La primera vez del chico más tímido de la clase
Tenía veintinueve años cuando decidí volver a la universidad a estudiar una segunda carrera. Ingresé a un programa de informática donde la gran mayoría del alumnado eran hombres de entre veinte y veintitrés años, con toda la inmadurez que eso implica. No me molestaba. Era entretenido observarlos desde mi lugar en la segunda fila, con la distancia cómoda de quien ya pasó por esa etapa y la recuerda sin nostalgia.
Se notaba que yo les llamaba la atención, pero la mayoría no sabía cómo manejar eso, así que compensaban con payasadas. El grupo tenía esa dinámica clásica de los veinte años: agresividad disfrazada de juego, bromas que cruzaban límites y una necesidad constante de demostrar quién era más atrevido. Yo los ignoraba con elegancia y seguía con lo mío.
Un martes de octubre, el profesor llegó tarde. Tarde de verdad, más de media hora. El aula empezó a calentarse con la energía de veinte chicos aburridos y sin supervisión. Empezaron con insultos, luego con empujones, y después con esa broma estúpida de bajarse los pantalones entre ellos. Yo estaba mirando el teléfono, tratando de ignorarlos. Hasta que lo vi a él.
Se llamaba Rodrigo. Tenía veintiún años, era alto, de complexión media, con el cabello castaño claro y unos lentes de montura negra que le resbalaban por la nariz cada vez que miraba hacia abajo. Era el más callado del grupo, el que siempre llegaba primero al aula y el que nunca participaba en las bromas. Llevaba cuadernos, no tablet. Tomaba apuntes a mano. Había algo monástico en su forma de existir dentro del aula que me resultaba difícil de ubicar en ese ambiente.
Estaba entrando por la puerta cuando uno de sus compañeros, desde atrás, le jaló los pantalones de golpe.
Lo que siguió fue un instante. Un segundo, quizás dos. Pero yo estaba mirando en esa dirección exactamente cuando ocurrió. Rodrigo no llevaba ropa interior.
Me quedé paralizada. No por el chiste ni por su cara de espanto, sino por lo que vi. Aunque estaba en reposo, era evidente: largo, grueso, depilado con cuidado. Una cosa completamente desproporcionada para alguien que parecía tan poco amenazante. Él se subió los pantalones al instante y los demás estallaron en carcajadas. Rodrigo se sentó en silencio, con las mejillas rojas, sin mirar a nadie. Y yo me quedé con esa imagen clavada en la cabeza durante días.
***
Llevaba más de dos meses sin estar con nadie. No era un problema habitual en mí, pero la rutina de clases y trabajo me había secado por dentro. Y ese accidente inoportuno me había encendido algo que no podía apagar fácilmente.
Empecé a acercarme a Rodrigo de a poco. Le preguntaba sobre los ejercicios prácticos, le pedía explicaciones sobre temas que perfectamente entendía sola. Él respondía siempre con paciencia y sin pretensiones. Nunca coqueteaba, nunca me miraba de más. Hablaba de compiladores, de algoritmos, de una clase de lógica matemática que le apasionaba. Solo eso.
Intenté varias veces meter la conversación en un terreno más personal. Le pregunté si salía seguido, si tenía amigos fuera de la facultad, si le gustaba alguien del grupo. Respondía con monosílabos o desviaba el tema hacia algún problema técnico que tenía pendiente. Era como hablar con alguien que había aprendido a funcionar en el mundo académico y nunca había necesitado el otro.
Una tarde, antes de que empezara la clase de base de datos, le pregunté directamente si tenía novia.
—No —dijo, sin apartar los ojos del apunte que estaba copiando—. Nunca he tenido.
Nunca ha tenido. Lo decía sin ningún dolor, como si me estuviera informando que tampoco tenía auto. Un dato más.
Tres semanas después de aquella escena en el aula, lo invité a mi departamento.
—Tenemos que entregar el proyecto de estructuras de datos la próxima semana —le dije—. Podemos avanzar el sábado en mi casa, yo ya tengo el entorno configurado y hay más espacio para trabajar.
Aceptó sin dudar.
***
Llegó puntual, con una mochila y una botella de agua. Nos sentamos en la mesa del comedor y estuvimos trabajando de verdad durante la primera hora. Él era meticuloso, ordenado, sabía exactamente qué estaba haciendo. Yo me distraía mirándolo de reojo: la forma en que fruncía el ceño cuando algo no compilaba, la paciencia con la que revisaba cada línea antes de buscar el error.
En un momento de silencio, volví a preguntarle si tenía novia. Ya lo sabía, pero necesitaba un hilo del que tirar.
—No —repitió—. No me ha interesado nadie, en realidad.
—¿Nadie? —dije, dejando que la pregunta flotara.
—Bueno —dudó—. No lo sé. A veces pienso que quizás no sé cómo funciona eso. Con la gente, digo.
No sabe cómo funciona. Sentí algo apretarse en el pecho.
Hacía calor en el departamento. Me quité el suéter y me quedé con una camisilla de tirantes ajustada. Tengo el pecho grande y él lo notó, porque parpadeó, apartó la vista y después volvió a mirar la pantalla con una concentración exagerada que dejaba claro exactamente lo contrario de lo que pretendía.
Ya no pude esperar más.
—Rodrigo —dije, sin rodeos—. Desde aquel día en el aula, no he podido sacarte de la cabeza.
Se quedó inmóvil con las manos sobre el teclado.
—¿Qué día?
—El día que te bajaron los pantalones.
El silencio que siguió fue denso. Sus orejas se pusieron rojas primero, luego las mejillas.
—Ah —dijo, en voz muy baja.
—Quiero mamártela —dije simplemente—. Si tú quieres.
No respondió de inmediato. Me miró durante varios segundos con una expresión que era mezcla de pánico, incredulidad y algo más que todavía no sabía cómo nombrar.
—Nunca he estado con una chica —dijo al final.
—Lo sé —respondí.
Me levanté y fui hacia él. Lo besé despacio, con cuidado. Él no supo responder al principio, tenía los labios rígidos y las manos quietas a los costados. Pero no se apartó. Eso era suficiente para empezar.
Tomé una de sus manos y la puse sobre mi pecho. Sentí cómo la tensión de sus dedos cambiaba, cómo apretaba sin saber bien qué hacer con eso. Lo guié un poco. Le quité la camisilla y le acerqué el pecho a la boca. Esta vez sí lo tomó, torpe y cuidadoso al mismo tiempo, como alguien que aprende un idioma nuevo y no quiere cometer errores graves.
Me puse de rodillas frente a él.
El pantalón era de jogging, sin cinturón. Lo bajé sin prisa. Seguía sin ropa interior, igual que aquel martes. Y ahí estaba, todavía en reposo pero ya respondiendo al calor de la situación.
Lo tomé con la mano primero. Él contuvo la respiración.
—¿Está bien? —pregunté.
—Sí —dijo, con la voz cortada.
Lo lamí desde la base hasta la punta. Lo escupí suavemente, lo cubrí con la lengua y después lo tomé con la boca tanto como pude. Era demasiado para tragarlo entero, así que lo trabajé con las manos mientras seguía chupando la punta y los costados. Escuché sus respiraciones volverse irregulares, sentí cómo sus dedos buscaron mi cabello sin saber si agarrar o no.
—Puedes agarrar —le dije, sacándolo un momento.
Y agarró.
Lo hice durante un buen rato. Él estaba al límite cuando le pedí que parara, que quería que me tocara a mí también.
Lo llevé al sofá. Le dirigí la mano entre mis piernas y observé su cara cuando me sintió mojada. Se sorprendió de verdad, como si no hubiera calculado esa posibilidad.
—¿Eso es por mí? —preguntó.
—Sí —dije, riéndome un poco.
Metió dos dedos con más decisión de la que esperaba y los movió despacio, mirándome a la cara todo el tiempo como si estuviera estudiando una reacción en tiempo real. Era tan concentrado incluso en esto que me resultó tierno. Le pedí que me besara mientras lo hacía, y esta vez sí supo. El cuerpo aprende rápido cuando tiene razones para aprender.
***
Me puse encima de él, que seguía sentado en el sofá. Lo acomodé, lo guié. Entré despacio porque era grande y necesitaba tiempo. Sentí la presión, un poco de incomodidad al principio, y después el alivio cálido de tenerlo adentro completamente.
Rodrigo exhaló algo que no era exactamente una palabra.
Me moví sola al principio, marcando el ritmo. Él tenía las manos en mis caderas pero no sabía qué hacer con ellas, así que las puse en mi cintura y le mostré cómo acompañar. Tardó unos minutos, pero eventualmente empezó a seguirme, a empujar desde abajo cuando yo bajaba. Encontró el ritmo de a poco, como si su cuerpo fuera entendiendo lo que su cabeza no había podido aprender de ninguna otra forma.
Llegué dos veces antes de que él terminara.
Cuando lo hizo, se quedó completamente quieto, con los ojos cerrados y la respiración entrecortada. Esperé a que volviera en sí.
—¿Estás bien? —le pregunté.
Abrió los ojos. Asintió despacio.
—Sí —dijo—. Muy bien.
No hablamos mucho después de eso. Se quedó otro rato, revisamos algo del proyecto como si nada hubiera pasado, y se fue con la misma mochila con la que había llegado. Desde la ventana lo vi cruzar la calle y pensé que probablemente no dormiría mucho esa noche.
***
Los días siguientes en la facultad fueron raros. Me miraba pero no se acercaba. Contestaba cuando le hablaba pero mantenía distancia física. Pensé que quizás se había arrepentido, que la incomodidad lo había ganado y que ese sábado quedaría guardado en algún rincón al que él prefería no volver.
Hasta que un jueves, al salir de la clase de algoritmos, me tomó del brazo en el pasillo y me metió al baño de los últimos del piso, el que casi nunca usaba nadie.
Me empujó suavemente contra la pared y me besó. Esta vez sí supo desde el principio. No era el mismo beso inexperto del sábado.
—Llevo días pensando en ti —dijo, con la boca pegada a mi oído—. No sé cómo pedirte que lo hagamos de nuevo. No sé cuáles son las reglas de esto.
—No hay reglas —dije—. Solo hay que pedirlo.
Me dio la vuelta, me inclinó un poco hacia adelante. Sentí sus manos abrir mis caderas con una seguridad que no tenía ocho días atrás. Lo que siguió fue diferente al sábado: más urgente, menos calculado, más él eligiendo el ritmo en lugar de seguir el mío. Se equivocó en algunas cosas, todavía le faltaba experiencia, pero en medio de esa torpeza había algo genuino que me hizo sentir más que muchas otras veces con hombres que se creían expertos.
Cogimos muchas veces después de eso. Le enseñé algunas cosas, aprendimos otras juntos. El chico más callado del aula resultó tener exactamente lo que yo llevaba meses necesitando encontrar.