La pareja del parque y lo que despertó en mí
El sol de las cinco caía de lado entre los árboles del parque, convirtiendo cada hoja en algo casi traslúcido. Valeria se había sentado sobre el pasto, cerca del tronco de un pino viejo, con las rodillas recogidas y la voz baja. Marcos la escuchaba. Así lo hacía siempre: con los codos apoyados en las rodillas y los ojos fijos en ella, como si lo que decía importara más que cualquier cosa que pudiera ver o hacer en ese momento.
El parque estaba construido sobre una ladera. Desde donde estaban, la vista bajaba en diagonal hacia un sendero bordeado de arbustos, y desde allí podían ver, varios metros más abajo, a una pareja sentada sobre el pasto. Una chica con falda oscura y medias negras, el pelo recogido en un moño descuidado. Un chico de espaldas anchas, con una camisa a cuadros azul que le quedaba algo grande. Se habían instalado ahí antes que Valeria y Marcos llegaran, y desde el principio habían estado pegados el uno al otro.
Valeria no quería mirar. Tenía cosas que contarle a Marcos: que Sebastián no le había contestado el último mensaje, que sus amigas le decían que necesitaba salir más, que ella seguía sin poder dormir antes de las tres de la mañana. Pero los de abajo tenían esa forma de moverse que resultaba difícil de ignorar. Un rozamiento de hombros. Una mano que encontraba la otra sin buscarla. Ese tipo de cosas que Valeria reconocía de memoria.
Hacía tres semanas que había terminado con Sebastián. Desde entonces había llamado a sus amigos, uno por uno, con la excusa de tomar algo o caminar por algún parque. Marcos fue el último de la lista, no porque fuera menos importante, sino porque era el que mejor escuchaba y con él las conversaciones siempre terminaban más tarde de lo previsto. Casi todos los amigos que llamó eran hombres. Casi todos, en distinta medida, estaban enamorados de ella. Valeria lo sabía y no lo ignoraba del todo: en el estado en que estaba, necesitaba atención, y se había dado permiso para recibirla sin devolver nada a cambio.
—¿Seguís con lo de los dos trabajos? —preguntó Marcos, devolviéndola al hilo que había perdido.
—Perdón. Es que... —dijo ella, y señaló con un gesto mínimo hacia la pareja de abajo.
Marcos miró. La chica se había recostado sobre el costado del chico. Él le pasó el brazo por los hombros sin pensarlo.
—Tienen derecho a existir —dijo Marcos, con una media sonrisa.
—Ya sé. Me traen recuerdos, nada más.
—¿Querés que nos vayamos?
Valeria lo miró de cuerpo entero antes de contestar. Marcos era alto, con el cabello algo revuelto y una barba de pocos días que le daba un aire de persona que tiene mejores cosas en qué pensar que afeitarse. Llevaba una campera verde oscuro con las manos hundidas en los bolsillos. Hacía frío desde que el sol había empezado a bajar.
—No —dijo ella—. Quedémonos. No tengo que estar mirándolos todo el tiempo.
Pero sí los miraba. Los había bautizado mentalmente: él era Diego, ella era Clara. Diego le decía algo al oído y Clara se reía tapándose la boca. Era una risa pequeña, de complicidad, el tipo de risa que se tiene con alguien con quien ya no quedan secretos.
Valeria siguió hablando. Le contó a Marcos que había encontrado en su celular una foto de Sebastián con Inés —la compañera de trabajo por la que sospechaba que la había dejado— en una cena de la que él nunca le había hablado. Le contó que borró la foto y no dijo nada. Que siguió con él dos semanas más después de eso, sin mencionar lo que había visto.
—¿Por qué? —preguntó Marcos.
Valeria abrió la boca para responder, pero lo que dijeron sus ojos fue más claro: porque todavía lo quería y prefería no saber.
Abajo, Diego se había acostado de espaldas sobre el pasto. Clara se quedó sentada a su lado, mirándolo desde arriba. Tomó una ramita seca y se la pasó por los labios, despacio. Él sonreía sin moverse. Ella lo tentaba y él se dejaba tentar; ese parecía ser el juego.
—Ese es su juego —dijo Marcos en voz baja, casi para sí mismo.
Valeria asintió. Pensó en Sebastián, en la primera vez que habían estado solos en su departamento, en la forma en que él también había esperado, paciente, a que ella diera cada paso. No como Diego, que en algún momento no pudo más y le robó un beso a Clara entre risas. Clara lo rechazó un segundo, fingiendo escándalo, y después cayó sobre él.
Valeria se fijó en cómo los pechos de Clara se aplanaron contra el pecho de Diego cuando cayó encima. En cómo él abrió las piernas levemente y ella, sin pensarlo demasiado, subió una de las suyas entre las de él. Empezaron a besarse de verdad entonces: sin prisa pero sin pausa, con las manos moviéndose por los costados del otro.
—Supongo que el juego terminó —dijo Marcos.
—Shhh —respondió Valeria, con una sonrisa que no era del todo irónica.
Clara se restregaba despacio sobre Diego, con un movimiento que era a la vez descuidado y calculado. Él tenía una mano en su cadera y la otra perdida en algún lugar que Valeria no podía ver desde donde estaba. Pero podía imaginarlo.
Después de un rato, Clara se bajó. Se recostaron los dos de lado, mirándose. Diego llevó la mano al pecho de ella y empezó a acariciarlo por encima de la ropa. Se juntaron más, como si quisieran desaparecer el uno dentro del otro, y Valeria alcanzó a distinguir el momento en que la mano de Diego se coló por debajo del suéter de Clara.
Marcos se había dado cuenta de que Valeria ya no disimulaba. Miraba con la misma atención con la que se mira una película que ya tiene absorbida. Él decidió acompañarla y también se quedó mirando.
***
—¿Creés que Sebastián y yo llegamos más lejos que ellos? —preguntó Valeria de pronto.
Marcos tardó un segundo en contestar.
—Estuvieron juntos bastante tiempo. Sería raro que no.
—Sí. Y no. —Hizo una pausa—. Yo no quería. O sí quería, pero no podía querer. ¿Entendés lo que digo?
Marcos la miró, esperando.
—Es raro ser la que se supone que no tiene que querer. Un día me di permiso. O me lo di a medias. No sé cómo explicártelo.
Como le faltaban las palabras, Valeria usó lo que tenía más a mano. Llevó su mano derecha al pecho izquierdo y lo apretó dos veces, brevemente, con una presión que no era suave. Así me tocaba él. No lo dijo con palabras pero era evidente.
—Entiendo —dijo Marcos.
—Y también...
Ahora se llevó las manos a la cara interna de los muslos, con los pulgares casi en la ingle, y apretó. Un segundo. Nada más. Pero fue suficiente.
Marcos no dijo nada. Valeria interpretó su silencio como comprensión y, en un movimiento que ella misma no terminó de prever, acercó la mano a la entrepierna de él. Se detuvo justo antes de tocarlo, con los dedos a un centímetro. Lo miró. Él asintió.
Ella apoyó la mano. Cerró los dedos despacio. Y encontró lo que no esperaba encontrar tan rápido: una erección completa, firme, que llevaba ahí quién sabe cuánto tiempo.
El descubrimiento la detuvo. No por rechazo, sino porque de golpe todo se volvió real. ¿Quería seguir? ¿Qué significaba seguir? Retiró la mano sin prisa, como si no hubiera pasado nada, y preguntó:
—¿Vos dirías que soy virgen todavía?
Marcos parpadeó.
—Eso depende de cómo lo definas vos.
—Lo que pregunto es si vos lo definirías así.
—Creo que sos virgen si todavía te sentís virgen.
—Me sigo sintiendo virgen.
Marcos asintió sin ironía. No había burla en su cara. Eso fue lo que hizo que Valeria quisiera seguir hablando.
—¿Alguna vez estuviste con una virgen?
—Una vez.
—¿Y cómo fue?
Valeria no esperó la respuesta. Siguió ella:
—Con Sebastián llegamos cerca. Él quería. Yo también quería, pero le dije que solo podía entrar un poco. Y lo hizo. Me respetó. Fui yo la que quiso más después, pero no pude. Me dolía demasiado. Nunca pudimos terminar. Ni esa vez ni ninguna otra.
Marcos escuchó sin interrumpir.
—¿Eso cambia tu respuesta? —preguntó ella—. ¿Seguís pensando que soy virgen?
—¿Vos seguís sintiéndote virgen?
—Sí.
Valeria lo dijo sin titubear. En su voz no había tristeza en ese momento, sino algo más parecido a la excitación contenida: el placer de decir algo verdadero a alguien que no la iba a juzgar por eso.
—Sabés que no le debías nada a Sebastián, ¿no? —dijo Marcos—. Vos decidías hasta dónde querías llegar.
Valeria se rió bajito, con la nariz.
—Eso es lo que se dice. Pero si vos fueras mi novio, ¿me dirías lo mismo? ¿No esperarías nada?
—Esperaría lo que puedo esperar.
—No te creo. Ponete en el lugar de Sebastián. Si estuvieras... ya sabés... adentro...
—¿Penetrándote? —dijo Marcos, sin bajar la voz.
Valeria sonrió, un poco sorprendida de que él lo dijera tan directo.
—Sí. ¿De verdad podrías parar cuando yo te lo pidiera?
—No es una cuestión de poder. Es lo que se le debe a cualquier persona.
—Eso no existe en la vida real. Mirá lo que hacía Diego ahí abajo. En algún momento no pudo más.
—Eso era un juego. Los dos querían.
Valeria no respondió. En cambio, se acercó a él. Poco a poco, sin apuro, hasta que sus frentes se tocaron. Marcos no se movió. Ella lo miraba de cerca, buscando el momento en que él cediera. No cedió.
Interesante, pensó ella.
Entrecerró los ojos. Acercó los labios. El labio inferior de Valeria rozó el de Marcos, apenas, y empezó a moverse de un lado a otro en un roce mínimo que era más pregunta que beso. Él siguió quieto. Ni se apartó ni avanzó.
Valeria giró la cabeza un momento. La pareja de abajo ya no estaba.
El parque estaba casi vacío. El frío había crecido y las últimas personas que quedaban caminaban rápido hacia la salida. La luz entre los árboles era ya anaranjada y escasa.
Valeria se quedó mirando el lugar donde habían estado Clara y Diego. El pasto aplastado donde ella había caído sobre él. La ramita que Clara había usado para tentarlo, tirada en el suelo.
—Esto no significa nada —dijo Valeria, aunque no estaba muy segura de a quién se lo decía.
—Lo sé —respondió Marcos.
—Si estuvieras con una chica como yo, en serio te digo, no podrías controlarte.
Marcos la miró un momento. Luego miró el lugar vacío donde había estado la pareja. Luego la volvió a mirar a ella.
—Puede que tengas razón —dijo, y lo dijo de una manera que no era una derrota sino una concesión.
Valeria sonrió. Era una sonrisa rara: mitad satisfecha, mitad triste. Se levantó, se sacudió el pasto de la ropa y esperó a que Marcos se pusiera de pie. Caminaron hacia la salida del parque sin tomarse de la mano, separados por pocos centímetros, en un silencio que ninguno de los dos quería romper todavía.