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Relatos Ardientes

Mi primera vez fue con el desconocido del autobús

Sucedió hace varios años, cuando acababa de cumplir los dieciocho. Vivía con mi padre en un pueblo pequeño y cada mañana tomaba el autobús que me llevaba hasta el instituto de la ciudad. Era un trayecto largo y monótono, siempre con las mismas caras: señoras mayores que madrugaban para hacer la compra, algún trabajador adormilado. Llevaba meses haciendo el mismo recorrido sin que nada lo hiciese diferente.

Hasta aquella mañana de primavera.

Lo vi subirse en la tercera parada. Era mayor que yo —tendría treinta y tantos—, alto, con los hombros anchos y esa clase de cuerpo que se consigue trabajando con las manos, no en el gimnasio. Vestía una camisa de trabajo y cargaba una bolsa de herramientas. Cuando recorrió el pasillo buscando sitio, nuestros ojos se cruzaron un instante y yo aparté los míos enseguida.

Se sentó varias filas más adelante. Yo me quedé en el fondo, mirándole la nuca, preguntándome qué le estaría pasando por la cabeza. Probablemente nada que tenga que ver conmigo, pensé. Era una cría con uniforme de instituto. Él era un hombre de verdad.

El autobús llegó a la ciudad a las ocho en punto. Me levanté para bajar y, al pasar junto a su asiento, no pude evitar mirarlo de reojo. Y entonces lo sentí: su mirada siguiéndome mientras bajaba los escalones. Me di la vuelta cuando ya estaba en la acera, fingiendo buscar algo en la mochila. Cuando alcé la vista, él me estaba mirando desde la ventanilla.

Ese calor que se me extendió por el pecho no lo había sentido nunca.

En casa esa tarde, después de repasar apuntes y preparar la cena para mi padre, me metí a duchar. Me detuve un momento delante del espejo. Me estudié como si fuera la primera vez: los pechos pequeños pero firmes, la curva de las caderas, el culo —que siempre había sido lo mío, redondo y bien puesto. Pensé en él mirándome desde el autobús y en cómo lo había deseado en ese instante sin pudor ni disimulo.

En la ducha el agua caliente no fue suficiente para calmarme. Me pasé los dedos por entre las piernas y me corrí antes de que el jabón terminara de escurrirse.

***

A la mañana siguiente llegué a la parada con tiempo de sobra, algo que no era habitual en mí. El autobús llegó. Me senté en mi sitio de siempre. Pasaron las primeras paradas y el corazón me latía más rápido de lo normal.

Él subió en la misma parada que el día anterior.

Esta vez el autobús iba más lleno. Se acercó hasta donde yo estaba y señaló el asiento a mi lado.

—Buenos días. ¿Está libre esto?

—Sí, claro —dije, haciéndome a un lado para que cupiera.

Se sentó. Olía a jabón y a algo más, algo cálido que no supe identificar. Estuvimos en silencio durante un par de paradas. Fue él quien habló primero.

—Ayer te vi bajar. Estudias por aquí, ¿verdad?

—En el instituto de la avenida. Último año.

—Entonces tienes dieciocho.

—Los cumplí el mes pasado.

Me miró con una sonrisa breve, sin decir nada. Yo seguí mirando al frente, muy consciente de cada centímetro que nos separaba en ese asiento.

—Pareces más joven —dijo al cabo de un momento—. Pero ese uniforme te queda bien.

Me ruboricé. No supe qué contestarle, así que dije lo primero que me pasó por la cabeza:

—¿Y tú en qué trabajas?

—En obra. Reformas e instalaciones. Llevo un par de semanas sin coche, así que me toca esto.

—Debe ser un fastidio.

—No tanto —dijo, y esta vez no miraba hacia el frente sino hacia mí.

Sin pensarlo mucho dejé caer la mochila al suelo, dejando las piernas al descubierto. La falda del uniforme solo me llegaba a mitad del muslo.

—Ah, mejor así —murmuró él.

—¿Perdón?

—Que así tengo más sitio para las piernas. —Una pausa breve—. Aunque no era eso lo que estaba pensando.

Sentí la humedad antes incluso de terminar de procesar sus palabras.

Me hice la despistada y me moví en el asiento como si buscara postura, con lo que la falda subió otro poco. Cuando volví a mirarlo, tenía la vista puesta en mis piernas sin ningún disimulo. Y había algo más: el pantalón de trabajo se le marcaba de una forma que no podía ser accidental.

—Esta es mi parada —dije, levantándome antes de que pudiera decir nada más—. Hasta mañana.

—Hasta mañana —respondió. Y mientras bajaba los escalones, supe sin necesidad de girarme que me estaba viendo el culo.

En los baños del instituto, sola porque era demasiado temprano para que hubiera gente, me bajé las bragas y metí los dedos. Estaba tan mojada que casi me dio vergüenza. No tardé ni dos minutos. Salí corriendo hacia clase como si nada hubiese ocurrido.

***

Ese mismo día, a la salida, me encontré con Tomás. Era mi novio desde hacía unos meses, un chico del instituto que llevaba medio año persiguiéndome con atenciones hasta que me rendí. Era dulce. Era de mi edad. Y esa tarde me parecía más niño que nunca.

Fuimos a tomar algo y luego paseamos por el parque. Yo estaba inquieta, con la cabeza en otro sitio. Cuando llegamos a una zona más apartada lo empujé contra la pared de un callejón y lo besé con más ganas de las habituales.

—¿Qué te pasa hoy? —me preguntó, sorprendido.

—Nada. Cállate.

Lo besé de nuevo y le puse la mano encima del pantalón. Él gemía bajito y se dejaba hacer. Lo toqué por encima de la tela y noté que ya estaba muy excitado. Demasiado. Antes de que pudiera hacer nada más, lo sentí tensarse y escuché un gemido cortado. Se había corrido solo, ahí mismo, sin que yo hubiera hecho casi nada.

Se quedó colorado. Yo me aparté y me sequé la mano con mucha más calma de la que sentía.

—No pasa nada —dije.

Pero sí pasaba. Sabía exactamente lo que me faltaba y no era eso.

***

La tercera mañana me desperté antes del despertador. Me duché, desayuné y abrí el cajón de la ropa interior. La miré un momento. Después lo cerré y me puse la falda directamente.

Llegué a la parada con diez minutos de antelación. Hacía fresco y la brisa me rozaba los muslos, subía entre las piernas. Era una sensación que nunca había tenido con ropa puesta y me gustó más de lo que esperaba.

Él subió en su parada de siempre. Me vio y sonrió. Esta vez no preguntó si el asiento estaba libre, simplemente se sentó.

—Buenos días.

—Buenos días —respondí.

Puse la mochila directamente en el suelo. Él lo notó al instante.

—Hoy sin el equipaje encima —dijo.

—Es que pesa mucho.

—Sí. —Una pausa—. Aunque creo que no es solo eso.

Me volví a mirarlo. Él sostuvo mi mirada sin apartar los ojos.

—¿Qué más piensas? —pregunté, en voz muy baja.

Se inclinó hacia mí y me habló al oído:

—Pienso en lo mucho que me gustaría recorrer esas piernas con las manos.

El vello de los brazos se me erizó. Tragué saliva.

—¿Y por qué no lo haces?

No sé de dónde saqué el valor para decirlo. Pero lo dije.

Su mano se movió despacio, por debajo del nivel de visión de los demás pasajeros, y se posó sobre mi muslo. Cálida. Pesada. Real. Empezó a moverse hacia arriba con pequeños movimientos y yo tuve que apretar los labios para no hacer ningún ruido. Cuando llegó hasta donde no había nada entre su palma y yo, se detuvo un segundo.

—Vaya —murmuró, muy quedo—. Viniste preparada.

—Tal vez —conseguí decir.

Sus dedos se movieron apenas un instante antes de que yo tomara su mano y la apartara con suavidad.

—Esta es mi parada. ¿Me ayudas con la mochila?

Me miró a los ojos. Entendió.

Nos bajamos juntos.

***

Lo llevé hasta la entrada de un garaje privado que conocía porque quedaba a dos manzanas del instituto y siempre estaba casi vacío. Las escaleras entre la planta baja y el primer sótano estaban siempre en silencio. En el descansillo se cerró la puerta y quedamos solos con el zumbido de los fluorescentes.

Me empujó contra la pared antes de que yo dijera nada. Me besó con una boca que sabía a café, con la presión justa, sin prisa pero sin cortesías tampoco. Sentí su barba raspándome la barbilla. Era distinto a todo lo que había sentido hasta entonces.

Sus manos fueron directas: primero a mi cintura, luego a mi culo, luego bajo la falda. No necesité guiarlas.

Yo le puse la mano encima del pantalón. Era grande y estaba completamente duro. Abrí la cremallera y lo saqué. Lo rodeé con los dedos y empecé a moverlos despacio, aprendiendo sobre la marcha cómo funcionaba aquello.

Él me levantó. Las piernas rodearon su cintura solas, como si supieran qué hacer antes que yo. Sentí la punta de su polla en la entrada y me tensé.

—Es mi primera vez —le dije, casi en un susurro.

—Lo sé. Ve tranquila.

Empujó despacio. Sentí cómo se abría paso centímetro a centímetro, una presión que no era exactamente dolor pero que tampoco era solo placer. Me aferré a sus hombros y respiré hondo. Siguió avanzando hasta el fondo, se detuvo un momento y me miró.

—¿Bien?

Asentí.

Empezó a moverse. Lento al principio, con un ritmo constante que fue aumentando a medida que yo me relajaba. Aprendí a mover las caderas para encontrarme con cada empuje. Aprendí que los gemidos llegaban solos y que no tenía por qué suprimirlos, solo bajarles el volumen.

Cuando me levantó la parte de arriba del uniforme y me metió la boca en el pecho, me corrí. Un orgasmo que no había podido controlar ni anticipar, que me recorrió las piernas y me dejó temblando contra la pared.

Me bajó al suelo. Me giré sola y me apoyé con las palmas en el muro, arqueando la espalda. Él se colocó detrás y volvió a entrar. Así fue distinto: más profundo, con un ángulo diferente. Sus caderas golpeaban contra las mías con un sonido seco y rítmico que me encendía más que cualquier otra cosa. Me corrí por segunda vez antes de que él dijera que estaba a punto.

Me arrodillé. No sé si lo decidí o si simplemente sucedió. Lo agarré con la mano y lo conduje hacia mi cara. Se corrió sobre mis mejillas mientras yo me seguía tocando y alcanzaba el tercer orgasmo casi al mismo tiempo, las rodillas temblando sobre el frío suelo de cemento.

Me quedé un momento arrodillada, respirando despacio.

Eran las ocho y veinte. Iba a llegar tarde a clase.

***

Me limpié lo mejor que pude con unos pañuelos del fondo de la mochila. Él se abrochó el pantalón y me miró con una expresión difícil de descifrar: ni arrepentimiento, ni orgullo. Algo más neutro y tranquilo.

—Llegas tarde —dijo.

—No importa.

Y era verdad. No importaba nada en ese momento.

Se fue primero. Yo esperé un par de minutos antes de salir y encaminé mis pasos hacia el instituto con la falda bien estirada y la cabeza en calma, como si hubiera dormido diez horas de un tirón.

No volví a verlo en el autobús. Su coche debió de estar listo esa misma tarde, o tomó otra ruta, o simplemente decidió no volver. Nunca lo supe. Guardé esa semana en algún rincón de la memoria donde las cosas se conservan sin agriarse, y durante mucho tiempo fue el metro con el que medí todo lo que vino después.

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Comentarios (6)

CarlaM33

Que relato tan lindo!!! Me quede con ganas de saber mas, por favor seguí contando

Tomi_87

increible como captaste esa tension del primer momento. se siente muy real

Marcos_Baires

Segunda parte urgente jajaja, no podes dejarnos asi

RiojaLector

Me recordo a un viaje en tren que tuve hace años... esas miradas que no se olvidan, exactamente como decis en el titulo. Muy bueno.

SolMar_09

buenisimo!!!

Fede_Cba

La categoría primera vez es la que mas me gusta y este es de los mejores que lei. Sigue escribiendo!

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