

Lo dijo sin rodeos. Sin disfrazarlo de broma. Me miró fijo, esperando.

Yo tardé un segundo.

—Quizás quiero que lo hagas —dije.

***

Me besó despacio al principio, tanteando. Luego con más decisión. Agarró mi cintura y me pegó a su cuerpo de una manera que no dejaba dudas sobre lo que quería. Mordió mi labio inferior y yo abrí la boca. Sentí su sorpresa cuando encontró el piercing en mi lengua, algo que pasaba casi desapercibido a simple vista.

—Joder —murmuró contra mi boca—. Con esa bolita en la lengua me vas a chupar la polla como si me la quisieras arrancar.

Lo dijo sin filtro, con la voz espesa, y sentí un tirón en el vientre. Sus manos subieron por mis costados hasta el cuello, sujetándome la cara con una firmeza que me hizo olvidar cómo me llamaba. Empezó a besarme la garganta, a mordisquearme el lóbulo de la oreja, y bajó una mano al pecho por encima de la blusa. Me apretó una teta con la palma entera y yo gemí antes de poder evitarlo.

—Si haces eso no voy a poder controlarme —dijo con la voz ronca.

—¿Cuándo te pedí que te controlaras?

Su mano bajó al borde de mi falda, la levantó y se metió entre mis muslos sin pedir permiso. Cuando encontró la tela de las bragas ya empapada, se rió bajito contra mi cuello.

—Estás chorreando, Valeria. Y todavía no te he tocado.

—Entonces tócame de una vez.

Apartó la tela y me pasó dos dedos por el coño, de arriba abajo, muy despacio, separando los labios y untándose los dedos en lo que salía de mí. Me hizo un círculo lento sobre el clítoris con el pulgar y a mí se me doblaron las rodillas. Me sostuvo con el otro brazo contra su cuerpo.

Me tomó de la mano y le señalé el pasillo. No necesitó más instrucciones. En mi habitación encendió solo la lámpara del escritorio, esa luz baja y cálida, y me miró de una manera que me obligó a sostener su mirada aunque me costara.

Se quitó la chaqueta y la camiseta. Era delgado, sin mucho músculo pero con una presencia que no dependía del físico. Los tatuajes le cubrían parte del pecho y parte de la espalda: una calavera estilizada, unas runas, la silueta de un cocodrilo en el costado. En la espalda, ocupando casi todo el espacio, un ángel de líneas gruesas y, debajo, letra menuda que yo no alcancé a leer desde donde estaba.

—¿Qué dice? —pregunté.

—Hey Jude, completa.

Me reí.

—¿Quieres ver los míos?

—Encuéntralos tú misma —dije.

Levantó una ceja. Luego se acercó y fue él quien empezó, buscando el primer botón de mi blusa. La fue abriendo con calma, sin apresurarse, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Cuando encontró la mitad de una mariposa entre mis pechos, se detuvo.

—La otra mitad está debajo —dije.

Soltó el cierre del sujetador sin preguntar. Lo dejó caer. Me miró las tetas durante unos segundos que se me hicieron largos —pequeñas, con los pezones ya duros, apuntando hacia arriba— y luego inclinó la cabeza y me chupó el izquierdo entero, tomándose su tiempo, envolviéndome el pezón con la lengua y tirando levemente con los dientes. Cambió al derecho y repitió el gesto, más rudo esta vez. Yo hundí los dedos en su pelo y le apreté la cabeza contra mí.

Recorrió con los labios los tatuajes de mi espalda: el tribal de la parte baja, las fases de la luna en la cintura, el pequeño sol detrás del cuello. Después los de los brazos: flores, pájaros, una constelación que nunca termina. No apresuraba nada. Tomaba su tiempo con cada centímetro como si la noche fuera suya para decidir cómo usarla. Cuando llegó a la parte baja de la espalda, me giró hacia él y me empujó con suavidad hasta que quedé sentada en el borde de la cama.

Aquí manda él, pensé. Y no me importa en absoluto.

Me quitó la falda y me dejó en bragas. Se arrodilló entre mis piernas y me abrió las rodillas con las manos, sin prisa. Miró la mancha de humedad que había atravesado la tela y sonrió de esa forma torcida que tenía.

—Estás empapada, Valeria. Se te transparenta todo.

—No hagas comentarios y sigue —murmuré, sonrojándome.

Me preguntó si quería sexo oral. Le dije que no, que tenía poca experiencia con eso y que las veces anteriores no habían sido gran cosa.

—Déjame demostrarte que no lo estaban haciendo bien —dijo, con los labios ya rozándome el interior del muslo—. Si no te gusta, paro. Palabra.

Dudé un segundo. Asentí. Me bajó las bragas hasta los tobillos, me las quitó del todo y me abrió las piernas del todo. Sentí el aire frío contra el coño mojado y me estremecí. Él acercó la cara y me sopló primero, muy suave, con los ojos clavados en los míos. Después pasó la lengua entera, plana, desde abajo hasta el clítoris, en un solo movimiento largo, y yo eché la cabeza hacia atrás con un gemido que se me escapó.

—Dios mío.

—Ese soy yo, sí —murmuró, y volvió a lamerme.

Empezó con la lengua ancha, recorriéndome de arriba abajo, chupándome los labios, metiendo la punta en la entrada muy poco, apenas provocando. Cuando llegó al clítoris hizo círculos con la punta, primero lentos, luego más rápidos, luego lo atrapó entre los labios y lo succionó. Yo grité. Le agarré la cabeza con las dos manos sin darme cuenta.

—No pares —jadeé—. No pares, no pares.

Metió dos dedos y curvó las yemas hacia arriba mientras seguía lamiendo. Encontró un punto por dentro que me hizo levantar las caderas de la cama. Él lo notó. Volvió a apretar ahí, presionando y soltando, con la lengua trabajándome el clítoris al mismo tiempo. En menos de un minuto yo estaba temblando entera, con las piernas cerrándose alrededor de su cabeza. Me corrí con un grito ahogado, apretándole los dedos por dentro, y él no paró hasta que yo empujé su frente con la palma porque no aguantaba más.

Sacó los dedos, se los llevó a la boca y los chupó mirándome.

—Y decías que no te gustaba.

—Cállate —dije, riéndome sin aliento.

Se recostó a mi lado y me rozó con la cadera. Sentí su erección contra mi muslo, dura, marcada bajo el pantalón. Le desabroché el botón y le bajé la cremallera con torpeza. Metí la mano y le agarré la polla por encima del bóxer. Era gruesa, caliente, ya con una mancha húmeda en la punta de la tela. Se lo bajé todo de una vez y se la saqué. Le pasé el pulgar por el glande, esparciendo esa gota, y él soltó un suspiro por la nariz.

Bajé la cabeza. Me la metí en la boca sin avisar. Le pasé la lengua entera con el piercing por debajo, del glande hasta la base, y él gimió por primera vez de verdad, agarrándome el pelo. Empecé a chupársela con ganas, cerrando los labios apretados alrededor del tronco, subiendo y bajando, ayudándome con la mano en la base para lo que no me entraba. La bolita del piercing le arrastraba por la vena de abajo cada vez que subía y él soltaba un «joder» que iba subiendo de tono.

—Para —dijo tirándome del pelo—. Para o me corro y no quiero correrme así todavía.

Lo solté con un pop y me lamí los labios. Tomé el cajón de la mesita: mi compañera había dejado preservativos «por si las moscas». Le di uno.

Se lo puso, se colocó entre mis piernas y me penetró sin aviso, con un movimiento firme y decidido que me metió la polla entera de una sola vez. Grité contra su hombro. Él soltó el aire por los dientes.

—Joder, qué apretada.

Comenzó a moverse con una cadencia controlada que parecía estudiada, como si supiera exactamente qué ritmo mantener para tenerme al límite sin cruzarlo todavía. Sus manos sujetaban mis caderas, marcando el tiempo, clavándome los dedos en la carne. Cada embestida me hacía subir un poco por la cama y él tiraba de mí hacia abajo, ensartándome de nuevo hasta el fondo.

—Eres perfecta —murmuró, apretando—. Perfecta, joder, mira cómo me la tragas.

Subió la velocidad poco a poco. Mis dedos buscaron su espalda y le arañé sin querer. Él me aferró las muñecas y las llevó por encima de mi cabeza, sosteniéndolas contra la almohada con una mano. No con fuerza excesiva, solo la suficiente para que yo no pudiera moverlas si no lo decidía. Me miró para asegurarse de que estaba bien.

Lo estaba. Más que bien.

—¿Te gusta así? —jadeó—. ¿Te gusta que te folle sujetándote?

—Sí —gemí—. Más fuerte.

Empezó a follarme más fuerte, embistiendo hasta el fondo con golpes secos que hacían chocar mis muslos contra los suyos. Yo sentía la polla llegándome hasta un sitio que me obligaba a apretar los dientes. Empecé a retorcerme bajo él y él apretó un poco más las muñecas. Yo gemí más alto y él inclinó la cabeza para silenciarme con la boca, sin dejar de moverse, metiéndome la lengua al mismo ritmo que me metía la polla.

—Súbete —dijo después, saliendo de mí y recostándose.

Me monté sobre él, le agarré la polla, me la coloqué en la entrada y me dejé caer despacio, sintiendo cómo me abría de nuevo centímetro a centímetro. Cuando me sentí llena me quedé quieta un segundo, con las manos apoyadas en su pecho, y empecé a moverme. Sus manos guiaban mis caderas, marcando un ritmo que era suyo tanto como mío. Me subía y me bajaba encima, dejándome caer con todo el peso, y a mí se me escapaban unos gemidos cada vez más agudos.

Se incorporó un poco y me chupó una teta mientras yo cabalgaba. Me mordió el pezón y yo apreté el coño alrededor de la polla como respuesta. Él soltó un gruñido.

—Hazlo otra vez.

Lo hice. Y otra vez. Y otra. Él me clavó los dedos en el culo.

—Date la vuelta.

Me giré sin sacármela, torpe, hasta que quedé de espaldas a él, montada al revés. Él pasó un brazo alrededor de mi cintura para controlar el movimiento desde atrás, apretándome contra él. La otra mano me la subió al cuello, sin apretar, sujetándomelo por delante. Sentía la polla dentro en un ángulo nuevo, rozándome un punto por delante que me hacía apretarme sola.

—No pares —susurró contra mi cuello, mientras su mano libre bajaba a mi coño y me frotaba el clítoris con dos dedos al ritmo del movimiento—. No pares, córrete encima de mi polla, quiero sentirlo.

No me llevó mucho. Con la polla dentro y sus dedos afuera, con la respiración pegada a mi oreja y el olor a él por todas partes, empecé a temblar. Le apreté la polla desde dentro con espasmos que no podía controlar y grité, esta vez sin taparme, porque el apartamento era mío y él lo era también, al menos esa noche.

Cuando llegó, lo hizo con un sonido grave, casi incontrolado, que fue la primera vez en toda la noche que lo escuché perder la compostura del todo. Me clavó los dedos en la cadera, me sujetó abajo del todo, y sentí las sacudidas de la polla contra el fondo mientras se corría dentro del preservativo. Yo llegué justo antes, sacudida y con la respiración cortada.

Nos quedamos así unos segundos. Ninguno habló. Él siguió con la nariz enterrada en mi nuca, aún dentro, respirándome. Luego me levantó con cuidado y salió. Se quitó el preservativo, hizo un nudo y lo tiró a la papelera.

***

Me vestí con la primera camiseta que encontré y fui a asearme. Cuando volví, él estaba semivestido, mirando los libros de mi estantería con las manos en los bolsillos, como si le interesaran de verdad.

—¿Te quedas? —pregunté—. Puedo irme a la habitación de mi compañera, o tú duermes en el sofá. O te vas, si prefieres.

Se quedó mirándome un momento.

—Me quedo contigo, si no te molesta. Fue sexo, pero no eres una chica a la que se le saca ventaja y ya —dijo, rascándose la cabeza.

Sonreí. Puse música baja y le dije que si en algún momento decidía irse, había un juego de llaves en la mesita de la entrada. No lo culparía.

Tomó una guitarra acústica que estaba apoyada contra la pared y se puso a tocar, siguiendo el ritmo de lo que sonaba en el altavoz. Yo me acomodé bajo las mantas y no sé en qué momento cerré los ojos.

***

Me desperté pasadas las tres de la madrugada. La habitación estaba a oscuras, pero sentía su calor a mi lado y el sonido lento de su respiración. Su mano estaba en mi cadera, por debajo de la camiseta, con la palma abierta contra la piel desnuda. Me quedé quieta unos segundos, escuchándola. Sentí que se movía a mi espalda y que la polla, otra vez dura, me rozaba el culo por encima de las bragas.

—¿Estás despierta? —susurró en mi oído.

—Ahora sí.

Su mano bajó por mi vientre, se metió por debajo del elástico y me encontró todavía sensible de antes. Le bastaron unos segundos frotándome el clítoris para que yo empezara a mover el culo hacia atrás buscándolo. Me bajó las bragas hasta las rodillas, me levantó un muslo con la mano y me la metió desde atrás, de lado, muy despacio, sin condón esta vez porque no había amago de embestir.

—Voy a salir antes —murmuró—. Palabra.

Follamos así, de cuchara, en silencio, con movimientos lentos que apenas hacían ruido. Él me tapaba la boca con la mano cada vez que yo empezaba a gemir demasiado, y me lamía la oreja al mismo tiempo. No tardé mucho en correrme otra vez, apretada contra él, mordiéndole la palma. Cuando él estuvo a punto se salió, se corrió sobre mi culo con dos o tres jadeos ahogados y me dejó ahí, húmeda y sin fuerzas. Me limpió con el borde de la sábana, me subió las bragas y me abrazó por detrás. Volví a dormirme casi enseguida.

Por la mañana, la alarma sonó a las nueve. Estaba sola.

En la almohada había una nota:

«Tenía clase temprana. Luces preciosa durmiendo. Escríbeme cuando quieras. — Adrián.»

En la cocina había una segunda nota, apoyada contra la taza que me había dejado puesta:

«No sé a qué hora desayunas, pero el agua está caliente. Gracias por anoche. Nos vemos pronto. P.D.: Me llevo tu guitarra y el amplificador al aula. — A.»

Me senté con la taza en la mano y leí las dos notas otra vez.

¿Era romántico?

Sí. Era romántico. Y eso me inquietaba más de lo que esperaba.

Las clases transcurrieron con normalidad, o eso intenté que pareciera. Dejé un par de mensajes que él respondió con la misma calma de siempre, como si nada hubiera pasado y al mismo tiempo como si todo hubiera pasado. Nada fuera de lugar, nada que delatara.

Hasta que llegó su último mensaje de esa tarde: «¿Quieres que se repita?»

Dejé pasar una hora mirando la pantalla, con el coño otra vez húmedo solo de leerlo.

Porque la respuesta era que sí. Que hacía meses que no tenía nada así, que quería volver a sentir esa mano sosteniendo las mías contra la almohada, esa polla llenándome hasta el fondo, esa lengua entre las piernas y esa mirada preguntando en silencio si estaba bien.

Pero no supe cómo decirlo sin que sonara a demasiado.

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Comentarios(7)

Marcos_Baires

Tremendo relato. Se siente la tension desde el primer párrafo, no pude parar de leer. Bravo!

FlorMiranda

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber mas jaja

Pato_Sur22

Increible como lo narraste, muy bien escrito. Se siente todo real.

DiegoMdq

Buenisimo!!! El personaje de Adrian me parecio muy creible.

Luli_Cordoba

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace unos años. Ese tipo de miradas que dicen todo sin decir nada... muy bien captado en el relato.

NocheTokio22

La tension antes de que pase todo es lo mejor. No muchos saben manejar eso en un relato.

Brunita_Cordoba

se hizo cortoooo quiero mas!!

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